El glamour
Capítulo III
Los padres de Richard Grey estaban muertos. No tenía hermanos ni hermanas, su otro pariente era una tía paterna, que estaba casada y vivía en Australia. Después de la escuela, Grey fue al Brent Technical College, donde obtuvo un diploma de fotografía. Mientras estaba en Brent se inscribió en el programa de formación de la BBC, y cuando obtuvo su diploma fue a trabajar a los estudios cinematográficos de Televisión de la BBC en Ealing como aprendiz de cámara. Al cabo de unos pocos meses, fue designado asistente de cámara y trabajó con distintos equipos en los estudios y en exteriores. Finalmente se graduó como camarógrafo.
A los veinticuatro años dejó la BBC y trabajó como reportero para una agencia de noticias del norte de Londres. La agencia vendía sus películas a todo el mundo, pero sobre todo a una de las redes norteamericanas. La mayor parte de esos reportajes correspondía a Gran Bretaña y a Europa, pero viajó varias veces a Estados Unidos, el Lejano Oliente, Australia y África. Durante la década de 1970 hizo varios viajes a Irlanda del Norte para cubrir los desórdenes.
Ganó fama de ser hombre de coraje. Los equipos noticieros se encuentran con frecuencia en el corazón de acontecimientos peligrosos, y seguir rodando en medio de una revuelta o un tiroteo requiere una cierta dedicación. Richard Grey había arriesgado la vida en varias ocasiones.
Fue candidato dos veces para los premios BAFTA, que se otorgan a las películas documentales o de noticias, y en 1978 recibió, junto con el técnico de sonido, un Prix Italia especial por un reportaje sobre las luchas callejeras en Belfast. El encomio decía: «Por la obtención de imágenes únicas y tremendas en condiciones de peligro personal extremo». Grey era popular entre los otros colegas, y la gente estaba siempre dispuesta a trabajar con él. Pasó el tiempo y se reconoció que no era temerario, que la habilidad y la experiencia lo ayudaban a evitar las situaciones peligrosas, y que sabía muy bien cuándo podía arriesgarse.
Grey vivía solo en el piso que había comprado con el dinero heredado de su padre. La mayor parte de sus amigos era gente con la que trabajaba, y como su trabajo le exigía viajar a menudo, nunca había tenido una relación más o menos duradera con una mujer. Le era fácil deslizarse de una relación a otra. Cuando no trabajaba iba con frecuencia al cine, a veces al teatro. Una vez a la semana pasaba la velada con sus amigos en algún pub. Por lo general se iba solo de vacaciones, acampando o andando; en una ocasión, completó un viaje de trabajo a Estados Unidos alquilando un coche y cruzando el país hasta California.
Aparte de la muerte de sus padres, sólo había habido una desgracia importante en su vida, y ésta había ocurrido unos seis meses antes del coche bomba.
Richard Grey prefería el trabajo de rodaje a cualquier otro. Le gustaba el peso de una Arriflex, el equilibrio del aparato, las tranquilas vibraciones del mecanismo. Miraba a través del visor como si dispusiera de un ojo adicional; decía a veces que no podía ver bien sin él. Y algo había en la textura de la película misma, la cualidad de la imagen, la sutileza de los efectos. El conocimiento de que los cuadros de la película se movían a veinticinco veces por segundo, daba a su trabajo una intangible emoción adicional. Siempre se sentía irritado si la gente decía que no podía distinguir entre una secuencia cinematográfica y otra registrada en una cámara electrónica. Le parecía que la diferencia era evidente: el metraje del vídeo tenía una cualidad de vacío, un brillo y una aspereza falsos, poco natural.
Pero para la producción de documentales el proceso era lento y de difícil ejecución. Había que llevar las latas a un laboratorio y luego a la sala de montaje, y además sincronizar el sonido o agregar una voz. Durante la transmisión había siempre problemas técnicos, especialmente cuando había que utilizar un estudio de noticias local o la película tenía que ser enviada por satélite a una de las estaciones de distribución. Las dificultades aumentaban cuando se trabajaba en el extranjero o en un zona de guerra; a veces el único modo de dar feliz término a una historia era llevar la película sin procesar al aeropuerto más cercano y ponerla en un avión con destino a Londres, Nueva York o Ámsterdam.
Las redes de noticias de todo el mundo estaban adoptando cámaras electrónicas. Utilizando como antenas unos discos portátiles, un equipo podía transmitir las películas directamente al estudio a medida que fueran siendo rodadas. Allí podían montarse electrónicamente y transmitirse sin demora.
Uno por uno los equipos de noticias incorporaban el vídeo, y como era inevitable también le llegó el turno a Grey. Asistió a un curso de nuevo entrenamiento, y desde entonces decidió usar una cámara electrónica. Por razones que nunca entendió realmente, le costó trabajo adaptarse. No podía «ver» sin la intervención de la cámara cinematográfica, el silencioso giro del motor. El problema lo cohibió, e intentó superarlo repensándolo todo. Trató de adaptarse a otra manera de ver, un concepto con el que sus colegas se mostraron comprensivos, aun cuando la mayor parte pasaba con éxito por la misma transición. Se decía a sí mismo una y otra vez que la tecnología era un mero instrumento, que la habilidad que tenía era innata y no un producto del medio. Aun así, sabía que la había perdido.
Había otros trabajos posibles. El Noticiero de la BBC y la ITN también estaban recopilando noticias por medios electrónicos, y aunque la ITN le ofreció un trabajo cinematográfico, sabía que a la larga se le plantearía el mismo problema. Una unidad documental industrial le pidió que trabajara para ellos, pero Grey se había afilado los dientes rodando noticias, y esa tarea no fue nunca una verdadera alternativa.
La solución llegó cuando la agencia, inesperadamente, perdió el contrato con la red norteamericana. Había que reducir el personal, y Richard Grey se ofreció como voluntario. No tenía ningún propósito particular, simplemente tomó el dinero con la intención de comprar tiempo y reconsiderar su carrera. En el primer mes fue de vacaciones a Estados Unidos y volvió luego a su piso de Londres para planear qué haría luego.
No le faltaba dinero: había comprado el piso directamente con el dinero de su padre y la suma de que disponía duraría cuando menos un año. Tampoco era una vida de ocio, porque ocasionalmente hacía trabajos independientes.
Pero lo que seguía era un vacío.
Los recuerdos de después eran intermitentes: la sala de cuidados intensivos en el Charing Cross Hospital de Londres, las máscaras de oxígeno, y él sometido a una serie de intervenciones quirúrgicas mayores, dolorido y anestesiado. Después de esto hubo un desesperante viaje en ambulancia y a partir de allí se había encontrado siempre en el Middlecombe Hospital, convaleciente en la costa sur de Devon.
En algún sitio de ese vacío había estado en una calle de Londres, donde un coche bomba explotó delante de un puesto de la policía. Explotó mientras él pasaba. Grey llegó a sobrevivir pero con múltiples quemaduras y laceraciones, heridas en la espalda, fracturas de la pelvis, las piernas y los brazos y daños en los órganos internos.
Esos eran todos los recuerdos que tenía el día que Susan Kewley fue a visitarlo, y ella no encajaba en ninguno de ellos.