Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 20 de 96

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Cuando llega la luz

Julián

Violeta vivía, según las indicaciones de Pilar, en uno de los Bungalows Bremenn, un complejo de casitas con arcos estilo árabe en la entrada y puertas azul añil. Estaba situado cerca de Punta Negra, una zona de calas rocosas con poca arena donde en los días con viento de Levante las olas pegaban con fuerza y la espuma saltaba hacia arriba varios metros. En los tiempos en que disponía del coche de alquiler me acercaba por allí de vez en cuando porque era el sitio en que mejor respiraba, hiciera bueno o malo. Se me abrían los pulmones y me entraban ganas de comer y de vivir. Ahora el mar estaba en calma y las rocas brillaban esperando su ración de agua.

Tras recluirme en Tres Olivos había lugares a los que no había regresado. Este era uno y otro el hotel Costa Azul, donde viví alguno de los episodios más intensos de estos últimos años. Tampoco había vuelto por el Faro, el lugar en que nos encontrábamos Sandra y yo, que logramos conservar fuera de las garras de la Hermandad. Allí nos sentíamos casi intocables, en otro mundo.

Los bungalows tenían salida directa al mar y no guardaban la normativa de la ley de costas. Todo el mundo que debía saberlo estaba al tanto de que desde aquí habían escapado oficiales nazis hacia Sudamérica y que otros habían llegado clandestinamente por la noche para refugiarse en sus frescas y acogedoras habitaciones. Era fácil deducir que Violeta era uno de ellos.

Me adentré en el recinto de los bungalows, al que en general le faltaba una mano de pintura. Rehuí preguntar por ella al conserje, que no arriesgaría su trabajo por informarme, y me dirigí a un jardinero que recogía hojas muertas. Era de mediana edad y parecía de la zona, por lo que seguramente sabría algo.

—¿Violeta? ¿No es la mujer que se ahogó?

—Sí, esa.

—Llevo cuidando este jardín diez años y nunca la vi tomando el sol junto a la piscina. Si yo hubiese sido ella me habría pegado la vidorra bañándome y poniéndome de birras hasta arriba.

Cuando salió de esta ensoñación y tiró en el contenedor la última brazada de hojas y flores secas dijo que Violeta se encargaba del alquiler de los bungalows y de que las instalaciones estuvieran en condiciones, pero que en el último año más o menos no le daba importancia a nada. Pasaba entre las palmeras y los bungalows como un fantasma. Sin embargo, él había continuado trabajando en el jardín a pleno rendimiento por su amor a las plantas. Eran como sus hijas y le dolía verlas envejecer y morir, pero lo que es a Violeta le daba completamente igual todo, lo que me hizo pensar en la repentina huida de Otto y Alice. Probablemente todo le recordaría demasiado a él.

—Creo que el dueño ha puesto las instalaciones en venta. Le aseguro que otro en mi lugar no estaría pegándose esta paliza.

Sin duda el jardinero era alguien a quien hacer el bien le remordía un poco la conciencia.

—¿Es usted amigo suyo? —preguntó sin dejar de trabajar.

—Amigo de un amigo muy querido para ella. ¿No la vería alguna vez con un hombre de mi edad, algo más bajo que yo? —pregunté pensando hasta qué punto se habría encogido Salva.

Se quedó pensativo mientras ataba un tallo a un sarmiento.

—¿Cree que alguien va a agradecerme lo que estoy haciendo? Un día de estos me echarán y sanseacabó —dijo pasando la mano, sin tocarla, por una rosa aterciopelada.

—¿Le parecía una mujer que quisiera quitarse la vida?

Me miró sin responderme. No estaba pensando en Violeta, ni en mí, sino en la rosa.

—Voy a regar antes de que se achicharren, después ya no será responsabilidad mía.

Lo dejé sumido en sus contradicciones y salí despacio por un sendero de grava y traviesas románticamente viejas. Algunas aún conservaban manchas de la grasa de los trenes, lo que me pareció un detalle cruel por parte del dueño, aunque en manos de estos miserables cualquier detalle inocente era capaz de recordar otro atroz, como si todo fuese cara y cruz, blanco y negro, arriba y abajo, izquierda y derecha: las estaciones de tren, el agua, la ceniza, los botones, los zapatos, el aire, en manos de «ellos», todo acababa envuelto en un dolor incomprensible.

