El glamour

Christopher Priest · Capítulo 56 de 62

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El glamour

Capítulo IV

Grey le había prometido a Sue que la llamaría tan pronto como llegara a Londres, pero era tarde y estaba muy cansado. A la mañana se dio cuenta de que tenía un día a su disposición, y decidió ponerse en contacto con ella esa noche.

Lamentaba haber visitado a sus padres, particularmente porque no podía decirle lo que había hecho. El viaje a Manchester no había aclarado nada. Ahora que había terminado, reconocía que el verdadero motivo de esa visita había sido que quería saber algo más de la invisibilidad de Sue, probarla o descartarla, lo que fuese.

Todo lo que había encontrado eran indicios de una adolescencia difícil que los padres recordaban ahora de un modo sinóptico, en parte reprimido, con apariencia de normalidad. Sue les había parecido invisible, porque ellos no eran capaces de mirarla de otra manera, no querían ver que crecía y cambiaba, que estaba rechazando la vida y el ambiente de sus padres.

La urgencia de las necesidades domésticas se le impuso. Volver de un viaje siempre exigía la misma rutina: acumulación de correspondencia, escasez de ropa limpia, falta de víveres. Estuvo ausente casi toda la mañana mientras iba de tienda en tienda, y después fue a ver al distribuidor que todavía le enviaba el periódico tabloide todos los días de semana. Detestaba el periódico, que se ocupaba sobre todo de las visitas reales, los cotilleos acerca de las estrellas de cine, fotografías de modelos semidesnudas y salaces reportajes sobre crímenes sexuales; pero además le recordaba diariamente la larga permanencia en el hospital. Le dijeron a Grey que le enviaban el periódico por decisión de la administración, pero le dijo al distribuidor que no quería recibirlo.

Al volver con ropas limpias y una bolsa repleta de comestibles, Grey vio que alguien se alejaba de la puerta de la calle. Era una mujer joven de cabello corto y oscuro, y que tan pronto como lo vio, le echó una expectante sonrisa.

—¿El señor Grey? Creí que estaría afuera. Iba a marcharme.

—Fui de compras explicó él innecesariamente.

—Traté de telefonearle ayer, pero no contestaban. —Vio que Grey fruncía el entrecejo y agregó—: Creo que no me recuerda… Soy Alexandra Gowers. Asistente del doctor Hurdis.

—¡La señorita Gowers! ¡Claro! ¿Querría… querría usted pasar?

—El doctor Hurdis me dio su dirección. Espero que no le importe.

—En absoluto.

Abrió la puerta entrando primero, y se hizo a un lado. Ella se deslizó junto a él por el estrecho pasillo, recogiendo una hoja de papel.

—Le había dejado una nota —dijo—, y la estrujó.

Él la siguió escaleras arriba con el lento paso de costumbre.

Trataba de recordar cómo había sido ella antes: tenía el recuerdo de una cara bastante severa, ropas informes y pesadas, gafas, cabellos sin peinar y demasiado largos. Había cambiado desde entonces.

La hizo pasar a la sala.

—Tengo que guardar todo esto —dijo él—. ¿Querría un poco de café?

—Sí, por favor.

En la cocina puso agua a hervir, y guardó los alimentos mientras trataba de recordar qué sabía de ella. Había estado en la oficina la primera vez que lo hipnotizaron. No había vuelto a saber nada del doctor Hurdis, desde que dejó Middlecombe.

La chica estaba sentada en una de las sillas cuando él entró con el café.

—Me preguntaba si podría concederme una cita para entrevistarlo —dijo.

—¿Sobre qué?

—Estoy haciendo una investigación de posgrado en la Universidad de Exeter. El doctor Hurdis es mi supervisor. Escribo un informe sobre la experiencia subjetiva de la hipnosis y estoy tratando de entrevistar a tanta gente como me sea posible.

—Bueno, no creo que yo pueda ayudarla —dijo Grey. Sirvió los cafés, agregando leche y azúcar, cabizbajo—. Ya no me acuerdo mucho de esa experiencia.

—Por ese mismo motivo entre otras cosas me gustaría conversar con usted. ¿Podría usted sugerir un día y la hora?

—No lo sé. No estoy seguro de que quiera hablar de esa época.

Ella no replicó; se limitó a revolver el café. Grey se sentía cada vez más molesto. Era como si por haber sido una vez un caso, ya nunca volverían a dejarlo tranquilo. Ella le recordaba lo que había sido estar en una silla de ruedas, constantemente dolorido e incómodo, desvalido en manos de los que trataban de curarlo. Había pensado que después de dejar el hospital todo eso quedaría atrás para siempre.

