El glamour
Capítulo VI
La mañana trajo un nuevo silencio entre nosotros, pero ahora yo estaba contento. Habíamos hecho una especie de plan. Ella sabía mi itinerario y dónde y cuándo encontrarme.
Tomamos un autobús en el centro de Niza, y no tardamos en ponernos en marcha hacia el oeste. Sue me tenía de la mano y se apretaba contra mí. El autobús iba primero a Antibes y Juan-les-Pines y luego a Cannes. Los pasajeros cambiaban cada vez que nos deteníamos. Después de Cannes atravesamos algunos de los paisajes más hermosos que yo haya visto en Francia: colinas cubiertas de bosques, valles empinados y, por supuesto, vistas del Mediterráneo, una tras otra. Junto al camino crecían cipreses y olivos, y en los terrenos sin cultivar florecían las plantas silvestres. Los paneles del techo del autobús estaban abiertos y el aire entraba como un pesado perfume, aunque en muchos momentos el olor era de gasolina y diésel. En toda la línea de la costa había casas y bloques de apartamentos, altos sobre las colinas o entre los árboles. A veces estos edificios, pero también la autopista, arruinaban el panorama.
Vimos un letrero que decía que St-Raphael estaba a otros cuatro kilómetros, y enseguida nuestros cuerpos se acercaron, nos besamos y nos abrazamos. Yo quería dos cosas: prolongar las despedidas y terminar con ellas, pero ya no había más que decir.
Excepto una cosa. Cuando el autobús se detuvo en el centro de St Raphael, una plaza que daba al pequeño puerto, Sue acercó la boca al costado de mi cara y dijo en voz baja:
—Tengo una buena noticia para ti.
—¿De qué se trata?
—Esta mañana me empezó el período.
Me apretó la mano, me besó ligeramente y luego descendió al pasillo central con los demás pasajeros. Yo permanecí en mi asiento, mirándola mientras esperaba el equipaje. Una o dos veces miró hacia mí sonriendo nerviosamente. La pequeña plaza estaba atestada de gente en vacaciones y yo la miraba, preguntándome si Niall estaría también allí. Todos eran jóvenes, tostados y atractivos. Sue se había acercado a mi ventanilla y me miraba, y deseé que el autobús partiera de una buena vez.
Por fin salimos. Sue se quedó inmóvil, sonriendo y despidiéndose con la mano. El autobús dobló por una calle lateral para retomar la carretera y la perdí de vista.
Solo, me sentí deprimido casi inmediatamente. Pensé lo peor: que nunca volvería a verla, que Niall la manipularía y la pondría contra mí, que sus sentimientos se enfriarían, que desgarrada entre dos hombres, se quedaría con el que conocía mejor.
Aparte de toda otra cosa, sencillamente la echaba de menos. Nunca antes me había sentido tan aislado.