El glamour

Christopher Priest · Capítulo 49 de 62

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El glamour

Capítulo XVIII

Durante todo el día siguiente viajamos de regreso a Londres. Había una barrera de resentimiento e incomprensión entre nosotros, y no tenía idea de qué podía hacer o decir para remediar la situación. Parecías ofendido y enfadado, inabordable por la razón o el amor. Todavía te quería, pero ya no sabía cómo llegar a ti. Te estaba perdiendo.

Niall viajaba de vuelta con nosotros, invisible, sentado en el asiento de atrás.

Llegamos a Londres a la hora de tránsito más intenso por la noche, y después de abandonar la autopista, el viaje hasta Hornsey fue lento y tedioso. Me llevaste hasta mi casa y detuviste el coche. Podía ver la fatiga en tus ojos.

—¿Quieres entrar un rato? —pregunté.

—Sí, pero no me quedaré demasiado.

Descargamos mis cosas del portaequipajes. Trataba de descubrir algún signo de Niall, pero sí bajó del coche, no me di cuenta. Entramos en la casa y cerré rápidamente la puerta detrás de mí. Era una precaución sin sentido, pues Niall tenía una llave desde hacía años. Recogí las cartas que me esperaban en la mesa del vestíbulo y abrí la puerta de mi habitación. Tan pronto como estuvimos dentro, cerré deprisa la puerta y eché el cerrojo, la única manera de asegurar que Niall se quedase afuera. Notaste lo que hacía, pero no dijiste nada.

Abrí la ventana y bajé la cortina. Te sentaste en el extremo de la cama.

—Sue, tenemos que arreglar esto —dijiste—. ¿Vamos a seguir viéndonos?

—¿Tú lo quieres?

—Me gustaría… pero no con Niall rondando por todas partes.

—Se ha acabado todo, te lo prometo.

—Eso ya lo has dicho antes. ¿Cómo sé que no va a aparecer de nuevo?

—Porque me dijo que si te hablaba de él y te enteraras de lo que cree estar perdiendo, entonces lo aceptaría.

—Muy bien… ¿Cuál es el gran sacrificio?

—Te lo dije anoche. Niall es también un invisible.

—¡Oh, no! ¡Eso otra vez no! —Te pusiste de pie y te alejaste de mí—. Te diré lo que pienso de todo eso. La única invisibilidad de la que tengo conciencia es ese maldito ex amigo tuyo que nos sigue a todas partes. ¡Nunca lo he encontrado, nunca lo he visto, y en lo que a mí concierne, no existe! ¡Tienes que deshacerte de él, Sue!

—Sí, lo sé.

—Muy bien, los dos estamos cansados. Quiero volver a mi casa y dormir un poco. Probablemente a la mañana nos sentiremos mejor. ¿Cenamos juntos mañana por la noche?

—¿Quieres hacerlo?

—No lo sugeriría, si no quisiera. Te telefonearé a la mañana.

Con eso, después de un breve beso, nos separamos. Miré como te alejabas en el coche, y tuve el supersticioso sentimiento de que no te volvería a ver. Tenía la sensación de que habíamos llegado a un final natural, un final que yo había sido incapaz de impedir. No sabía cómo responder a tus dudas acerca de la invisibilidad. Niall lo había minado todo.

Volví a mi habitación y cerré la puerta echando el cerrojo detrás de mí. Dije:

—Niall, ¿estás aquí? —Siguió un largo silencio—. Si estás aquí, por favor, dímelo.

La ausencia de Niall me enervaba tanto como su presencia invisible. Caminé por el cuarto manoteando a mi alrededor, tratando de encontrarlo. Quizá guardara silencio para intimidarme, pero al fin me tranquilicé, abrí la maleta y colgué mis ropas, amontonando en el suelo las que necesitaban un lavado. No había comida en la casa, pero nos habíamos detenido en el camino para comer, y realmente no tenía apetito. Entonces, recordé la pila de cartas, y me senté en la cama a leerlas.

En medio del montón de sobres había una tarjeta postal.