Cuando llega la luz
Julián
Estaba decidido, iría a ver a Frida. Como me había duchado por la noche, por la mañana solo tuve que afeitarme y ponerme las lentillas, lo que no era tarea fácil porque a veces se me caía alguna al lavabo o al suelo y me costaba encontrarla. Afortunadamente esta vez todo discurrió sobre ruedas y fui uno de los primeros en desayunar. Aún estaban colocando las tazas para el café y los bollos, magdalenas, cruasanes, galletas integrales sin azúcar, y el comedor estaba fresco. El sol iba avanzando lentamente por el jardín y pronto atravesaría las ventanas del comedor. Habían regado y un delicioso olor amortiguaba el que año tras año y día tras día había ido impregnando el comedor: algo de lejía, algo de comida, algo de medicinas, y algo de todos nosotros. Por mucho que se ventilase siempre quedaba ese algo flotando en el ambiente. Me tomé un buen café con leche en taza grande y un par de magdalenas, y para terminar una manzana. No sabía si podría regresar para comer y necesitaba estar fuerte, o, mejor dicho, no estar muy débil.
Al salir al parking me encontré con Pilar, que cerraba su BMW con el mando a distancia. Le eché un vistazo a los arañazos que traté de disimular con spray y que aún estaban allí.
—Cuando tenga tiempo lo llevaré al taller —dijo siguiendo mi mirada.
—Bueno, lo siento —me disculpé una vez más.
—Ya nos ha llegado la trasferencia de tu mensualidad, espero que no andes mal de pasta.
—No te preocupes. Mi hija me ha mandado lo que necesitaba.
Era la primera vez que le oía la palabra pasta, lo que indicaba que su relación con James el Carpintero iba bien y que le ayudaba a ampliar su vocabulario. También me pareció que llevaba una falda más corta de lo habitual y un peinado más informal. Me pareció que a este paso acabaría cambiando sus tacones de aguja fina por unas botas camperas.
—¿Y todo bien? —dijo mientras se dirigía a la entrada.
—Todo bien —contesté mientras me dirigía hacia la moto—. Por cierto —grité hasta que se volvió hacia mí—, ¿quién fue la última persona con la que habló Salva antes de morir?
Hizo el gesto de que no lo sabía o de que yo estaba obsesionado con su muerte o de que tenía muchas cosas que hacer.
A los tres kilómetros conduciendo la moto sentí que el sueño me vencía. Imaginé que me habían dado descafeinado y encima me había puesto hasta arriba de magdalenas. Tuve que parar entre los olivos y sentarme con la espalda apoyada en un tronco; de buena gana me habría tumbado sobre la tierra, pero estaba húmeda en algunas partes. El sol me adormecía más y más. Era muy agradable ir cayendo poco a poco en una semiinconsciencia contra la que no podía luchar.
Al cabo de no sé cuánto, sentí una mano en el hombro.
—Abuelo, ¿está bien? —dijo una voz suave de hombre joven, una voz que también tuve alguna vez antes de que las cuerdas vocales se me volvieran de lija.
Era Sancho el empollón, con su aspecto de eterno estudiante. Había dejado el coche mitad en la carretera, mitad en el olivar, con la puerta abierta por si tenía que meterme dentro para llevarme a algún hospital. A todas luces regresaba de Tres Olivos. Me echó agua por la cabeza y la frente, un agua cuyas gotas me resbalaron por el cuello y me mojaron la espalda. Le dije que me encontraba bien, que me había apetecido echarme una pequeña siesta mañanera.
Volvió a preguntarme si necesitaba ayuda y me confesó que su abuelo tenía mi edad y que él sabía muy bien lo que eran esos momentos de desmayo y de no sentirse uno bien. Todo lo que sabía se lo había enseñado su abuelo, él lo quería mucho y le molestaba que la gente no respetara a sus mayores.
Me puse en pie con su ayuda, le di las gracias y estuve a punto de decirle quién era yo y entregarme. Estuve a punto de decirle que me cambiaba por el hijo de Sandra y que después les diría lo que quisieran. Estuve a punto de convencerme de que quizá este chico no era consciente del mal que hacía y que sería comprensivo con la situación. Como digo estuve a punto, pero al beber de la botella que me tendió los circuitos comenzaron a funcionar de manera más o menos normal y no dije ni pío. Era raro que el empollón visitara Tres Olivos cuando ya no estaban ni Elfe ni el Carnicero y nada le ataba allí. Quizá fuese a saldar unas últimas cuentas con Pilar, a pagar algunos gastos pendientes.
Aunque me entregara al empollón, este querría que le dijese algo que yo no sabía qué era. Y hasta que no lo averiguara el intercambio no era posible.
No encontré, camino de la casa de Frida, ningún bar donde tomarme un café que me espabilara, pero puede que no hiciese falta y que me espabilaran las circunstancias.
Me equivoqué dos veces de camino. No era fácil acertar por estos senderos pedregosos con chumberas, palmeras e hileras de buzones en las cunetas y el olor a azahar de los naranjos. No se movía una mosca. Del cielo caían silencio y calma. Por fin reconocí su buzón color verde oxidado, en que solo ponía el nombre de la casa y un número, repleto de publicidad.
