Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 82 de 96

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Cuando llega la luz

Sandra

Íbamos hacia los pinos, las jaras y los matorrales salvajes donde se ocultaba la casa de la desgreñada a la busca de Martín, y sentí que me mareaba y que iba a desmayarme. Le pedí a Santi que parara en cuanto pudiese. No terminé la frase, por el cuello me subía una fatiga que me impedía sostener la cabeza. Lo vi todo negro y se me cerraron los ojos. No era la primera vez que perdía el control de mi cuerpo y que experimentaba lo que debía de ser morir, y sabía que cuando llega ese momento uno está en manos de los demás y finalmente de Dios. Oía vagamente la voz de Santi y después nada, desaparecí.

Desperté tumbada junto a la carretera. Tenía la cabeza apoyada en las piernas de Santi y la nuca mojada. El agua me chorreaba por la espalda. Tenía un caramelo en la boca.

—Chúpalo. ¿Estás mejor?

Asentí, pero me daba miedo moverme. Las nubes iban contorneándose y un rayo de sol se me clavaba en la frente. De repente vi a Janín venir hacia mí con los brazos abiertos, ya andaba. Había comenzado a andar sin ayuda, y sus primeros pasos habían sido para alguien que no lo quería.

—Vamos al hospital —dijo Santi ayudándome a levantar.

Me sujetó demasiado fuerte para meterme en el coche.

—Estoy bien. Solo me he desmayado. Ya sabes que tengo la tensión baja.

—No sé —dijo cabeceando mientras ponía el coche en marcha.

—Te digo que no es nada. No podemos perder un día en el hospital.

Se encontraba en una encrucijada, su hijo o yo. Su hijo indefenso y en manos de extraños o yo, adulta y libre. El hospital podía esperar.

—No creo que Martín esté en casa de su madre. Aún no se ha dado cuenta de nada.

Y en efecto, todo permanecía tal como yo lo había dejado al llevármela. Los perros esta vez gruñeron, enseñaron los dientes y se abalanzaron sobre nosotros sin éxito porque Santi pasaba de ellos, no le imponían el más mínimo respeto. Salió del coche y fue directo a la casa como si fueran invisibles. Uno le mordió el borde del pantalón y se lo sacudió sin mirarlo siquiera. Yo iba tras él custodiada por mi amigo Thor, que al verme movió el rabo.

—Mira a ver si tienen agua —dijo Santi—. Yo echaré un vistazo dentro.

La verdad es que pensé echarles agua en un cubo, como la otra vez, pero al instante se me olvidó de nuevo. Pasé a la casa destartalada detrás de Santi. Martín no había pasado por allí. De todos modos, abrimos los dormitorios por si acaso estaba dormido. En el que debía de ser el suyo había una camiseta negra perfectamente planchada sobre la cama y en la pared, cubriendo todo el cabecero, el águila de una bandera preconstitucional. En la estantería varios libros con la cruz gamada en la portada y sobre la mesilla el Mein Kampf. La verdad es que se trataba del único cuarto un poco ordenado, el único en que su madre ponía auténtico interés.

—Si no está aquí, ¿dónde puede estar ese idiota? —dijo Santi.

Le dejamos una nota sobre la camiseta en el mismo sentido que la que él me dejó en la bolsa de ositos de Janín. «Me ha encantado conocer a tu madre. Ahora tiene todo el tiempo del mundo para pensar en ti, del mismo modo que yo pienso en mi hijo. Si quieres verla, llama a este número». Escribí el número de Santi, y nos encaminamos a los bungalows de Punta Negra.

En cuanto llegamos y anduvimos unos metros nos salió al paso el jardinero al que ya conocía. Dudé si él se acordaría de mí entre tantas caras de paso. Llevaba un azadón en la mano y un cubo en la otra.

—¿Buscan a alguien? Es un recinto privado, solo para clientes.

—Claro —dijo Santi—. Hemos quedado aquí con un amigo. No es que sea exactamente un cliente, colabora con las instalaciones. Hace recados y cosas así. Se llama Martín.

Se nos quedó mirando, y nosotros a él con toda la ingenuidad que fuimos capaces de recuperar de nuestra más remota infancia. Y para no darle facilidades de reconocerme, me volví y fingí que admiraba unos geranios. Él le hablaba a Santi, pero me observaba a mí, lo notaba.

