El glamour

Christopher Priest · Capítulo 9 de 62

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El glamour

Capítulo VI

Ese fin de semana el doctor Hurdis visitó Middlecombe y pasó la tarde del sábado con Grey. Hurdis tenía siempre una actitud comprensiva: escuchaba más que hablaba y nunca interrumpía a Grey con preguntas sorprendentes o bruscas. Lo trataba como si resolvieran juntos un problema, no como si fuera un paciente, y a menudo las sesiones se parecían más a una conversación que a un análisis, aunque Grey sabía que no era así.

Grey se sentía comunicativo ese día, pues por fin tenía algo de qué hablar y estaba más interesado que antes en su propia historia, aunque los dos breves encuentros con Sue no habían resuelto nada. La amnesia era tan profunda como siempre, algo que el doctor Hurdis no tardó en comprobar. No obstante, ella le había enseñado algo fundamental: que había existido realmente durante ese tiempo perdido. Hasta ahora, no había creído verdaderamente en sí mismo; tenía una sensación de ausencia cada vez que intentaba mirar hacia atrás. Pero Sue atestiguaba que él había existido. Ella lo recordaba donde él no tenía ningún recuerdo.

Por supuesto, desde que Susan se había marchado, Grey casi no había pensado más que en ella. Su mente y su vida estaban llenos de ella. Quería su compañía, el contacto de su mano, de sus besos. Sobre todo quería verla, mirarla detenidamente, pero en una extraña miniatura de su problema más grande, le era difícil recordar cómo era ella. Podía visualizar algunos de sus detalles periféricos: el bolso de lona, los calcetines sobre las medias, la falda floreada, el abrigo, los cabellos que le escondían la cara. Sabía que lo había mirado, pero más tarde comprobó que no podía verle la cara con los ojos de la mente. Recordaba la regularidad de sus facciones, que también contribuían a ocultarla.

—Creo que Sue es mi mayor posibilidad de recuperar la memoria —dijo—. Es evidente que me conoce bien y estaba conmigo durante las semanas perdidas. No dejo de pensar que si me dijera una sola cosa que estimulase mi memoria, sería suficiente.

—Quizá tenga razón —dijo Hurdis—. Estaban en el despacho de los fines de semana, un lugar cómodo con sillones de cuero y una biblioteca, Pero una advertencia: no se esfuerce demasiado tratando de recordar. Hay un estado que se conoce como paramnesia, paramnesia histérica.

—No creo que sea histérico, doctor Hurdis.

—Claro que no, en el sentido corriente. Pero a veces, alguien que ha perdido la memoria se aferra a una brizna cualquiera, la menor sugerencia de recuerdo, y esto puede llevar a toda una secuencia de recuerdos inventados.

—Estoy seguro de que eso no podría ocurrir con Sue. Me llevaría por el camino correcto.

—Como usted diga. Pero si empezara a fabular, no se daría cuenta de que lo hace. ¿Qué piensa el señor Woodbridge de todo esto?

—Creo que está en contra de que hable con ella.

—Entiendo.

Desde que Sue se había ido, la mayor preocupación de Grey había sido resucitar cualquier recuerdo que ella pudiera haber rozado. Sue había despertado en él un nuevo interés, y las pocas cosas que había dicho cobraron enorme importancia. Las examinó mentalmente desde todas las perspectivas, y habló de ellas con el doctor Hurdis, que por fortuna no era un interlocutor crítico, sino alguien que lo estimulaba a que hablase más y más.

En realidad, ella había dicho muy poco acerca de ese pasado común. Era sintomático, de acuerdo con Hurdis, que él se aferrara a esos fragmentos y tratara de encontrar los más significativos.

Había resuelto al menos un misterio menor: la cuestión de las tarjetas postales. Al principio creyó que había tropezado con algo de esas semanas perdidas, algo olvidado hasta entonces, pero luego, emergiendo a la superficie desde el viejo pasado, le llegó el recuerdo.

Había estado trabajando en Bradford, en el norte de Inglaterra. Durante una tarde libre, salió solo de paseo por calles poco transitadas y dio con una tienda de trastos de segunda mano. Tenía una colección de viejos equipos cinematográficos y siempre estaba buscando más. En esta tienda en particular no había nada de esta especie, pero encontró en el mostrador una vieja caja de zapatos repleta de tarjetas postales. Las observó un rato con cierto interés. La mujer que atendía la tienda le dijo que los precios estaban marcados en el dorso de cada tarjeta, y siguiendo un impulso, él le preguntó cuánto querría por todo el lote. Unos segundos más tarde se había cerrado el trato por diez libras.

