Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 15 de 96

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Cuando llega la luz

Sandra

Me despertó un chispazo eléctrico dentro de la cabeza, un resplandor de cortocircuito. Los cables habían hecho un puente para que Martín me hablara sin hablarme. «He sido yo, ¿dónde está el viejo Julián?», me decía con claridad. Salté de la cama y, como siempre al despertarme, fui a la habitación de Janín en dos zancadas. Estaba junto a la mía y yo no cerraba la puerta, solo entornaba la suya. Seguía durmiendo como un bendito, boca arriba, envuelto por las estrellas de adorno, que ya palidecían, y me invadió un gran bienestar, posiblemente felicidad.

Amanecía en el salón lechoso y confuso de nuestro pequeño piso. Nada más abrir la puerta se entraba en la cocina, separada del salón por un mostrador donde podía desayunar, aunque la cena prefería tomármela en la mesa baja frente al televisor. El sofá me lo dieron mis padres y aprovecharon para comprarse otro nuevo con chaise longue. Para renovarlo le puse una tela étnica. Junto a él coloqué una librería de pino que también servía como aparador para la vajilla y las copas. Las paredes estaban forradas con un papel de gruesas rayas ocres y blancas, que le daba a todo un aire sesentero y que sustituí en la habitación de Janín por el blanco. Me sentía a gusto aquí, a veces invitaba a mis padres, a mi hermana, mis sobrinos y mi cuñado a merendar para que mimaran a Janín y que mi hijo sintiese el calor de otros brazos que no fuesen solo los míos o los de Santi.

Santi hacía lo que podía para estar con nosotros, y cuando lo pensaba detenidamente sentía remordimientos por el trato que le daba, como la otra noche, cuando no le dejé subir a casa. Me invadió una ligera culpabilidad. Al fin y al cabo, yo continuaba junto a Janín mientras que él tenía que desprenderse de su hijo y privarse del calor que su pequeño y concentrado cuerpo irradiaba a todo el planeta.

Pero en cuanto se sentaba más de media hora en el sofá me daba cuenta de que podría llegar a acostumbrarme a verle, a hablar con él, a oír sus pasos, a su olor y a compartir el armario y el cuarto de baño; e incluso a la larga, y por no desairarle, acostarnos juntos. Así que procuraba que se marchase lo antes posible y quedarme a solas. El mundo era inmenso y Janín y yo éramos dos motas de polvo sujetas a estos muebles y estas paredes. Lejanos rayos de sol iban abriéndose paso sobre el Palacio Real. Puse agua a calentar para el café y me senté de golpe en la silla. El olor del café y la claridad de la mañana se mezclaban con las palabras de Martín en mi pesadilla.