Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 67 de 96

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Cuando llega la luz

Sandra

Por la noche no paró de llover. Se oía el lento y rítmico golpeteo de las gotas en las hojas. Y traté de concentrarme en su música.

No dormíamos, o dormíamos narcotizados por grandes dosis de Orfidal, y nos levantábamos con los ojos hinchados y la cara acorchada de no pegar ojo, de dar vueltas y más vueltas en la cama y en la cabeza. O nos levantábamos con la misma cara descompuesta por haber caído en un falso sueño, que solo nos servía para poder levantarnos una vez más. Nos cruzábamos con los pelos revueltos y no nos hablábamos, no nos mirábamos. El primero que llegaba a la cocina hacía café en un cazo medio limpio que hubiese por allí, no nos parecía bien limpiar, ni que la cocina y las habitaciones estuviesen agradables.

Necesitábamos que todo fuese lo más desagradable posible. Nos acostábamos en las sábanas revueltas que no habíamos cambiado desde nuestra llegada y aun así sentíamos que estábamos traicionando a nuestro hijo y las terribles calamidades que estuviera sufriendo. Cuando nos dábamos una ducha procurábamos que fuese rápida, sin deleitarnos, tratando de que el agua deslizándose por la piel no se convirtiera en un placer. Por supuesto no volví a correr por la playa y ni en sueños se nos ocurrió bañarnos en el mar. Cuanto más áspera era nuestra vida, más en contacto nos sentíamos con nuestro hijo.

Eché agua en el cazo y lo puse en el fuego. No habíamos retirado el corralito del niño lleno de juguetes de goma de la cocina y evitaba mirarlo para no romperme en mil pedazos, pero tampoco tenía valor para llevarlo a su cuarto. Si quitaba de en medio el corralito lo estaba quitando a él de alguna manera. Eché el último café que nos quedaba. Compraría de paso un paquete en cualquier tienda, necesitábamos mantenernos despiertos, pero no pensaba entrar en un supermercado a llenar el carro de la compra como si pensáramos vivir a pesar de todo. Yo no quería vivir a pesar de todo, ni creo que Santi tampoco.

Cuando el café empezó a hervir lo retiré. Enjuagué dos tazas del café del día anterior y saqué unas magdalenas que todavía quedaban por allí. A Janín le gustaban esas magdalenas, se entretenía mucho deshaciendo un pequeño pedazo en la boca.

Pensé que debía trazar el plan del día mientras contemplaba el limonero, el almendro, los dos naranjos y la palmera que le daban tanto encanto al jardín de la casa. Y lo que en un momento es encantador en otro es el infierno. Se me atragantaba, me daba ganas de vomitar. Me recordaba el mal y el destierro del paraíso. Caía una lluvia fina y el sol de vez en cuando asomaba entre las nubes como un cristal y volvía a esconderse.

Oí a Santi llamarme con voz sobresaltada. Miré hacia el diminuto cristal que quedaba en el cielo preguntándome qué podría haberle sobresaltado más de lo que ya estábamos.

Me esperaba en la cocina con algo en la mano.

—¿Qué es esto, puedes explicármelo? —preguntó.

Me acerqué más. Desde lo de Janín no veía bien.

Era la pistola que le robé a la desgreñada. La dejó en la mesa con cuidado. Estaba de mal humor, como siempre desde lo de Janín, y el hallazgo del arma le daba la oportunidad de agriarse un poco más.

—No te preocupes, la descargué. Las balas están en el cajón de mi mesilla.

Evidentemente, si había encontrado el arma es que había registrado mis cosas. No se lo reproché. No me importaba lo que pudiese estar buscando.

Se la colocó en la sien. Y esta es una imagen que no podré olvidar nunca. Por la ventana de la cocina se veía la palmera. El fregadero estaba lleno de cacharros que íbamos reutilizando según los necesitábamos. En la encimera había migas de las magdalenas y de algún trozo de pan que habíamos cortado en algún momento. Mi sudadera colgaba del respaldo de una silla, una camiseta suya estaba tirada en un rincón y sobre la mesa permanecía arremolinada la ropa que había cogido del tendedero cuando Lucy se despidió de nosotros y en la que había prendas de Janín que no me atrevía a tocar. ¿Le protegerían del agua ahora que estaba lloviendo? Era propenso a los catarros y ni siquiera sabían qué jarabe tomaba.

Nos miramos nuestras caras acorchadas y nuestros ojos hinchados y nuestras cabezas sin peinar y las camisetas que usábamos tanto para dormir como para salir a la calle a buscar al niño. No sabíamos qué hacer, tal vez a Julián se le ocurriera algo.

—Creo que deberías ir a buscar a Julián a Tres Olivos, a ti no te conocen. Puedes decir que eres un asistente social.

Dudó, pero no teníamos ningún otro plan. Cogió los vaqueros del brazo del sillón y se los puso.

—Guarda eso —dijo refiriéndose a la pistola.

¿Y si quedase alguna bala en el tambor? ¿Y si a Santi le hubiese dado por apretar el gatillo para hacer algo tan trágico como lo que nos ocurría?

La llevé con dos dedos hasta el cajón de mi mesilla.