—¿Y dicen que se han citado aquí con él? No sé si hablamos de la misma persona.

—Vive en la ladera del monte con su madre y…, bueno…, nos marchamos esta tarde y quería enseñarnos los bungalows. Digamos que somos como hermanos.

Santi entrecomilló lo de hermanos en el aire con los dedos. El jardinero dejó caer el cubo en el suelo. Era de plástico y rebotó.

—¿Por qué no le llaman al móvil? Yo no estoy seguro de poder ayudarles.

—¿Y si damos una vuelta por si le vemos?

—Eso no es posible. Queremos que nuestros huéspedes se encuentren a gusto.

No hablamos, no nos movimos. Santi ante él y yo ante los geranios, por lo que se vio obligado a añadir algo.

—No es agradable sentirse observados por intrusos.

Observar. Intrusos. Parecía que venía de descuartizar a alguien con la azada.

—Su cara me suena —dijo inclinando el cuerpo hacia donde yo estaba.

—Eso me dice mucha gente. Creo que soy la prima o la vecina de todo el mundo.

—Y su voz también me suena.

Cerró los ojos para escucharme mejor. Debía de gustarle la música porque los cerró con deleite. Y mientras los tenía cerrados y un rayo de sol afiló más la azada, vi salir a Martín del mismo bungalow que había estado escudriñando hacía unas noches sin ninguna fortuna.

Fue cuestión de nada, de segundos, el dirigirnos hacia él y que el jardinero volviera en sí y nos siguiera.

—Mira por dónde —dije—, aquí está nuestro amigo.

—Hola, Martín —exclamó Santi—. Te traemos un recado.

El jardinero preguntó con la mirada qué hacía: ¿nos seguía la corriente o nos daba con la azada? Y Martín tuvo que pensar, tuvo que pensar tanto rato que incluso el jardinero acabó aburriéndose. Hasta que se me ocurrió algo.

—Tu madre está esperándote en casa. Está muy preocupada. Me ha llamado al borde de la desesperación.

Le sonreí un poco para mandarle un mensaje subliminal en esa sonrisa mía, aunque todo parecía bastante evidente.

Algo iba mal, muy mal, yo no tenía por qué decirle nada de su madre. Salió disparado hacia su coche.

Los tres permanecimos unos segundos contemplando cómo corría.

—¿Ve cómo era importante encontrarle?

—Ya sé de qué me suena —dijo el jardinero—. La otra noche.

Pero nosotros también emprendimos un paso ligero hacia la salida.

Nos dio tiempo de ver arrancar el todoterreno verde oliva que un día condujimos Fred y yo misma. Sabía lo que había en la guantera y que en la tapicería del copiloto destacaba una mancha.

No hizo falta ponernos de acuerdo para dirigirnos a la mansión de Otto y Alice. Era de cajón que Martín, en cuanto viese la nota que habíamos dejado en su casa llamaría al móvil de Santi y sería perfecto que escuchase los jadeos de su madre.

 

Debíamos tener mucho cuidado al entrar en la mansión porque el sol, aunque débil a las nueve de la mañana, era un foco sobre cualquiera que anduviese por la calle. Menos mal que habíamos dejado la cancela atrancada. Pronto Martín daría la voz de alarma en la Hermandad y se dispararía un dispositivo de vigilancia en cualquier punto que ellos consideraran neurálgico. Era difícil calibrar el número de miembros de su ejército, pero como el jardinero podría haber muchos. Los viejos gerifaltes disponían de dinero suficiente para hacerse con súbditos. Así el jardinero tenía un trabajo seguro y cierto poder, sentiría que pertenecía a una corporación que le protegía. Seguramente antes tuvo que matarse a podar y plantar de jardín en jardín por una miseria y ahora llevaba un buen dinero a casa. Había decidido hacer lo que le ordenaban sin preguntar.

El portón cedió, el topé cayó y entramos. Pasamos rápidamente y una vez dentro anduvimos con precaución. La puerta de entrada estaba abierta, solo tuvimos que empujar. Dentro no se oía nada, ya no estaba oscuro. La luz atravesaba los visillos de la ventana de la cocina y las cristaleras del salón desde las que se divisaban plantas asalvajadas, ramas secas y un estanque ya convertido en un charco verde con hojas podridas. El agua de una fuente que salía de una pared no paraba de manar y en alguna parte habría una piscina donde Alice estilizaba su figura. Nos cercioramos de que la mansión estaba suficientemente protegida de miradas indiscretas por la valla, los enormes pinos y las enredaderas. No les gustaban los fisgones.

