El glamour
Capítulo IX
Llegué a Martigues, un breve viaje en coche desde Marsella. Martigues se encontraba en un istmo estrecho, aunque lleno de colinas entre el Mediterráneo y Etang de Berre, un vasto lago de agua dulce. El centro de la ciudad era el pueblo original, pero las refinerías de petróleo cercanas habían incrementado el área poblada a medida que transcurría el siglo XX. Era imposible llegar en coche al centro, Île Brescon, pues varios canales pequeños aunque pintorescos ocupaban el lugar de las calles. Dejé el Renault en un parque de la ciudad y fui andando con la maleta en busca de un hotel.
Éste era el último sitio acordado para nuestro encuentro con Sue; si no aparecía aquí, yo sabría que seguiría estando solo.
La ciudad no era sitio para encontrarse solo. Había allí muchos otros visitantes que andaban por las calles angostas o navegaban en bote; a mí me parecía que todo el mundo estaba en parejas o grupos. Empecé a temer la llegada de la noche, sabiendo que Sue inevitablemente me fallaría. Lo peor era la persistente esperanza que debilitaba mi necesidad de olvidarla.
Le quai Brescon era el lugar que habíamos convenido, la apertura del canal principal hacia Etang de Berre. Fui allí tan pronto como llegué para familiarizarme con el sitio, y volví varias veces durante el curso del día. Era un lugar plácido: las casas se levantaban directamente sobre el agua, con numerosos botes de remo y esquifes amarrados a lo largo de los estrechos canales. Pocos visitantes encontraban el quai, y no había allí restaurantes, tiendas, ni siquiera un bar. Allí se reunían los ancianos y cuando llegué a pasar mi noche de vigilia, ya se encontraban en la puerta de sus casas decrépitas, sentados en cajas o en viejas sillas de mimbre. Las mujeres iban todas de negro; los hombres llevaban gastados pantalones de serge de Nimes. Al entrar en el quai me miraron, y las conversaciones murieron a medida que yo pasaba. En la boca del canal, mientras miraba las aguas negras y serenas del lago, sentí un olor de cloacas.
La cálida tarde se oscureció, cayó la noche, las luces de las minúsculas casas se encendieron. Estaba solo.