Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 13 de 96

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Cuando llega la luz

Sandra

No sabía qué podría decirle a Laura para reconciliarme con ella y que olvidara lo de la maldita nota, para volver al redil de las muchas madres que deseaban caerle mejor que las demás para que tratase a mi hijo mejor que a los otros. Pero ahora algo se había roto. Yo la había incomodado y decepcionado, me había convertido en la oveja negra de las madres, y Janín le recordaría a mí. De hecho nos parecíamos cada vez más. A medida que iban pasando los meses la nariz se le iba desviando ligeramente a la derecha, como la mía, y tenía las pestañas muy espesas para ser tan pequeño y también los labios eran igual de finos que los míos. Laura, acostumbrada a personalizar e individualizar a estas criaturas, que salvo para ella y sus padres eran vistas como un todo, cada vez que mirase a mi hijo vería a la madre tocapelotas.

Por lo menos esta tarde llegaría puntual a recogerle. Salí con tiempo de sobra de la tienda porque era lunes y los lunes apenas entraba clientela. Incluso se nos había pasado por la cabeza no abrir ese día, pero mi hermana decidió que abriríamos porque nunca se sabe. Ante cualquier decisión solía decir «nunca se sabe», dejando abierto un sinfín de posibilidades, de futuro y esperanza. Lo cierto es que tenía algo de razón, no hay que dar nada por hecho, aunque constantemente estemos anticipándonos a esto y a lo otro. Tampoco antes de ir a Dianium, hacía ya mil años, sabía lo que iba a ocurrir. Es que ni se me pasaba por la cabeza que fuese a suceder algo. Creía que iba a pasarme unos meses tumbada al sol.

Para no tener que esperar mucho en la puerta y no llamar de nuevo la atención de Laura, pensé que me vendría bien un café y me dirigí al bar de siempre. Pero cuando estaba a punto de entrar algo me detuvo, un puñetazo en la mente me frenó en seco. Fue la visión de una cabeza rapada con una esfera o un sol tatuado en el cráneo. La sangre me subió rápidamente por el cuello a la cabeza y de pronto no veía bien. El corazón me dio un vuelco y creí que iba a caerme redonda.

Tardé unos segundos en poder juntar todas las piezas que tenía ante los ojos: cazadora negra de cuero sobre un cuerpo compacto de metro setenta contando la gruesa suela de las botas militares, camiseta también negra debajo, vaqueros rotos, letra pequeña y redonda, aniñada. Cada uno de estos detalles iba colgándoseme en el cerebro con todo su peso, su color, el olor de la humedad de Dianium, con las miradas clavadas en mí de Fred y Karin, a cuyas órdenes servía Martín. Era uno de los miembros más jóvenes de la Hermandad. Treinta y dos o treinta y tres años, y una mollera hueca e influenciable.

Ahora el fantasma de Martín estaba al otro lado de la puerta de cristal. Me costó un esfuerzo titánico trasladarlo de Dianium aquí; de Villa Sol a este bar cualquiera con mesas y sillas de aluminio extendidas en la acera; de mi amor frustrado, Alberto, a este camarero que me servía la tostada sin mermelada todas las mañanas; de una tarde hundida en el fondo de mi mente a esta tarde normal. Respiré todo lo profundamente que fui capaz para sosegarme, absorbiendo restos olorosos de cerveza, café y vino, y me situé entre la puerta y las cristaleras —con huellas impresas de diminutas manos pringosas— que recorrían toda la pared, para que no me viera. La vida era simple, monótona, inocente, muchas veces los padres traían a los hijos para que jugasen y revolotearan alrededor de las mesas mientras ellos tomaban cafés y copazos de media tarde. ¿Qué sabían ellos de Martín ni de la Hermandad? Aunque tuviesen a Martín delante de las narices, no podían imaginar que venía de otro mundo más extraño y oscuro. Solo yo lo sabía.

El camarero y él hablaban animadamente, seguro que de fútbol, que es de lo que más se habla en las barras de los bares. Martín tenía una coca-cola en la mano. Si no recordaba mal, pocas veces lo había visto beber alcohol. Y pese a ser tan recto en esto, sería capaz de cargarse a alguien para complacer a Fred, su superior en la Hermandad. Había venido a este mundo para obedecer a alguien y lo había encontrado en ese grupo sádico. En cambio, Alberto era diferente. Alberto pensaba y tomaba sus propias decisiones, y por eso Martín me advirtió un día que tuviera cuidado con él y que le siguiera la corriente. Evidentemente Martín era incapaz de interpretar la resbaladiza y penetrante mirada de Alberto, que a mí me llegaba al corazón y hacía que me olvidara del peligro.

Ahora Martín llevaba un anillo grande de metal que casi no le cabía en el dedo gordo, nuevo para mí. Si no lo recordaba es que no había existido antes, porque la intensidad de los momentos de terror vividos había logrado que Martín, Julián, los Christensen, Alberto, todos, incluidas las casas, los árboles y las puestas de sol de Dianium, se grabaran intactos en mi cabeza. El camarero y él desviaron la vista hacia afuera como si me hubiesen descubierto; pero no, continuaron hablando relajadamente, solo necesitarían desconcentrarse el uno del otro.

