Cuando llega la luz
Sandra
Una noche lluviosa de hacía ya una eternidad, me puse en pie en el sillín de la moto para ver la fiesta que estaban dando en su mansión Otto y Alice. Recordaba que no habría sido difícil colarse al otro lado, solo que por entonces nadie se habría atrevido a intentarlo, y no por las cámaras de seguridad, sino porque Alice amedrentaba con su mirada, sus andares y su delgadez de huesos grandes. Todo lo que había hecho en su época de esplendor nazi había quedado impreso en ella como una hoja prehistórica en una roca.
Ahora la situación había cambiado y con ayuda de Santi salté al otro lado. La madreselva me ayudó a sujetarme, los pequeños ganchos por los que trepaba me ayudaron a poner los pies y a impulsarme. Podrían haber sonado las alarmas, podría haberme visto algún vecino y haber avisado a la policía. Pero a esa hora nadie pasó por allí, y si pasó no le pareció extraño que yo saltara o le dio igual. Santi y yo teníamos pinta de pareja normal, acomodada. Seguramente ese hipotético alguien pensaría que nos habíamos dejado la llave dentro. O bien estaría por allí mirando villas para alquilar alguna y no quería líos. El caso es que cuando llegamos a la casa no nos lo pensamos dos veces y me colé. Actuamos con una rapidez pasmosa. Abrí el portón desde dentro.
Estaba todo hecho una pena. Las columnas dóricas estaban desconchadas por algunos sitios y las plantas habían crecido mucho y luego se habían secado y se entrelazaban con otras anormalmente verdes, como si solamente estas hubieran recogido toda el agua de la lluvia. Pero sobre todo faltaba el ladrido de los diminutos perros de Alice. ¿Dónde estarían? ¿Quizá muertos entre los sarmientos y las hojas secas? La puerta de entrada a la casa estaba cerrada, les había dado tiempo de echar la llave en su rápida huida. Me pregunté, mientras inspeccionaba por dónde podríamos entrar sin tener que forzar la puerta, qué es lo que en el momento de salir huyendo se lleva una mujer como Alice. ¿Los perros, las joyas, las cremas y vitaminas milagrosas?, ¿algún cuadro valioso? La casa estaba rodeada de grandes cristaleras, ventanas, puertas, sus moradores no querían perderse ni un rayo de sol, ni una gota de vitamina D, ni un milímetro de bronceado. Alice siempre parecía bañada en oro viejo. Me pasaban por la cabeza imágenes de Alice y algunas de Otto sin distraerme de mi propósito, que era encontrar lo más rápidamente posible un resquicio por donde entrar en la casa.
Nunca había estado en la parte de atrás y me sorprendió descubrir latas de cerveza vacías entre la maleza y algunas bolsas de plástico de patatas fritas pegadas a los adoquines rosáceos. Otros antes que yo habían saltado la valla y posiblemente habían encontrado la manera de entrar. Si los nazis tuvieron que salir por piernas puede que dejasen alguna ventana sin cerrar. Iba empujándolas deprisa, no podríamos entretenernos mucho dentro si lográbamos entrar. Santi ya habría vuelto a la plazoleta para esperar a Julián. Ellos dos llamarían menos la atención que Julián y yo, o que Julián solo.
Por el cristal de la puerta y la ventana de la cocina entraba la sombra del ramaje de los árboles, que se reflejaba en las cacerolas colgadas del techo. Empujé la puerta por si había suerte y cedió. No tuvieron en cuenta la puerta de la cocina al salir corriendo. Había pisadas en el suelo de distintas deportivas. El agua del grifo había salpicado las baldosas ajedrezadas y luego habían pisado encima; en algunas partes se había derramado cerveza y estaban pegajosas. Los chavales de la zona habían descubierto que podían pasar aquí la tarde y si ellos no habían llamado la atención tampoco la llamaríamos nosotros. Abrí con aprensión el frigorífico. Había fruta, mantequilla y mermelada en mal estado, lo que significaba que esta casa era intocable para la Hermandad y que ni siquiera Frida, la encargada de limpiar, se había atrevido a venir por aquí.
