El glamour
Capítulo VIII
A la mañana siguiente Grey visitó el consultorio del doctor Hurdis. Conservaba aún el ánimo optimista de la noche anterior; había dormido bien, y por primera vez sin tomar analgésicos. El psiquiatra lo estaba esperando y lo presentó a una mujer joven.
—Richard, ésta es una de las investigadoras de posgrado a mi cargo, la señorita Alexandra Gowers. Richard Grey.
—Encantado de conocerla.
Se estrecharon la mano formalmente y Grey advirtió que ella era muy joven. Llevaba una falda roja con un jersey de lana negra, gafas de carey y largos cabellos oscuros.
—Con su permiso, Richard, me gustaría que la señorita Gowers estuviera presente mientras lo hipnotizamos. ¿Tiene usted alguna objeción?
—En absoluto.
—Ésta es sólo una sesión preliminar. Mi idea es inducir un ligero trance y ver cómo reacciona. Si sale bien quizá intente un trance algo más profundo.
—Lo que a usted le parezca adecuado —dijo Grey, tranquilo—. Esa mañana había sentido algo de curiosidad acerca de la hipnosis, pero poco más.
El doctor Hurdis y la joven lo ayudaron a abandonar la silla de ruedas, y luego Hurdis lo sostuvo antes que él se hundiera en uno de los sillones de cuero.
—¿Tiene alguna pregunta que hacer, Richard?
—Quisiera saber algo de ese estado de trance. ¿Significa eso que perderé la conciencia?
—No, estará despierto mientras dure la sesión. Después lo recordará todo. La hipnosis es simplemente un modo de relajación.
—Está bien entonces.
—Lo que quiero que haga es que intente cooperar en la medida de lo posible. Puede hablar, mover las manos, abrir los ojos, y nada de esto romperá el estado de trance. Sobre todo tenga en cuenta que quizá no obtengamos al principio ningún resultado y no quiero que esto lo decepcione.
—Lo comprendo.
—Muy bien. —Hurdis estaba de pie junto a él; movió una lámpara para que iluminara parte de la cabeza de Grey—. ¿Puede ver la lámpara?
—Sí.
Hurdis la movió hacia atrás.
—¿Y aquí?
—Casi.
—Manténgase así, mirando la lámpara siempre de soslayo. Relájese y respire tranquilo y regularmente. Escuche lo que le voy diciendo y si se cansa cierre los ojos. Grey advirtió que Alexandra Gowers se había movido en el cuarto y se había sentado en una de las sillas de respaldo recto junto a la pared. —Mire la lámpara y escúcheme, y mientras tanto me gustaría que empezara a contar hacia atrás en silencio, que cuente de trescientos hacia atrás. Empiece ahora, siga contando y escuche lo que le digo, pero siga contando lentamente, 299, y respirando, 298, muy suave y lentamente, y no piense en nada, 297, siga mirando la lámpara, 296, contando lentamente hacia atrás, escuchando lo que le voy diciendo, 295, y con el cuerpo siempre muy relajado, 294, y cómodo, muy cómodo, siente las piernas, 293, muy pesadas, siente los brazos, 292, muy pesados y ahora empieza a sentir cansancio en los ojos, 291, de modo que si quiere puede cerrarlos, deje que se le cierren, pero siga contando, 290, lentamente y escuchando, el cuerpo muy relajado, 289, y ahora se le cerraron los ojos, pero usted está todavía contando, 289, 288, lentamente mientras siente que se desliza hacia atrás, muy relajado mientras se desliza hacia atrás lentamente, y ahora, 287, se siente adormilado, escuchando lo que le digo, pero adormilado, hundiéndose más y más profundamente en el sueño, pero escuchando lo que le digo…
Grey se sentía cómodo, relajado y adormilado, pero todavía consciente. Tenía los ojos cerrados y escuchaba lo que decía el doctor Hurdis, pero también podía oír más allá. Afuera, en la sala, dos personas habían pasado junto a la puerta conversando y en algún sitio del cuarto Alexandra Gowers había preparado un bolígrafo, clic, y había movido unos papeles. En el cuarto vecino sonó el teléfono, alguien contestó. Obedeciendo a las sugerencias de Hurdis, tenía el cuerpo completamente relajado, pero una mente alerta.
