Cuando llega la luz
Julián
Les desperté a las cuatro como habíamos acordado. Me había abrigado en el sofá con un par de albornoces que encontré en el cuarto de baño y procuré taparme la cabeza con un cojín para no escuchar los ronquidos de la madre de Martín. Logré quedarme traspuesto una hora seguida. No podía llamarse dormir porque lo oía todo en sueños, incluso oía más ruidos de los que podría haber, como la puerta de la calle, una ventana que se abría y pasos de botas militares.
No olvidaba que tenía la pistola cargada a los pies del sofá y al alcance de la mano. Solo tenía que cogerla, a lo que me daría suficiente tiempo puesto que si alguien entraba no me vería a simple vista. El sofá estaba de cara a una falsa chimenea y el que entrase solo vería su alto respaldo.
Hice café bien cargado y vi como la retenida sufría algunos espasmos musculares. Ella sabría. Se le había brindado comida y la oportunidad de un mejor trato y lo había rechazado. Mientras no se muriera, no me daba pena. Ni tampoco después me la daría, solo preocupación. ¡Bah! Morir no es tan fácil, antes del final una persona como ella tendría que pasar por muchas fases de enfermedad y debilitamiento. No habíamos hecho nada más que empezar. Salí fuera. El jardín estaba en calma y también la calle. Subía olor a sal y en medio del silencio se apreciaba un remoto oleaje. Hacía frío, la humedad se metía en los huesos. El café me vino bien. Reuní todo lo que debíamos llevarnos: los pañales, el café, lo que quedaba de pan y de pollo. Estos chicos no tenían ni idea de lo que estábamos haciendo. Cogí unos calcetines y una camiseta de hombre de entre un montón de ropa doblada en una silla. Lo metí todo en una bolsa de plástico del supermercado.
Al primero que desperté fue a Santi. Se levantó de un golpe.
—¿Qué pasa? —dijo completamente desconcertado.
—Ya es la hora. Toma, una taza de café.
La cogió entre las manos y fue bebiendo según bajaba las escaleras. Iba descalzo y sin camisa.
—Hace frío, ponte algo encima.
Volvió a subir y bajó con un Lacoste color rosa que no parecía de su guardarropa. Se puso otro café y observó a la desgreñada, que dormitaba; de vez en cuando abría los ojos, para cerciorarse de que todo aquello no era una pesadilla, y volvía a cerrarlos para huir de ella.
—Es mejor que te adelantes con la moto y saltes la valla con mucha cautela, te cueles por la ventana del otro día, abras la puerta y el portón —dije—, para que cuando lleguemos Sandra y yo con esa en el coche la metamos entre tú y yo y la bajemos al sótano. Mientras, Sandra aparcará en una calle donde el coche no levante sospechas. Tú puedes dejar la moto en cualquier sitio.
No hizo falta que despertara a Sandra, bajó restregándose la cara con una toalla. Le puse una taza de café con dos cucharaditas de azúcar, necesitaría toda la energía posible. Ya estaba vestida, así que le pedí que dejara en el coche la bolsa del supermercado y que lo acercase a la puerta. No había tiempo que perder, no podíamos tener las luces de la casa encendidas tanto tiempo, nunca se sabe quién podría verlas. Mientras, le desaté las manos a la desgreñada y le pedí que se desatara los pies. La apuntaba con el arma. Me obedeció, había algo en mí que me hacía más temible que los otros.
—Ahora vamos al baño y nada de tonterías. Haz tus necesidades. No te preocupes por mí, he visto toda la inmundicia humana del mundo.
Ella se subió la bata y se sentó en la taza sin quitarme la vista de encima, por si acaso yo le daba la oportunidad de actuar.
—¿Sabes una cosa? Ya no te necesitamos. He descubierto cómo recuperar al niño sin ti. Si te pego un tiro al único que le dolería es a tu hijo; a los demás les daría igual, no eres uno de ellos.
Cuando terminó, intuí claramente que sopesaba la posibilidad de reducirme. Era una mujer fuerte con poderosas mollas en los brazos y yo un viejo con el corazón hecho polvo. Sopesó la inconveniencia de que sonara un disparo a estas horas en que todo el vecindario a la redonda lo oiría.
—Las casas de alrededor están vacías y un tiro suena como un millón de cosas que se caen al suelo. Y en último caso, lo haría sin pensar en las consecuencias —dije mirándola fijamente a los ojos.
En el salón le pedí que se sentara y esperamos a que entrase Sandra. Le até las manos a la espalda y le puse una sudadera por encima con la capucha cubriéndola. Salimos. La sentamos detrás. Yo cerré la puerta de la casa mientras Sandra ponía el coche en marcha. Recé para que no nos parara ningún coche de la policía ante la que sería difícil explicar por qué llevábamos a una mujer atada y amordazada, no quería problemas con ella durante el viaje. La mujer no hacía más que maquinar cómo salir corriendo para reunirse con su hijito.