Cuando llegó a casa unos días más tarde, Grey observó los varios centenares de tarjetas antiguas de que era ahora propietario. Evidentemente algunas habían sido compradas y coleccionadas por alguien, porque estaban sin usar; pero muchas de ellas tenían mensajes en el dorso. Leyó todos los que pudo descifrar, garrapateados con estilográfica o lápiz indeleble. Casi todos eran saludos de gente de vacaciones: estaban pasándolo muy bien, el tiempo mejoraba, ayer había visitado a la tía Sissy, el paisaje era hermoso, ha llovido toda la semana, pero no nos amilanamos, a Teddy no le gusta la comida, los jardines son tan agradables… el sol despierta a los mosquitos, hemos estado todos nadando, el tiempo, el tiempo, el tiempo.

Muchas tarjetas eran de los años de la Gran Guerra y aun antes; los sellos de dos peniques eran mudos testigos de cómo habían cambiado los precios. Cuando menos una tercera parte de las cartas habían sido enviadas desde el extranjero: grandes giras por Europa, viajes en funiculares, visitas a casinos, calor insufrible. Eran mensajes de una clase ociosa ahora irrevocablemente desaparecida: viajeros de una era anterior al turismo.

Las fotografías eran para él aún de mayor interés. Las veía como la detenida narración de viajes consumados años atrás, atisbos de ciudades y escenas que en cierto sentido ya no existían. Algunas eran de sitios que él conocía o había visitado: caballeros y señoras de tiempos eduardianos que paseaban por explanadas a orillas del mar, ahora atestadas de altos hoteles, galerías de atracciones, parques, valles donde se habían construido anchas autopistas; capillas francesas e italianas, rodeadas de tiendas de souvenirs, pueblos pacíficos ahora hacinados de tránsito y cadenas de tiendas. También éstos eran recuerdos de un pasado desvanecido, ajeno pero reconocible, inaccesible en todos los sentidos.

Ordenó las tarjetas en grupos por país y luego volvió a meterlas en la caja. Desde entonces cada vez que un amigo le enviaba una postal, la agregaba a la colección, pensando que también éstas representarían algún día un cierto pasado.

Que Sue le recordara esto, lo había sorprendido; pero las postales no pertenecían al período olvidado. Había estado en Bradford mientras todavía trabajaba para la agencia, por lo menos un año antes de cualquier posible primer encuentro con Sue.

Sin embargo, si estaba enterada de las tarjetas postales significaba que las había visto o que le habían hablado de ellas.

El resto de lo que le había contado era más vago. Evidentemente habían sido amantes, aunque por breve tiempo. Habían roto. Había alguien más en la vida de ella, y se había mencionado el nombre de Niall. Ella era Sue, no Susan. Luego dos detalles extraños: la gente que tomaba baños de sol y la nube.

¿Por qué la relación se había malogrado? Las dos veces que la vio en el hospital, en un principio se había sentido incómodo con ella. ¿Era esto un mensaje del inconsciente? Si había habido alguien más, ¿se había estropeado todo por los celos?

¿Y qué significaba esa gente que tomaba baños de sol y la nube? Ambas cosas despertaban la imagen de una playa ardiente, personas acostadas al sol, la interrupción de un cielo nuboso. Eran lugares comunes. ¿Por qué ella los había elegido?

Pero en general nada de lo que ella había dicho despertaba en él el menor recuerdo. Desde la rastreable referencia a las tarjetas postales hasta la enigmática nube, nada era una ayuda.

El doctor Hurdis escuchaba atentamente, escribía unas pocas notas mientras Grey hablaba, pero al final se quedó sentado con la libreta cerrada sobre las rodillas.

—Hay algo que quiero probar —dijo—. ¿Lo han hipnotizado alguna vez?

—No. ¿Piensa que daría resultado?

—Pues… puede que sí. A veces ayuda a recuperar recuerdos perdidos, pero es un método imperfecto y poco seguro. Pero quizá en su caso sea diferente.

—¿Por qué no lo ha sugerido antes?

Hurdis dijo sonriendo:

—Ahora está usted motivado, Richard. Volveré el miércoles. Haremos la prueba entonces.

Esa noche Grey pasó una hora en la piscina en el subsuelo del hospital nadando de un extremo al otro muy lentamente, flotando de espaldas, pensando en Sue.