Pasé de la cocina al salón y me impresionó el silencio de la gran escalera de mármol por donde en otro tiempo bajaba Alice haciendo ondear los pantalones de terciopelo. Me dirigí al vestíbulo y abrí la puerta de la calle. El olor de fuera y el olor a cerrado de dentro se unieron un instante. Subí la escalera de mármol de dos en dos. Nunca había estado arriba, así que abrí las puertas de las habitaciones buscando un olor a bebé, un posible rastro de Janín, aunque era improbable que lo hubiesen traído a una casa prohibida por la razón que fuese. El cuarto de la cama con dosel y dorados por todas partes debía de ser el de Otto y Alice, decorado con tan mal gusto como el resto de la mansión. Todo era caro y lujoso, aunque no bonito, no producía ninguna sensación agradable. Los okupas ocasionales no parecía que se hubiesen dado un revolcón en la cama. Seguramente solo les interesaba pasar el rato en el jardín. Abrí la siguiente habitación y la siguiente, hasta que oí la voz de Santi. Bajé corriendo.
Julián, nada más verme, dijo que sospechaba que al niño se lo había llevado Frida y puede que Martín. Santi lo miraba con rencor, odio, pena e impotencia.
—Lo único que he descubierto es que unos chicos vienen aquí a beber.
—Echemos un vistazo —dijo Julián paseando la vista despacio por las paredes, las mesas y el suelo.
Todavía estaban colgados los espejos con marcos de oro y los muebles en su sitio. Todo tan pesado que casi era imposible robarlo. Sin embargo, la falta de ceniceros y jarrones había aligerado un poco la atmósfera.
—No se han llevado casi nada.
—Esperan volver. Se fueron para volver. Por eso no han puesto la casa a la venta, ni tampoco la alquilan —dijo Julián, cogiendo una foto de encima de la chimenea—. No se han resignado a marcharse definitivamente.
Abrió el marco de la foto, la sacó y se la guardó.
Subimos de nuevo a las habitaciones mientras Santi se quedaba fumando abajo, no creía en lo que estábamos haciendo.
—No hay nada, ¿verdad? —le pregunté a Julián contemplando las cortinas de terciopelo del dormitorio principal.
—Puede que sí haya algo —contestó enigmático.
Abandonó la casa y, cuando se perdió el ruido de la moto, Santi y yo salimos cerrando la puerta.
Santi llamó a Lucy por si había habido alguna noticia y para decirle que tardaríamos un poco en llegar.
—No para de llorar, me pone de los nervios y dice que ahora seguro que Janín está dormido y tranquilo, ¿no se da cuenta de que no es normal que diga estas cosas?
A mí me tranquilizaba escucharla. Tenía el don de conectarse con nuestro hijo y sentía sus estados de ánimo de una manera profunda y sincera. Y por eso Julián tenía muy en cuenta todo lo que decía, y yo quería que no parara de decirlo porque eso significaba que seguía vivo y que yo podía seguir viva un poco más.
Julián se marchó y no sabíamos qué hacer, por dónde tirar, los planes se nos agotaban en cuanto los ejecutábamos. Nos quedamos mirándonos aterrados, aislados entre las ventanillas y el capó del coche, abandonados por la suerte. Había que idear rápidamente un nuevo paso a dar para no desmoronarnos. ¿Por qué no nos acercábamos por la comisaría? Pretendíamos que nos pusieran en contacto con la mujer que dijo que vio a una pareja con el niño de las fotocopias pegadas por todo Dianium. Santi se había esforzado mucho y podíamos ver a nuestro hijo en los semáforos, las paredes, los árboles y en las vitrinas de las tiendas y los bares, siempre con el mismo gesto entre sonriente y dolorido, con el mismo pelo, con el mismo suéter de rayas bajo un peto vaquero, con los ojos abiertos pidiendo ayuda, cualquier clase de ayuda. No podía soportarlo, me pellizqué por si milagrosamente era una auténtica pesadilla. La realidad se me clavaba en el estómago y de nada serviría gritar y revolcarme por el suelo, lo que sentía era mucho más que gritar y revolcarme.
