Cuando llega la luz
Sandra
Janín y yo pasamos la mañana del domingo en el parque, luego comimos y él se echó la siesta. Lo hice todo mecánicamente, pensando en la hora de llamar a Esther a Buenos Aires. Y cuando llegó el momento temí que Esther hubiese salido o que no cogiera el teléfono, que no hubiera podido hablar con Julián y que yo no le inspirase mucha seguridad. Temí que Julián se hubiese olvidado de esos pequeños detalles conocidos nada más que por nosotros dos: la tarta, el Faro, las piedras y que su hija me tomase por una farsante. Janín, ya despierto, me miraba desde la manta de juegos en el suelo como si comprendiera mi ansiedad, como si se tomara muy en serio todos mis pensamientos, y oyó como giraban los números en la rueda del antiguo teléfono igual que una carraca. Sonrió al teléfono.
De pronto se hizo el vacío y dejé de pensar, me paré en seco. La voz suave y áspera de Esther preguntó quién era arrastrando las sílabas hasta la mesa donde se apoyaba el teléfono entre una bolsa de patatas fritas y una coca-cola.
—Sandra, de Dianium —dije—. ¿Llamo en buen momento?
Necesitaba tener a Esther a mi favor, no quería que considerara que le fastidiaba la vida más aún.
—Mi padre me ha dicho que te regaló algo sin valor material, pero muy querido para él. ¿Qué es?
Me puse nerviosa, ¿cuántos regalos me había hecho Julián, cuántos regalos de verdad, para mí? Una caja lacada, que aún permanecía sobre la cómoda. Dudé que fuera esto. No quería meter la pata. Si me equivocaba, me colgaría la llamada.
—Un saquito con arena. Se lo diste cuando eras pequeña y él lo llevaba como un talismán o amuleto. Me lo dejó para que me protegiera, pero ahora creo que él lo necesita más que yo.
Silencio. Podía percibirse toda la oscuridad del universo entre ella y yo. Cuando arrancó a hablar lo hizo con la voz entrecortada, como si llorase o hubiese llorado hacía unos segundos.
—No me acordaba… Hace tanto tiempo. Son cosas de niños. Está bien. Se hospeda en un complejo hotelero que se llama Tres Olivos, está entre el monte y el mar, en una zona de nombre La Xara. No ha salido de Dianium. No quiere volver de momento, dice que allí tiene amigos de su edad y un equipo médico muy bueno que vela por él. Iré a verle en vacaciones, cuando termine las clases.
Respiré hondo. Julián seguía vivo y en España; él sabría lo que teníamos que hacer y se alegraría mucho de que no hubiese asustado a su hija.
—No le cuentes esto a nadie más —dije—. Aparte de mí no debe saberlo nadie, por precaución.
Notaba a través de las galaxias como a Esther le flaqueaba la voz y como no se le iba de la cabeza aquel lejano momento en que ella volvió del colegio y le entregó a su padre el gran tesoro del día.
—Dice mi padre —añadió Esther— que no te presentes a verle por las buenas. Preferiría que no se enteraran de tu regreso. Busca una manera discreta de encontrarle.
Comprendido, pensé, esto quiere decir que Julián no ha bajado la guardia y que es consciente de que le ronda algún tipo de peligro. De un tiempo a esta parte no tenía que hacer planes, casi no tenía que pensar qué iba a hacer al día siguiente. La vida iba imponiéndome un camino, iba señalándome por aquí, por allá, como si existiera un destino o un plan que cumplir.