El glamour
Capítulo II
Nací en un suburbio de Manchester, en el sur de la ciudad, cerca del campo de Cheshire. Mis padres eran escoceses, de la costa oeste, pero habían vivido algún tiempo en Glasgow antes de mudarse más hacia el sur de Inglaterra. Mi padre estaba empleado en una gran oficina cerca de nuestra casa, y mi madre trabajaba algunas horas como camarera. Mientras mi hermana Rosemary y yo éramos niñas, mi madre se quedó en casa para criamos.
En la medida en que lo sé o lo recuerdo, mi niñez fue normal, y nunca presentí lo que iba a pasarme. Yo era siempre la más sana de las dos, pero mi hermana, tres años mayor, enfermaba a menudo. Uno de mis recuerdos más tempranos es la frecuencia con que me decían que me estuviera quieta, que caminara de puntillas para no molestar a mi hermana. El silencio se me convirtió en una costumbre, pues yo no tenía pasta de rebelde. Siempre quería complacer y era, o trataba de ser, una hija modelo, el sueño de toda madre. Mi hermana, entre enfermedad y enfermedad, era lo opuesto: una marimacho, una malhablada, una ruidosa molestia en todas partes. Yo me ocultaba y me arrastraba, deseando que nadie advirtiera mi presencia. Mirándolo retrospectivamente, todo parece ajustarse a un cierto designio, pero, por entonces, era sólo un aspecto de mi personalidad. Hacía las cosas que son normales en la niñez: iba a la escuela, hacía amistades, asistía a cumpleaños y fiestas, me caía y me lastimaba las piernas y los brazos, aprendí a andar en bicicleta, quería tener un pony, coleccionaba fotografías de ídolos de la música pop.
El cambio ocurrió en la pubertad y fue desarrollándose poco a poco. No recuerdo exactamente cuándo supe que no me parecía a las otras chicas de la escuela, pero a los quince años ya era muy diferente. Mi familia no prestaba atención a lo que yo hacía; los maestros de la escuela por lo general no tenían en cuenta mis intervenciones en clase. Todos tenían conciencia de mí, pero a medida que fui haciéndome mayor, imponer mi presencia requería cada vez un mayor esfuerzo. Una por una, fui alejándome de mis viejas amigas. Era una buena alumna en clase, con notas por lo general aceptables, pero los informes del final del término escolar hablaban siempre de una capacidad media, de que trabajaba en silencio, de que progresaba lentamente. La única asignatura en la que destacaba era arte, y esto era consecuencia de una habilidad innata y de que la profesora me alentaba a que trabajase fuera de las horas de clase.
Todo esto suena como si yo hubiera tenido una adolescencia en calma y tranquila, pero en verdad fue todo lo contrario. Descubrí la impunidad: no importaba que emitiera sonidos groseros delante de los maestros, arrojara cosas en el aula o molestara a los otros niños. Casi nunca me sorprendían, y solía disfrutar de las reacciones que yo provocaba. Empecé a robar en la escuela, objetos mezquinos y sin valor, sólo por el mero placer de que nunca lo descubrirían. Y sin embargo, a pesar de todo esto, seguí siendo una niña tolerablemente popular, nunca íntima de nadie, pero aceptada por todos.
Mi creciente invisibilidad se convirtió en un peligro para mí. A los catorce años fui atropellada por un coche; el conductor sostuvo una y otra vez que no me había visto. Un día en casa estuve a punto de sufrir graves quemaduras: estaba apoyada contra la repisa de la chimenea sobre una estufa de gas apagada, y mi padre entró y la encendió sin darse cuenta de que yo estaba allí. Recuerdo mi sentimiento de incredulidad. Estaba sencillamente allí cuando la llama emergió viva y mi falda se encendió. Mi padre sólo advirtió mi presencia cuando grité y me aparté de un salto, golpeándome la ropa en llamas.
Por causa de estos accidentes y otros menos graves llegué a detestar los objetos y la gente que podían lastimarme. Aun ahora evito las aceras atestadas y las bocacalles. Aunque aprendí a conducir hace algunos años, me disgusta hacerlo; no puedo quitarme la desagradable impresión de que mi modo de conducir hará que el coche mismo resulte imperceptible. Nunca nado en el mar, porque si corriera allí algún peligro, quizá no conseguiría que nadie me viera o me oyera; en el metro me pongo nerviosa temiendo que alguien me empuje en una plataforma muy atestada; no he andado en bicicleta desde los doce años; siempre me alejo de quienes transportan líquidos calientes desde que mi madre volcó sobre mí una tetera.
