El glamour

Christopher Priest · Capítulo 32 de 62

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El glamour

Quinta Parte

I

—Creí que te había visto primero, pero Niall era siempre más rápido que yo. Él no había dicho nada, pero lo supo en el momento que advertí tu presencia.

—Ven, vayamos a otro pub —dijo.

—Quiero quedarme aquí.

Era sábado por la noche y el pub estaba lleno. Todas las mesas estaban ocupadas y había mucha gente de pie en los espacios intermedios y que se apiñaba junto a la barra. El lugar tenía un techo bajo y el humo de los cigarrillos era denso en el aire mezclándose con tu nube. Si te había visto antes, yo no había reparado en ti, y en tu aparente normalidad, me hubieras parecido paradójicamente invisible.

Te observé desde nuestra mesa, con toda la fascinación que el semejante siente por el semejante. La mujer con la que estabas tenía que haber sido una amiga, alguien a quien no conocías de mucho tiempo atrás. Estabas tratando de complacerla, de hacerla reír, de prestarle atención, pero sin tocarla nunca. Parecía que tú le gustabas y cada vez que le decías algo sonreía asintiendo con la cabeza. Era normal y no sabía lo que yo ya sabía. En cierto sentido sentí que yo era dueña de una parte de ti, aun cuando no lo supieses. Me sentí depredadora y excitada, y esperé a que me vieras y me reconocieras.

Niall y yo estábamos invisibles esa noche, sentados a una mesa justo detrás de la puerta de calle, que compartíamos con una pareja normal. No nos habían advertido. Más temprano, antes que te viera, Niall y yo habíamos discutido lo que estábamos haciendo. Siempre había algo de inmaduro en él, y había robado un cigarrillo del paquete del hombre y las cerillas para encenderlo. Era una acción mezquina y estúpida, la especie de jugarreta a la que Niall estaba habituado. También insistía en probar todas las bebidas del bar, en meterse detrás del mostrador y servirse. Sabía que si yo iba a buscar las bebidas, me volvería temporalmente visible, esperaría y pagaría junto con los otros. Niall pensaba con razón que yo me resistía, que le mostraba que para mí el glamour era una opción parcial.

Mientras te observaba, me pregunté si me verías. Te ocupabas enteramente de tu compañera, sin embargo, y si recorriste con la mirada el bar entero, lo hiciste con ojos indiferentes, mirando sin ver. Pensé que eras muy guapo, muy atractivo. Niall dijo:

—Sólo es un glamour incipiente, Susan. No malgastes tu tiempo.

No podía dejar de mirarte, porque era esa cualidad de incipiente lo que me interesaba. Parecía posible que no lo supieras, que sólo fueras parcialmente invisible. La confianza que tenías en ti mismo no se parecía a nada que yo hubiera visto en un invisible, con la posible excepción de Niall.

Niall estaba bebiendo mucho y me invitaba a imitarlo. Disfrutaba de la embriaguez y se dejaba caer en ella como todos los demás. A veces, cuando se emborrachaba demasiado, aun a mí me costaba verlo. La nube que lo envolvía se hacía densa, impenetrable, oscura.

Seguí mirándote. Estabas bebiendo moderadamente, tratando de no perder la cabeza, economizando para más tarde, cuando estuvieras a solas con tu amiga. ¡Cómo la envidiaba! Tu nube era cada vez más espesa a medida que bebías, pero el cambio era apenas perceptible. Le dije a Niall:

—Iré en busca de una segunda vuelta.

Antes que pudiera discutir, avancé hacia ti y deliberadamente me interpuse entre tú y tu amiga, fingiendo que esperaba ser atendida por el hombre de la barra. Te moviste para ver más allá, sabiendo de manera inconsciente que yo estaba allí, pero sin notar mi presencia. Era invisible para ti, pero estando tan cerca, podía sentir que mi nube se mezclaba con la tuya en una imagen profundamente sensual.

Me retiré, satisfecha por el momento; luego fui detrás del mostrador para servirme yo misma los tragos. Metí el dinero en la caja y volví con las copas a nuestra mesa.

—¿Qué estabas haciendo, Susan?

—Quería saber si podía verme.

—Tardaste demasiado.

—Voy al lavabo.

