El glamour
Capítulo XV
—Richard, también tú eres por naturaleza invisible —te expliqué—. No lo sabes, pero tienes el poder de envolverte en glamour Puedo enseñarte a utilizar ese poder.
—No puedo creer lo que estoy oyendo —dijiste.
—Estás aún a medio camino porque la incredulidad forma parte de la invisibilidad, Deja que te muestre cómo intensificar tu nube.
Nos habíamos sentado en las rocas de la costa, cerca de Little Haven. La marea estaba baja y la arena resplandecía a la luz del sol. Había gente de vacaciones cerca, y unos niños salpicaban agua en la orilla. Intentaba explicarte la técnica de intensificación de la nube, sin caer en la jerga de los glams. Para mí la invisibilidad era una manera de ver o no ver, y en ese ver o no ver hacerme invisible o visible. Te dije entonces:
—Tienes que distenderte y desarrollar una actitud mental de incredulidad, empezar a dudar de ti mismo.
—Es imposible —dijiste.
Pensé en lo que me habías contado cuando rodaste el tumulto.
—Recuerda lo que sentiste cuando estabas rodando. Imagina que tuvieras aquí una cámara y que quisieras filmar a alguna de esta gente, por ejemplo, esas dos chicas que toman baños de sol. Si te les acercaras con la cámara, ellas lo advertirían, se cohibirían, empezarían a verse a través de tus ojos. ¿Cómo lo evitarías?
—Utilizaría un teleobjetivo —dijiste.
—No, acércate. Piénsate agazapado junto a ellas, apuntándolas con la cámara. ¿Cómo lo harías?
—Muy bien. Lo intentaré.
Caminaste por la playa, no directamente hacia las chicas, sino simulando errar accidentalmente por los alrededores. Vi que te detenías, pensando que mirabas al mar, que clavabas la vista en la arena. Las dos chicas eran adolescentes, tendidas sobre toallas, con bikinis de supermercado. Tenían una radio de transistores que emitía música pop. Eran muy jóvenes, bastante rollizas y todavía no muy tostadas por el sol. Cuando te volviste hacia ellas, vi que enderezabas la espalda y encogías un hombro, como si imaginaras el peso de una cámara. Cuando avanzaste hacia ellas, más confiado que antes, vi cómo se intensificaba tu nube. Estabas junto a ellas, te agachaste. Ninguna se dio cuenta. Hubo una pausa, y luego te acercaste a la radio y la empujaste a un lado. Aun entonces no hubo ninguna respuesta. Una de las chicas se dio vuelta y quedó tendida al sol con una rodilla levantada. Tú te quedaste mirándola desde arriba, bloqueando el sol y cubriéndole la cara con tu sombra.
Cuando volviste a mi lado todavía estabas invisible, y reías y reías. Nos abrazamos y nos besamos, y tú preguntaste:
—¿Qué más soy capaz de hacer?
Te dije:
—Primero tengo que hablarte de Niall.