Cuando llega la luz
5. Las calles más oscuras
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Las calles más oscuras
Sandra
Hice que la desgreñada aparcara junto a la cancela, de forma que ella pudiera salir del coche y entrar en el jardín sin ser vista por ningún vecino, salvo por alguno extremadamente curioso, lo que no sería relevante porque todas las casitas estaban ocupadas por gente de paso, turistas o profesores en tránsito de los institutos de enseñanza media de la zona. Le pedí que echara el freno de mano y que me diera las llaves. A continuación bajé y abrí la cancela y la puerta del coche.
Al minuto Santi salía a la puerta. Desde lo de Janín, los sonidos, por pequeños que fueran, se habían agigantado o nuestros oídos se habían agudizado. Hasta una gota de lluvia cayendo de una hoja podía encerrar algún significado. Y el ruido de la puerta ni te cuento. El motor de un coche. Gente hablando en la calle. El balbuceo de un niño. El móvil vibrando en la mesa. Temíamos especialmente el timbrazo de los policías encargados de nuestro caso. Nos aterraba cualquier posible noticia suya, nos creaba imágenes insoportables de niños muertos encontrados en el arroyo que se vertía en el mar o entre los juncos o en un vertedero. A estas alturas los dos policías, con lo que sabían, no serían capaces de encontrar a nuestro hijo vivo.
La desgreñada echó una ojeada a las plantas, a la mesita redonda de hierro con sillas a juego, a las adelfas, los naranjos, el limonero, a la gravilla del suelo, al pequeño porche y al farol de hierro que colgaba del techo. Barrió con la mirada la fachada de color ocre y las vespinos atadas a un tronco. Se encontraba alerta, empapándose de todos los detalles que era capaz de reunir y que su instinto le decía que en algún momento le servirían para escapar de nosotros. Se estaba preparando para lo que fuese a llegar.
Santi la miró encajando una sorpresa más, una extrañeza más. ¿Qué hacía aquí esa mujer? La empujé hacia adentro. Santi se apartó a un lado.
—Es la madre de Martín —dije mientras pasaba rozándole.
—Pues ahí tienes a tu amigo —replicó encendiéndose un pitillo y exhalando la primera calada como si en ello le fuera la vida.
Nada más entrar, uno se encontraba a la derecha con el sofá del saloncito, separado del comedor por el tono de la decoración y que se unía a la cocina por una barra de madera. Al principio no vimos a nadie. Volví a empujar a la desgreñada por la espalda con la mano hasta el centro de aquel conjunto de cosas. La tela de flores de su bata o vestido estaba mojada. Seguramente la inquietud de conducir hacia un lugar desconocido la hizo sudar como nunca. Noté en la mano carne entre mullida y musculosa. Parecía fuerte, pero jamás podría correr tanto como yo, y Santi la tumbaría de un manotazo.
Siéntate ahí, le dije señalándole una de las sillas de madera maciza del pequeño comedor. Pensaba atarla para desentenderme de ella por un rato. Y fue entonces cuando entendí la frase de Santi, «Ahí tienes a tu amigo», a la que no había prestado atención para no distraerme de la desgreñada.
Surgió como un gato de entre los cojines del sofá. Primero hizo un pequeño ruido, una tos y después alzó ligeramente las piernas, las botas, se sentó y se levantó.
—Vaya, ¿a quién tenemos aquí? —dijo Julián como si regresara del centro de la tierra.
—Buscaremos una cuerda por los cajones y debajo de la pila. Tiene que haber un rollo de la cuerda de nailon que usamos para tender la ropa —dije.
Y entonces ante la mirada asombrada de Julián, saqué del bolsillo de la sudadera la pistola y se la di.
Tenía la mano fría y huesuda, pero no le temblaba, y seguro que sabría qué hacer con el arma mejor que yo.
—Es mejor que busques tú la cuerda —dijo apuntando a la madre de Martín.
La desgreñada lo miró tratando de recordar. Julián le sonaba de algo. No era consciente de que probablemente lo habría visto en las fotos que un día repartieron por la Hermandad y quizá en Tres Olivos, pero no estaba segura de nada.
—¿Y por qué está aquí? —preguntó Julián con mucha prevención.
—¡Qué suerte!, encontré un rollo entero de cuerda. —Empecé a desenrollarla con una alegría infantil, alocada—. Porque la estamos secuestrando. Martín tendrá que decidir si su madre o Janín. Ojo por ojo.
Santi entró expulsando la última bocanada de humo. Se lo tragaba como si fuese agua y lo devolvía como si fuese el demonio.
—Déjame a mí —dijo—, esta se va a enterar de lo que es un buen nudo.
La amordazamos con el primer paño de cocina que había por allí, sucio de pasarlo por la encimera. Se lo colocamos entre los dientes y lo atamos detrás de la cabeza. Debía de ser bastante desagradable, pero entre algo desagradable y una tortura hay un abismo. Nos miraba con los ojos muy abiertos, lo único que podía mover sin trabas aparte de la cabeza. La bata sudada un rato antes se le empezaba a enfriar.
