Cuando llega la luz
Julián
Justo a los dos días de encargar el revelado del carrete, salí a eso de las doce a la carretera, a unos quinientos metros de Tres Olivos, para tomar un autobús. No podía esperar más. No me puse sombrero ni gorra porque el día estaba tontorrón, con nubes que hacían de sombrilla sobre los olivos y la tierra roja. Estaba tan ansioso por ver las fotos que no tenía serenidad ni concentración suficientes para pergeñar algún pretexto y pedirle de nuevo el coche a Pilar. Además, era muy posible que insistiese en venir conmigo, por lo que tendría que esperarla hasta el final de la tarde y luego buscar otra excusa para acudir al centro comercial. Demasiado complicado, me pondría aún más nervioso tener que disimular. Decidí ir por mi cuenta y regresar cuando me diera la gana. Qué fácil es echarse en brazos de los demás. Yo había empezado a depender de Pilar simplemente por su coche. Y había dependido del amor de Raquel y dependí de la inocencia de Sandra durante el tiempo que la traté.
Como no había consultado el horario de los autobuses, tuve que esperar por lo menos media hora sentado en una piedra hasta que los familiares de otro residente me llevaron al pueblo. Me preguntaron gentilmente adónde iba. Y seguro que podrían haberme dejado en el mismo centro comercial, pero por mi manía de no dar más información que la estrictamente necesaria me bajé en la calle Principal y tomé un taxi. Una vez allí le pedí al taxista que me esperara.
En la tienda, en lugar de Gaspar había una chica rubia con la misma camisa de rayas y en la placa el nombre de Coral. Le tendí el recibo con el corazón palpitante. La miraba tan fijamente mientras buscaba las fotos que creo que me tomó por un viejo verde.
Dejó un sobre de Kodak sobre el cristal del mostrador. Apenas abultaba, podría haber unas cuantas fotos o solo los negativos. Lo abrí despacio y vi colores brillantes: había algo. Y sonreí.
—Algunos negativos se habían velado y no ha podido hacerse nada —dijo.
Pagué y en la puerta saqué el montoncito de fotos, cinco o seis.
En la primera había una mujer junto al que parecía Otto. Ya estaba bien, esperaría a verlas en el taxi, pero antes debía comprarme una botella de agua; ahora más que nunca no podía desfallecer.
Las nubes se habían retirado mientras estaba en la tienda y el sol relucía como un cristal por el que acabasen de pasar una bayeta. Era una locura porque mi cuenta en el banco tenía los días contados, pero aun así decidí tomar un taxi hasta la residencia. El viaje se me pasó en un suspiro viendo las fotos.
En todas estaban Otto y la misma mujer con más gente. Había que imaginársela de joven para saber que era guapa y con el pelo sin teñir para saber que había sido rubia. Tenía los ojos claros y una cara graciosa, y entre ella y Otto fluía una corriente que indicaba que en algún momento de sus vidas estuvieron unidos. Por mucho que ya Otto viviese con la fría y desaprensiva Alice, una fuerza invisible obligaba a emparejarlo en la foto con la mujer desconocida aunque ahora estuvieran separados. Y se podría aventurar que Otto fue más feliz con ella que con Alice.
Le pedí al taxista que me dejara un poco antes de la puerta principal para evitar preguntas curiosas. Me dejé ver por la sala de la televisión. En una mano llevaba la botella de agua y con la otra saludé a Geralda antes de subir al cuarto. Descorrí las cortinas para que entrara bien la luz, coloqué la chaqueta en el respaldo de la silla, me quité los zapatos y me tumbé para contemplar detenidamente aquellas fotos. Si me fijaba bien, podía ver el Club Náutico a espaldas de Otto y su grupo, y los mástiles de los veleros de lujo clavándose en el cielo azul. En otra foto estaban en el campo de golf del Nordic Club, y la mujer desconocida y Alice hablaban. La mujer era más baja que Alice y tan delgada como ella, con menos porte, menos elegante y su atuendo golfista bastante menos caro. Otra escena se desarrollaba en un restaurante al aire libre en la playa de Las Marinas, el Bellamar, por el que yo había pasado alguna que otra vez. Llevaban gafas de sol y de los pantalones cortos salían piernas nudosas y amarronadas por el sol.
Para investigar quién era la misteriosa mujer la recorté de la fotografía donde mejor se la veía y me dirigí al despacho de Pilar. Salió a recibirme cansinamente Bolita, que con tanto mimo de su dueña se estaba convirtiendo en un zángano.
—Hola —saludé.
Pilar separó la vista del ordenador y se quitó las gafas de cerca, que quedaron colgando de un cordón sobre el pecho moreno. Llevaba un vestido de flores escotado y el pelo suelto, las uñas pintadas de rojo.
—Estás muy guapa —le dije, sin ser capaz de adivinar si sabía que me había ido de excursión.
Pilar no solía preguntar mucho, no le hacía falta, disponía de los ojos y los oídos de los empleados, a quienes les encantaba informarle de todo. Por otro lado, si se había enterado, también supondría un alivio para ella no haber tenido que dejarme el coche. Y al fin y al cabo me encontraba ante ella vivo y coleando.
—Ya sabes que puedes confiar en mí —dijo significativamente aunque sin insistencia.
—Lo sé, lo sé. Mira —le pedí, empujando la foto de la mujer sobre su mesa—. ¿Quién es?
