Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 69 de 96

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Cuando llega la luz

Julián

Estaba pensando cómo volver a la carga con Frida y decirle que Martín la estaba utilizando porque su verdadera aliada era su madre, cuando vi a Pilar entrar en el comedor buscándome con la vista.

Me hizo señas de que saliera.

—Este joven es un asistente social —dijo con unos ojos y unos labios muy pintados a pesar de lo temprano que era—. Viene por si necesitas ayuda. Ojalá a mí también me ayudase alguien.

—Gracias —respondí, verdaderamente asombrado ante la presencia de Santi.

—Tenemos que arreglar algunos papeles —dijo él, dando por sentado que nos íbamos por ahí.

Le pedí que me acompañara al cuarto a recoger la medicación del mediodía por si acaso.

Aún no habían arreglado la habitación y olía a cerrado, no a mí, sino a un olor peculiar que traspiraban las paredes y las almas que habían pasado por allí.

—Mira —dije en voz baja, señalando la mesa por debajo—, aquí guardo algunas fotos pegadas al tablero y también unas coordenadas que señalan una cueva en el monte.

Él se arrodilló y se asomó ligeramente, luego echó un vistazo alrededor mientras yo contabilizaba las pastillas y las envolvía en un trozo de papel higiénico. Me las metí en el bolsillo del pantalón.

—Siempre llevo una pastilla de nitroglicerina aquí —le dije señalando el bolsillo de la camisa—, por si el infarto llama a la puerta. No quiero asustarte, pero si ese momento llega me la pones debajo de la lengua.

Hizo un gesto advirtiéndome que no era su nieto ni alguien a quien le importara mi vida.

—Aquí —dije señalándole el bolsillo de la chaqueta mientras me la ponía— llevo el cuaderno de notas.

Santi era como un adolescente rebelde. Todo lo escuchaba a medias, hacía caso a medias, se resistía a medias a que ocurriera lo que estaba ocurriendo y a que yo existiera. No me extrañaba que Sandra se lo hubiese pensado antes de comprometerse con él. Era muy difícil lidiar con un incrédulo. En Buenos Aires uno de mis colegas era así: de entrada no se creía nada, ante cualquier comentario torcía el gesto, vivía en un mundo extraño en que solo existían el mus, nosotros, el camarero y las tapas que nos ponían con las cervezas.

Fuimos al parking y cogí el chubasquero de debajo del sillín.

—Sandra tuvo aquí un amante, ¿verdad? No me lo ha negado. Me da igual con quien estuviera liada. Ahora me da igual todo.

No dije nada. No quise mencionar a Alberto. No había que complicar más las cosas con el pasado, sentimientos a flor de piel y un montón de matices siempre dudosos.

Tuve que centrarme y olvidar a Alberto como lo había olvidado todo el mundo menos Sandra. Pensé en Frida, que habría estado dándole vueltas al asunto del niño raptado.

—Sandra tiene un arma, ¿lo sabías?

Negué con la cabeza, ¿de dónde la habría sacado?

—¿Sabes manejarla? —pregunté.

—Ni que fuera de la Asociación del Rifle.

—Yo puedo enseñarte —me ofrecí—. No quiero que os hagáis daño.

—Uff. ¿Qué pasa con ese amante?

—Primero tomemos un café en el Faro —dije poniendo en marcha la moto. Él se subió en el coche con toda la incredulidad del mundo.

 

No creía que Frida se pasara las horas vigilando por segundo día. Ella no podía saber que yo volvería a subir. Mi regreso se debía a una simple intuición. Pedimos un cortado y un café solo. Mientras los servían salí y fui hasta las palmeras salvajes, me senté en el banco y levanté la piedra cuadrada. En una bolsa de plástico de congelar alimentos había un mechón de pelo rubio. No quise abrirlo por si había que llevárselo a la policía. Me sentí mal, con náuseas, ¿qué significaba esto? Desprendí los granos de tierra de la bolsa y me la metí en el bolsillo. Me repugnaba que Frida le hubiese cortado un trozo de pelo con unas tijeras al niño, ¿no se acordaba de cuando se lo cortaron a ella? Hay dos clases de personas: las que odian hacer el daño que les hicieron a ellas, y las que necesitan hacer el mismo daño que les hicieron para librarse de él. Y Frida era de estas últimas. Esperaba no haber puesto al niño en un peligro mayor con Frida.

No le dije nada a Santi del mechón. Esta información solo serviría para angustiarle y desconcertarle más y para que intentara ir a la policía, como si la policía, por el hecho de serlo, pudiera saber todo lo que sabíamos Sandra y yo. Lo único que conseguirían sería hacerles huir y que se llevaran al niño más lejos, si no algo peor.

Saqué el cuaderno de notas del bolsillo y busqué una tarjeta de visita que hacía un año y medio me entregó Elisabeth, la compañera de trabajo de Alberto. Le pedí a Santi su móvil y marqué el número de teléfono. Me dirigí al baño para hablar tranquilo.

No recordaba que tuviera la voz tan áspera, solo el pelo rubio recogido en una coleta, la nariz enrojecida por el frío y el anorak amarillo, aquella tarde en que me dio la noticia de la muerte de Alberto y de su verdadera identidad.

Le expliqué quién era yo. Me recordaba perfectamente. ¿Me encontraba bien? ¿Tenía algo nuevo que contarle? Antes de poder decir nada me recomendó que me olvidara de los flecos sueltos que quedaban de la Hermandad, la organización estaba ya quemada y acabaría dispersándose completamente. No le conté nada del secuestro del niño ni de que había miembros nuevos y con bríos renovados. Solo le pedí que le contara lo que le había sucedido a Alberto a la joven de quien él estaba enamorado por aquellos días. Se llamaba, se llamaba, dijo ella haciendo memoria.

—Sandra —dije.

—Sandra, claro.

—Creo que tú conocías los sentimientos de Alberto hacia ella mejor que cualquiera y le gustará que le cuentes que era un gran tipo, que era tal como se imaginaba que era.

Santi me esperaba de pie.