Eché los visillos de la ventana de la cocina, por donde entraba una mañana fresca y apacible.
—Será mejor colocarla en este rincón para que nadie desde fuera pueda ver su sombra.
Nos pusimos a ello Santi y yo. No queríamos que Julián hiciese esfuerzos extras después del pinchazo que le propinó Frida. Pero la silla era terriblemente pesada, como si la madera estuviera rellena de hierro, y la desgreñada también pesaba lo suyo y encima no queríamos hacer demasiado ruido. La arrastrábamos como podíamos hasta que ella se rebeló, movió el culo y la cabeza y los ojos y se nos volcó la silla de lado. El golpe debió de ser tremendo. Gemía todo lo que podía con la garganta, le faltaba la respiración. Enderezamos la silla con bastante esfuerzo. Ella nos hacía señas con la cabeza. Le desanudé el paño.
—¿Qué hostias quieres? —le grité para dejar claro que podía ser bastante más dura que ella.
—No puedo más.
Necesitaba ir al baño. Yo tampoco quería que aquello oliese a los meados de la desgreñada, así que tuvimos que desatarla. Santi me preguntó cómo no había pensado antes en eso. Le contesté fuera de mí, deshaciendo los nudos con toda la rabia que me cabía en las manos, que nunca había secuestrado y atado a nadie, que no iba a decirle antes de atarla: «¿Desea ir al baño la señora?».
—Bueno, ya está —dijo Julián—, que haga lo que tenga que hacer antes de proceder de nuevo, así se podrá trasladar cómodamente la silla hasta el rincón. Eso sí, Sandra, tendrás que entrar con ella. No me fío.
Tuve que soportar el ruido y el olor recalentado del chorro de orín que salía del cuerpo de aquella mujer en cuyas entrañas se había gestado a Martín. Y después no tuve más remedio que ver de reojo cómo se subía las bragas y se bajaba la bata, y cómo se lavaba las manos, y también vi los frascos de perfume de mi hermana al alcance de sus manos. En el espejo vi cómo ella los miraba. En un rápido movimiento podía coger uno, romperlo por la mitad en el lavabo y rajarme el cuello antes de que Santi pudiera socorrerme. Por si acaso, decidí retroceder hacia la puerta, y mientras lo hacía, ella, en un abrir y cerrar de ojos, cogió un frasco de Chanel, lo rompió contra el lavabo, tal como había imaginado que haría, pero a mí me dio tiempo de abrir, salir y correr pasillo adelante. Eran cuatro pasos de pasillo en los que pudo darme alcance, pero no lo hizo. Al aterrizar en el salón-comedor-cocina, Julián y Santi me miraron sin entender nada; yo tampoco entendía hasta que comprendí que no intentaba herirme a mí, habría sido inútil. Regresé recorriendo los cuatro pasos en dos zancadas.
Estaba apoyada en el lavabo con la muñeca izquierda ensangrentada. Encogidos en la puerta, Santi y Julián miraban atónitos. Ella nos amenazaba con el cristal enrojecido. El cuarto de baño estaba inundado de una maravillosa fragancia que eliminaba todo rastro de mal olor de la desgreñada.
—Tenemos que curarte. Estás desangrándote —dijo Julián con un tono de profunda humanidad que ella no se merecía.
—No vais a convertir a mi hijo en un chivato. No vais a chantajearle a mi costa —murmuró con las mandíbulas apretadas.
—Dentro de media hora te desmayarás y te cortaremos la hemorragia. No vas a morirte —continuó Julián, el más apto sin duda para dirigir este asunto, aunque sin mucho tino por cierto, porque ella se cambió el cristal de mano, dispuesta a cortarse la otra muñeca.
La herida era poco profunda y la sangre espesa, como si le corriera barro por las venas. Sentí alivio. Esas gotas que salpicaban el lavabo y las baldosas blancas eran la confirmación de que mi hijo seguía vivo, de lo contrario Martín no podría delatar a nadie. La esperanza me inspiró, fui hacia ella y le di un puñetazo en su cara carnosa y brillante. Se tambaleó y se llevó las manos a la nariz, el cristal cayó al suelo soltando algunas gotas más de perfume. Ahora también le sangraba la nariz. ¡Qué se joda!, exclamé. La cogí del pelo y la obligué a sentarse en el bordillo de la bañera.
—No quiero que ponga perdido el saloncito —dije mientras yo me escuchaba decirlo como si fuera otra persona.
Santi buscaba torpemente gasas, algodón, alcohol y esparadrapo. Julián pidió calma y se encargó de curarla. Primero la muñeca. La desinfectó con un buen chorro de alcohol, por lo que tuve que amordazarla con una toalla para que no se oyeran sus alaridos, y luego le puso un algodón en el orificio nasal.
—No sé —dijo—. Parece que tiene roto el tabique.
Traje una bolsa de hielo del frigorífico y se la aplasté contra la nariz. Julián le pidió que se sostuviera ella misma la bolsa y la mujer la estampó contra los baldosines de enfrente. Me dieron ganas de volver a darle, pero no quise empeorar la situación, no quería más sangre.
