El glamour
Capítulo XIV
Podíamos haber terminado el viaje en Collioure, pero decidimos regresar a Inglaterra en avión. Después de dos días de viaje en coche a través de los Pirineos, llegamos a Biarritz. La gente del hotel nos reservó un vuelo, pero sólo sería dos días más tarde. Al cabo de la primera noche, llevé el automóvil a la oficina Hertz local y lo devolví.
Sue me esperaba en el hotel y supe inmediatamente que algo iba mal. Tenía la mirada evasiva e indirecta que yo había aprendido a reconocer en los malos tiempos. Supe inmediatamente que era algo relacionado con Niall.
Pero ¿de qué modo? Niall se encontraba a centenares de millas, y no podía saber dónde estábamos.
Sugerí ir andando hasta la playa y ella aceptó, pero caminamos apartados, sin tomamos de la mano. Cuando llegamos al sendero que conducía a La Grande Plage, Sue se detuvo.
—Realmente, hoy no tengo ganas de ir a la playa —dijo—. Ve tú si quieres.
—No sin ti. Me da igual lo que hagamos.
—Me gustaría ir sola de compras.
—¿Qué ocurre, Sue? Algo ha sucedido.
Ella sacudió la cabeza.
—Es que quiero estar sola por un rato. Una hora o dos. No puedo explicarte más.
—Si es eso lo que quieres… Señalé la playa con gesto de irritación. Iré y me tenderé hasta que vuelvas a tener ganas de estar conmigo.
—No tardaré.
—Pero no entiendo qué pretendes.
Ella ya había dado unos pasos alejándose de mí.
—Quiero un poco de espacio para pensar, eso es todo. Volvió y me besó brevemente la mejilla. No es nada que tú hayas hecho. De veras.
—Bien, volveré al hotel dentro de una hora o dos.
—Ella ya estaba lejos mientras yo le hablaba y no pudo haber oído todo. Me eché a andar de mal humor, descendiendo de prisa el sendero del acantilado.
En la playa no había mucha gente. Encontré un sitio para mí solo y allí extendí mi toalla, me quité los tejanos y la camisa y me senté a meditar.
Había vuelto a distraerme, pero ahora que me encontraba solo, tuve por fin en cuenta lo que me rodeaba. La playa estaba… inmóvil. Me senté muy tieso a mirar, sabiendo que algo había cesado a mi alrededor.
Ésta era diferente de las playas mediterráneas que yo conocía. No había mujeres que tomaran baños de sol con los pechos desnudos, y la brisa marina atemperaba el calor del sol, lo que no ocurría en la costa de la Riviera. El mar se movía: unas olas largas se acercaban una tras otra, con el ruido familiar y bravío que yo conocía de las playas británicas. De modo que había un movimiento y una sonoridad que negaban la quietud, y sin embargo yo me sentía encerrado en algo que se había asentado, que ahora era firme y estable.
Miré a la gente de la playa y vi que muchos utilizaban tiendas plegadizas, como pequeños yurts árabes, erigidas en tres filas paralelas. La gente salía de las tiendas y corría agachada hacia las olas, con los brazos hacia adelante. Al chocar con la primera ola, saltaban sobre ella, volviéndose de espaldas y gritando. La mayor parte de los nadadores eran hombres, pero había unas pocas mujeres que llevaban unos informes trajes de baño de una sola pieza y gorras de goma.
Volví a tenderme al sol, sintiéndome todavía intranquilo; escuché los gritos de la gente de vacaciones y pensé en la conducta de Sue. ¿Cómo se había puesto Niall en contacto con ella? ¿Cómo sabía dónde estaba? ¿O era ella la que se había puesto en contacto con él?
Me sentí irritado y herido. Me hubiera gustado que Sue confiara más en mí a propósito de Niall. Si ella me dijera la verdad, quizá pudiéramos trabajar juntos y resolver el problema.
Volví a sentarme inquieto. Arriba el cielo era de un profundo color azul; el sol golpeaba con fuerza por encima del Casino. Lo miré frunciendo los ojos.
Había una nube, la única a la vista. Era una nube blanca de aspecto lanoso, común en los días de verano, cuando el sol levanta el aire caliente de los campos y los bosques. Ésta, sin embargo, estaba sola. Se encontraba cerca del sol, con apariencia ajena a la brisa marina. Si el sol se ocultara, ¿qué efecto tendría sobre el paisaje de la playa a mi alrededor? Imaginé una repentina ruptura de ese gentil hechizo: la gente correría de regreso a las tiendas, vistiéndose de prisa con trajes de franela y pantalones anchos.
La nube me hizo pensar en Niall, como ya antes una vez, en la ribera de Dijon. Antes, como ahora, él me preocupaba.
Niall era invisible para mí; existía sólo a través de Sue; las descripciones, las reacciones de Sue.