—… Deslizándose hacia atrás, sintiéndose adormilado, escuchando lo que le digo, tiene el cuerpo relajado y tiene sueño. Bien, Richard, muy bien, Ahora siga respirando regularmente, pero quiero que se concentre en la mano derecha. Piense en su mano derecha y en cómo la siente, concéntrese en ella y quizá compruebe que reposa sobre algo muy suave, algo muy ligero, muy ligero, donde se apoya la mano, algo que la empuja muy levemente desde abajo, que levanta su mano, que la levanta.
Mientras Hurdis hablaba, Grey, sorprendido, sintió que estaba alzando la mano. Subía lentamente hasta que tuvo el brazo vertical o casi vertical.
—Bien, eso está muy bien. Ahora levante la mano, sienta el aire que la sostiene, que sigue sosteniéndola, y ahora no puede bajarla, el aire la sostiene…
Pensando que debía intentarlo, Grey trató de bajar la mano… pero la sensación de algo suave y resistente era definida, y la mano se quedó donde estaba.
—… la sostiene, pero ahora quiero que baje la mano tan pronto cuente hasta cinco, tan pronto cuente de uno a cinco la mano caerá, pero no hasta que llegue a cinco, Richard, uno… dos… la mano está todavía en el aire… tres… cuatro… siente ahora que el aire está soltando la mano… cinco… la mano cae…
La mano cayó lentamente otra vez sobre sus rodillas.
—… está muy bien, Richard, está muy bien. Ahora quiero que siga respirando lentamente, todo su cuerpo está relajado, pero cuando le diga que quiero que abra los ojos, pero no antes, puede abrir los ojos y mirar el cuarto a su alrededor, quiero que mire, pero no hasta que yo se lo diga, quiero que busque a la señorita Gowers, que busque a la señorita Gowers, pero no podrá verla, está aquí, pero no podrá verla, pero no abra los ojos hasta que cuente hasta cinco, cuando cuente desde uno hasta cinco, quiero que abra los ojos…
Hurdis siguió y siguió hablando, y Grey, que escuchaba atentamente, se dijo que esa voz serena era irresistible, apremiante.
—… abra los ojos cuando yo llegue a cinco… uno… dos… tres… cuatro… quiero que ahora abra los ojos… cinco…
Grey abrió los ojos y vio junto a él al doctor Hurdis que lo miraba, sonriendo a medias, amablemente.
—No puede ver a la señorita Gowers, Richard, pero quiero que la busque, que mire alrededor, pero no puede verla, mire ahora…
Grey se volvió hacia la fila de sillas contra la pared. Sabía que ella estaba allí. Había oído que se sentaba, y acababa de oír el clic del bolígrafo y el crujido del cuaderno de notas. Pero cuando miró, ella no estaba. Pensando que tenía que haberse movido, Grey examinó rápidamente el cuarto, pero no pudo verla. Miró detrás de las sillas, sabiendo que estaba allí. La débil luz del sol entraba por la ventana y daba sobre la pared, pero no había ni siquiera una sombra de ella. Trató de imaginar la falda roja y el jersey negro, pero de nada le sirvió.
—Puede hablar si quiere, Richard.
—¿Dónde está? ¿Ha abandonado el cuarto?
—No, está todavía aquí. Ahora, por favor, vuelva a sentarse cómodamente. Cierre los ojos otra vez, respire normalmente y deje que las piernas se le relajen; se está sintiendo somnoliento. Bien, eso está muy bien. Ahora siente que se desliza, que empieza a moverse lentamente hacia atrás, y ahora tiene mucho sueño, por cierto, mucho sueño, y ahora se hunde en el sueño más y más profundamente, eso está bien, más y más profundamente, y ahora voy a contar hasta diez, desde uno hasta diez, se hundirá más y más profundamente, y con cada número se hundirá más y más, y sentirá más y más sueño, uno… muy profundamente… dos… se está hundiendo más y más… tres…
Pero entonces hubo una laguna.
Lo que Grey oyó después fue:
—… siete… se sentirá renovado, muy feliz, muy tranquilo… ocho… está empezando a despertar, estará despierto del todo, muy alerta, muy tranquilo… nueve… el sueño es ahora muy ligero, mucho más ligero, puede ver la luz del día contra sus párpados, y en un momento abrirá los ojos y estará del todo despierto, y se sentirá tranquilo y feliz… diez… ahora puede abrir los ojos, Richard.
Grey aguardó unos segundos más, cómodo en el sillón, con los brazos doblados sobre el regazo, resistiéndose a abrir los ojos. No tenía ganas de que el hechizo se rompiera; durante todo el proceso de la hipnosis no había sentido la rigidez habitual, ni la menor amenaza de dolor. Pero de pronto le temblaron los párpados y un instante después tenía los ojos abiertos.