Dejé la moto entre unas zarzas y atravesé cautelosamente un patio empedrado con ropa tendida. No reconocí ninguna prenda de niño. Me sobresaltaron dos gatos que salieron de entre las plantas que crecían contra las tapias del patio encalado de blanco. En cualquier momento podría aparecer Frida y no tenía muy claro qué iba a decirle. La casa era de una sola planta y podía asomarme prácticamente por todas las ventanas. En la que daba al patio junto a la puerta de entrada vi a Frida hablando con la madre de Martín y también —esta sí que era una buena sorpresa— con el Ángel Negro, cuyo nombre real era Sebastian Bernhardt, cabecilla intelectual del grupo. No podía creérmelo, así que algunos todavía andaban por aquí. ¿Por qué no tenían miedo? O mejor dicho, ¿qué era más importante que el miedo a que los cogieran y los extraditaran a otra vida desconocida? Hablaban con cansancio, como si no encontraran la solución a algo. Había tazas sobre un hule y una cajetilla de cigarrillos turcos y colillas en un plato. Puede que Frida y él fueran lo que quedaba del núcleo duro de la Hermandad.
Respiré hondo para que el corazón no se me desbocara, no porque temiese que me cogieran, me torturasen y me mataran, sino porque aún no tenía nada que ofrecer a cambio del pequeño. Me asomé por el resto de las ventanas, una tenía los visillos corridos pero no me pareció divisar ningún niño dormido, ninguna respiración. A los niños los delata cualquier cosa: el llanto, el olor, los juguetes, los pañales. No podrían mantenerle todo el tiempo drogado. Los pañales, los pañales. Junto a un emparrado había un cubo negro y grande de basura. Lo abrí y miré dentro. Como no podía ver todo el interior lo volqué en el suelo hacia mí. Buscaba pañales, cajas de leche infantil, algún chupete roto. Iba separando los desperdicios despacio, hasta que oí la puerta y las voces de las dos mujeres y el hombre. Hablaban en español porque la madre de Martín no debía de saber alemán. Se la veía satisfecha de estar con ellos, realizada. Dejé el cubo como estaba y me refugié entre las plantas que se enmarañaban junto a la tapia. Por suerte yo era flaco e iba vestido de gris. Me tapaban unas adelfas y unos gladiolos, y rogué que en ese momento no comenzara a hacer aire y se movieran.
Sebastian se metió con la española en un coche, y Frida inició el regreso a la casa; pero en medio del patio se detuvo, algo le llamó la atención. Contuve la respiración todo lo que pude sin ponerme en riesgo. Olfateó el aire. El cubo abierto y volcado debía de estar desprendiendo un verdadero hedor del que me protegían los gladiolos y las adelfas. Fue hasta él con largas zancadas, de mal humor, apartó de un manotazo un par de moscas, le pegó una patada al gato que ya zascandileaba entre los desperdicios, puso en pie el cubo y lo tapó. No se la veía precisamente contenta. Luego fue detrás del gato, que huía de ella como podía, y cuando lo atrapó lo arrulló entre sus brazos. Se paseó con él haciéndole mimos y, cuando el gato logró escaparse y saltar a tierra firme, dobló la esquina que me tapaba la puerta principal y supuse que había entrado en la casa. Era mucho suponer, pero estar de pie y sin moverme me cansaba mucho y podría marearme, así que no tuve más remedio que salir.
¿Qué haría Frida tanto tiempo en la casa? Había pasado de estar ocupada todo el día limpiando las villas de los señores de la Hermandad para que nadie metiera las narices en ellas y luego a cuidar del Carnicero en Tres Olivos, que ahora tendría que sentir cierto vacío.
Saqué el cuaderno de notas del bolsillo y escribí: «Sé lo que le hiciste al Carnicero de Mauthausen y que te ayudó Martín. Sé que no está en Alemania sino probablemente en el fondo del mar. Quizá no a todos tus amigos (y son muchos) les agradará una noticia así. Su confianza en ti podría verse amenazada. Tengo fotos llevándolo en la silla de ruedas hasta el maletero del coche. Me parece muy bien lo que hiciste con él. Mis labios estarán sellados para siempre si me dices dónde está el niño. Espero la respuesta en el Faro, debajo de una piedra cuadrada a los pies del banco de madera que hay entre las palmeras salvajes. Las ocho de la mañana será la fecha límite».
Basta. Me había cansado de escribir de pie, sin moverme. Arranqué la hoja lo más silenciosamente que pude y me aventuré a doblar la esquina. Me agaché al pasar por debajo de la ventana. Dejé la hoja prendida en el quicio de la puerta de entrada con la esperanza de que esa bruta la viese al salir. Por si acaso, cambié de idea y la deslicé por debajo de la puerta. Salí pitando arrimado a la tapia.
El rojo descolorido de Libertad II asomaba por detrás de las retamas como algún tipo de flor grande y solo por eso no me pilló Frida. Cuando iba a ponerla en marcha, ella salió corriendo al sendero y me alegró comprobar que aún gozaba de suficientes reflejos y rapidez para agazaparme tras las ramas y la moto. Me sorprendió que no notara algo no habitual en el paisaje que ella tendría que contemplar a diario cuando venía a buscar el correo al buzón o salía a entrenar esas torneadas, musculadas e incansables piernas, lo que indicaba preocupación y bloqueo. No se habría esperado en mil años que alguien le saliese con el asunto del Carnicero. Cuando calculé que ya se habría metido en su guarida puse a mi vieja amiga en marcha y nos fuimos.