Me pregunté cómo sería él realmente, quizá tan desagradable como Sue lo pintaba. Lo extraño era que tuviéramos algo en común, que nos atrajera la misma mujer. Niall vería y conocería a Sue en gran parte como yo: su dulzura cuando se sentía feliz, su esquivez cuando se sentía amenazada, sus irracionales lealtades; sobre todo, conocería su cuerpo.
Y Niall, por supuesto, sólo me conocería a través de ella. ¿Cómo me describiría ante él? ¿Impulsivo, celoso, petulante, irrazonable, crédulo? Habría preferido que Sue hablara de mí tal como yo me veía, pero pensaba que esto no sobreviviría a una traducción en palabras. De acuerdo con el estilo de ella, cuando hablaba de alguien sólo comentaba las cualidades desagradables; de este modo mantenía vivo el sentimiento de rivalidad entre nosotros.
La playa estaba empezando a repelerme: me sentía allí como un intruso, como si me hubiera entrometido en un diorama viviente y estuviera entorpeciendo un equilibrio natural. No había aún señales de Sue, de modo que me vestí y subí por el sendero del acantilado hacia el hotel. Al llegar a la cima, miré atrás: la playa parecía ahora más concurrida, las filas de tiendas habían desaparecido, y lejos de la orilla, una gente en traje de baño jugaba con las olas.
Dejé una nota en la habitación del hotel diciéndole a Sue que me había ido a comer; luego bajé a la calle agitada en busca de una cafetería. Deliberadamente no me detuve en ninguna, esperando encontrarla por algún sitio, pero había demasiada gente.
Estaba cansado de viajar; había estado en demasiados sitios diferentes, había dormido en demasiadas camas. Empecé a preguntarme qué correspondencia habría para mí en Londres, si me habrían ofrecido algún trabajo. Casi había olvidado lo que era llevar una cámara al hombro.
Encontré una terraza y pedí un plato de escalopes en salsa de vino y un porrón de vino blanco. Estaba irritado con Sue por dejarme de esta manera, por no estar en el hotel, por no decirme qué pasaba. Pero era agradable estar allí al sol, y después de la comida pedí más vino. Decidí pasarme la tarde descansando en la terraza. La bebida me estaba dando sueño. Tenía por delante la perspectiva de volver y estar con Sue en Londres. A pesar de todo, aún apenas nos conocíamos.
Inesperadamente, la vi andar calle abajo por la acera de enfrente. Había estado mirando distraídamente en esa dirección y mi primera impresión fue que venía andando con otro hombre. Me erguí en la silla inmediatamente y me esforcé por ver mejor. Me había equivocado: estaba caminando sola, pero tenía ese modo de andar de la gente que no va sola. Andaba lentamente, tenía la cabeza inclinada a un lado y no miraba por dónde iba. Parecía que estuviese teniendo una profunda conversación con alguien, pero no había nadie con ella.
Llegó a la bocacalle y se detuvo, pero no para esperar un hueco entre el tránsito. Fruncía el entrecejo y luego sacudió la cabeza con enfado. Al cabo de unos instantes, siguió andando y dobló la esquina alejándose de mí.
No había terminado todavía el vino, pero abandoné la mesa y la seguí, intrigado. Pronto la perdí de vista, pero en el momento en que doblé la esquina, pude verla otra vez, aunque parezca absurdo, en medio de una discusión con un compañero invisible. Me pareció conmovedor sorprenderla en ese momento. Parecía que iba a detenerse otra vez, de modo que me volví y regresé a la bocacalle; luego caminé de prisa a lo largo de la calle principal hasta que encontré otra calle lateral. Fui andando rápido por ésta y, en la próxima calle, volví a doblar en su dirección. Cuando di vuelta a la esquina, estaba inmóvil de pie de cara hacia mí. Fui a su encuentro en la esperanza de ver en ella un signo de cambio de humor, pero simplemente me contempló con la mirada vacía.
—Hete aquí —dije—. Te he estado buscando.
—Hola.
—¿Has terminado las compras? ¿O necesitas algo más todavía?
—No, he terminado.
No llevaba paquete alguno. Seguimos andando en la dirección que ella llevaba; era evidente que no importaba que yo la acompañara o no.
—¿Qué haremos? —pregunté—. Es nuestra última noche de vacaciones.
—Me da igual. Lo que quieras.
De nuevo me sentí irritado; la pasividad de Sue me enfadaba. Oí que decía: «Richard, no seas difícil», pero seguí andando. Cuando llegué a la esquina, miré atrás. Estaba todavía donde la había dejado. No me pareció que quisiera reconciliarse conmigo. Sentía que era ella quien tenía que hacerlo; la miré exasperado, y me fui.
Volví al hotel y me encaminé a la habitación. Allí me duché y me puse ropa limpia; luego me tendí en la cama e intenté leer.
