Cuando llega la luz

Clara Sánchez · Capítulo 7 de 96

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Cuando llega la luz

2. La punta del iceberg

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La punta del iceberg

Julián

Como todos los días, a las once sentía la enorme sombra vacilante del Carnicero de Mauthausen pasar detrás de mí casi rozando el respaldo de la silla. Siempre el mismo escalofrío. Se balanceaba a derecha e izquierda tratando de no caerse, caminaba hacia el fondo del jardín como si le esperase alguien o algo detrás de los setos, y regresaba con la misma desequilibrada determinación. Después se sentaba en el comedor a dormitar un rato, el momento ideal para levantarme y adentrarme por el pasillo que llevaba a los dormitorios de la primera planta. Los más ágiles y no necesitados de ayuda residíamos en la cuarta y última, y a veces les echábamos una mano a los de la primera. Les empujábamos la silla o les cortábamos el filete. Se suponía que cuando llegase la hora de bajar a la primera, los de la cuarta harían lo mismo por nosotros. El Carnicero ingresó en la primera desde el principio, por lo que nunca se le pidió ayuda. Había venido a este mundo a no dar nada. Nadie consideraba que aquella mole tambaleante, que parecía arrastrar una borrachera desde hacía veinticinco años, pudiese ser útil. Cuando no hundía la barbilla en el pecho completamente ensimismado, lanzaba furiosas miradas de desconfianza alrededor. Puede que los demás no reparasen en esas miradas porque todos sabíamos que con los años la mayoría de nuestras caras se habían endulzado o avinagrado. A quien más y a quien menos los ojos se le habían empequeñecido y entre los pliegues de los párpados resultaban maliciosos, pícaros. Otros excesivamente bondadosos y algunos bastante normales, como los de Geralda. Las dentaduras postizas habían conseguido sonrisas poco creíbles, así que había que recurrir a fotos de por lo menos veinte años atrás para hacerse una idea del alma que encerraba ese cuerpo estrujado por el tiempo. Lo que no sabían, y yo sí, es que los ojos del Carnicero de Mauthausen habían cambiado poco. Seguían siendo completamente fríos. Cuando las enfermeras le cogían de las manos para que no se sentase fuera del sillón no podían sospechar lo que habían hecho esas grandes manos. Yo, desgraciadamente, lo sabía.

No sabía cómo vivían las abejas, ni los delfines, no sabía cómo se construía un avión, ni si había vida en otros planetas, no sabía por qué unas rosas son rojas y otras amarillas, ni si existe Dios. Sin embargo, sabía que las grandes manos del Carnicero le habían amputado el brazo a un prisionero de mi barracón para comprobar cuánto tardaba en desangrarse. No puede elegirse lo que no quiere saberse, se te mete en los ojos como una ráfaga de arena, y se queda en el cerebro y el estómago. Aún hoy no encuentro la manera de hablar de ellos, cualquier palabra resulta demasiado banal e inocente.

Su cuarto era la penúltima puerta a la derecha, cerca de la pared de cristal con que terminaban bruscamente tanto el pasillo como el paisaje de pinos y olivos. Fuera también había un monte hacia el que a veces los más vigorosos hacíamos excursiones. Y después de cenar, la figura del Carnicero al ponerse en pie se agrandaba contra las cristaleras del comedor oscureciendo los pinos, el monte y hasta las mismas estrellas.

Me detuve ante el cristal e hice como que contemplaba toda aquella hermosura, y cuando me cercioré de que no había nadie por allí giré el pomo de su puerta y entré. Por fortuna, ya habían limpiado la habitación y no corría el riesgo de que me sorprendiese nadie ni de soportar su olor. Un olor agrio, que salía disparado de entre los pliegues y recovecos de su cuerpo con cada movimiento, sobre todo al levantarse apoyando las manos en la mesa y dejando que por unos minutos el aire lo recorriera a placer y que luego ese mismo aire nos recorriera a nosotros sin poder evitarlo de ninguna manera. Nadie se quejaba porque todo el mundo sabía que Bert, como le llamaban, tenía fobia a las duchas y que únicamente admitía un baño a la semana, para tranquilidad de las enfermeras que debían ayudarle a entrar y salir de la bañera y a ponerse sus enormes camisas y calzoncillos. En el campo de concentración de Mauthausen tenía un aspecto muy pulcro, entonces era delgado y daba la impresión de pasarse un cepillo de raíces por los pómulos y las orejas hasta dejarlos relucientes. Exudaba limpieza, llevaba zapatos brillantes y trajes oscuros. Su mirada congelada, al descender hacia nosotros, dejaba claro que éramos andrajos nauseabundos. ¿Y a quién podíamos convencer de lo contrario?, ¿cómo se puede luchar para demostrar algo si no hay nadie a quien demostrárselo? No había esperanza.