Se despidieron chocando las palmas de las manos y haciendo un gesto con los dedos, lo que significaba algo en común. La misma edad, el mismo equipo de fútbol, la misma música, el mismo tipo de chicas. En otro momento de mi vida todo esto hubiera sido irrelevante, no le habría prestado atención. Sin embargo, ahora sabía que cualquier detalle insignificante no lo era y que ahí podría residir la clave entre la vida y la muerte, entre la fortuna y la ruina. Martín se subió el cuello de la cazadora al salir. Un acto reflejo sin duda, porque hacía bochorno, un bochorno gris que amenazaba tormenta; pero él era una anomalía, no podía sentir lo mismo que el resto de nosotros.

Echó a andar tranquilamente con las manos en los bolsillos del pantalón, cuatro dedos dentro y el pulgar fuera. Le seguí. Era una oportunidad que no podía dejar escapar, aunque de nuevo recogiese tarde a Janín de la guardería. Si Martín se volvía tal vez me descubriría, un riesgo que merecía la pena correr con tal de saber a dónde iba. Anduvimos más o menos media hora. No sería descabellado pensar que el camarero le informara sobre mí, dónde trabajaba y dónde dejaba a mi hijo por las mañanas. O puede que no. Lo que sospechaba, según pasaban los minutos, es que la nota era de Martín. Ya me había escrito otra en Dianium, de la que me chocó su letra de niño aplicado. O quizá —y eso sí que me ilusionaba— quisiera darme un mensaje de Alberto y no se le ocurriera otra forma de ponerse en contacto conmigo. ¿Qué podría querer de mí Martín en realidad?

Entró en una tienda de electrodomésticos Soimens. Mierda, ya tendría que estar sentando en la silla a Janín. Vi como de la trastienda salía una mujer rubia, con melena alisada con la plancha y puntas hacia abajo. Vi como hablaba con él unos segundos y se retiraban al fondo, por donde ella había salido. No tenía tiempo para más, no sabía cuánto tardaría Martín en abandonar la tienda, y aunque pudiese encontrarme con él no tenía tiempo de enredarme en una conversación ni en saludos largos o en reproches. Me horrorizaba que Laura dejase de mirarme a la cara para siempre al hablarme y que marginara a mi hijo en la casita de madera.

Tomé un taxi, y comenzó a llover con gotas desesperadamente lentas y tibias sobre la luna del coche. El parabrisas iba a derecha e izquierda adormecido.

Por fin toqué al timbre de la guardería y la verja se abrió. Entré precipitadamente y respiré en cuanto vi a Laura.

—Lo siento —dije aliviada—. Siento haberme entretenido.

Janín no estaba en la sillita, sino sentado en la zona de juegos del aula, con las manos y la cara sucios, y el pañal sin cambiar. Laura se desabrochó la bata lentamente y, tal como me temía, sin mirarme. Se ahuecó el pelo con las manos. Había cambiado la consabida camisa blanca por un vestido con escote en uve, de seda negro, donde se le clavaban los huesos de las caderas.

—Hemos tenido una tarde de locos y no me ha dado tiempo a cambiarle.

Sentí que se me deshacía el estómago. ¿Por qué Martín no me había hablado directamente si es que venía en nombre de Alberto? ¿Por qué no me había esperado el día anterior a la hora de recoger al niño? O quizá sí había esperado, pero al retrasarme tanto tuvo que marcharse. Creo que Laura me puso mala cara. En cambio, yo tenía cara de esperanza ante la posibilidad de volver a ver a Alberto, de aprensión por haber visto a Martín, de regresar al pasado, de que el pasado entrase en mi vida como si no pudiera librarme de él. Laura nunca podría comprender mi cara.

—¿Te encuentras bien? —preguntó alzando al niño y colocándolo en el cambiador a cierta distancia del vestido.

Janín lloraba en mi lugar. Lloraba y lloraba cada vez más y con más rabia, exactamente igual que me habría gustado llorar a mí.

—Déjalo —dije—. Lo bañaré en cuanto lleguemos a casa.

Lo tomé en brazos consolándole. Laura nos observó un segundo y luego sacó del armario un bolso de raso negro y un chal por si refrescaba.

—Pero —dije volviéndome hacia ella porque ahora mi intranquilidad era muy superior al temor de no gustarle a Laura— quisiera que me describieras al operario que vino ayer por aquí. Creo que tengo derecho a preguntarlo.

Se impacientó. Tenía prisa por acudir a su cita romántica.

—De mi estatura sin estos tacones, moreno, fuerte, rapado. Tenía pinta de obrero rockero pero no lo era. He hablado con el dueño y no envió a ninguno. Lo siento. No volverá a ocurrir. Falta personal —añadió en tono de queja, entrecerrando los ojos—. No puedo estar pendiente de todo.

Dijo lo siento, pero no dijo «todo vuelve a ser como antes y has regresado al rebaño de mis madres favoritas». En el fondo me culpaba a mí de su metedura de pata y desearía que mi hijo y yo desapareciéramos de la faz del jardín de infancia para no recordárselo. Laura ya estaba perdida para nosotros.