El glamour

Christopher Priest · Capítulo 3 de 62

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El glamour

Primera Parte

I

He estado tratando de recordar cuándo empezó, pensando en mi temprana infancia y preguntándome si pudo haber ocurrido algo entonces que me convirtiera en lo que soy. Nunca lo pensé mucho hasta ahora, porque en general yo era feliz. Creo que esto se explica porque yo no podía saber qué estaba ocurriendo realmente. Mi madre murió cuando yo tenía sólo tres años, pero aun este golpe llegó amortiguado; estuvo mucho tiempo en cama, enferma, y en el momento en que finalmente murió, yo estaba acostumbrado a pasar la mayor parte del tiempo con la niñera.

Lo que mejor recuerdo es algo que yo disfrutaba. Cuando tenía ocho años me mandaron a casa desde la escuela con una carta del servicio médico. Una infección vírica había estado afectando a muchos niños de la escuela, y después de haber examinado a todos, se descubrió o se decidió que yo era el portador. Fui sometido a cuarentena en casa y no se me permitía juntarme con otros niños en tanto siguiera siendo un portador. El resultado fue que me ingresaron finalmente en un hogar infantil privado y mis dos amígdalas en perfecto estado fueron extirpadas con toda eficacia. Volví a la escuela poco después de haber cumplido nueve años.

El período de cuarentena había durado casi seis meses, y coincidió con la mejor parte de un largo y caluroso verano. Me encontraba solo la mayor parte del tiempo, y aunque en un principio me sentí solo y aislado, muy pronto me adapté. Descubrí los placeres de la soledad. Leí una enorme cantidad de libros, di largos paseos por el campo alrededor de la casa y por primera vez me llamó la atención la vida silvestre. Mi padre me compró una cámara sencilla, y empecé a estudiar los pájaros y los árboles y las flores; prefería esa compañía a la de mis amigos. Construí un escondrijo secreto en el jardín y allí me pasaba horas enteras con mis libros y fotografías, imaginando cosas y soñando. Hice un carro con las ruedas de un viejo coche de niño, y me deslicé por los senderos del campo y las colinas, más feliz que nunca hasta entonces. Fue un tiempo alegre, poco complicado, en el que acumulé reservas personales y confianza interior, un tiempo que me cambió.

Volver a la escuela fue un desgarramiento. Me había convertido en un forastero para los demás niños por haber estado tanto tiempo alejado. Era excluido de las actividades y los juegos, los grupos no me tenían en cuenta y me trataban como a quien no conoce la lengua o los signos secretos. Me importaba muy poco: eso me permitía continuar en parte mí vida solitaria, y retirarme a la periferia, apenas visible por los otros. Nunca lamenté ese largo y solitario verano; sólo deseo que hubiera durado más. Cambié al crecer, y ya no soy lo que era entonces, pero todavía evoco esa época feliz con una especie de nostalgia infantil.

De modo que quizá empezó allí, y esta historia es la continuación. Por el momento soy sólo «yo», aunque pronto tendré un nombre. Ésta es pues mi historia, contada con voces diferentes.