Algo nuevo había sucedido. Este fue su primer pensamiento cuando miró a los otros dos; ambos estaban de pie junto al sillón mirándolo.
—¿Cómo se siente, Richard?
—Bien —dijo, pero ya le volvían los dolores, y ya tenía otra vez las caderas rígidas, y la espalda, y los hombros—. ¿Sucede algo malo?
—No, claro que no. ¿Querría una taza de café?
Grey dijo que sí, y Alexandra Gowers dejó a un lado la libreta de notas y abandonó el cuarto. La actitud de Hurdis era brusca y torpe. Fue hacia el otro sillón y se sentó.
—Ahora quiero preguntarle: ¿recuerda lo que acaba de pasar?
—Creo que sí.
—¿Podría describírmelo? ¿Qué es lo primero que recuerda?
—Me dijo que empezara a contar hacia atrás desde trescientos y así lo hice. Era difícil concentrarse y abandoné al cabo de un rato. Recuerdo que después mi mano se alzó en el aire y que no pude bajarla hasta que usted me lo dijo. Después hizo que la señorita Gowers desapareciera.
Hurdis asintió lentamente con la cabeza.
—Aunque yo diría que es usted quien hizo esas cosas, no yo.
—Si usted lo dice…
—¿Qué recuerda luego?
—Yo… me parece que usted quiso ir más allá, pero luego pareció cambiar de idea. No estoy muy seguro de lo que ocurrió. Empecé a despertar.
—¿Y eso es todo lo que recuerda?
—Sí.
Alexandra Gowers volvió al cuarto trayendo una pequeña bandeja con tres tazas de café. Al pasar junto a ellos, Hurdis repitió lo que Grey acababa de decir. Volviendo a su asiento, ella dijo:
—Entonces fue espontáneo.
Grey, que en aquella atmósfera helada ya no se sentía nada eufórico, preguntó:
—¿Les importaría explicarme de qué están hablando?
—Es usted un excelente sujeto hipnótico dijo Hurdis. Pude llevarlo a un estado de trance profundo sin la menor dificultad. Por lo común el sujeto es capaz de recordarlo, pero no siempre. Usted estuvo en estado de trance profundo durante unos cuarenta y cinco minutos. Esperaba que pudiera recordarlo.
—Se conoce como amnesia espontánea —dijo Alexandra Gowers—, y Hurdis le echó una mirada áspera.
—No es más que un término técnico, Richard.
—Pues claro —dijo Grey, con calma—. Casi todo lo que había estado obligado a oír durante los últimos meses había consistido en términos técnicos, a veces explicados, otras no. Ya no le importaba; esperaba que pronto pudiese escuchar a gente corriente que dijera cosas igualmente corrientes.
—Lo cierto es que lo llevé al período oscurecido por la amnesia. Evidentemente sería mejor que usted mismo fuera capaz de recordarlo, pero si no es así, quizá convendría que le estimulásemos gentilmente la memoria.
—Entonces, ¿me llevó de vuelta a ese período? —dijo Grey ahora interesado.
—Cuando estaba en ese trance profundo le pedí que tratara de recordar los acontecimientos del año pasado, o más precisamente a fines del verano pasado; el accidente del coche bomba fue a comienzos de setiembre. ¿No es así?
—Sí.
—Como lo esperaba, pareció usted traumatizado. La emoción le cortó la voz y era difícil entender lo que decía. Le pedí que describiera dónde estaba, pero no lo hizo. Le pregunté si había alguien con usted, y me dijo que una mujer.
—¡Susan Kewley!
—La llamó Sue. Tengo que decirle, Richard, que nada de esto es conclusivo. Habrá aún otras sesiones. No pudimos captar el sentido de la mayor parte. Por ejemplo, cuando habló en francés.
—¡Francés! Pero yo no hablo francés. Bueno, apenas. ¿Por qué hablaría en francés durante la hipnosis?
—Puede ocurrir.
—Bien, ¿qué es lo que he dicho?
Alexandra Gowers tenía la libreta de notas abierta. Dijo:
—En un momento oímos que decía encore du vin, s’il vous plaît, como si estuviera en un restaurante.
Grey sonrió, había estado en Francia hacía ya tres años. Había viajado con un equipo a París para cubrir las elecciones presidenciales. Habían llevado una asistente de investigación como intérprete, y durante todo el viaje apenas si había dicho una palabra en francés. Lo que mejor recordaba del viaje era que una noche había dormido con la asistente.
