Cuando llega la luz
Sandra
Llevaba dos días sin noticias de Julián y me sentía inquieta; estaba deseando coger la moto y subir al Faro para ver si me había dejado algún mensaje. Pero antes debía serenarme y decidí salir a correr por la playa. Santi se ocupaba mucho del niño, aunque insistía en que nos marchásemos para que Janín volviese a la guardería, lo que en el fondo era un intento de apartarme de mi supuesto amante. Yo no decía nada, no le explicaba que me era imposible irme porque no quería sentirme en peligro toda la vida, no podía abandonar a Julián y debía enfrentarme a la Hermandad. No lo habría comprendido. Le dije que necesitaba el aire del mar. Le dije, temiéndome que lo tomara como una declaración de amor, que su hijo y yo le necesitábamos a él un poco más.
Me miró con los ojos algo entornados, algo sonrientes, se aproximó a mí con el niño en brazos, alargó la mano y me cogió un mechón de pelo.
—Voy a cambiarme —dije, retirándome lo más suave y rápidamente que pude—, quiero correr un rato, ¿te importa?
Negó con la cabeza sin cambiar de mirada ni de semblante y luego besó a Janín en la cabeza de una forma que era como besarnos a los dos. Salí disparada, decidida a sacudirme de encima este momento. El amor de Santi hacia mí me cabreaba.
Corría sin cansarme, como una desesperada. Para llegar a la playa tenía que ir cuesta abajo un kilómetro más o menos y casi me caí de bruces de la velocidad que llevaba. En la arena me quité las zapatillas, correría descalza como en Carros de fuego. Tiré a la izquierda, hacia la parte menos concurrida, en la que a veces las únicas huellas en la arena eran las pequeñas pisadas planas de las gaviotas, que salían del mar hacia ninguna parte. Después de un espigón fui dejando atrás un criadero de aves, cuyos polluelos trataban torpemente de sostenerse en pie. Mi objetivo, el límite que me imponía, era unas enormes grúas que se hundían en el azul del cielo. Todos los lugares de Dianium me recordaban a Alberto como si hubiésemos vivido juntos varias vidas y hubiéramos visto juntos las grúas cien veces.
Por esta zona solo me encontraba con perros que me seguían alocados mientras sus dueños los contemplaban correa en mano. Por eso me llamó la atención sentir detrás de mí los pasos de otro como yo, otro corredor que buscaba el anonimato bordeando incómodas rocas y el pronunciado declive de la orilla. Fue al saltar un riachuelo que discurría entre juncos y arena cuando sentí su aliento, una respiración entrecortada pasándome entre el pelo. Salté las grandes piedras que los espontáneos habían colocado para no mojarse los pies y en el último salto sentí una mano en el hombro con un anillo de plata tosca.
Me quedé mirando esa mano tratando de no gritar, ni de volverme de repente, ni de reaccionar de ninguna manera.
La reconocí.
Siempre me sorprendió lo pequeñas que tenía las manos Martín en comparación con su musculatura.
—Estás siguiéndome —dijo de esa manera habitual suya, con esa torpe seguridad que le daba el poder apalear o matar sin consecuencias, aunque en esta ocasión jadeando, lo que dejaba bastante claro que era menos fuerte de lo que parecía y que su corpulencia y músculos tenían como único objetivo impresionar.
No quería que notara que me había sobresaltado. Y en el fondo, en cosa de una milésima de segundo dudé si abrazarle, porque venía de mi vida más importante. Sacudí con fuerza el hombro y la mano cayó como si fuese a estamparse en la arena.
—Eso mismo te digo, ¿por qué me seguiste en Madrid?
—Ya sabes a lo que me refiero —dijo—. Has estado preguntando por mí.
El no estar loca ni ver fantasmas me hizo sonreír. Entre la tienda de electrodomésticos y él había una conexión.
—¿Quién te ha mandado a buscarme? ¿Alberto? —dije mirándole a los ojos y a sus pestañas mojadas de sudor.
Abrió ligeramente la boca y la cerró sin dejar de observarme, sin parpadear, quizá me veía muy cambiada.
—Eso a ti no te importa.
—¿Cómo que no? ¿Y la nota que dejaste en la bolsa de mi hijo? ¿Cómo te has atrevido a cruzar esa línea? Sabes que esto no va a quedarse así. Policía, ¿te suena de algo?
Se limpió el sudor de la frente con una muñequera que antes era blanca y ahora gris, mientras yo iba tomando segundo a segundo más conciencia de que en Dianium se sentía fuerte.