—¿De modo que no aceptará una entrevista? —preguntó ella.

—Estoy seguro de que encontrará a mucha otra gente con quién hablar.

Notó que la libreta de notas que ella había tenido en la mano había vuelto a la cartera.

—La cuestión es que no puedo —dijo ella—. El doctor Hurdis sólo me permite hablar con quienes yo haya conocido en las sesiones, si ellos lo autorizan. La otra gente a la que puedo entrevistar son en su mayoría sujetos experimentales… voluntarios, estudiantes. Los casos clínicos son muy diferentes, y el suyo me interesa en particular.

—¿Por qué?

—Porque usted es articulado, por lo que ocurrió en el estado hipnótico, por las circunstancias…

—¿Qué ocurrió en el estado hipnótico?

Ella se encogió de hombros y tomó un poco de café.

—Bien, de eso precisamente quería hablarle. No debí haberlo molestado.

—No, está bien. —Grey ya estaba lamentando la hostilidad que había sentido hasta entonces; la joven le había despertado cierta curiosidad—. Podemos hablar de eso, si lo desea. Pero mire usted, me viene como llovida del cielo. Estaba por almorzar dentro de un rato. Comamos algo y deme unos minutos para que me acostumbre a la idea.

Avergonzado de la comida que había comprado —cuando estaba solo se mantenía vivo con emparedados, huevos y fruta—, sugirió que fueran a un pub local. Mientras iban andando lentamente, Grey localizó de pronto el molesto recuerdo que tenía de ella. Recordaba el momento durante la hipnosis en que Hurdis dijo que mirara a esa joven y aunque él sabía que estaba allí, no había podido verla. Era un eco espantoso, preexistente, de todo lo que había dicho Sue.

El pub no estaba lleno, y tuvieron una mesa para ellos solos. Con la comida y la bebida enfrente, Alexandra le habló de sí misma: después de graduarse no había podido encontrar empleo, de modo que se quedó en Exeter para investigar, posponiendo el problema del trabajo y apuntando a una posición más elevada. Sobrevivía colgada de un hilo, pues la beca sólo cubría los gastos de la universidad. Vivía con su hermano en Londres, y cuando estaba en Exeter, compartía una casa con otros estudiantes. Creía que la investigación duraría probablemente unos pocos meses más, pero después tendría que encontrar un empleo.

Hablando de esto, se llegó al tema de la hipnosis. Dijo que lo más interesante para ella era la amnesia espontánea: el sujeto hipnótico que después de la sesión no recordaba lo que había ocurrido.

—Lo que me interesa de su caso es que estaban tratándolo por una amnesia traumática, y que pareció recobrar parte de la memoria en estado de hipnosis, pero después no pudo recordar lo que había recordado.

—Eso más o menos lo resume todo —dijo Grey—. Y por eso mismo no puedo ayudarla.

—Pero el doctor Hurdis dice que ha recuperado la memoria.

—Sólo parcialmente.

Ella buscó dentro de su cartera y sacó la libreta de notas.

—¿Tiene inconveniente? Parece que he empezado a entrevistarlo. —Grey sacudió la cabeza, sonriendo—; ella se puso las gafas y volvió las páginas con rapidez. — Preguntó—: ¿Estuvo en Francia… antes del accidente?

—No, recordé haber estado en Francia. Creo que en realidad nunca estuve allí.

—El doctor Hurdis dijo que usted estaba bastante seguro. Habló en francés, por ejemplo.

—Eso sucedió también en sesiones posteriores. Creo que construí una especie de recuerdo, algo que nunca sucedió realmente, aunque me parecía que había sucedido. En el momento parecía muy importante recordar algo.

—Paramnesia —dijo Alexandra.

—Lo sé. Hurdis me lo dijo.

—¿Recuerda esto? Sacó una arrugada hoja de papel, evidentemente plegada y desplegada muchas veces. El doctor Hurdis me pidió que se lo devolviera.

Grey lo reconoció inmediatamente: era el texto que había escrito durante la primera sesión de hipnosis. El Aeropuerto de Gatwick, el vestíbulo de partida, la multitud de pasajeros. Le resultaba trivial y familiar, y después de echarle un vistazo, volvió a plegar el papel y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta.

—No parece interesado —dijo Alexandra.

—Ya no.