La comisaría estaba cerca del puerto, y desde allí se oía a las gaviotas y a los turistas que bajaban de los cruceros. No vimos a ninguno de los dos policías que conocíamos, lo que parecía buena señal. Estarían investigando o bien entrarían en otro turno. Tuvimos que presentarnos ante una chica cuya sedosa coleta rubia le caía por la espalda del uniforme.
Le enseñamos una de las fotocopias. Es nuestro hijo, dijimos. Nos miró tragándose la lástima, lo que la obligó a mostrar un gesto demasiado frío. Era su forma de no decirnos que era terrible lo que nos ocurría y que esperaba que a ella no le pasara jamás.
—Querríamos hablar con la mujer que declaró aquí en comisaria que vio a una pareja en la calle Principal con un niño que le pareció nuestro hijo.
—No conozco el expediente, y en todo caso deben dejar trabajar a la policía. Quienes llevan el caso la habrán interrogado o la interrogarán.
—Pero ellos no conocen al niño. Hay cosas que nosotros podemos preguntar y ellos no —dije intentando buscar en sus ojos a una futura madre acongojada por sus hijos.
—Es el procedimiento.
—¿Y qué ocurrirá si mi hijo no aparece? —Aquí me interrumpí, empecé a desfallecer, a marearme, y Santi tuvo que guiarme hasta una silla.
—Tráigale un vaso de agua, por favor —pidió Santi.
La agente lo hizo. Fue a un lugar lejano a por el vaso. Era de cristal, con las huellas de todos los dedos que lo habían sostenido, probablemente gente como yo que necesitaba seguir adelante fuera como fuese.
—El protocolo es el protocolo —dijo la chica.
—Ya tendrían que haber encontrado al niño. Cada minuto que pasa es precioso. ¡Qué mierda me importa la ley que os da de comer a ti y a tus compañeros! No valéis para nada —saltó Santi enojado.
Él iba exaltándose cada vez más y yo iba ahogándome. Terminé el agua y ya no tenía nada más a lo que agarrarme que al vaso lleno de huellas fuertemente impresas como las mías.
—Vámonos —le dije a Santi tirándole de la manga de la camisa—. No perdamos más el tiempo.
A la chica continuábamos dándole mucha pena, pero también le indignaba que quisiéramos pasar por encima de los límites de su uniforme.
Salimos despacio y anduvimos hacia el coche derrotados y sin más plan que regresar a la casa, vacía de Janín. Nos apoyamos en el capó antes de abrir. Nos daba miedo entrar, regresar a la nada. Si por lo menos estuviera Julián con nosotros.
Cuando Santi metió la llave en la cerradura alguien pasó por nuestro lado. Una mujer gruesa con melenita.
—Síganme —dijo sin pararse.
—¿Cómo? —preguntó Santi.
—Vamos —ordenó ella unos pasos por delante de nosotros sin volverse a mirarnos.
Empecé a caminar detrás de ella y Santi me siguió. Torció por una calle y se metió en un portal.
Santi estaba alterado y le cerré la boca con un pisotón. Había que dejar que hablase ella.
—No me pregunten, y si me ven por la comisaría no me conocen, les agradecería que respetaran mi anonimato. Esta es la dirección de la testigo que buscan. Ojalá encuentren pronto al niño. No puedo entretenerme, lo siento, voy a tomarme un café.
Sacó del bolso una hoja con la foto de una mujer y una dirección. Había hecho una copia mientras hablábamos con la policía de pelo sedoso. Esta iba vestida de paisano, quizá era una administrativa o algo así.
Le apreté la mano con que me había entregado la copia, y ella inclinó la cabeza, pero no me miró con compasión. Cruzó la calle y se metió en el bar de enfrente.
Ya teníamos un lugar a dónde ir.