No hacíamos ruido. Ambos llevábamos deportivas con suela de goma. Observamos que alguien había recogido los restos de comida de la mesa de la cocina. Movimos la cabeza de un lado a otro. Nos habría venido bien tener la pistola, pero era justo que la llevase Julián porque era el único que sabía manejarla. Me juré que cuando esto terminara y tuviese a mi hijo en mis brazos, aprendería a disparar y también defensa personal, y me sacaría una licencia de armas. Ya no confiaba en la bondad humana, solo en algunas personas. Quizá habían mandado a alguien a limpiar, a Frida probablemente. Y si en efecto se trataba de Frida, estaría esperándonos abajo bien preparada y Julián quizá inconsciente. Sin embargo, era raro que no quitase el tope al portón. Aún con esta duda, Santi se decidió a abrir cajones todo lo despacio que pudo en busca de algún cuchillo grande y afilado. Hizo ruido y a mí el corazón me dio un salto. Nuestros planes se estaban estropeando. No éramos unos buenos padres, no sabíamos proteger a nuestro hijo. Éramos unos imbéciles y tendríamos que haber puesto toda la información que teníamos en manos de la policía. Nos miramos desalentados. Santi me entregó otro cuchillo y unas tijeras. Era ridículo. No podríamos nada contra la mortífera Frida.

Anduvimos despacio hacia la puerta del sótano y abrimos con un pequeño crujido. Si salíamos de esta habría que poner aceite en los goznes. Las escaleras estaban vagamente iluminadas por la claridad que entraba por los ventanucos. Delante iba Santi y yo dispuesta a no sé qué con el cuchillo y las tijeras, rogando no tropezar.

Al llegar abajo, comprobamos que no había nadie, ni siquiera Julián.

No nos dio tiempo de pensar más. El móvil de Santi sonó. La desgreñada volvió la mirada hacia nosotros. Yo estaba apoyada en la mesita de cerezo, las filigranas del borde se me clavaban en los muslos.

—Voy a pasarte con tu madre —dijo Santi—, pero solo podrá decir una palabra.

Le acercó el móvil a la boca y le retiró un poco la mordaza. No se entendía lo que dijo porque no podía mover bien la lengua, pero Martín supo que era su voz.

—No, no hablarás con ella. Ya tienes mucho más de lo que nosotros tenemos con nuestro hijo. Sí, soy el padre. Preguntas mucho y contestas poco, ¿no te parece? — Santi estaba pendiente de la respuesta del otro—. ¿Cómo? ¿Qué dices? Tenemos todo lo necesario para hacerla desaparecer. Nadie sospecharía de nosotros… De acuerdo, cuando nos des alguna prueba de vida de nuestro hijo le quitaré el trapo de la boca y podrás hablar con ella.

Si la quería la mitad de lo que le amaba ella, le dolería en el alma imaginársela con un trapo en la boca, un trapo que podría ser, como así era, algo completamente repugnante, infectado de bacterias, y que por tanto podría crearle llagas e incluso una septicemia mortal.

—Y otra cosa —añadió Santi—. Estamos hartos y cansados. Como no nos asegures que el niño sigue vivo nos la cargamos. Tenemos muchas ganas.

Colgó sin más y se puso a llorar. Se sentó desmoronado en el brazo del sofá donde estaba la desgreñada y se sujetó la cara con las manos. Nunca le había visto llorar. Le había visto hacer que lloraba, gimotear un poco cuando le dije que lo nuestro no iba a ningún lado, emocionarse cuando le anuncié que estaba embarazada y desencajarse cuando le expliqué que no pensaba vivir con él. Le vi casi llorando en todas esas ocasiones, pero no llorando de verdad como ahora. Se secaba los ojos con los puños y volvía a secárselos con la manga, con un pico de la camisa; tuvo que levantarse para buscar un trozo de papel higiénico. La desgreñada no sentía pena, no empatizaba con un dolor parecido al suyo, lo miraba sin piedad.

Me separé de la mesa y fui hacia ella, pero Santi me detuvo.

—Así no arreglamos nada —dijo.