La dejó brevemente para encargar más bebida en la barra. Otro recuerdo de aquel primer encuentro le asomaba a la memoria: la ingeniosa observación de ella sobre los hipnotizadores de teatro: consiguen que sus sujetos vean a la gente sin ropa. Sue dominaba sus pensamientos en ese entonces, pero por unos instantes Alexandra había bromeado con él inocentemente. Era refrescante ahora estar con una chica que no era Sue, porque con Sue había siempre una corriente subterránea de lo que estaba permitido decir y de lo que había en el fondo. Alexandra tenía la atractiva cualidad de no ser complicada, pues él apenas la conocía. Le gustaba su seriedad y su perseverancia, el modo en que lo intimidaba sin tener intención de hacerlo. Era más madura ahora, menos cohibida. Mientras el hombre a cargo de la barra servía las bebidas, Grey se volvió para mirarla. Estaba examinando su libreta de notas; tenía el pelo corto pero recogido detrás de las orejas, evidentemente una costumbre de la época en que se le caía sobre los ojos.

De nuevo en la mesa, Grey preguntó:

—¿Qué más ocurrió ese día?

—¿Le dijo usted al doctor Hurdis que no recordaba el estado de trance?

—No todo. Sé que me dijo que intentara sumirme en un estado de trance más profundo, pero después lo único de que tuve conciencia fue que me estaba despertando.

—Muy bien, esto es lo que me interesa. Ocurrió algo bastante poco frecuente que el doctor Hurdis no le explicó. Puede explicarse, pero ninguno de nosotros lo había visto antes, y en aquel momento el doctor Hurdis dijo que discutir el problema sólo lo complicaría más.

—¿De qué se trata?

—Fue cuando estaba hablando en francés. Musitaba, de modo que los dos estábamos muy cerca de usted, mirándolo directamente. Entonces ocurrió algo. Es difícil describirlo con exactitud, pero tuvimos la sensación de que de pronto habíamos terminado, de que la consulta había acabado y que usted se había ido. Recuerdo muy claramente lo que dijo el doctor Hurdis: «Me voy a Exeter después de comer. ¿Quiere que la lleve?» Guardé la libreta de notas y recogí el abrigo. El doctor Hurdis dijo que quería hablar con otro de los médicos, pero que me encontraría para comer dentro de unos minutos. Abandonamos la oficina juntos y recuerdo que en ese momento miré hacia atrás, a la silla donde usted había estado sentado y no estaba allí. Estoy absolutamente segura. Fuimos por el corredor hasta la escalera, pero entonces el doctor Hurdis se detuvo en seco, me miró y dijo: «¿Qué diablos estamos haciendo?». Al principio no me di cuenta de lo que quería decir, pero entonces castañeteó los dedos con fuerza y esto me sobresaltó. Era como despertar de un sueño. «¡Señorita Gowers, no hemos terminado la consulta!». Volvimos de prisa a la oficina, y allí estaba usted, sentado de nuevo en el sillón, todavía en estado de trance y musitando entre dientes.

Hizo una pausa para beber un trago. Grey miraba fijamente la mesa entre ellos, pensando en aquel día.

—¿Tiene algún recuerdo de todo esto? —preguntó Alexandra.

—No. Prosiga.

—Bien, el doctor Hurdis quedó muy impresionado. Puede ser difícil cuando se enfada, y empezó a reñirme por todo. Saqué otra vez la libreta de notas, pero al cabo de unos segundos me quitó de delante. Le habló a usted, en estado de trance, y le dijo que le describiera lo que hacía en ese momento. Fue entonces que usted pidió algo con qué escribir, y el doctor Hurdis me arrebató la libreta y la pluma y se las dio. Escribió eso. Señaló el bolsillo donde yo había guardado el papel. Mientras estaba escribiendo, el doctor me miró y dijo: «Cuando el paciente salga del trance, no le diremos nada de este asunto». Le pregunté qué había ocurrido, y él dijo que ya hablaríamos más tarde. Repitió que en ninguna circunstancia debía hablar del problema delante de usted. Estaba todavía escribiendo, de modo que el doctor Hurdis le quitó la pluma y me devolvió la libreta de notas. Usted gritó que quería seguir escribiendo, parecía desesperado. El doctor Hurdis dijo que lo sacaría del trance y otra vez me advirtió no decir nada. Hizo que usted se calmara y luego empezó a despertarlo. Es probable que recuerde el resto.

—De modo que me hicieron desaparecer.

—No exactamente.

—Dijo que había una explicación. ¿Cuál es?

