Cuando llega la luz
Sandra
El viernes vino una amiga de Lucy a pasar el fin de semana. Tanto a Santi como a mí nos pareció una gran idea. A veces vernos los tres sentados en el mismo sofá resultaba un poco incómodo. Con un cuarto personaje la situación no sería tan rara, y a Janín le gustaba la gente, le alegraba ver caras nuevas. Sonreía a los desconocidos, dejando claro que no iba a ser un pobre chico introvertido. Le estaba agradecida a Lucy por haber roto ese cargante espejismo de familia de los últimos tiempos. Cuanta más gente hubiese entre Santi y yo, mejor.
Hasta el viernes por la tarde, cuando Santi fue a buscar a la estación de autobuses a la amiga de Lucy, nuestra rutina consistía más o menos en que Lucy fingía que estudiaba los temas de las oposiciones con Janín a su lado en el corralito y Santi trabajaba más que nunca en sus diseños gráficos en una habitación con una pequeña ventana que daba al jardín por donde salía un buen aroma a maría. Mientras, yo iba y venía de mis encuentros con Julián sin saber bien por dónde tirar ni qué hacer. Aunque cada vez iba comprendiendo más claramente el juego de Martín. No quería decirme dónde encontrar a Alberto porque estaba chantajeándome: Alberto por Julián, como en un intercambio de rehenes. De todos modos, me decepcionaba y extrañaba que Alberto no se pusiera en contacto conmigo. No sabía qué estaba ocurriendo, no conocía sus razones. No era una situación normal. Y aunque no quería pensar en las malignas palabras de la madre de Martín diciendo que había muerto, no podía evitar pensar en ellas. Tampoco Martín dio más señales de vida, lo lógico es que hubiese vuelto a la carga si es que tanto le interesaba el paradero de Julián. Los días iban pasando y de no ser porque Julián necesitaba mi ayuda habríamos regresado a Madrid.
Se llamaba Bea. Tenía el pelo negro rizado hasta las orejas, grandes ojos oscuros, un cuerpo rotundo y una simpatía bastante cargante. Se reía por nada con una risa que llegaba hasta el último rincón de la casa. Se levantaba de su asiento a la mínima, sin ninguna pereza, y cogía a Janín del corralito y volvía a soltarlo allí sin ninguna lógica. Mi hijo la miraba con los ojos muy abiertos olvidándose incluso de su dolor de encías. Lucy le dijo a Bea: «Está analizando tu comportamiento. Es un chico muy listo». Bea se rio más fuerte si cabe. No se reía por nada gracioso, sino porque parecía que tenía el cuerpo lleno de risa y debía soltarla, del mismo modo que tenemos que hacer nuestras necesidades de vez en cuando. Y lo peor es que no era una risa alegre que inundase de frivolidad y optimismo nuestro pequeño hogar, sino todo lo contrario: tensaba el ambiente, dando la impresión de que después vendría el llanto y un ataque de pánico. No podíamos seguirla, durante la primera hora coreamos su risa según las fuerzas de cada uno, pero luego desistimos, lo que no la desanimó para continuar con lo suyo, como si seres invisibles le contaran un chiste tras otro.
Mientras preparábamos la cena y poníamos la mesa, Lucy me dijo que Bea estaba nerviosa porque no sabía cómo comportarse en esta situación. Le hice el gesto de que no se preocupara. Y creo que, para no crispar el ambiente, Lucy decidió al día siguiente marcharse a la playa con Bea y Janín, y también a comprar sombreros y biquinis por los puestos del paseo Marítimo.
Yo misma supervisé los zumos y el agua de Janín y le apliqué crema solar por la carita y el cuerpo. De todos modos, sabía que Lucy lo cuidaba tan bien o mejor que yo. Le puso el peto vaquero y una camiseta, lo colocó en la silla del coche y arrancaron.
—¡Uf! —dijo Santi refiriéndose a Bea cuando perdimos el coche de vista—. No hay quien la aguante.
—Está nerviosa, no está acostumbrada a estas situaciones.
Puesto que Lucy se ocupaba tanto del niño, decidí poner un poco de orden en la casa. Recogí la ropa tendida en la cuerda que iba del limonero a las adelfas que nos separaban del vecino. Era la parte más soleada de la casa, de forma que la ropa salía de allí radiante y con un olor a jazmín dulce y penetrante. Casi toda era de Janín. Pero también había ropa de Lucy.
