Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 29 de 96

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Cuando llega la luz

Sandra

Al día siguiente del descubrimiento de la tienda de electrodomésticos Soimens, cuando salí de la ducha, Santi estaba en la cocina con el pelo revuelto, la cara acorchada y sin afeitar. Estaba preparando un biberón y una papilla de cereales.

—Le está saliendo un diente —le dije—. Voy a la farmacia a ver qué puede calmarle cuando vuelva el dolor.

—No tardes —me pidió.

—¿Por qué?

—Por si llora —dijo agitando el biberón.

Acababa de ver con toda claridad por qué lo nuestro no pudo ni podría funcionar: porque no soportaba no sentirme libre. Regresaría cuando me saliera de las narices.

Pasé por la farmacia y a continuación me dirigí a la tienda de electrodomésticos. Aunque el día anterior quería irme de allí, ahora necesitaba salir de dudas. ¿Sería una tapadera de la Hermandad? ¿O fue pura casualidad que Martín entrase en la de Madrid? El bulevar aún conservaba restos del frescor de la mañana. Los árboles olían a tierra mojada y del puerto llegaba un resplandor que pronto caldearía el ambiente. Aparqué la moto sobre la acera rogando que no le diera por pasar por aquí a ningún guardia municipal.

Eran las once y media y aún estaba el cierre echado. No madrugaban mucho que digamos. Me tomé un café en el bar de tapas mientras vigilaba la acera. Pregunté a qué hora solían abrir la tienda de electrodomésticos. Depende, a veces ni abren, dijo el camarero. Me puse como límite media hora más de espera y la posibilidad de regresar por la tarde. Pero no hizo falta, al rato se oyó el pesado deslizamiento de una chapa. Pagué y salí.

El empleado dormilón era un chico delgado, moreno, con pantalones vaqueros intemporales, camisa de cuadros con manga remangada hasta el codo, pelo corto de barbería clásica y gafas de concha. Se me quedó mirando con el candado en la mano.

—¿Está ya abierto?

Me indicó con la mano que pasara y no me preguntó qué deseaba.

Se metió en la trastienda y yo me entretuve mirando los artículos expuestos, que vistos con detenimiento no eran nada del otro mundo, más bien un poco anticuados, como el mismo dependiente. Elegí uno por si me viese en la necesidad de comprarlo o al menos de interesarme por él, una batidora de vaso con tres velocidades. Cuando por fin salió de aquellas profundidades le pregunté por ella. Buscó el precio y no supo confirmarme si montaba claras. Sabía tanto de batidoras como yo.

—Me lo pensaré —dije ante su total indiferencia. Pero cuando ya me acercaba a la salida me volví.

—Por cierto, ¿conoce a Martín, un chico fuerte, un poco más alto que yo, cabeza rapada…?

Detecté la sorpresa en sus pupilas, dilatadas. Sus ojos parecían una cosa, su voz otra.

—¿Martín? —se limitó a preguntar.

—Es amigo mío y el otro día por casualidad le vi entrando aquí, estoy tratando de localizarle.

—Es difícil conocer a todos los clientes. Lo siento.

—Volveré por la batidora. Voy a pensármelo —dije otra vez.

Puede que todo fuese una casualidad e imaginaciones mías. Seguramente Martín no había puesto un pie en esta tienda y seguramente continuaba en Madrid. Lo más probable es que este empleado fuese un profesor en paro o algo así.

 

En casa, Janín lloraba de dolor y me miró con ojos suplicantes al verme llegar.

—No sabía qué hacer —dijo Santi con tono de reproche.

No contesté, no tenía ganas de mentir ni de dar explicaciones. Abrí la caja que me dio el farmacéutico y me puse a leer el prospecto.