Los bungalows, que se suponían blancos como el merengue y azules como el cielo, no habían vuelto a actualizarse desde los años cincuenta. Algunos eran dúplex. Se distribuían en círculo y en el medio resplandecía el intenso azul claro de una piscina en forma de riñón. La bordeaban palmeras altas y bajas, césped, rosales, adelfas y varias buganvillas, cuya hermosura, conociendo ahora al jardinero que las cuidaba, apreciaba mucho más. Cerca, sobre piedras y arena, había un pequeño embarcadero privado muy propicio para fugas nocturnas hacia Marruecos o Sudamérica. Me crucé con una pareja que caminaba cansinamente con unas bolsas del supermercado colgando de las cuatro manos. Eran ingleses y por el rojo de los hombros y la cara debían de llevar aquí tres o cuatro días. Me indicaron que el supermercado estaba justo cruzando la carretera y que, aunque no muy grande, tenía lo imprescindible para el día a día.

Me había puesto para esta excursión la gorra y las deportivas, lo que ante los ingleses me situaba perfectamente en uno de los bungalows. Me preguntaron si al día siguiente al atardecer me gustaría tomarme una copa en su jardincito. Iban a hacer una barbacoa. Su bungalow era el número 30. Asentí y les di las gracias. Una pareja simpática, de unos cuarenta años tan aburrididos como para tener que agarrarse a alguien de la tercera edad para distraerse. Puede que los hijos estuvieran esperándoles para saltar sobre ellos, y por eso empatizaban desesperadamente con cualquier adulto con quien intercambiar frases sin ninguna consecuencia en la vida futura. Lo bueno de la gente ya hecha es que, al contrario que a los niños, no se la puede traumatizar más.

Violeta tendría necesariamente que haber hecho compras en el súper. En la entrada me limpié el sudor de la cabeza con la mano, me la pasé por el cráneo y por pelos dispersos que milagrosamente aún permanecían en pie. En el local volví a ponerme la gorra para no resfriarme. Por suerte, había un hombre de mediana e indefinida edad con un peto azul marino salpicado de pinceladas de óleo, lo que podría sugerir que pintar era su verdadera pasión y la tienda la forma de subsistir. Por como se dirigían a él los clientes tenía toda la pinta de ser el dueño. Un chico ordenaba botes de conserva en las estanterías.

Estiré el cuello todo lo que pude en busca, ya que estaba allí, de un paquete de galletas sin azúcar y otro con azúcar. Me gustaba tener siempre en la habitación algo por si me sentía desfallecer.

—¿Le ayudo? —dijo el del peto detrás de mí.

Mientras bajábamos la vista a las estanterías correspondientes le pregunté si era pintor.

Noté que salía su otro yo, el importante, el que contenía toda su alma, en tanto que en este de la tienda solo había lo imprescindible.

—¿Usted también?

—No, pero reconozco a un artista en cuanto lo veo, y esas manchas… ¿óleo?

—Y acuarela. Estoy exponiendo en una galería del centro, la más grande, no tiene pérdida.

—¡Ah!, pues me encantará ir, cuente conmigo. He entrado por casualidad, estoy buscando a una vieja amiga por la zona.

Le conté que se trataba de Violeta. Pero no pude seguir, tuve que hacer un parón para que le cobrara a un cliente en bañador y camiseta.

—Así que Violeta —dijo el hombre—. Era mayor, desde luego, pero muy fuerte, muy sana, una auténtica deportista, nunca se cansaba de andar, y nos extrañó mucho que se ahogara en el mar. —Me hice el sorprendido y expresé toda la tristeza que pude. El tipo prosiguió—: Ella conocía muy bien estas aguas, aparte de que nunca, nadie, jamás, la vio bañarse. Solo mojarse los pies.

Venía casi a diario por la tienda y hablaba mucho con él. Había que tener en cuenta que fuera de la temporada turística en Punta Negra quedaban cuatro gatos, y era cuando él aprovechaba para pintar. Por deferencia le habría preguntado qué pintaba, pero era demasiado arriesgado. Probablemente hubiese consumido el tiempo que me quedaba en explicármelo. De todos modos, dijo apesadumbrado, observando la puerta como si pudiera atraer a la clientela con su mirada, en los últimos tiempos encontraba a Violeta preocupada y volvía la cabeza como si la siguieran. A él le parecieron aprensiones de persona mayor. ¿A qué llamaba él «últimos tiempos»? A los quince días antes de morir.

—Una mañana entró a toda velocidad con la cara descompuesta. Me pidió dormir en la trastienda porque en los bungalows habían aparecido ratas, lo que no era de extrañar por el descuido de las instalaciones, y decía que le daban verdadero pavor. Yo le dije que la podía ayudar a poner trampas o algún matarratas, o llamar a alguna empresa de desratización, pero ella se negaba a volver a su bungalow.