Era muy impresionante, en la carretera hacia el Tosalet, ver la mancha oscura de los árboles que se unía con las estrellas. Centelleaban sobre las abismales ondulaciones de los montes como si al firmamento se le hubiese caído una capa de piel. Daba la impresión de que si levantaba la mano y la metía en esa oscuridad alguien o algo tiraría de mí hacia arriba. De momento estábamos aquí abajo haciendo lo que podíamos. La desgreñada también miraba de vez en cuando aquella inmensidad, seguramente pensando cómo se las arreglaría su hijo sin ella.
Me asombró la pericia de Sandra para llegar hasta la mansión de Otto y Alice con las luces apagadas desde el principio de la calle. Santi entreabrió el portón y yo ayudé a salir a la desgreñada. La encañoné por el costado. Y aun sabiendo que no podría matarla allí mismo era una advertencia de que podría hacerlo más adelante en cualquier cuneta. Anduvimos rápidamente hacia la casa. Santi entornó el portón sin cerrarlo del todo para que pudiese entrar Sandra.
Hacía frío en la casa. Saqué una linterna del bolsillo, las luces nos habrían delatado. La retenida miraba con los ojos bien abiertos aquel lugar al que hasta ahora no había tenido acceso. Un lugar intocable para ella, la morada de uno de sus máximos líderes. La luz de la linterna resbalaba por la chimenea de mármol verde, por los sofás de raso amarillo, por las escaleras blancas, por los muebles de caoba. Cogí la bolsa de pañales. Para bajar, Santi la condujo por el brazo, no queríamos que se cayera o que se tirase por las escaleras.
Con la linterna exploramos lo que pudimos del sótano, hasta dar con un sofá de cuero de dos metros donde puede que Otto se echara algunas siestas. En el estante superior de un armario había varias mantas. Le pedí a Santi que cogiera una porque yo no llegaba y además tenía que hacerme cargo de la pistola. También le pedí que le desatara las manos.
Le tendí a la desgreñada la bolsa de pañales y le ordené que se pusiera uno. No podríamos estar siempre presentes para llevarla al baño. A buen seguro Sandra, al retenerla o secuestrarla, no había caído en estos detalles y se habría dejado llevar por esa imagen de las películas de alguien atado a la cama, que puede pasarse días y días sin que su cuerpo expulse nada.
—El sótano está insonorizado —dije—. Vas a estar muy cómoda en ese sofá de piel, no sabemos si humana. Ya sabes lo caprichosos que son tus jefes.
Ella se subió el vestido. Era la segunda vez que asistía a esta escena. Santi se volvió de espaldas. Cuando se lo bajó parecía más ancha de caderas. Le indiqué que se pusiera unos calcetines y una camiseta que había traído de la casita y a continuación que se tumbara. Lo de la piel humana lo dije para que sintiera rechazo por el sofá, pero como era muy probable que fuese verdad procuré rozarlo lo menos posible. Santi apareció del fondo del sótano con una buena cuerda y un par de linternas más.
—Aquí hay de todo —dijo.
—¿Hay también una sierra eléctrica? —pregunté de espaldas a la desgreñada, pero sintiendo su aterrada mirada sobre mí.
—También, y guantes de goma. Y hay un congelador con tartas y precocinados.
—Vivían como reyes —comenté mientras buscaba la manera de atarla al sofá—. Trae un destornillador. Tengo que abrir un agujero por donde pasar la cuerda.
Al final conseguimos dejarla bien atada. Las tres linternas la alumbraban desde una mesa como si fuese un cuadro, pero como no queríamos que cuando saliese el sol se la pudiera ver por alguno de los ventanucos del sótano tuvimos que correr el sofá con ella encima unos metros. Acabé agotado y busqué un grifo para beber agua. Como decía Santi, había de todo, también un baño con ducha. Me lavé la cara y bebí agua con la mano. En un jarrón alargado había unas flores de tela. Las tiré y puse agua. Luego busqué una goma estrecha y alargada, que posiblemente usaban para el riego automático del jardín, la corté y la metí en el jarrón. Lo puse al lado del sofá y la goma la sujeté con la mordaza de la boca.
—Así podrás beber siempre que tengas sed, aunque sin exagerar porque podrías quedarte sin agua.
Santi se quedó admirando mi obra con la cabeza ladeada, como si tuviera que tomar perspectiva.
—Ya es hora de comunicárselo a su hijo, Martín se llama, ¿no? —dijo.