Cuando llega la luz
1. Un pasado envenenado
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Un pasado envenenado
Junio de 2006
Sandra
Desde que regresé de Dianium hace más de un año, he soñado muchas veces con Alberto, con esa clase de sueño del adiós, igual que cuando soñaba con el colegio o con una casa donde vivíamos cuando yo era pequeña y que repiqueteaba en mi memoria con su pasillo laberíntico y la luz cegadoramente blanca de la cocina.
Antes de Alberto, nunca creí que existiese algo más que lo que había entre Santi —el padre de mi hijo— y yo, y no porque fuese ideal o maravilloso, sino porque me era difícil imaginar lo que no tenía. El nuestro era un amor normal. Y hacíamos buena pareja: él era tres años mayor que yo, tenía contrato fijo (era uno de los pocos expertos en un programa informático con el que podía trabajar desde casa si quería) y un piso viejo en el centro que había heredado. Cuando me quedé en paro no tuve de qué preocuparme: viviríamos juntos y me dedicaría a hacer algún curso de formación. Al anunciarle que estaba embarazada se alegró mucho y dijo que lo suyo era que nos casáramos y formásemos una familia. Pero cuando comprendió lo mucho que ese posible futuro me agobiaba dejó de mencionarlo. Pasamos juntos cuatro meses y, aunque no sabía lo que me faltaba puesto que nunca lo había tenido, un día vi besarse en un vagón del metro a una pareja de una forma que me sobrecogió. Sentí ganas de llorar, un grito profundo en el alma. Supe con una certeza aguda, como si me clavaran un cuchillo de luz en el cerebro, que si no tenía ese beso no quería ninguno. No quería un amor normal.
Fue entonces cuando decidí pedirle prestada a mi hermana la casita de la playa e irme a pasar unos meses a Dianium. Y allí estaba él, Alberto, metido en uno de los asuntos más feos y peligrosos que yo hubiera podido sospechar nunca: la Hermandad, un grupo de antiguos nazis y neonazis refugiados en el esplendor de la Costa Blanca. Él era uno de ellos y, sin embargo, me ayudó. Me salvó. Me sacó casi en brazos de Villa Sol, un lugar que primero fue hermoso y luego terrorífico. Y un día, un atardecer fresco, durante uno de los pocos momentos en que estuvimos solos, mientras caminábamos por la playa, sentí sus labios finos y suaves en los míos, mordiéndolos. Noté su lengua sedosa en mi boca como un poco de mar, entrando y saliendo como las olas. Su cuerpo cerca, muy cerca. Así que eso era. Así que ya no había duda sobre lo que quería. Todo estaba en aquel cuerpo delgado y en aquel pelo castaño, tan endeble que podría arrancárselo una simple brisa. Estaba en su camisa arrugada y remangada hasta el codo, y en su forma de esperar los acontecimientos con un pie apoyado en la pared mientras lanzaba el humo del pitillo hacia arriba formando pequeñas nubes de tormenta. Estaba en sus ojos, resbaladizos como una anguila. Y me gustaría contarle a alguien a quien le interese de verdad que desde aquella vez con Alberto ya nunca me he sentido sola, aunque no haya vuelto a verle ni a tener noticias suyas.