Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 25 de 96

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Cuando llega la luz

Sandra

Creo que durante la aventura de Dianium, como yo la llamaba, estaba tan distraída con los descubrimientos, los sobresaltos, el peligro y el miedo que no reparé debidamente en Julián. Se notaba que en su juventud había sido guapo. Aún conservaba unos pómulos alargados y rasgos muy agradables bajo las arrugas requemadas por el sol. En sus buenos tiempos mediría uno setenta y cinco, y ahora todavía era algo más alto que yo. Daba la impresión de que no envejecería más. Nunca debió de ser corpulento, no era de huesos grandes. Podía adivinarse que tuvo unas pronunciadas entradas en la frente y pelo oscuro, piel bastante clara. Ahora sobre el cráneo, tostado como la cara, se le formaba una leve aureola blanca. No sabía cómo reaccionaría al verle, por lo que me alivió bastante que al entrar en el local tuviera los ojos cerrados y la mejilla apoyada en la mano. Estaría pensando, durmiendo o descansando de este viaje al pasado, y así pude llegar poco a poco hasta él. En lugar de su querido sombrero, había una gorra Nike a un lado de la mesa. Le puse la mano suavemente en el hombro para no asustarle y sentí el calor que atravesaba la camisa y la chaqueta. Él empezó a abrir los ojos como si le cegara el sol y tardó unos interminables segundos en reconocerme.

—Te has quitado los piercings —dijo sonriente, entendiendo por sonriente no estar completamente serio.

Reí realmente contenta de que Julián continuara siendo el mismo.

—Desde que te quitaste el mechón rojo estás cambiada, y ahora además más formal.

—Como dice mi hermana, el catálogo de nuestra tienda está dirigido a mujeres que quieren parecerse a sus madres, y yo tengo que dar ejemplo.

Amplió un poco más lo que podríamos llamar su sonrisa y retiró con la mano la infusión que tenía delante para pedir dos cervezas bien frías, lo que significaba que se alegraba de verme y que había reservado su dosis de alcohol para este momento.

Le conté, dando por hecho que a Julián le interesaba y que a él no le habría ocurrido nada importante desde mi huida, cómo había montado una tienda de complementos y bisutería y que incluso me había metido en una hipoteca para un piso. Después saqué la nota de Martín.

—¿Recuerdas a Martín, uno de los matones de Fred y Karin? Localizó la guardería de mi hijo y dejó esta nota en su bolsa. Estoy segura de que fue él. He venido a avisarte de que te buscan. Quieren saber dónde te escondes.

Julián le daba vueltas a la nota intentando captar toda su esencia. Luego me miró tratando de abrir los ojos todo lo que podía; los tenía un poco grises, como los niños de leche.

—¿Tu hijo está bien?

Cabeceé e hice todos los gestos posibles para asegurarle que el niño se encontraba en perfecto estado y que no creía que Martín tuviese ningún interés en él.

—Al principio pensé que lo había mandado Alberto para buscarme, pero parece ser que quieren acabar contigo.

—Y contigo… ¿Por qué no?

—Porque ya podrían haberlo hecho. Podrían haberme pegado un tiro o unas cuantas puñaladas mientras cruzaba el parque. Porque no sé tanto como tú, porque no tengo tanto rencor como tú y porque me interesa más mi hijo que ellos.

—Demasiado simple, no lo veo claro —dijo pidiendo otras dos cervezas.

—Seguro que Alberto está pensando cómo sacarte de esto. Es muy astuto. — Estuvo a punto de interrumpirme, pero de pronto cerró la boca, quizá se le olvidó lo que iba a decir—. Y conoce muy bien al tarado de Martín.

—Hay más como Martín. Ten por seguro que Alberto no va a poder ayudarte esta vez.

—¿Dónde está? —pregunté con demasiada fuerza, con vehemencia, con el cuerpo echado hacia delante. De haber podido le habría sacado la respuesta de su garganta con los dedos.

—Necesito más tiempo para terminar lo que debo hacer —dijo desviándose del tema de mi pobre romance, al que parecía no darle importancia—, y ellos no van a dejarte en paz hasta que no me quiten de en medio. Y después sabe Dios lo que pensarán hacer contigo.

—¿Por qué quieren encontrarte?

—Podría pensar que por pura venganza. Cuando te fuiste los denuncié a mi organización con todas las pruebas que había reunido, lo que les obligó a huir, y aunque se escondan ya no podrán vivir tan alegremente como antes. Dianium ha sido su último paraíso. Debido a mi edad y al estado de mi corazón no creo que se tomen tantas molestias conmigo. Por mucho que me maten no podrán usar mi pellejo, ni mis dientes, ni mi grasa. Querrán invertir sus energías y su dinero en algo más productivo. Imagino que la razón de su interés en mí es que creen que sé ciertas cosas —dijo muy pensativo—, y yo debo descubrir qué cosas son esas, salvo que tú te sientas en peligro. En tal caso, debería entregarme y se acabó lo que se daba.

Antes de marcharnos le propuse dar un paseo entre las palmeras y sentarnos un rato en nuestro banco. Era una manera de que le diera el aire y se despejase antes de meterse en el coche. Llevaba un pantalón beige, una camisa ligera con manga larga, la chaqueta que se quitó al salir al calor y la gorra.

—¿Sabes? —dije— hace unos meses vine con toda mi familia a pasar unos días en la casita de la playa. Estaba deseando traer aquí a mi hijo, verlo lleno de vida en un lugar donde pudimos morir los dos, pero donde no tuve más remedio que dejar de mirarme el ombligo. Sin embargo, ya nada era igual. Di por hecho que todo esto había terminado y que tú habrías regresado a Buenos Aires con tu hija. Hasta que ha vuelto a aparecer Martín en mi vida.

Nos encontrábamos solos en el banco y me sorprendió que nadie hubiese movido las piedras que un día convertimos en nuestro buzón particular o que no las hubiese hundido la lluvia. Julián comenzaba a impacientarse cruzando y descruzando las piernas. Moví una de las piedras con el pie.

—Cuando vine con mi familia recogí la caja lacada que me dejaste. Gracias, es muy bonita.

Saqué el saquito de arena y lo limpié.

—Lo dejé por si acaso regresabas algún día.

—¿Pensabas que ya no lo necesitabas?

—Creí que fuera de aquí no me serviría de mucho —reconocí.

—Y en cambio aquí estamos otra vez —dijo levantándose. Tenía prisa. Dijo que tenía que comprar algo antes de devolver el coche. Iba a decirle que tuviese cuidado, pero me pareció estúpido por mi parte. Sobraba. Me guardé el saquito en el bolsillo del pantalón y me marché sin mirar atrás, no quería ser testigo de cómo sacaba el coche del atolladero de otros coches.

Cuando llegué a casa me acordé de la primera vez que vi a Julián ante esta misma puerta. Ahora estaba Santi, llevando a Janín sujeto por las manos para que anduviese sin caerse. Le había puesto después de la siesta el conjunto de peto vaquero con una camiseta de ardillas. Me abalancé sobre él para besarle.

—Hueles a alcohol —dijo Santi.

—Solo me he tomado dos cervezas.

Me sentía incómoda. Éramos una pareja sin serlo. Lo habríamos sido si no estuviésemos en partes opuestas del mundo.