El glamour
Capítulo III
Permanecimos una noche más en Nancy; luego tomamos otro tren con destino a la ciudad de Dijon. El tiempo había empeorado, y mientras cruzábamos los extensos suburbios de la ciudad, empezó a caer una lluvia espesa. Hablamos un rato de si nos quedaríamos o no, pero yo ya no tenía prisa por llegar al sur. Nos atendríamos al plan que habíamos elaborado la noche antes.
Dijon era una ciudad tumultuosa y agitada; en esos días había allí una especie de convención comercial, y los dos primeros hoteles que visitamos estaban llenos. El tercero, el Hotel Central, sólo tenía disponibles habitaciones dobles.
—Podemos compartir una —dijo Sue, cuando nos alejamos del mostrador de recepción para consultar—. Pida una habitación con camas gemelas.
—¿Está segura?
—Será más barato que dos habitaciones, de cualquier modo.
—Podríamos intentar ir a algún otro sitio.
Sue dijo tranquilamente:
—No me molesta compartir la habitación.
Nuestra habitación estaba en el último piso, en el extremo de un largo corredor. Era pequeña, pero tenía una ventana grande con un balcón, y una vista agradable: los árboles de la plaza de abajo. Las dos camas estaban separadas por una mesa baja con un teléfono. Cuando el botones se marchó, Sue puso el bolso de lona en el suelo y vino hacia mí. Nos abrazamos con fuerza. La lluvia le había mojado la espalda de la chaqueta y el pelo.
—No tenemos mucho tiempo para estar juntos —le dijo—. No esperemos más.
Empezamos a besarnos, ella con gran pasión. Era la primera vez que nos abrazábamos, la primera vez que nos besábamos. No sabía qué sensaciones podía ella provocar, qué sabor tendrían su piel y sus besos. Sólo la conocía de hablarle, sólo de contemplarla; ahora podía palparla y abrazarla, apretarla contra mi cuerpo, y ella era distinta No tardarnos en empezar a desnudarnos y nos echamos en la cama que estaba más cerca.
No abandonamos el hotel hasta que ya era de noche, llevados por el hambre y la sed. Nos dominaba ahora una mutua obsesión física, y apenas podíamos evitar tocamos. La sostenía junto a mí mientras avanzábamos a lo largo de la calle mojada por la lluvia, sólo pensando en ella y en lo que ahora significaba para mí. Tantas veces en el pasado el sexo sólo había satisfecho una mera curiosidad física, pero con Sue había liberado sentimientos más profundos, una mayor intimidad, un nuevo apetito recíproco.
Encontramos un restaurante, Le Grand Zinc, y casi pasamos de largo pensando que estaría cerrado. Cuando entramos, descubrimos que éramos los únicos clientes; cinco camareros, vestidos de chaleco y pantalones negros, con rígidos delantales blancos que les llegaban hasta los tobillos, esperaban pacientemente junto a la puerta de servicio. Cuando nos llevaron a una mesa junto a una ventana, entraron en acción, atentos, pero discretos. Todos tenían un bigote delgado como un lápiz y el pelo corto y oscuro y brillante, engominado y aplastado sobre el cuero cabelludo. Sue y yo intercambiamos una mirada reprimiendo la risa. Descubrimos que era muy fácil hacernos reír.
Afuera había estallado una tormenta: el resplandor rosado de los relámpagos, y unos truenos distantes. La lluvia seguía cayendo como una cortina, pero el tránsito era escaso. Junto a la acera estaba deteniéndose un viejo Citroën, resplandeciente de lluvia; la doble V invertida en la rejilla del radiador reflejaba las luces de las lámparas rojas del restaurante.
Recordando la lección aprendida en el curso de una visita a París, sugerí que pidiéramos el plat du jour, y los camareros de ópera cómica nos sirvieron saucisson en croûte seguido de cátes de porc. Fue una comida memorable, guarnecida de pensamientos privados y signos secretos.
Después de la comida, mientras bebíamos brandy, nos tomamos la mano por encima de la mesa. Los camareros apartaban los ojos.
—Podríamos ir a St-Tropez —dije—. ¿Has estado allí alguna vez?
—¿No está repleto en esta época del año?
—Supongo. Pero ésa no es razón para no ir.
—Ha de ser caro. Me estoy quedando sin dinero.
—Podemos vivir de manera barata.
—No puedo permitirme seguir comiendo en lugares como éste —dijo.
—Esto es una celebración.
—Está bien, pero ¿te has fijado en los precios?
Por causa de la lluvia no habíamos observado los precios antes de entrar, pero estaban claramente impresos en la carte. Los números eran en francos viejos o lo parecían. Intenté convertirlos en libras, pero concluí que eran imposiblemente bajos u ofensivamente altos; la calidad de la cocina y el servicio sugerían lo último.
—No nos quedaremos sin dinero —dije.
—Sé lo que quieres decir, pero no va a funcionar. No puedo permitir que lo pagues todo.
—Entonces, ¿qué sucederá? Si vamos a viajar juntos y eso significa la quiebra para ti, ¿cuánto más duraremos?
—Tenemos que discutirlo, Richard. Todavía estoy yendo a visitar a Niall. No puedo fallarle.