Recibí una de las temidas llamadas de mi hermana preguntándome si alguien se había interesado por la casa. Lo dijo en un tono anormal, cadencioso, dándome a entender que de alguna manera se había enterado de que estaba pasando del tema. Balbuceé algo en un tono que me delataba y me tumbé a leer en una hamaca. No tenía ganas de trabajar más, dejaría para más adelante la limpieza del baño. Ahora necesitaba despejar la mente y entregarme a mí misma un rato. Desde que existía una persona más importante que yo a la que cuidar, los ratos de soledad eran francamente maravillosos. Santi estaba trabajando en el ordenador. El vecino de al lado regaba y me salpicaban algunas gotas. Me quedé medio dormida bajo la sombra de la palmera, cuyas hojas a veces se abrían como una persiana para que entrara el sol. Estaba consiguiendo relajarme. Continuaba oyendo sin oír de verdad. Desde que apareció el maldito anónimo no lograba desconectar del todo. Siempre continuaba unida a la batalla por algún cable.
Al mediodía Santi salió al jardín y me despertó. Me preguntó si tenía algo pensado para comer. Él podía acercarse a comprar comida preparada. O quizá se le hubiese ocurrido a Lucy y por eso no habían vuelto aún. Miré el reloj, llevaban bastante tiempo fuera. Aunque el tiempo pasa volando en la playa, le dije. Seguramente a Janín le habrían dado un zumo y un yogur, y ahora estaría echando una cabezada en la sillita. De todos modos, se me quitaron las ganas de continuar en la tumbona.
—Esperaremos un rato para comer —dijo Santi—, estaría feo empezar sin ellas.
En el frigorífico reinaba la desolación y no llegamos a tomar ninguna decisión al respecto. Santi se sirvió un café y me tendió a mí otra taza. Me puse unos pantalones cortos sobre el biquini y al rato una camiseta. A las cuatro empezamos a mirar los relojes cada cinco minutos. No quería reprocharle nada a Santi, Lucy y su amiga eran adultas, ¿por qué no iba a estar Janín seguro con ellas? Sin embargo, el estómago se me estaba encogiendo, me estaba avisando de algo. Abrí la puerta. No veía bien, se me emborronaban el almendro y la palmera como si la faz de la tierra estuviera cambiando. Estarían distraídas mirando trapos o tomándose un helado y no se darían cuenta de la hora. No debería agobiarme, ni mucho menos enfadarme. Seguro que Janín estaba entretenido y feliz, seguro que le decían muchas cosas bonitas y le hacían carantoñas.
—Esta Lucy… —dijo Santi con cara de preocupación—, a veces se le va el santo al cielo. Voy a llamarla.
Lamentablemente, el móvil de Lucy sonó sobre la encimera de la cocina. Santi lo cogió y lo dejó caer con rabia. Se maldijo por no tener el número de Bea. Yo iba a decir que la culpa era nuestra por delegar en su novia el cuidado de nuestro hijo, pero me callé a tiempo. Eso que llamamos sexto sentido me obligaba a reprimir la rabia que sentía en contra de Lucy, de Santi, de mí y de un mundo grande y peligroso para un niño.
—Voy a asomarme a la carretera —dijo—. Quédate aquí por si llegan o llaman.
Le miré con angustia, me notaba los labios secos, pegados, cosidos. Afirmé con la cabeza. Le hablé con la mente. Date prisa, dije.
—No te muevas —me ordenó.
Negué con la cabeza. ¿Dónde iba a ir? Aunque, quizá, si no teníamos señales antes de una hora llamaría a la policía. En cualquier caso, no había que exagerar. Me los imaginaba a los tres riéndose, Bea era muy expansiva. Para comprar ropa hay que probársela. ¿Y si se hubiese metido en el probador y hubiera dejado a Janín fuera con su amiga y su amiga se entretuviese mirando otras cosas y no hubiese estado pendiente del niño y alguien se lo hubiera llevado? ¿Y si su amiga hubiese empujado el carrito hacia algún perchero que le llamase la atención y después se hubiera olvidado del niño? Cuando no se está acostumbrado a cuidar de niños, puede pasar cualquier cosa. Se me aceleró el corazón, el corazón me decía que algo había ocurrido. Lucy estaba medio acostumbrada a Janín. Una mitad de ella era consciente del niño, la otra no. Y en compañía de su amiga, entretenida con la charlatanería y las compras, podría haber ganado la partida su mitad inconsciente.