—Alucinación negativa. Ocurre a veces en el proceso de hipnosis; la repetición de las palabras que aconsejan calma y tranquilidad, el silencio del cuarto… todo lleva al hipnotizador mismo a un ligero estado de trance, y se vuelve tan susceptible como el sujeto mismo. Es un hecho bastante frecuente, aunque el hipnotizador comúnmente toma precauciones. El doctor Hurdis y yo somos los dos buenos sujetos hipnóticos, hemos llegado a la conclusión de que los dos quedamos hipnotizados. Si es así, es posible también que los dos hayamos tenido la misma alucinación negativa, por la que no pudimos verlo. Es algo extremadamente raro, pero no hay otra explicación.

Grey estaba pensando en algo que Sue había dicho, que la invisibilidad dependía tanto de la actitud inconsciente del observador como de quien tiene la capacidad de volverse invisible. Algunos pueden ver, otros no. ¿Era todo eso una alucinación negativa?

Consciente del silencio que guardaba Grey, Alexandra dijo:

—Sé que no suena muy probable, pero es posible.

—¿Ha ocurrido alguna otra vez?

—Lo he investigado en la medida de lo posible. Hubo casos semejantes cuando un hipnotizador trabajaba solo, pero no hay precedentes de que tanto el hipnotizador como el observador compartan esa experiencia.

—¿Qué diría Sue de todo eso? La invisibilidad que ella se atribuía, ¿podía incluirse en los parámetros racionales del doctor Hurdis y Alexandra? Recordaba el día en que habían fotografiado a los compradores y las gentes que según Sue eran invisibles. Pensó en la fotografía que había visto de Sue y Niall. La cámara no provocaba alucinaciones negativas.

—¿De modo que para usted eso es lo que ocurrió?

—La alternativa es que se hubiera vuelto invisible —dijo Alexandra sonriendo—. No hay otra explicación.

—¿Y la invisibilidad? —preguntó Grey de repente—. ¿No es posible? Quiero decir…

—¿Verdadera invisibilidad corpórea? —Alexandra continuaba sonriendo—. No, a no ser que crea en la magia. Usted mismo tuvo una alucinación negativa inducida por el doctor Hurdis y no pudo verme. Pero yo no era realmente invisible, salvo para usted.

—Pero ¿cuál es la diferencia? —preguntó Grey—. Yo no podía verla, de modo que para mí usted era invisible. Me explica que me hice invisible para usted y Hurdis. ¿Estaba yo allí?

—Por supuesto. Sencillamente dejamos de darnos cuenta.

—Pero es lo mismo. Me hicieron invisible.

—Sólo subjetivamente. Hicimos que pareciera invisible al no haber advertido que estaba allí.

Alexandra empezó a contarle otro caso, una mujer que padecía espontáneamente alucinaciones negativas y era sometida a un tratamiento de hipnosis, y Grey la escuchó. Pero al mismo tiempo estaba pensando en otra cosa, intentando reinterpretar todo lo que Sue le había dicho.

Si lo que Alexandra decía era verdad, y parecía serlo, entonces quizá hubiera gente capaz de hipnotizar a otros de alrededor para no ser vista. La incapacidad de darse cuenta, ¿era una condición natural? ¿O algo que podía ser inducido por cierta gente?

Era posible que así fuera. Como Alexandra había dicho, aunque pareciese improbable. No había otra explicación racional, pero la dimensión que Sue atribuía a la invisibilidad era aún más improbable.

Era difícil estar pensando y escuchar a Alexandra al mismo tiempo, y cuando la conversación se hizo más general, dejó de intentarlo. Ella le preguntó si estaba recuperándose, si se adaptaba una vez más a la vida normal, si tenía algún problema pendiente. Él le habló del último documental y del breve viaje a Manchester. Por algún motivo, nunca mencionó a Sue.

Cuando llegó la hora de cerrar el pub, volvieron andando al piso de Grey. Al llegar a la puerta, Alexandra dijo:

—Tengo que volver a casa. Gracias por haber hablado conmigo.

—Creo que yo he aprendido más que usted.

—Sólo quería confirmar lo que ya pensaba.

Se estrecharon la mano formalmente, como en el lejano primer encuentro.

—Me estaba preguntando… —dijo Grey—. ¿Podemos volver a vernos para tomar otro trago? ¿Quizás otra noche?

—Sí, me gustaría —dijo ella sonriéndole—. Pero ya no más entrevistas.

Acordaron una cita para la semana siguiente.