Volví a dejarlo, pensando en la opacidad de los ojos de Niall después de beber tantas pintas de cerveza. Al cruzar el local me volví visible y entré en el lavabo. Cuando salí me acerqué a ti y me quedé un rato a tu lado. Ahora que yo era visible apenas podía ver tu nube, aunque estaba tan cerca de ti como antes. Entonces me viste por fin y echaste atrás la cabeza.

—Lo siento… —dijiste—. ¿Está intentado llegar a la barra?

—No, perdone. Sólo quería saber si tendría usted cambio para la máquina de cigarrillos.

—El personal del bar la atenderá.

—Sí, pero están todos ocupados por el momento.

Metiste la mano en el bolsillo y sacaste un puñado de monedas, pero no alcanzaban a completar una libra. Te sonreí y me alejé, sabiendo que me habías visto. Todavía visible, me senté junto a Niall.

—¿Dejarás alguna vez de hacer tonterías, Susan?

—No hago nada malo.

Yo te miraba desafiante desde el otro lado del bar, con la esperanza de que tú me miraras. Estaba entusiasmada y nerviosa, me sentía de nuevo como una adolescente. Por primera vez, desde que lo conocí, Niall no me daba miedo. Se sentía seguro, sabiendo que la mayor parte de los invisibles me disgustaba, y que mi relación con una persona normal era virtualmente imposible. Pero nunca había ocultado que buscaba algo mejor, y verte me dio nuevos ánimos.

Sentí que volvía a la invisibilidad, y cuando el cambio se completó, Niall dijo:

—Termina tu trago. Nos vamos.

—Yo me quedaré algo más.

—Estás perdiendo el tiempo. No es uno de nosotros.

Había terminado de beber y quería marcharse y que yo lo acompañase. Sabía que yo a menudo veía a otros hombres que consideraba atractivos, pero como eran normales no le molestaban. Tu nube era menos densa que la de cualquier otro invisible que yo hubiese visto; Niall te llamó incipiente, pero yo sabía algo más: no eras consciente de tu glamour. Parecías parte del mundo real, y eso me excitaba.

Yo también era sólo parcialmente invisible, apenas por debajo de la superficie normal, aunque capaz de elevarme a la visibilidad si me esforzaba. Niall no tenía esa opción: era profundamente invisible; estaba irremediablemente perdido para el mundo de la gente normal. Se dio cuenta inmediatamente de lo que representabas para mí. Eras la próxima etapa transitoria.

Concentrándome, cobré visibilidad otra vez, desafiándolo de manera deliberada.

—Ven, Susan. Nos vamos.

—Vete tú —dije—. Yo me quedaré.

—No me iré sin ti.

—Entonces haz lo que quieras.

—No me fastidies. No hay nada que puedas hacer por él.

—Tienes miedo de que conozca a otro.

—No puedes hacerlo sin mí —dijo—. Serás como antes.

Sabía que era verdad, pero me negué tercamente a aceptarlo. Sólo después de conocer a Niall había perfeccionado la técnica de formar o eliminar la nube, y sólo cuando él estaba presente podía hacerlo sin esfuerzo. Lejos de Niall, la visibilidad era una tensión constante y agotadora. Sabía que era así porque mi nube se había confundido con la suya; nos habíamos vuelto interdependientes; cada uno de nosotros continuó aferrado al otro mucho tiempo después de que hubiéramos convenido separamos.

—Lo intentaré de cualquier manera —dije—. Si no te gusta, puedes marcharte.

—¡Vete al diablo!

Niall se puso de pie bruscamente golpeando el borde de la mesa y derramando las bebidas. La pareja que teníamos enfrente se volvió hacia mí, perpleja, pensando que yo lo había hecho. Musité una disculpa y sequé las salpicaduras con el disco de papier-máché de la cerveza. Niall se había ido abriendo camino a codazos entre la multitud; todos se apartaban automáticamente, pero nadie reaccionó y nadie llegó a verlo.

Yo permanecí visible después de que Niall se marchara, probándome a mí misma. Mientras la carga emocional duraba en mí, sostener la visibilidad no era difícil. Nunca hasta ese momento me había resistido a Niall de este modo, y mi decisión no dejaba de asombrarme. Sabía que se vengaría de alguna manera, pero en ese momento apenas lo pensé. Tú eras lo que importaba.