Me observó extrañada y dándole vueltas a la foto como si en alguno de sus bordes fuese a encontrar la explicación de por qué estaba en mi poder.
—Es Violeta —contestó con su escueta forma de dar datos.
Me abrí de brazos esperando algo más. Ella volvió a ponerse las gafas y a mirar el ordenador.
—Me la envió Salva en la carta que me mandaste. ¿Qué significa?
Volvió a quitarse las gafas, que se balancearon un segundo sobre el escote.
—Era muy amiga suya. A veces parecían pareja.
Me costó una fortuna invitar a cenar a Pilar. Me duché, me afeité a conciencia y luego me palmeé la cara con la colonia cara que me había regalado ella misma. Me planché los pantalones y la camisa de rayas, la mejor que tenía, y me puse la chaqueta y el sombrero, porque sabía que a Pilar le gustaba. Me arreglé como si fuese a cortejarla. Para evitar murmuraciones solía recogerme al pasar la primera curva, lo que no era garantía de que no nos viese alguien, pero al menos no todo el mundo. A Pilar le parecía mal hacer distinciones entre los residentes. Por mi parte prefería que no me relacionaran con ella.
Primero pasamos por su apartamento para dejar al perro, momento que aproveché para cortar una flor del jardín que rodeaba el edificio y dársela a su regreso.
En el restaurante me precipité a separarle la silla para que se sentara y pedí una botella de vino blanco frío de precio medio. Pilar se mostraba casi abrumada, sobre todo ahora que debía de estar tonteando con algún bailarín de los jueves. Violeta se convirtió en un buen motivo de conversación. Me informó de que era bastante conocida en el pueblo, sobre todo porque se la veía mucho ir arriba y abajo. No paraba de andar de un lado para otro y se comentaba que cuando era joven subía al castillo en dos zancadas para llevarle comida a alguien que se ocultaba allí, a un nazi, decían. Imagínate, un nazi, qué barbaridad. En aquellos años solía llevar pantalones de hombre a los que les daba unas cuantas vueltas en los bajos, pero cuando Pilar la conoció siempre iba con vaqueros. Más de una vez vino a la residencia andando desde el pueblo para ver a Salva, una auténtica paliza. Debía de estar muy fuerte. Luego Pilar la acercaba al pueblo en el coche, no quería quedarse con el cargo de conciencia de que le ocurriese cualquier cosa.
Murió un poco antes que Salva. Encontraron su cuerpo entre las rocas de Punta Negra. Probablemente se suicidó o perdió la cabeza. Nadie le dio mucha importancia.
El 12 de noviembre de 1944 nos sacaron del barracón a culatazos, aunque solo los gritos, como cañonazos rompiendo el cielo, bastaban para hacernos rodar por el suelo del patio. Desde allí abajo veía las punteras mojadas de las botas y la nieve atravesada por delicados rayos de sol. Buscaban los negativos de unas fotos que había hecho un fotógrafo republicano español al que los oficiales consideraban su fotógrafo oficial. Les gustaba que los inmortalizara metidos en sus armaduras: uniformes, gorras, botas. Pero ese día el capo ruso encargado del material descubrió que faltaba un rollo, lo que les hizo sospechar que o bien el fotógrafo lo había escamoteado, cosa que él negaba, o bien alguien lo había robado. El fotógrafo sostenía que el capo se confundía y que no faltaba ningún rollo, y solo por su pericia artística y su mano con el capitán no lo fusilaron. Aun así, hubo palizas y torturas hasta que se olvidaron del asunto. Cuando nos anunciaron que el campo se iba a liberar, el fotógrafo llegó a nuestro barracón y Salva metió su esquelética mano por debajo de una tubería donde una mano normal jamás podría haber llegado, sacó un pequeño bulto muy envuelto en tiras de plástico y se lo entregó. Se abrazaron. Me habían dejado fuera de su heroicidad. Habían estado a punto de morir por legarle al mundo la verdad.
Salva nunca me confirmó que hubiese sido él quien escondió el rollo. Me lo confirmaba ahora, al ocultar las fotos de Violeta en un lugar igual.
No podía dormirme. ¿Qué había querido decirme Salva con las fotos de Otto y la tal Violeta? ¿Que eran amantes? ¿Que su relación había durado hasta el final de ella? Seguramente, al vigilar la casa de Otto y Alice se encontró con este mirlo blanco. Debió de buscar la manera de acercarse a ella, de convertirse en su amigo, en un admirador. Salva tenía mucho encanto, le leería poesías o se las escribiría, le contaría su vida adornándola con salones versallescos y muebles de caoba, una madera que le gustaba especialmente. Y ella le contaría historias muy interesantes, de lo contrario Salva no habría perdido el tiempo con este asunto. Pero ¿qué sería lo que había descubierto? Lo más probable es que la clave tuviese que ver con la vida de Otto.
Colgué mi ropa de cortejar en una percha, me puse el pijama, me quité las lentillas y me coloqué las gafas de culo de vaso. Me sentía excitado y despejado, había procurado solo mojarme los labios con el vino para no tener que pedir otra botella, de lo que Pilar no se dio cuenta, gracias a que estuvo muy animada y parlanchina durante toda la cena.
Tenía que trazar un plan, un plan que me llevase hasta el misterio de la foto.