Para acomodarla, el pintor amontonó las cajas de cartón en un rincón y le extendió la colchoneta donde él a veces se echaba la siesta. Varios días después apareció muerta en la cala, vestida con los vaqueros, las deportivas y un grueso jersey de lana.

—¿Y no vino nadie preguntando por ella?

—Sí, vino un anciano amigo suyo, preocupado porque hacía varios días que no tenía noticias suyas.

Era una pena no tener una foto de Salva para enseñársela.

—¿Se llamaba Salvador? —pregunté.

—Creo que sí. Ya los había visto alguna vez juntos. Un romance tardío, quizá.

—Sí —dije—, mi amigo Salva estaba muy enamorado de Violeta.

—¡Vaya! —exclamó, pensando seguramente en sus propios amoríos.

Como el pintor no sabía a quien entregarle las cosas de Violeta, se las dio a Salva. Además, ¿quién iba a querer un par de pantalones, un anorak, su ropa interior y su cepillo de dientes?

—¿Y Violeta no tenía nada más? —se lo pregunté como de pasada, sin darle demasiada importancia.

Sabía que esta pregunta le iba a extrañar y la pronuncié en voz más baja de lo normal.

—Es la misma pregunta que me hicieron los otros —dijo él.

Tuvimos que hacer otro parón en la conversación cuando entraron unos chavales a comprar alcohol y frutos secos. Después tuvo que cobrar, esperar porque se les había olvidado algo más y hacer memoria de por dónde habíamos cortado la charla.

—Todo lo llevaba encima, en invierno se lo metía en los bolsillos del pantalón y del anorak. Si se refiere a dinero, no me entretuve en averiguarlo. Me impresionó mucho tener en mi tienda los enseres de una muerta y solo pensaba en deshacerme de ellos.

—¿Cómo eran esos otros hombres? ¿Eran policías?

Negó con la cabeza.

—Dijeron que eran amigos de Violeta, pero yo ya le había entregado los enseres al anciano.

Se notaba que le gustaba la palabra «enseres», la pronunciaba con gusto.

—¿Y se interesaron por Salva?

El pintor se puso rojo. No pudo evitar que una oleada de sangre le subiera a la cara y las orejas.

—¿Es que le ha ocurrido algo?

Asentí de un modo que hacía presagiar lo peor.

—Debería haber llamado a la policía —dijo—. Tendré que vivir con ello toda mi vida. Toda esta situación me extrañó mucho.

—¿Les describió a estos hombres cómo era el amigo de Violeta? —dije sabiendo que era una descripción muy simple: viejo y flaco.

—No es por eso, sino porque unos días antes de la muerte de Violeta forzaron la tienda y lo revolvieron todo, sobre todo la parte de atrás donde ella dormía.

Le animé con los ojos a que siguiera hablando. No me atrevía a hacerlo en voz alta para no darle la oportunidad de que se volviera atrás.

—Le pregunté a Violeta si este allanamiento tenía que ver con ella. Si tenía alguna idea de quiénes podrían haber sido. Le seré sincero, tenía la esperanza de que lo negara. Pero no, me confesó que se sentía vigilada y que trataría de volver al bungalow. «Seguro que ya lo han desratizado», dijo. Recogería sus cosas, sus pocos enseres en cuanto pudiera, pero ya no regresó.

La encontraron entre las rocas como él la vio la última vez: vaqueros y un jersey blanco con cenefa negra hinchado por el agua, unos mechones de pelo le tapaban la cara.

—Ocurrió un día de febrero, un día húmedo y frío —dijo—, aunque haya quien piense que jamás hace frío en un sitio como este.

Por lo visto nadie le quitó el reloj, un Cartier de oro blanco con zafiros incrustados, muy elegante, que contrastaba con su aspecto deportivo. Debajo del jersey encontraron una medalla de oro con un sol esmaltado en negro; tampoco se la arrancaron, lo que llevó a todos a suponer que se trataba de un suicidio. Para lograr quitarse de en medio pudo haberse tirado desde lo más alto del mirador de Punta Negra y caer en una mala postura. O pudo meterse en el mar como tantos poetas hasta ahogarse. Que se supiese, ella no era para nada de ese estilo, pero pensaría que si los poetas lo hacían es que sería una buena manera de desaparecer.

—No puedo quitarme de la cabeza que de no haberse ido aquel día de la tienda seguiría viva. Creo que de alguna forma la abandoné a su suerte.

—Así que se suicidó —dije para ir poniendo las cosas en su sitio.

Cabeceó pensativo.

—Puede que se sintiese acorralada, que no encontrara otra salida. ¿Quién iba a querer matar a alguien que tiene los días contados por ágil que esté?

—Por supuesto —dije, sin perder de vista mi objetivo—. ¿No vio a los hombres que le revolvieron la tienda?