Pasar tan inadvertida empezó a afectar mi salud. Durante mi adolescencia fui debilitándome. Tenía una jaqueca tras otra, me quedaba dormida en momentos inoportunos, era proclive a contagiarme cualquier enfermedad infecciosa que anduviera por allí. El doctor de la familia atribuía todo a la «edad del desarrollo» o a una susceptibilidad congénita, pero sé ahora que la verdadera causa era el intento inconsciente de mantenerme visible. Quería ser percibida, que se me considerara igual a todo el mundo, vivir una vida ordinaria. Durante todos esos últimos años escolares me pasé los días entrando en la invisibilidad y saliendo de ella, chocando con la gente de mi alrededor.
Lo único que aliviaba esta tensión era la soledad. Durante las largas vacaciones escolares y a veces los fines de semana, iba con frecuencia al campo. Los suburbios estaban extendiéndose fuera de la ciudad, pero aun así llegar a un tranquilo paisaje de granjas y bosques todavía sin planificar, sólo requería un corto viaje en autobús hacia el sur, más allá de Wilmslow y Alderley Edge. Allí, lejos de las rutas principales, estar sola y no tener que esforzarme por ser percibida, me permitía recobrar mi tranquilidad y mis fuerzas.
Fue durante uno de estos viajes, cuando tenía unos dieciséis años, que conocí a la señora Quayle.
Fue ella la que me vio primero y la que se me acercó. Yo sólo fui consciente de una mujer de edad madura y aspecto agradable que venía por el sendero hacia mí; un perro pequeño corría detrás. Nos cruzamos, nos sonreímos brevemente como quienes no se conocen, y seguimos cada cual por su camino. Ya no pensé más en ella, pero entonces el perro pasó corriendo a mi lado y me di cuenta de que ella se había vuelto y lo seguía.
Hablamos y las primeras palabras que me dijo fueron:
—Querida, ¿sabes que tienes verdadero glamour?
Como estaba sonriendo y tenía un aspecto tan corriente, no me alarmé, pero supongo que si hubiera sospechado la verdad, me habría asustado y habría echado a correr. En cambio, la pregunta me interesó y seguí andando con ella, charlando de manera anodina acerca del campo. De algún modo no respondí a la pregunta, ni tampoco ella la repitió. Compartía conmigo el amor por el campo, las flores silvestres y la paz, y eso era suficiente. Llegamos por fin a su casa, una vivienda campestre levantada bastante lejos del sendero. Me invitó a entrar y a tomar una taza de té.
Por dentro, la casa era agradable y bien provista, con calefacción central, un televisor, una radio estereofónica, teléfono y otras instalaciones modernas. Ella se sentó en el sofá para servir el té y el perro se echó a su lado y se quedó dormido.
Entonces la conversación volvió a donde la habíamos dejado y me habló otra vez de mi glamour. Por supuesto, yo no sabía de qué me estaba hablando, y teniendo la edad que tenía, y así se lo hice saber. Me preguntó si creía en la magia, si tenía alguna vez sueños extraños, si me daba cuenta a veces de lo que estaban pensando los demás. Hablaba como con intención y esto me dio miedo. Tan pronto como me vio, dijo, había sabido que estaba poseída por algún encantamiento, de que tenía poderes psíquicos. ¿Yo lo sabía? ¿Conocía a alguien más como yo?
Dije que quería marcharme y me puse de pie. Cambió enseguida de actitud y se disculpó por asustarme. Cuando me iba, me dijo que volviera a visitarla si quería saber más, pero afuera, en el sendero, eché a correr y a correr; tenía mucho miedo. A la semana siguiente, sin embargo, volví a su casa y durante los dos años siguientes la visité con frecuencia.
Sé ahora que la señora Quayle me contó sólo una parte de la historia, y que tenía sus propios intereses. Se describió una vez a sí misma como psíquica, pero nunca entró en largas explicaciones. Pensaba a veces que quizá fuera una bruja, aunque siempre temí preguntárselo. No obstante fue ella quien me despertó a la verdadera naturaleza de mi condición y me dio cierta idea del alcance y las limitaciones de la invisibilidad.