Tres Olivos y Julián perdieron importancia. La preocupación porque la Hermandad lo encontrase perdió importancia. La sensación de peligro me exprimía completamente por dentro, desde el estómago hasta la garganta como una esponja. Eché agua del grifo en un vaso medio limpio para serenarme. Al caer el chorro sobre los platos sin fregar salpicó toda la encimera, el suelo, las piernas. Bebí sin ganas, atragantándome. Me latían las sienes. Debería haber salido yo a la carretera, por lo menos me movería, correría, sudaría. El no saber qué estaba ocurriendo me obligaba a vagar por la casa y a comprobar cada dos por tres si el móvil estaba encendido. No me atrevía a tirar de la cisterna por si no lo oía. Seguramente el mayor tormento de los presos es no saber qué les sucede a los hijos, a los padres y no poder hacer nada por ayudarles. Un minuto más de plazo, aún no había sucedido nada grave, yo aún podía ser feliz y estar alegre.
Oriné y me lavé las manos como nunca, como un cirujano, por el dorso, por la palma, entre los dedos, en espera de que algo ocurriera, y me di media hora para salir a la calle y lanzarme a buscar por mi cuenta. Hasta que el ruido de la puerta me paralizó. Mientras la puerta no se abriese, había esperanza de que la realidad se burlase de mis miedos.
Entraron Lucy llorando y Bea seria. No vi a Janín con ellas. Y no pregunté por él. No podría soportar la respuesta. Me abalancé hacia la entrada, no estaba sobre los guijarros ni entre las plantas borrosas. Santi llegó corriendo y jadeando. Me cogió los brazos.
—Desde la carretera he visto el coche torcer por el camino. ¿Dónde está Janín? —preguntó despacio, con cautela, retardando mi respuesta.
No dije nada. Pasamos adentro. Tampoco Santi se atrevía a hablar.
Lucy lloraba desesperadamente con las manos en la cara. Bea nos miraba con los ojos muy abiertos. Podría haber elegido morirme en ese mismo instante, en cambio abrí el grifo, me salpiqué otra vez de agua y le llevé un vaso a Lucy. Le puse la mano en el hombro y la obligué a sentarse en una silla. Sentí que lo que de una forma u otra había estado presagiando desde mi embarazo se había cumplido: ellos querían a mi hijo, y por fin se habían hecho con él. De nada me serviría llorar ni desesperarme. Santi nos observaba apoyado en la mesa.
—¿Qué ha ocurrido? —le pregunté a Lucy, tratando de no ahogarme con mis propias palabras—. Cuéntamelo con pelos y señales.
Se pasó las manos por las mejillas, el pelo casi le ocultaba la cara, las rojeces del llanto, el rímel corrido, los labios carnosos y un poco hinchados. Hablaba entrecortada.
—Ha sido horrible. Janín ha desaparecido. No sé en qué momento lo hemos perdido de vista, mejor dicho, lo he perdido yo. Bea no tiene la culpa de nada. La responsabilidad es mía.
Me senté en otra silla frente a ella, estaba mareándome. Y no podía estarlo. Debía salir de mi cuerpo y de mis sensaciones y concentrarme.
¿Cuánto tiempo tardaron en darse cuenta de que faltaba el niño? ¿Cuándo empezó a notar su falta? ¿Preguntaron si alguien había visto una sillita de bebé? ¿Cuánto tiempo estuvieron buscándole y dónde? Lucy no me describió la situación tan minuciosamente como le pedí. Tenía la vista fija en el suelo, no se atrevía a mirarme.
—¡Dios mío! Estaba mirando un collar, creo. Le estaba pidiendo consejo a Bea y cuando me he girado el niño ya no estaba. Con tantos puestos y tanta gente en el paseo Marítimo me atonté y durante unos segundos no pensé en Janín.
Empezó a llorar de nuevo, y ni Santi ni yo la interrumpimos.
—¿Nadie en todo el paseo oyó llorar a un niño durante el secuestro? —pregunté siendo consciente de verdad, por primera vez, de que Janín ya estaba en manos de la suerte y que yo no debía dejar nada al azar, no debía relajarme nunca y debía estar preocupada siempre porque esa era mi obligación—. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que ha desaparecido hasta que habéis decidido regresar aquí?
Lucy continuaba llorando, pero Santi no se acercó a consolarla. La miraba con severidad. Luego desvió la vista hacia la ventana, lo más lejos que pudo, imaginando escenas horribles y culpándose por ellas. Y yo no quería pensar en el miedo que estaría pasando Janín, aunque fuese un miedo que no recordaría nunca.
—Han pasado casi cuatro horas —dijo Bea.
—Lo siento —dijo Lucy acercándose a mí—. Soy un desastre. Nunca tendré hijos por el bien de ellos.
Quería darme pena, quería mi perdón, pero no le di nada. Y a continuación confesó algo que le daba un sentido aún más oscuro a la desaparición de Janín.