No dijo un no rotundo, ni siquiera un simple no. Un cliente esperaba para pagar, así que se dirigió hacia la caja con las manos metidas en los bolsillos delanteros del peto.

—La galería abre a las ocho —me dijo.

Cuando ya salía por la puerta, me di cuenta de que había perdido agilidad a la hora de sonsacar información. Volví a entrar.

—¿Uno de los hombres que preguntaron por Violeta era fuerte, no muy alto, rapado, patillas finas, con un círculo tatuado en el cogote y probablemente vestido de negro?

Se quedó pensativo.

—Creo que sí. Sí, era algo así. El otro parecía un empollón, muy normal, pelo corto y gafas.

—Gracias —dije sinceramente—. Y ¿sabe una cosa? Usted no tiene la culpa de nada. Aunque no se hubiera ido de la tienda, Violeta ya estaba sentenciada. Estese tranquilo. ¡Nos vemos a las ocho!

 

Acababa de comprender que el rollo de negativos había salido de los enseres de Violeta.

Sentía curiosidad por ver qué tipo de cuadros pintaba el del supermercado. Y sobre todo me venía de maravilla para llamar a Pilar e invitarla a la exposición de un amigo, y que de esta forma me devolviera en el coche a la residencia.

—¡Tienes un amigo pintor! —exclamó entusiasmada—. Lo que no se te ocurra a ti.

La esperé en un bar-hamburguesería del Mirador de Punta Negra, de nombre La trompeta, tomándome un café con hielo. Llegó cinco minutos tarde porque había pasado por el apartamento para arreglarse. Se había puesto un vestido negro con flecos y zapatos de tacón fino plateados. Llamaba la atención.

Pensé que Pilar había exagerado su arreglo, pero la verdad es que había más gente así en la galería. Y casi me costó reconocer al pintor. Iba de traje, corbata y un afeitado extremo. Eché una ojeada a los precios de los cuadros y, de sobrarme algo de dinero, habría comprado uno, no porque me gustasen, sino porque su acicalamiento denotaba un gran respeto hacia su obra y hacia quienes habíamos acudido a verla. Las telas estaban firmadas con el nombre de Raúl.

Raúl pronunció unas palabras animándonos a comprar, y a continuación se nos sirvió un vino. Pilar y yo nos acercamos a él y le felicitamos. Raúl me propinó una palmadita como a un viejo conocido, y Pilar, con la tercera copa encima, le dijo que le pusieran el cartel de vendido a una pintura con el título de Tormenta. Raúl se emocionó, me cogió por los hombros y me soltó enseguida como si quemaran. Seguramente le había impresionado el contacto con huesos tan picudos. Yo estaba acostumbrado a ver huesos de todas formas y tamaños: omóplatos, caderas, rodillas, mandíbulas, pómulos. En el campo pude comprobar que los huesos son los que nos hacen diferentes. El esqueleto y la voz.

—No sé su nombre, querido amigo.

—Mucho mejor —dije—, así no podrá repetirlo. En la medida de lo posible sería ideal que no me relacionaran con Violeta ni con el otro anciano que la acompañaba, ya sabes.

—Su mujer es muy guapa —dijo refiriéndose a Pilar y poniéndome otra copa de vino blanco frío en la mano— y tiene mucho gusto. ¿No se preocupa?

Esbocé una media sonrisa, o eso creí. Nunca estaba seguro de lo que hacía mi cara por su cuenta.

—Un asunto poco claro todo esto de Violeta, ¿verdad? —dijo observando los movimientos de los invitados.

Ahora fui yo quien le cogió por el hombro. Un hombro fuerte de meter y sacar cajas de la tienda.

—Olvídalo, hijo. Ella no te contó en qué estaba metida. No sabes nada, olvídalo. Créeme, será lo mejor para ti.

Mi espontáneo tuteo nos había acercado más si cabe. Me sonrió agradecido. Pilar se aproximó con su sexta o séptima copa, haciendo saltar los flecos del vestido.

—¡Son preciosos! Me llevaría alguno más.

Raúl la cogió del brazo con intención de regalarle una visita personalizada por su obra, momento que interrumpí diciéndole a Pilar que era hora de regresar para tomarme las pastillas y que los cuadros continuarían aquí unos días.

Le hizo bien la brisa y dejar de beber.

—Qué gente tan interesante conoces, ¡aguafiestas!

Condujo como una loca hasta la residencia y me dejó en la parte de atrás, por donde metían las cajas de leche, la carne y el pescado. Aparte de que me encontraba bastante cansado, me parecía una deslealtad hacia Pilar consentir que comprase otro de aquellos cuadros.