El glamour que yo había visto a mi alrededor, me dijo, era una especie de aura psíquica emitida por los que están en contacto con los poderes naturales. Me dijo que yo podía por instinto intensificar o atenuar esta «nube», y que dentro de la proyección del plano astral, yo podía elaborar glamour. Me habló de Madame Blavatsky, la espiritista y teósofa, que registró muchos casos de apariciones y desvanecimientos mediante la utilización de la nube y que afirmaba ser capaz de volverse invisible; de la secta Ninja del Japón medieval, capaces de volverse invisibles para sus enemigos mediante el engaño y la distracción; de Aleister Crowley, que probaba la doctrina de la invisibilidad, paseándose por las calles envuelto en una túnica escarlata y llevando una corona dorada sin que nadie se diera cuenta. Y del novelista Bulwer-Lytton, que se creía capaz de invisibilidad, e intentaba sorprender a sus amigos moviéndose entre ellos antes de revelarse. Me enseñó recetas folklóricas, como la de coleccionar esporas de helechos, cuya posesión, supuestamente, procuraba invisibilidad.
Aun entonces, sólo creía a medias lo que me decía. Yo sabía que la señora Quayle no era una vidente, ni una maga, pero no me atrevía a contradecirla, y al fin acepté que al menos una parte de lo que contaba era quizá cierto.
Fue la señora Quayle quien me mostró, con un espejo, que yo era invisible.
Siempre había podido verme en los espejos porque me buscaba a mí misma, como todo el mundo, y al buscarme me descubría, y me veía. Pero un día la señora Quayle recurrió a una triquiñuela poniendo un espejo en una posición inesperada, poco más allá de una puerta. En un momento me siguió mientras yo avanzaba hacia el espejo. Antes de darme cuenta, vi la imagen de ella detrás de mí, y durante dos o tres segundos, mientras me preguntaba qué era lo que estaba viendo, advertí que el espejo no me reflejaba. Entonces vi, y comprendí por fin: no era invisible porque fuera transparente o no pudieran verme. Había una nube que de algún modo me oscurecía, hacía difícil que pudieran notar que yo estaba allí. El efecto era el mismo y explicaba por qué la gente reaccionaba como si yo no estuviera presente.
La señora Quayle podía verme siempre, aun cuando yo era invisible para los demás, aun esa vez ante el espejo cuando en un momento fui invisible para mí misma. Era una rara mujer con una única idea, sencilla y corriente en todos los aspectos, salvo el que tenía por objetivo. Era viuda, vivía sola, entre prosaicos retratos de familia, artefactos de la sociedad de consumo, souvenirs de Italia y España. Tenía un hijo en la Marina Mercante, y dos hijas casadas que vivían en otra parte del país. Era una mujer práctica con los pies bien puestos sobre la tierra y que me ayudó mucho, que me llenó la cabeza de ideas y me dio un vocabulario para lo que soy y para lo que puedo hacer. Nos hicimos amigas de un modo extraño y desigual, pero ella murió repentinamente de una angina de pecho unos pocos meses antes de que yo me mudara a Londres.
Mis encuentros con ella eran ocasionales, separados por intervalos de meses. Cuando la conocí yo estaba terminando la escuela, arrastrándome casi imperceptiblemente desde el primer nivel hasta el último, pasando las asignaturas con notas medianas, excepto en Arte. La tensión de no hacerme invisible continuaba oprimiéndome, y mi último año en la escuela se distinguió por jaquecas y desmayos. Sólo me sentía completamente distendida cuando estaba con la señora Quayle, y su muerte, justo antes de presentarme a los exámenes del último nivel, hizo que me sintiera aislada y desvalida.
Al cumplir los dieciocho años mis padres me dieron una sorpresa. Habían sacado para mí una póliza cuando nací, y ahora se cumplía el plazo. Me habían ofrecido una beca en una escuela de arte en Londres, que cubría las mensualidades, pero no los gastos de manutención. La póliza casi era suficiente, y mi padre dijo que él se haría cargo del resto. Al fin del verano dejé mi casa por primera vez en mi vida y me trasladé a Londres.