Cuando se le cortó la hemorragia de la nariz la condujimos a la silla. Ella no colaboraba y tuve que darle unos cuantos empujones, cada vez me apetecía más pegarle. Me gustaba coger un puñado de su estropajoso pelo y tirar de él. Cuando le hacía daño, deseaba hacerle más y más. Jamás habría podido darme pena, solo ganas de machacarla. En uno de los tirones de pelo Julián se me quedó mirando.
—Es muy fácil pasar la línea, domínate —dijo.
Pero ¿de qué línea estaba hablándome? Me importaba una mierda cruzar la línea. Yo no quería ser mejor que ellos, lo único que me importaba era ver a mi hijo.
Volví a ponerle el paño en la boca y esta vez apreté más fuerte, con la sensación de que en algún lugar también Martín estaría sintiendo cada empujón, cada tirón de pelos y las cuerdas clavándosele en las muñecas y los tobillos. Sentiría la furia de su madre y su desesperación. Sería algo extraño, descorazonador, que no tendría nada que ver con las sombras de su niñez y su patética soledad. La miré con infinito desprecio.
—¿Y ahora qué hacemos con ella? ¿Y si en este momento viniesen a vernos los policías que llevan nuestro caso? ¿Y si algún vecino la ha visto entrar? Habrá que darle de comer y de beber, y en cualquier descuido podría ingeniárselas para llamar la atención. Es muy hija de puta —dijo Santi encendiéndose un pitillo.
—Si nos viésemos obligados a deshacernos de ella —intervino Julián con calma y naturalidad— sería complicado porque es bastante voluminosa, pesa mucho y nos llevaría una eternidad cortarla en trozos. Tendríamos que optar por trasportarla a alta mar y allí arrojarla al fondo atada a una piedra grande. Pero a ver quién es el guapo que levanta una piedra de ese calibre. Desde luego sería más factible trocearla. ¿Tenemos una sierra?
Por primera vez la desgreñada miraba aterrorizada de verdad. Y era increíble este Julián, porque mientras Santi y yo a medida que nos desesperábamos nos íbamos por el lado oscuro del vocabulario, el de él se refinaba más, con palabras como optar o factible. Parecía que estaba leyendo lo que decía.
—Voy a limpiar el cuarto de baño. La desgreñada lo ha dejado perdido —dije.
Santi salió al jardín. Podría haber fumado dentro, pero necesitaba aire fresco. Mojé una toalla, la pasé por todas partes y luego la metí en una bolsa de plástico para tirarla en algún contenedor. En el fondo de mí, en ese lugar recóndito (usando el vocabulario de Julián) en que se guardan los peores pensamientos, yo había matado a la desgreñada y la toalla ensangrentada era una prueba. Me sentía en lo que llaman «el otro lado de la ley», en las calles más oscuras, y no me pesaba ningún tipo de culpa ni de pecado. Y pensar que cuando era niña me daba miedo atravesar un campo por la noche y un simple pasillo.
—He estado pensando —dijo Julián mientras me veía atar la bolsa— en posibles lugares donde esconderla. Un lugar donde a Martín ni a sus colegas se les ocurra buscarla. Ahora no podemos salir deprisa y corriendo a alquilar un apartamento, que en todo caso no sería muy seguro.
No sabía adónde quería llegar. Los sitios que conocía eran esta casita, la residencia Tres Olivos o los Bungalows Bremenn. Todos lugares descartados. Villa Sol estaba en alquiler, y nada más quedaba la mansión de Otto y Alice.
Santi entró y se lavó las manos en el fregadero; también se restregó una mancha en la camisa.
—Bueno, ¿qué se te ha ocurrido? —le pregunté a Julián.
—La meteremos en el sótano de la mansión de Otto y Alice. La casa está cerrada esperando que sus dueños vuelvan y parece que a nadie de la Hermandad se le ocurre ir por allí. No están autorizados a ocuparla o, por lo que vimos el otro día, no tienen ningún interés en limpiarla. Es el mejor sitio.
Afirmé repetidamente con la cabeza.
—Tendremos que esperar a bien entrada la madrugada para hacer el traslado. Solo los pescadores están despiertos a esa hora —dijo Santi sin dejar de restregar la mancha—. Yo iré antes.
Julián se puso el chubasquero; un bolsillo le colgaba más que el otro por el peso de la pistola. Cogió las llaves de la moto. Me sobresalté, no quería que nos dejara solos. También Santi se puso tenso; en cambio, la desgreñada cerró los ojos aliviada.
—Tengo que dejarme ver por la residencia. Volveré en cuanto pueda, no os preocupéis.
Me pregunté si sería capaz de seguir adelante con esto sin Julián. Me pregunté si hubiese podido sobrevivir en Villa Sol sin él. Santi tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¡Haz café! —le ordené con la voz más agria y fuerte que fui capaz de sacar del pecho.
La desgreñada era una espectadora en primera fila de nuestra tragedia. Con gusto la habría colocado cara a la pared, pero quería vigilar sus gestos y no tenía ya ganas de acercarme a ella para cambiarla otra vez de sitio.