El glamour
Capítulo XIV
A la mañana te pregunté:
—¿Recuerdas el acertijo que se solía imprimir en los libros para niños?
Tomé un papel y tracé dos marcas:
X O
—Si cierras el ojo izquierdo —dije— y miras con el ojo derecho mientras acercas la cara al papel, parece que el cero se desvanece.
—Es una falla física del ojo —dijiste. La visión periférica de la retina es bastante limitada.
—Pero el cerebro compensa lo que el ojo no puede ver —repliqué—. No es como si hubieran eliminado el cero… no hay un agujero en el papel. Crees que aún ves el papel donde se encontraba el cero.
—¿Dónde quieres ir a parar? —dijiste—. Yo te respondí:
—Imagina que te han invitado a una fiesta donde casi todos son desconocidos. Entras en el cuarto donde está la gente, bebiendo, fumando, conversando. Nadie te saluda y te sientas cohibido. Tienes la sensación de haberte perdido en una multitud. Todos pasean iguales. Tomas una bebida y te retiras a un extremo del cuarto, mirando a la gente, con la esperanza de ver a algún conocido. Ves a alguien a quien reconoces y aunque él o ella están conversando con algún otro y no se te acerca, tú los ves con más precisión que a nadie en el cuarto.
»Todavía estás solo, de modo que miras a los demás. Los que ahora probablemente observas son las mujeres, emites sobre ellas algún rápido juicio, y te fijas si están solas o no. Si las acompaña algún hombre también lo observarás. Por fin, alguien te habla y ese alguien se convierte en el centro de tu atención. Luego seleccionarás a algún otro para observarlo más atentamente. Quizá haya un hombre que está muy borracho, una chica atractiva, alguien que se ríe demasiado fuerte. Si hablas con otros entran en la esfera de tu conciencia inmediata. Los demás, aquellos a los que no has observado de manera específica, permanecerán en tu conciencia, pero sólo de un modo borroso o periférico.
»Mientras dura este proceso, irás teniendo conciencia de otras cosas del cuarto: la comida y la bebida, evidentemente. Quizá te fijes en un animal doméstico, o en unas plantas de interior. Verás los muebles y la alfombra. Al final, observas cómo el cuarto mismo ha sido decorado.
»Ves los objetos y la gente del cuarto, pero hay un dominio inconsciente en el que los tienes en cuenta.
»Siempre, en todos esos casos, habrá alguno que nunca ves.
»Bien, ahora imagina que estás en otra reunión de gente a la que no conoces. Hay diez hombres y una mujer. Cuando entras en el cuarto, la mujer, que es voluptuosa y atractiva, empieza a bailar y a despojarse de la ropa. Tan pronto como esté desnuda, abandonas el cuarto. ¿A cuántos de los hombres serías capaz de describir? ¿Estarías seguro de que eran diez y no nueve, o había un undécimo que no viste?
»Richard, imagina que andas por una calle y dos mujeres se te acercan. Una de ellas es joven, bonita y elegante. La otra es una mujer mayor, quizá la madre de la chica, y lleva un abrigo simple y deforme. Al pasar junto a ti, las dos te sonríen. ¿A cuál de las dos miras primero?
—Pero ésas son respuestas sexuales —dijiste.
—No siempre —dije—. Imagina diez personas, cinco hombres y cinco mujeres. Una sexta mujer se acerca al grupo. Lo que primero verá son las demás mujeres. Las mujeres se fijan en las mujeres, como los hombres se fijan en las mujeres. Los niños se fijan en los otros niños antes que en los adultos. Las mujeres se fijan en los niños antes que en los adultos. Los hombres se fijan en las mujeres antes que en los niños y luego en los demás hombres.
»Hay una jerarquía de interés visual. En cualquier grupo de gente, siempre hay alguien que se ve último.
»Caminas por una concurrida calle comercial buscando a alguien a quien conoces. Supongamos que es una mujer. Montones de gente, todos desconocidos, pasan a tu lado. Los ves a todos, porque estás buscando a tu amiga. Examinas constantemente las caras, buscando la que reconocerás. Miras a los hombres, tanto como a las mujeres. Algunas de las caras te interesan, pero sólo algunas. Pasa el tiempo y empiezas a preguntarte si habrás visto a tu amiga. Sabes qué aspecto tiene, has estado ayer con ella, pero empiezas a preguntarte si serás capaz de distinguirla entre la multitud. Quizá se haya puesto ropa diferente. O se ha peinado de otra forma. Sigues mirando a la gente con más atención, ya no tan seguro de a quién buscas. Te fijas en una o dos mujeres que se parecen a tu amiga, y por un momento te dices que quizá no la hayas visto. Luego, por fin, aparece, y el problema ha acabado. Tiene exactamente el mismo aspecto de la última vez que la viste, y ahora que la has encontrado sólo tienes conciencia de tu alivio. Ahora ya no miras a nadie más, a pesar de que la multitud sigue pasando a tu lado.
»Después, si lo piensas, podrás evocar algunas caras que viste mientras estabas buscándola. Sin embargo, durante esos minutos miraste directamente centenares de caras y fuiste consciente de millares de otras. Miraste la mayoría de ellas y tuviste conciencia de que las veías, aunque de hecho tu mente no las registró.
—Pero no hay nada extraordinario en eso.
—Me refiero a que es normal no advertir todo lo que te rodea —te dije—. Lo que ves es lo que has decidido ver, o lo que te interesa, o cualquier cosa que te llame la atención. Intento decirte que hay gente a la que nunca verás, están muy abajo en la escala jerárquica. En todo grupo hay gente a la que ves en último término. Comúnmente, nadie las ve. Son gente por naturaleza invisibles, que no saben cómo hacerse notar.
»Yo soy por naturaleza invisible, Richard, y sólo me ves porque quiero que me veas.
—Eso es ridículo —dijiste.
—Mira, Richard.
De pie delante de ti, me deslicé a la invisibilidad, y cuando no pudiste verme, me escondí de ti, hasta que vi qué alterado estabas.