—No soy capaz de explicarlo —dijo.
—Quizá —dijo Hurdis—. Pero tampoco debe rechazarlo.
—Pero ¿qué tengo que suponer? ¿Que estaba en Francia el año pasado?
—No hay que confiar en las suposiciones. Pero hay algo más. —Le pasó a Grey una hoja de papel, aparentemente arrancada de una libreta de notas—. ¿Reconoce esta letra?
Grey le echó una mirada; luego, sorprendido, la miró más de cerca.
—¡Es la mía!
—¿Sabe qué significa?
—¿Dónde lo consiguió? No recuerdo haberlo escrito. —Leyó rápidamente—: era la descripción de lo que parecía ser la atestada sala de pasajeros de un aeropuerto: anuncios de PA, mesas de escribir de líneas aéreas. Parece parte de una carta… ¿Cuándo lo escribí?
—Hace unos veinte minutos.
—¡Oh, no, no puede ser cierto!
—Pidió papel y la señorita Gowers le dio la libreta de notas. No dijo nada mientras escribía, y sólo se detuvo cuando le quité la estilográfica.
Grey volvió a leer la página, pero nada de lo que había escrito parecía tener significado. El pasaje tenía un tono familiar, y describía la agitación, el aburrimiento y la expectación nerviosa de los aeropuertos. Grey había tenido que volar muchas veces, pero de algún modo esa última hora antes de subir al avión había sido siempre una ordalía. Decir que tenía miedo de volar hubiera sido una exageración, pero siempre se sentía nervioso y tenso y deseaba haber terminado el viaje de una buena vez. Por tanto esto podría ser concebiblemente algo sobre lo que hubiera escrito, pero nada había estado más lejos de su mente esa mañana.
—¿Qué puede ser esto? —le preguntó a Hurdis.
—¿Usted mismo no tiene idea?
—No.
—Podría ser parte de una carta, como sugirió. Podría ser un recuerdo inconsciente que ha aflorado en la hipnosis. Podría ser el extracto de un libro, o algo que haya leído en el pasado.
—¿Y si es un recuerdo inconsciente? ¿No podría ser ésta la respuesta?
—Ésa es la posibilidad, entre todas, sobre la que debe mostrar más cautela, me parece. Hurdis miró el reloj que colgaba en la pared.
—¡Pero eso es sin duda lo que intento encontrar!
—Sí, pero tiene que ser muy precavido. Nos espera un largo viaje. Quizá podamos encontrarnos la semana próxima.
—Grey tuvo un estremecimiento de desagrado. Espero salir pronto de aquí.
—Pero no la semana próxima…
—Bien, no… pero pronto, espero.
—Muy bien. —Hurdis, era evidente, estaba a punto de marcharse. Alexandra Gowers también se había puesto en pie.
Todavía en el sillón, Grey dijo:
—Pero ¿cuál es mi situación ahora? ¿He hecho algún progreso?
—En nuestro próximo encuentro, le sugeriré que no olvide lo que pase en el trance. La interpretación será quizá más fácil.
—¿Y esto? —preguntó Grey alzando la página escrita. ¿Debo guardarlo?
—Si lo desea. No, pensándolo mejor, lo guardaré con mis notas sobre el caso. Me gustaría estudiarlo a fondo y la próxima vez podríamos utilizarlo como punto de partida.
Tomó el papel de unos dedos que no opusieron resistencia. A Grey le interesaba la página, aunque no le parecía importante.
Antes de marcharse, Alexandra se le acercó.
—Le agradezco que me haya permitido quedarme —dijo—. Le tendió la mano y volvieron a intercambiar un apretón tan formal como el de la presentación.
—Cuando intentaba verla —dijo Grey—, ¿estaba usted aquí, en este cuarto?
—Nunca me moví de la silla.
—Entonces, ¿cómo no pude verla?
—En un momento me miró directamente a los ojos. Es una prueba corriente de la llamada alucinación negativa inducida. Sabía que estaba aquí, sabía cómo verme, pero su mente no me registraba. La hipnosis en el teatro produce un efecto similar, pero por lo general los sujetos ven a la gente sin ropa. —Dijo esto con toda seriedad, apretando la libreta de notas contra el costado—. Empujó hacia arriba las gafas sobre el puente de la nariz.
—Sí —dijo Grey—. Bueno, de cualquier modo, fue un placer buscarla.
—Espero que recupere la memoria dijo ella. Me fascina enterarme de lo que suceda.
—También a mí —dijo Grey—, y los dos sonrieron.