Se acordó de la última tarde en que nos vimos en el piso de Santi en Madrid y ella se había llevado al niño de compras. Llegó más tarde de lo normal porque inexplicablemente lo perdió de vista durante un cuarto de hora mientras pagaba una compra en unos grandes almacenes. Fue el cuarto de hora más angustioso de su vida. Tuvo que dar aviso a los guardias de seguridad hasta que por fin la llamaron por los altavoces desde Atención al Cliente. El niño estaba en su sillita sano y salvo en la zona de los vestidores. Creo que quisieron asustarme, dijo.
Recordé que regresó muy seria del paseo y que me evitaba. Entonces lo achaqué a los celos, como si yo fuese el centro de los estados de ánimo de los demás. Qué confundida estaba.
Se me aflojaron las piernas y las manos, apenas si podía marcar el número; me recordaba a una pesadilla que tuve durante cierto tiempo en que no era capaz de marcar el número de Alberto, aunque nunca lo había tenido; me confundía constantemente hasta que me despertaba desesperada. Me pellizqué por si estaba dormida. Pedí a los dioses estar soñando, pero el pellizco me dolió, era trágicamente real. Lucy lloraba. «¡Cállate!», le dijo Santi.
Respiré cuando descolgaron el teléfono.
—¿Esther? Perdona, no sé qué hora será por ahí. Soy Sandra, la amiga de Julián. Por favor, llámale a la residencia y pídele que vaya al Faro ahora mismo, yo voy para allá. Es muy urgente. Es algo de vida o muerte, pero no quiero que le asustes, solo que le convenzas de que vaya allí.
Colgué angustiada y sentía esa angustia en cada músculo de la cara y de todo el cuerpo.
—¿Has llamado a la policía? —dijo Santi confundido y aterrado.
—Aún no. No lo entenderían y quizá lo estropearan todo. —Imaginé que mis palabras le sonarían extrañas a Santi, pero en ese instante me daba exactamente lo mismo. Necesitaba ayuda, apoyo, y sentía que solo Julián podía dármelos.
—¿Y si alguien lo ha encontrado y lo ha llevado a la comisaría?
—Entonces llama y pregunta —dije cogiendo las llaves del coche.
Bea dijo que no sabía qué hacer, si marcharse o quedarse por si la necesitábamos. Lucy le dijo con la cara roja por el llanto que era mejor que se marchase. Cuando salió con el equipaje en la mano, una pequeña maleta de ruedas, no sabía cómo decirnos que no podía ir andando hasta la estación, pero no lo dijo. A nadie le importaba una mierda cómo se fuese Bea a la estación.
No, nadie había llevado a ningún niño a la comisaría. Santi colgó el teléfono con la clara intención de ir a preguntar por los puestos del paseo Marítimo y rastrear todo el itinerario hecho ese sábado por la mañana repleto de gente. Preguntaría en los bares y a todo el que se encontrara. Pero nada más teníamos un coche y además alguien debía quedarse en casa por si llevaban a Janín o nos llamaban por teléfono. Le pedí que confiara en mí y que me esperara. Debía hacer algo importante.
—¿Estás segura de lo que haces? —dijo Santi.
Las manos me temblaban al meter la llave en el contacto. Me las froté e hice crujir los huesos de los dedos. Tal vez a Julián se le ocurriera algo. En último caso, Julián le diría a la Hermandad lo que querían saber, se entregaría a ellos, y ellos me devolverían a mi hijo. Estaba segura de que Julián se sacrificaría. Se acercaba el fin del mundo. Quien juega con la destrucción acaba destruido. Y todo porque un día se me ocurrió venir a Dianium a tomar el sol en la playa. Todo porque solo sabía de la vida la parte normal, no la otra, la parte extraña y oscura.
Procuré no pisar el acelerador más de la cuenta. Por muy tarde que llegase siempre llegaría antes que Julián en la moto. No podía creerme que mi hijo al final acabara en manos de la Hermandad. Pensaba que, desaparecidos Fred y Karin, se había acabado su interés por un niño con el que ni Martín ni Frida —de ser ellos los secuestradores— sabrían qué hacer. Alberto nos ayudaría. Salvaría a Janín del mismo modo que me salvó a mí. Tenía muchas ganas de llorar y ya no pude contenerme.
No podía salir del coche, no tenía fuerza. El sol brillaba tanto que se me clavaba en los ojos. El olor de los platos con restos de arroz y marisco de la terraza del Faro permanecía suspendido en un calor anormal. De pronto el barómetro se había disparado, lo que no impedía que los clientes estuvieran disfrutando de una sobremesa larga, somnolienta, despreocupada, risueña.