Consideré cuidadosamente qué podía hacer; abandoné la mesa con la bebida en la mano y me trasladé entre la multitud cerca de ti. En ese momento te habías vuelto y dabas la espalda a la gente que estaba en el pub, apoyando los codos sobre la barra, volviendo la cabeza para conversar con tu amiga. Yo me movía alrededor, casi a una distancia en la que podía tocarte; de nuevo me sentí una depredadora, como si estuviera avanzando hacia una posible víctima. Como no me veías, me parecías indefenso, y yo me sentía culpable y aún más excitada. Alcanzaba a percibir tu nube, pálida e incompleta, moviéndose informe a tu alrededor. Proyectando hacia mí una especie de tentáculo.

Esperé, y entonces uno de los camareros hizo sonar una campanilla avisando que cerraban el pub. Algunos de los parroquianos se acercaron al mostrador para encargar un último trago, pero tú seguías absorto hablando con tu amiga.

Entonces ella te dijo algo, tú asentiste con la cabeza y te inclinaste sobre tu bebida. Ella se alejó de la barra, pasó a mi lado y fue hacia el lavabo. Yo me adelanté y te toqué un brazo.

—Lo conozco, ¿no es cierto?

Me miraste con sorpresa y luego sonreíste.

—¿Todavía está buscando cambio?

—No, pero me pareció que lo conocía.

Negaste lentamente con la cabeza y vi en tu cara una expresión que había visto algunas veces en los hombres que acaban de conocer a una mujer. Era curiosidad mezclada con el deseo de parecer interesantes. Supuse que conocerías a muchas mujeres, que tropezarías continuamente con otras nuevas, y que no siempre estabas con la misma. Esta simple reacción masculina en la que me tratabas como una oportunidad más de conocer a un miembro del sexo opuesto, me provocó una emoción que jamás había experimentado antes: me veías como a una no invisible, como a una normal.

—No creo que nos hayamos conocido —dijiste.

—Está aquí con alguien, ¿no es cierto?

—Sí.

—¿Viene solo alguna vez?

—Podría hacerlo.

—Estaré aquí la semana próxima. La noche del miércoles.

—Perfectamente —dijiste—, y me sonreíste.

Me alejé de ti retrocediendo, algo avergonzada por mi osadía. Apenas sabía lo que había dicho, acuciada por la urgencia de conocerte mejor. No alcanzaba a imaginar qué habrías pensado, abordado así por una extraña en un pub. Caminé por entre la multitud hasta la puerta, todavía visible, queriendo huir de ti por lo que te había dicho, y sin embargo, al mismo tiempo, esperando con todo fervor haber dicho lo suficiente, que tú desearas verme de nuevo, que aunque no fuera sino por curiosidad, vinieras la semana próxima al pub.

Salí y me detuve en la calle. Esperaba que Niall estuviera allí, pero no había ni rastros de él. Respiré profundamente, tratando de serenarme, de volver a la invisibilidad natural. Podía oír los ruidos que venían del pub: conversaciones, música, el tintineo de los vasos que alguien estaba recogiendo. Hacía calor al aire libre, porque era verano; pero también, porque era Londres, caía una fina llovizna. Me atormentaba haberte descubierto, me emocionaba que me hubieras tratado como a una mujer normal, me entusiasmaba y al mismo tiempo me asustaba la decisión con que me había aproximado a ti. Me pregunté si esto era lo que le ocurría a la gente normal cuando quería conocer a alguien.

Los clientes del pub se estaban yendo, algunos en grupos, otros en parejas. Los observé con atención, esperando que no hubiera otra salida. Quería verte una vez más antes de que te marcharas; quizá nunca volviéramos a encontrarnos. Por fin apareciste, junto con tu amiga, tomados de la mano. Te seguí de cerca, con la esperanza de que ella pronunciara tu nombre o tener algún otro indicio acerca de ti.

Te encaminaste a una calle lateral, y vi que fuiste hacia tu coche. Observé que mantenías abierta la puerta del asiento del acompañante para que ella subiera y que la volviste a cerrar después de que ella se sentó. Cuando estuviste dentro, la besaste antes de poner el motor en marcha.

Cuando te fuiste, memoricé el número de matrícula del coche, pensando que si te perdía, eso me ayudaría a encontrarte.