—¿Y yo? ¿No te parece que eso será fallarme? —Ella sacudió la cabeza apartando la mirada—. Si se trata sólo de dinero, volvamos mañana mismo a Inglaterra.
—No se trata sólo de dinero. Prometí que lo vería. Me está esperando.
Aparté mi mano de la de ella y me quedé mirándola fijamente, exasperado.
—No quiero que vayas.
—Tampoco yo —dijo en voz baja—. Niall es una maldita molestia, lo sé muy bien. Pero no puedo desaparecer así de repente.
—Iré contigo —dije—. Lo veremos juntos.
—No, no… Eso sería imposible. No podría soportarlo.
—Muy bien. Iré contigo a St Raphael y te esperaré mientras tú se lo dices. Luego volveremos directamente a Inglaterra.
—Él espera que me quede con él. Una semana, tal vez dos.
—¿No puedes hacer algo?
—No lo creo.
—Bueno, por lo menos pagaré esta maldita cuenta. Chasqueé los dedos para llamar a los camareros, y en cuestión de segundos apareció ante mí una nota doblada sobre un plato. El total, service compris, ascendía a 3600 francos, escrito según el viejo estilo. A modo de prueba, puse 36 francos en el plato, y fueron aceptados sin reparos. —Merci, monsieur—. Cuando abandonamos el restaurante, los camareros formaban una fila impecable sonriendo y saludando con la cabeza, bonne nuit, á bientôt.
Fuimos de prisa por la calle: la tormenta postergó eficazmente cualquier otra disputa. Yo estaba enfadado, conmigo mismo tanto como con cualquier otra cosa: sólo el día antes había estado congratulándome de no ser posesivo con las mujeres, y ahora sentía justamente lo contrario. El camino de salida era evidente: ceder, dejar que Sue fuera a ver a ese novio y esperar que algún día volviera a topármela en Londres. Pero ella ya había cobrado una importancia especial para mí. Me gustaba y me hacía feliz; el modo en que hacíamos el amor había confirmado todo esto y prometía todavía más.
Arriba, en la habitación, nos secamos el pelo con una toalla y nos quitamos las ropas mojadas. Hacía calor en la habitación, y abrimos la ventana. Los truenos retumbaban a lo lejos, y el tránsito, siseaba allá abajo. Me quedé un rato en el balcón mojándome de nuevo, preguntándome qué hacer. Quería postergar la decisión hasta la mañana.
Desde la habitación, Sue dijo:
—¿Quieres ayudarme?
Entré. Ella había retirado todas las sábanas de una de las camas.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
—Pongamos las camas juntas. Tendremos que quitar la mesa.
Estaba casi desnuda, con el pelo aún mojado y revuelto. La ropa interior le escondía apenas el cuerpo delgado. La ayudé a mover las camas y la mesa, y empezamos a rehacer las camas juntando las sábanas, pero antes que concluyéramos la tarea empezamos a besarnos y a tocarnos otra vez. No llegamos nunca a tender las camas esa noche, aunque estuvieron muy juntas.
Por la mañana no había llegado a ninguna decisión, y sólo pensaba en que la perdería. Hablar sobre el problema sólo lo empeoraba. Después de desayunar sentados a una mesa fuera del hotel, salimos a explorar la ciudad. Nada dijimos del viaje al sur.
El centro de Dijon era la plaza de la Libération; el Palacio Ducal estaba enfrente de una plaza empedrada junto a un semicírculo de casas del siglo XVII. La escala era menor y más humana que la de Nancy, pero notamos que también aquí las multitudes y el tránsito se mantenían apartados. El tiempo había vuelto a mejorar y el sol era cálido y brillante; había grandes charcos en algunas partes de la plaza. Una sección del palacio había sido convertida en museo, y vagamos de un sitio a otro admirando las grandes salas y habitaciones tanto como lo que en ellos se exhibía. Nos demoramos un tiempo delante de las tumbas espectrales de los Duques de Borgoña, maniquíes de piedra entre arcos góticos, montados en una pose que era una grotesca imitación de la vida.
—¿Dónde está todo el mundo? —me preguntó Sue, y aunque habló en voz baja, el eco sibilante resonó en el salón.
—Pensé que en Francia habría multitudes en esta época del año —dije.
Me tomó el brazo y se apretó contra mí.
—No me gusta este sitio. Vamos a alguna otra parte.
Paseamos casi toda la mañana por las agitadas calles de comercios y tiendas, descansamos una o dos veces en algún café y luego llegamos al río y nos sentamos a la orilla bajo los árboles. Hacía bien escapar temporalmente de las multitudes, del incesante ruido del tránsito.
Señalando entre los árboles, Sue dijo:
—El sol se está poniendo.
Una sola nube, negra y densa, avanzaba por el cielo hacia el sol. No parecía una nube de lluvia, pero bastó para tapar el sol durante media hora. Fruncí la nariz al verla, pensando en Niall.
—Volvamos al hotel —dijo Sue.
—Me parece bien.
Regresamos al centro de la ciudad. En la habitación descubrimos que la camarera había tendido las camas. Estaban donde las habíamos dejado, y cuando retiramos las mantas, comprobamos que había una sábana doble.