Ella volvió tarde, pasadas las diez. Cuando entró en la habitación, pretendí no hacerle caso, pero sentía que estaba moviéndose por la habitación, dejando la maleta en alguna parte, sacándose los zapatos, cepillándose los cabellos. La observé mientras se quitaba la ropa y se iba a la ducha. Estuvo allí largo tiempo, y permanecí tendido en la cama esperándola. Sentí entonces que todo había terminado, que aun cuando volviera a cambiar y se mostrara amable, afectuosa y sexualmente atractiva, yo la rechazaría. Había algo insuperable entre nosotros, ya fuera el mismo Niall o sencillamente algo que él encarnaba. No podía soportar los súbitos cambios, la obstinación, la irracionalidad de Sue.
Por fin ella emergió de la ducha y se detuvo al pie de la cama secándose el cabello. Le miré con franqueza el cuerpo desnudo, encontrándolo por primera vez falto de atractivo. Era demasiado delgada, demasiado angulosa, y con el pelo húmedo y echado hacia atrás, tenía una expresión vaga y vacía. Me sorprendió mirándola y se inclinó y se peinó desde la nuca hacia adelante; le alcanzaba a ver las marcas huesudas de la espina dorsal.
Con el pelo todavía húmedo, se puso una camiseta; luego retiró la sábana y se acostó. Tuve que moverme para hacerle lugar. Tendida, con la espalda apoyada contra la almohada, me contempló con grandes ojos.
—Desvístete y acuéstate.
—No tengo ganas todavía.
—Estás enfadado conmigo.
—Claro que lo estoy.
Respiró profundamente.
—Si te digo la verdad, ¿me perdonarás?
—¿Por qué no me dijiste la verdad esta mañana?
—Porque tenía que hacer algo y tú hubieras tratado de impedirlo. Y lo hubieras logrado si lo intentabas. Se trata de Niall… está aquí en Biarritz. Pasé el día con él. Pero tú lo sabías, ¿no es cierto?
Yo afirmé con la cabeza, sorprendido por la noticia, confirmando lo inevitable.
—Lo vi esta mañana mientras tú habías ido a devolver el coche. Dijo que quería hablar conmigo a solas. Nunca volveré a verlo. Esa es la verdad.
—¿Qué pretendía? —pregunté.
—Es desdichado y quería que cambiara de opinión.
—¿Qué le dijiste?
—Le dije que estaba decidida y que ahora estaba contigo.
—¿Y llevó todo el día decir eso?
—Sí.
La miré fríamente. No me ayudaba a que la perdonase.
—Lo que quiero saber es cómo diablos nos siguió hasta aquí —le dije.
—No lo sé.
—¿Nos estaba siguiendo cuando estábamos en Collioure? ¿Se encontraba él también allí?
—No lo creo.
—¿No te das cuenta del mal que esto nos hace? Sencillamente permites que Niall irrumpa en nuestra vida cuando se le antoja, no me lo dices y esto me aleja de ti. Lamento que sea un desdichado… pero ¿por qué tú actúas así?
—¿Qué sucederá la próxima vez que se sienta desdichado?
—No volverá a suceder.
—No te creo. Me gustaría, pero no puedo.
—¡Te he dicho la verdad!
—Muy bien.
Cedí dándome cuenta de que todo aquello era inútil. La cara de Sue había perdido el color: la piel, los labios, aun los ojos parecían más pálidos que de ordinario. A medida que el pelo se le iba secando, parecía menos desgarbada, pero ahora estaba tan enfadada como yo. Yo pensaba continuamente que deberíamos abrazarnos, besarnos, hacer el amor, retrasar el reloj, cualquier cosa que nos ayudara a hacer las paces, pero esta vez no era posible.
Nos quedamos así sentados hasta muy tarde, ambos atrincherados en nosotros mismos, cada uno enfadado con el otro porque todo importaba mucho. Por fin me desnudé y me metí en la cama con ella, pero nos mantuvimos despiertos sin hacer el amor. Ninguno de los dos quería hacer el primer movimiento.
A cierta altura de la noche, sabiendo que estaba despierta, le pregunté:
—Cuando te encontré en la calle, ¿qué estabas haciendo?
—Trataba de ver más claro. ¿Por qué?
—¿Dónde estaba Niall?
—Me esperaba en un sitio. Yo había salido para dar un paseo cuando apareciste tú.
—Parecía que estuvieras hablando con alguien.
—¿Y qué?
Yacíamos en la cálida oscuridad, con las sábanas apartadas del cuerpo. Cuando abrí los ojos, pude verla junto a mí. Siempre se mantenía inmóvil en la cama, sin volverse; nunca sabía en la oscuridad, si dormía o no.
—¿Dónde está Niall ahora? —pregunté.
—Por ahí.
—Todavía no puedo entender cómo te encontró.
—No debes subestimarlo, Richard. Es inteligente, y cuando se propone algo, es insistente.
—Parece tener algún poder sobre ti, no importa lo que digas. Me gustaría entender de qué se trata.
Hubo un largo silencio y pensé que por fin se habría dormido. Pero luego, dijo, muy despacio:
—Niall es encantador.