Al salir del coche, no pude sostenerme en pie y me caí de rodillas en el suelo. En las palmas de las manos se me clavaron algunos guijarros. Oía la charla y las risas. Me apoyé en la puerta para levantarme. No merecía ser su madre, una madre debe tener un sexto sentido y notar cuándo algo es raro y cuándo su hijo podría estar en peligro. No supe detectarlo al venir aquí por primera vez y conocer a Fred y Karin y luego a Julián. Debí salir corriendo de aquel trío infernal.
Cuando vi aparecer a Julián, arrastrando sobre la grava su pequeña Libertad, me metí en el coche y le indiqué que me siguiera. Había demasiada gente en el Faro, todo el mundo había salido a comer y a disfrutar de su normalidad, de su buena suerte. Me hacían daño solo con mirarme. Sería maravilloso estar sentada en una de esas mesas con Janín y con Santi.
Paré en Punta Negra y Julián detrás de mí. En la cala había más bañistas de los esperados. El agua estaba angustiosamente esmeralda. Se veían los pececillos nadando alegremente. Cuando Janín fuese más mayor vendríamos a hacer snorkel, lo que no fue un pensamiento muy afortunado porque algo se me atravesó en la garganta y no podía respirar. Las lágrimas se me habían estancado en los ojos, estaba paralizada.
Julián abrió la puerta del coche y lo miré.
—¿Qué te ocurre?
No podía hablar, no podía contarle lo que sucedía, no me corría el aire por la garganta.
—Vamos, sal del coche —me pidió asustado.
Era incapaz de moverme y entró él por la otra puerta. Lo veía todo como en una película, cada movimiento de Julián, las gaviotas llegando a la luna del coche y marchándose. La gente con la frente y los hombros rojos andando hacia algún restaurante cercano. Motas y briznas temblando en el aire.
—Respira conmigo —dijo Julián cogiéndome la mano—. Así.
Lo veía respirando exageradamente para que yo hiciera lo mismo. Creo que quería morir, que no quería vivir lo que pudiera ocurrirle a Janín.
Me frotó el pecho y salió corriendo para volver con una botella de agua. Se echó un poco en las manos y me las pasó por la cara y la frente, por la nuca.
—¡Bebe! —ordenó.
Negué con la cabeza. No podía.
—Intenta tragar saliva. Por favor, ya verás como todo se arregla, sea lo que sea.
Volvió a ponerme agua en la frente y en la nuca, me mojó los labios. Lo que tenía en la garganta empezó a deshacerse, comencé a respirar y me desplomé sobre el asiento. Julián echó el asiento para atrás.
—Descansa —dijo—. Ahora sí que voy a darte agua.
Bebí un poco y cerré los ojos. Quería dormir lo que me quedase de vida. Dormir en medio del mundo vivo. No estar en el mundo normal, estar en otro donde apenas existiese.
Salió y regresó con una coca-cola.
—Necesitas cafeína.
Me tomé la mitad de la lata y me senté. O moría o debería reaccionar. Debía salir de mí misma, olvidarme de mí y pensar solo en Janín. Yo no era la importante ahora mismo, mis sentimientos y mis sensaciones no importaban. Era un soldado con una misión y esa misión era lo único que contaba. Mis emociones me hacían sentirme miserable. A la mierda las emociones.
—Han secuestrado a Janín.
—¿A tu hijo? ¿Estás segura?
Otra vez eso en la garganta, otra vez las lágrimas estancadas en los ojos. Pero lo vencí, tragué saliva, pegué un trago a la coca-cola recalentada por la mano. Y asentí.
—Una amiga lo ha llevado de paseo y ha vuelto sin él. Lo han cogido en un descuido.
—¿Una amiga?
No contesté. No era el momento de contarle quiénes eran Lucy y su amiga Bea.
—Quizá no tenga nada que ver con la Hermandad. Podría ser que ella se despistase, perdiera al niño y alguien esté tratando de dar con sus padres.
—Podría ser, pero no podemos perder el tiempo con tontas esperanzas. Lo más lógico es pensar que el mismo Martín, que metió aquel anónimo en la bolsa de ositos, esté detrás de esto. Estamos amenazados, Julián, no son fantasías mías. Si por suerte fuese como dices, alguien nos lo devolverá y aquí no habrá pasado nada, pero si no…
—¿Y qué podemos hacer, por dónde empezar?
Mis ojos de soldado buscaron los suyos, pequeños y grises, entre las arrugas y los párpados, detrás de las lentillas y de toda una vida desconocida para mí.
—Está bien. Iré a ver a Frida y me entregaré. Me quieren a mí. Pero antes no estaría de más hablar con tu amiga.
Tiramos hacia la casita.