Aún continuaba escribiendo con letra temblorosa en unos cuadernos baratos de tapas de colores que nos repartían en la residencia. Cogí uno y lo abrí. No lo entendía bien, mis conocimientos de alemán eran elementales, pero parecía una lista de cosas para no olvidar. Poco a poco y día tras día, desde que lo descubrí en Dianium y tuve acceso a él, iba consiguiendo desorientarle con pequeños cambios para que dudase mucho de su memoria, lo que le ponía de mal humor y estaba volviéndole loco. Miraba confuso a los lados en el comedor o en el jardín sin poder disimular la ira que lo dominaba. Era una pena que los demás no se dieran cuenta de lo que ocurría y no pudieran disfrutar tanto como yo. Todas las habitaciones eran más o menos iguales, todas daban al jardín, al monte o al parking, y todas tenían armario, cama, escritorio, silla y un pequeño sillón. En esta, además, empujado contra la pared había un baúl de cuero oscuro con un candado imposible de abrir.

Sobre el escritorio, un cráneo a modo de pisapapeles, en consonancia con su pasado de doctor en medicina, cosa que lo revestía de normalidad a los ojos de las limpiadoras pero no a los míos, que sabían cómo había elegido para experimentar a dos judíos holandeses de dieciocho y veinte años y cómo, tras una agonía espantosa, les seccionó la cabeza. Luego hirvió los cráneos, los limpió y le regaló uno a un amigo para que lo usara de pisapapeles. El otro lo colocó sobre la mesa de su despacho. Y, siempre alineada con el cuaderno, una estilográfica Parker 53 con la esvástica de oro, la misma con la que debía de haber anotado con todo detalle, como era su costumbre, sus experimentos.

Abrí el armario, perfectamente ordenado. Parecía que, por encima de todo, el orden había sido y era su obsesión, su religión. Los enormes pantalones, las descomunales chaquetas y las camisas estaban colgadas por colores. Debajo, las botas, que llevaba en cualquier época del año, tres pares, todas iguales, relucían con incontables capas de betún.

Puse uno de los pantalones entre las camisas blancas. En el cuarto de baño le cambié de cajón el cepillo del pelo. Pero no me conformé con esto: el verdadero disfrute llegó al coger su amada Parker para esconderla entre los muelles del somier. No sé de dónde saqué la fuerza para levantar la mitad del colchón y mantenerlo en vilo con una mano mientras con la otra enredaba la pluma entre los bucles de acero.

Después entorné la puerta de salida, vigilé que no hubiese nadie y me precipité pasillo adelante todo lo que me daban de sí las piernas. Saludé con la mano a Geralda, perteneciente al cuarto piso como yo, que me esperaba en la intersección del pasillo con el vestíbulo. Dio media vuelta, contenta de que la acompañase al jardín y probablemente a dar un paseo.

—¿Qué haces por aquí? —preguntó sonriente o como si sonriera. Tenía una cara muy agradable tanto contenta como seria, alegre o triste.

—Buscaba el aseo, me he confundido.

Ahora sí que sonrió comprensiva.

Todos respetábamos a Geralda, y su criterio a la hora de cambiar alguna costumbre o hacer alguna excursión era muy tenido en cuenta. Nunca decía una palabra de más ni de menos, y la mayor parte del día se la pasaba mirando, pensando y hojeando revistas de moda. No necesitaba gafas y era muy ágil, podía agacharse y levantarse sin agarrarse a ningún sitio. Seguramente estaba destinada a llegar a los ciento veinte en buenas condiciones. Tenía el tipo de reserva de los que aún les queda toda la vida por delante, y hasta más segundas oportunidades que al resto de nosotros. No le pegaba tener arrugas ni estar en Tres Olivos. Era alta y delgada, y el pelo casi blanco se lo recogía sobre un cuello erguido de bailarina. Usaba vestidos o trajes-chaqueta blancos, negros y beis hasta media pierna, y zapatos con un poco de tacón. Pilar, la coordinadora de la residencia, decía, moviendo la cabeza afirmativamente para reforzar sus palabras, que era una auténtica señora. Era aristócrata italiana por parte del marido. Pilar a veces hablaba de ella como la principessa. La pobre está arruinada, decía. Su marido había muerto hacía treinta años y no se sabía si tenía hijos; desde luego si los tenía no la visitaban nunca. Alguien ingresaba la mensualidad en la cuenta de la residencia puntualmente y ella disponía de dinero para peluquería, tintorería y masajes. La masajista comentaba que tenía un cuerpo increíble para su edad, sin apenas celulitis ni descolgamientos, fruto de generaciones bien alimentadas que han montado a caballo y jugado al tenis. Se daba largos baños con sales minerales, recuerdo de una constante asistencia a termas de lujo con recubrimientos de barro y chocolate, todo según la fantasía de la masajista y de Pilar, que también contaba que su difunto marido había poseído un palazzo con arañas de cristal de Murano y frescos del Quattrocento.

Era muy atenta con Elfe, le aguantaba sus inconexas peroratas de alcohólica y le acariciaba las manos para no tener que responderle. A cambio, como regalo, Geralda, de cuando en cuando, lucía un nuevo collar, unos nuevos pendientes que realzaban su elegancia y cuya auténtica procedencia nunca imaginaría.