—Tendrás que demostrar que la he escrito yo.
—Te reconocerá la encargada de la clase de la guardería.
—No lo creo. Y si fuese así, no hay nada malo en querer localizar a una vieja amiga.
—¿Para qué?
Esperaba ansiosa que de sus labios saliera el nombre de Alberto.
—Solo queremos saber dónde está Julián.
Queremos, queremos.
—¿Alberto y tú lo queréis saber?
—Podría ser.
Se acercó más a mí. En un acto reflejo, retrocedí un poco. El sol me quemaba la espalda. Martín siempre había tenido la manía de echarse encima para hablar. Le coloqué la mano abierta en el pecho. Sentí bombear su corazón.
—Solo tienes que decirme dónde está el viejo.
—¿Por qué? ¿Para qué lo queréis? No sé nada de él.
—¿No se marchó contigo a Madrid? Vamos, tienes que saber dónde vive.
Retiré la palma de la mano mojada de sudor y me la limpié discretamente en las mallas.
—Lo tuyo no es correr, ¿eh? —dije.
—Me acuerdo mucho de ti, ¿sabes? Dianium sin ti ya no es igual. Nada es igual aquí. —Me miró con aquella tozudez en los ojos capaz de obedecer cualquier orden por cruel que fuese. La cuestión era saber quién le había ordenado buscarme.
—¿Cómo me encontraste en Madrid? ¿Cómo sabías dónde buscarme? Madrid es muy grande.
Volví a pensar que el inquilino de la casita le habría dado la dirección de mi hermana, que luego la habría seguido hasta nuestra tienda y que así me habría localizado. Era la explicación más simple. Y Martín era muy simple, sin atajos ni curvas.
Se encogió de hombros. Le entusiasmaba parecer más listo de lo que era.
—Si nos dices dónde está Julián desapareceré de tu vida.
No me gustó la forma de hablarme. Lo percibí como una amenaza, y Alberto nunca habría consentido que me amenazaran.
—Ni siquiera sé si continúa vivo —contesté—. No he tenido ninguna noticia suya desde que me marché. Para mí toda aquella historia de monstruos con cara de buenos ha terminado. Fin. Fue una pesadilla, y tú estabas en ella. Preferiría no volver a verte a no ser que me digas quién te envía.
Otra vez la estúpida esperanza de que esto no fuese lo que parecía: Martín amenazándome.
Continuábamos más o menos en la misma posición: yo soportando su cabeza y hombros echados hacia mí, su aliento un poco ácido (si no recordaba mal solo comía carne roja), sus cejas negras y espesas, las finas patillas bordeándole el mentón y la sombra oscura que le envolvía la cabeza igual que un sembrado quemado.
—Quiero que consigas la dirección de ese cerdo. En cuanto la tengas, me llamas a este número. De todos modos, te haré una visita, ya sabes que siempre me has gustado. —Su amenaza tuvo la virtud de activarme de golpe.
Terminó dándome un pellizco en la mejilla y cruzó la arena andando trasversalmente hacia la carretera. Al rato empecé a correr detrás de él y vi como se metía en los asientos traseros de un coche. Delante iba conduciendo una mujer de unos sesenta años con unas greñas rubias descoloridas y medio rizadas como alambres y a su lado un cabeza rapada parecido a Martín. Se me estremeció el cuerpo, se encogió como un gato espeluznado por algo mientras mi mente trataba de analizar la situación fríamente.
Continué corriendo otra hora más porque temía llegar a casa y seguir pensando en Martín y en Julián. ¿Y Alberto? No había conseguido saber si estaba metido en esto. De todos modos apreté el paso cuando, como un rayo de sol hincándoseme en el cráneo, vi claro lo que tenía que hacer a continuación, lo que debía buscar. Las zapatillas volaban y el corazón iba un metro delante de mí.
Cruzábamos el sol en silencio. Su sombra me protegía. Sentía mucha felicidad. Alberto se volvió y me ofreció su mano. Su mano. Su mano era el principio de todo su cuerpo. Me llenaba de emoción ver y tocar su camisa medio desabrochada alrededor de su cuerpo delgado. La frente muy roja por el sol. Los pantalones con varias vueltas sobre los tobillos. El pelo casi rubio, escaso y ligeramente largo retirado con los dedos detrás de las orejas. Siempre necesitaba un buen corte, que esperaba que no se hiciera nunca. Me cogió de la mano y luego me atrajo hacia sí y me besó. Sus labios. Los sentí con claridad, realidad y contundencia. Era desesperante.