Cuando llega la luz
Julián
Desde el castillo de Dianium puede verse el puerto de pescadores, con barcas, veleros, algunos yates espectaculares y un ferry que hace diariamente el trayecto de ida y vuelta a la isla de Ibiza. También hay una magnífica panorámica desde el monte, cuya flora los ecologistas tratan desesperadamente de proteger.
Y más al interior, a unos diez kilómetros del casco urbano, entre olivos, jaras, pinos y viñedos, se encuentra la Residencia de la Tercera Edad Tres Olivos, donde vivo desde hace más de un año. En primavera florecen los almendros, soltando un color rosáceo que nos envuelve a todos en una especie de ensueño, como si ya hubiésemos pasado a mejor vida.
Nada más llegar logré instalarme en la misma habitación en que pasó sus últimos años mi gran amigo Salva. Antes de morir me envió a Buenos Aires una carta pidiéndome que fuera a verle a España. Desgraciadamente, cuando llegué él ya había muerto. Pero me dejó una herencia envenenada: descubrirle al mundo la Hermandad, una organización nazi escondida en Dianium, que logré desarticular con la ayuda fortuita de Sandra, una chica embarazada de cinco meses, a la que puse en verdadero peligro y a la que nunca he pedido perdón. Tampoco le he dado las gracias por el indescriptible placer que siento al haber obligado a los líderes de esta macabra banda a ocultarse de nuevo, con lo que eso supone a nuestra edad, la de ellos y la mía, que no baja de los ochenta años.
Dos de los más importantes eran Fredrik y Karin Christensen. Vivían en la zona del Tosalet, en un chalet muy hermoso construido en los cincuenta, cuya placa con el nombre de Villa Sol siempre brillaba, tanto con la luz como con la lluvia. En su juventud Fredrik perteneció a las Waffen-SS y fue condecorado por el mismo Führer gracias a méritos terribles. Se casó con Karin, una alegre joven rubia afiliada al partido nazi, a la que la vejez afeó y la artrosis retorció como un árbol podrido. Tras la guerra se escondieron bajo el dorado sol de Dianium, hasta que Salva primero y yo después los descubrimos y tuvieron que salir por piernas.
La última vez que me encontré con Fred, sentado en una silla de hierro forjado del espléndido jardín de Villa Sol, le costó un triunfo levantar su enorme armazón de huesos. Disimuló como pudo, pero yo sé bien lo que es estar hecho polvo.
No les dio tiempo de llevarse los muebles ni la ropa, y cuando pasé por la villa a los ocho días de mi denuncia se notaba la huida rápida en todos los detalles: toallas tiradas por el césped, un enorme zapato de jugar al golf de Fred flotando entre las hojas en el agua de la piscina, alguna ventana abierta y, junto a los rosales, un vestido rojo de Karin convertido en un trapo lleno de polvo. El cenador, donde tantas veladas habían pasado con sus compañeros de antiguas correrías, parecía abandonado desde hacía siglos. Desde fuera de las cristaleras del salón se vislumbraba en el interior una mesa camilla con dos tazas de borde dorado y una tetera de un colorido muy agradable a la vista. Puede que les avisaran por la tarde, durante o después del té, de que había que salir con urgencia. Seguramente vendrían a recogerles en un coche, cargarían lo más imprescindible y se los llevarían Dios sabe dónde, probablemente a otro pueblo lleno de turistas jubilados. Pero por muy parecido que sea ese lugar, tener que adaptarse a un nuevo rincón, no sentirse seguros como antes, ha debido de machacarlos, cosa que me produce un enorme regocijo.
La villa estuvo vacía unos meses hasta que la Hermandad se ocupó de ella y encargó a una inmobiliaria que la alquilase. Cuántas veces he pensado en los desconocidos que beberán en los mismos vasos que esos dos criminales, se sentarán en la misma taza de váter y alguno de ellos, quizá uno de los hijos, dormirá en el cuarto donde Sandra estuvo secuestrada, enferma y al borde de la muerte. Puede que alguna noche el nuevo inquilino tenga una pesadilla terrible y no sepa por qué, y que a veces se despierte con un sudor frío y angustia y lo achaque al maldito calor.
Sin embargo, la mansión de la otra pareja de nazis, Otto y Alice, ha permanecido cerrada a cal y canto, sostenida por esas ostentosas columnas dóricas a punto de desconcharse. Como si aún soñasen con volver allí, como si aún creyesen que tienen una segunda oportunidad. No me extrañaría que todavía se conservaran objetos de valor entre sus cuantiosas paredes: cuadros, muebles, tapices, lámparas, espejos, y que se los fuesen llevando poco a poco por la noche. Por mucho que peligre su vida, cualquiera que haya conocido a Alice sabe que su codicia no tiene límites y que es casi impensable que deje atrás lo que ha robado. Si pudiera, se lo llevaría con ella al infierno.
Otto era un tipo excéntrico y bravucón. Ser nazi lo llenaba de orgullo. Y los demás podían contemplar ese orgullo de sí mismo que le proporcionaba ser nazi en su mirada, exaltada como si acabara de pelearse bebido. Le acompañaban el vozarrón y la estatura, el envalentonamiento vidrioso de los ojos y, en su juventud, el uniforme. Una de sus hazañas más sonadas fue la de rescatar al Duce con una avioneta en el mismo centro de Milán. Necesitaba ser un héroe para los suyos desde que, de joven, le cruzaron la cara de un sablazo en un duelo y le dejaron una cicatriz, que exhibía con su permanente orgullo. ¿No se le ocurriría pensar que era un tonto? Lo creía todo el mundo, empezando por su mujer —la retorcida Alice—, siguiendo por Fred y Karin, que lo consideraban el chico de los recados de Alice, y terminando por el Carnicero de Mauthausen, para quien los que no habían traspasado la raya de la suprema crueldad eran unos inútiles y no merecían su respeto. Lo creía todo el mundo menos el propio Otto y algún que otro despistado.
Para mi sorpresa, al mismo tiempo que yo ingresaron en Tres Olivos dos nazis: una mujer llamada Elfe, con graves problemas de alcohol, y mi objetivo, el motivo de que no me salte ninguna pastilla y me cuide: el monstruo número uno, al que toda la pandilla venera. El Carnicero de Mauthausen. Desde el momento en que lo vi entrar por la puerta de la residencia, me he dedicado a tratar de amargarle la vida, desquiciarlo y convencerle de que, debido a su avanzada edad, está perdiendo la razón y de que no es nadie especial, sino un simple mortal que con más frecuencia de lo deseable se mea en los pantalones.
Le visitan a diario dos cachorros de la Hermandad que han decidido permanecer en sus puestos: Frida y Martín, junto con otras nuevas incorporaciones. Al otro chico, Alberto, de quien Sandra se enamoró, a mi parecer exageradamente, lo mataron después de marcharse ella de Dianium. Y me apena mucho que Sandra llegue a enterarse. Si se me concediera algún poder sobrenatural, solo uno, lo emplearía en hacerlo resucitar para que ella estuviera contenta allí donde se encuentre. Porque muchas veces me he preguntado si habrá logrado ser feliz.