El glamour
Capítulo XII
Nos encaminamos hacia el suroeste, con las ventanillas abiertas al aire, dejando atrás la Riviera.
—¿Cómo me encontraste?
—Sólo suerte. Estaba a punto de darme por vencida.
—Pero ¿por qué ese sitio?
—Tú lo mencionaste, sabía que irías allí. Llegué anoche y me he pasado todo el día recorriéndolo.
Buscábamos un sitio donde alojarnos, donde pudiéramos estar solos. Sue había estado viajando tres días en autobuses de un sitio a otro, cada vez con menos dinero, tratando de ahorrar lo suficiente para el billete de vuelta. Niall le había dado algo de dinero, —dijo—, pero tampoco él tenía mucho. No había sido como ella esperaba.
Nos detuvimos en Narbonne y escogimos el primer hotel que encontramos. Ella se zambulló en la bañera y yo me senté junto a ella, contemplándola. Noté que tenía un moretón en una pierna, un moretón que antes no había estado allí.
—No me mires tan fijamente.
Se hundió más en el agua, levantando una rodilla para ocultar la ingle.
—Pensé que querías estar conmigo.
—No me gusta que me miren.
Algo había cambiado; yo antes estaba mirándola todo el tiempo. Abandoné el pequeño cuarto de baño, me quité la ropa y me tendí en la cama. Escuché cómo Sue salpicaba y luego el agua que se escurría. Un largo silencio hasta que vi el crujido de papel de seda y que ella se sonaba la nariz. Cuando apareció, se había puesto unos Panties y una camiseta.
Me examinó y luego anduvo por la habitación; miró por la ventana el patio de abajo; revolvió las ropas de su maleta. Finalmente fue a sentarse en el extremo de la cama, donde yo no podía alcanzarla sin sentarme e inclinarme.
—¿Cómo te hiciste ese moretón? —pregunté.
Ella movió la pierna para mirárselo. Una especie de accidente. Caí contra algo. Tengo otro. Se volvió y se levantó la camiseta para revelar un segundo moretón oscuro en la espalda.
—No me duelen —dijo.
—Te lo hizo Niall, ¿no es cierto?
—En realidad, no… fue un accidente. No lo hizo a propósito.
Yo sabía que ella no había resuelto nada. Había una cierta distancia entre nosotros, pero yo estaba contento de tenerla de vuelta y no hice ningún comentario. Al cabo de unos minutos nos vestimos y fuimos al pueblo a comer. Apenas miré los alrededores; estaba cansado de viajar, había estado en demasiados sitios. Y Sue me preocupaba. Narbonne era un escenario real y vivo, no era un cuadro, pero ella me distraía.
Mientras cenábamos me dio por fin un informe completo de lo que había sucedido.
Los amigos de Niall estaban en las afueras de St-Raphael, en una granja convertida en mansión. Niall no se encontraba allí cuando ella llegó; le dijeron que estaba de viaje. Esperó un día y medio, desgarrada entre tener que esperarlo y abandonarlo de una vez por todas. Cuando Niall apareció, estaba con un grupo de cinco: otro hombre y tres chicas jóvenes. Nadie dijo dónde habían estado o qué habían estado haciendo. Eran ahora nueve, incluyendo a Sue, hacinados en la casa, y eso bastó para que tuviera que compartir una cama con Niall. Estaba irritado y violento cuando llegó del viaje, y Sue supuso que había tenido algo con una de las chicas. Hubo una discusión. Al día siguiente Niall desapareció otra vez, llevándose uno de los coches. Sue decidió que se marcharía e iría a mi encuentro, y aun llegó a preparar el equipaje, pero Niall se presentó a tiempo para detenerla. Le contó nuestra historia, y él empezó a golpearla. Los demás tuvieron que intervenir, y el ánimo de Niall cambió inmediatamente: primero se puso melancólico y la perseguía de un lado a otro —de una manera, dijo Sue, que ella sabía manejar—, pero luego cambió de nuevo, y dijo que si ella había llegado a una decisión, él no se interpondría.
—Esto es lo que lo hizo difícil —me dijo—. Si hubiera seguido comportándose mal, yo podría haberme marchado. En cambio, fingía que ya no le importaba.
—Pero estás aquí —dije—. ¿No es eso todo lo que importa?
—Sí, pero no confío en él. Antes nunca había actuado así.
—¿Qué estás diciendo? ¿Que podría seguirte?
Sue jugaba con los cubiertos sobre la mesa. Lo más probable es que esté durmiendo con una de esas chicas y no quiera que lo molesten.
—¿Podemos olvidamos de él ahora?
—De acuerdo.
Después de comer fuimos de paseo por el pueblo, pero lo que nos interesaba en realidad éramos nosotros mismos y no tardamos en volver al hotel. Subimos a la habitación, abrimos de par en par las ventanas a la cálida noche y cerramos las cortinas. Yo tomé un baño y permanecí tendido en el agua mirando distraídamente el techo y preguntándome qué hacer. No tenía ganas de nada, ni siquiera de meterme en la cama con ella. La puerta del cuarto de baño estaba abierta y podía oír cómo se movía por la habitación, colgando ropas, abriendo y cerrando las puertas del ropero. En cierto momento oí que echaba el cerrojo a la puerta de la habitación. No vino a verme y eso no tenía ningún significado. Parecíamos haber alcanzado una especie de familiaridad asexuada, en la que compartíamos una habitación, nos desnudábamos delante del otro, dormíamos juntos, y sin embargo Niall aún nos separaba.
Salí del baño. Vi a Sue sentada en la cama, hojeando una revista. Estaba desnuda. Cuando me metí en la cama junto a ella, dejó la revista a un lado.
—¿Apago la luz? —pregunté.
—La semana pasada, cuando nos encontrábamos en Niza, me dijiste algo. ¿Iba en serio?
—Eso depende de lo que fuera.
—Me dijiste que me amabas. ¿Era verdad?
—En el momento lo era —dije—. Te amaba entonces más que a nadie a quien haya conocido. De hecho, nunca hubo nadie más.
—Eso es lo que pareció. ¿Y ahora?
—Este no es momento oportuno para preguntarlo. Me siento fuera de mí.
—Entonces es el mejor momento. ¿Me amas?
—Claro que sí. ¿Por qué crees que importa decirlo?
Ella se deslizó sobre las sábanas y apoyó la cabeza en la almohada.
—Eso es lo que quería escuchar. No apagues la luz. Detesto hacer el amor a oscuras.