El glamour
Capítulo VI
Más temprano había estado lloviendo, pero ahora era una noche despejada. Los motores resonaban sobre la humedad brillante de las calles. Pasaron por varios pubs, una agencia de noticias todavía abierta, un restaurante indio con un letrero de neón azul. Pronto llegaron a una ancha calle residencial que bordeaba la ladera de Crouch Hill; las luces del norte de Londres titilaban ante ellos. Por sobre sus cabezas un avión de brillantes luces estroboscópicas cruzaba el cielo hacia el oeste, en dirección a Heathrow.
—¿Vamos a algún sitio en particular? —preguntó Grey.
—No, puedes escoger.
—¿Qué te parece dar una vuelta y regresar a tu casa?
Sue se detuvo bajo una de las farolas.
—Quieres una prueba y voy a dártela. ¿Aceptarás luego lo que sea?
—Si es una prueba…
—Lo será, te lo prometo. Mírame, Richard… ¿Notas algo diferente en mí?
La miró, a la luz anaranjada de la lámpara de sodio.
—La luz no te sienta demasiado.
—He estado invisible desde que salimos de casa.
—Sue, puedo seguir viéndote.
—Nadie más puede hacerlo. Lo que haré será volverte invisible a ti también y luego entraremos en una de esas casas.
—¿Hablas en serio?
—Absolutamente en serio.
—Muy bien, pero el problema soy yo.
—No, no lo eres. Le tomó la mano. Ahora también tú eres invisible. Todo lo que toque se vuelve invisible.
Grey no pudo evitar mirarse: el pecho, y las piernas, sólidamente plantadas. Pasó un coche; el faro intermitente indicaba que giraría hacia la izquierda. El agua de un charco voló brevemente alrededor de ellos.
—Nadie puede vernos —le dijo Sue—. No me sueltes la mano, pase lo que pase. —Apretó con más fuerza la mano de Grey—. Ahora, elige una casa.
Había en la voz de Sue una nota grave, una carga de emoción, y Grey sintió un cosquilleo.
—¿Qué te parece ésta?
Ambos la miraron. La mayor parte de las ventanas estaban a oscuras, pero desde la planta alta, a través de las cortinas, llegaba un pálido resplandor rojo.
—Parece que la han convertido en casa de apartamentos —dijo Sue—. Busquemos otra.
Siguieron andando, tomados de la mano, mirando fijamente las casas. Se acercaron a varias puertas, pero siempre que había muchos timbres y una lista de nombres, Sue sugería ir a algún otro sitio. Demasiadas puertas cerradas. Al extremo de la calle, había una galería a oscuras y una sola campanilla. Tras las cortinas de la puerta de entrada, vieron el resplandor de la pantalla de un televisor.
—Ésta servirá —dijo Sue—. Ahora esperemos que haya una puerta abierta.
—Pensé que romperías una ventana.
—Podemos hacer lo que se nos antoje, pero no quiero hacer ningún daño.
Fueron por el jardín y a lo largo de un pasaje estrecho, junto a árboles y arbustos mojados por la lluvia. El cuarto de atrás estaba brillantemente iluminado por un tubo de luz fluorescente, y cuando Sue probó la puerta, se abrió con facilidad.
—No nos quedaremos mucho —dijo—. No me sueltes la mano.
Abrió la puerta y entraron. Grey cerró la puerta y pasaron a la cocina. Dos mujeres se apoyaban contra un armario, una de ellas tenía en brazos un bebé dormido. Sobre la mesa frente a ellas había dos vasos baratos con cerveza y un cenicero con un cigarrillo que humeaba. Otro niño algo mayor vestido con un sucio pijama jugaba en el suelo de baldosas de vinilo con un coche de plástico y algunos cubos de madera. La mujer que cargaba al niño estaba diciendo:… pero cuando entras allí te tratan como a una basura, de modo que le dije, no me hable de ese modo, y él me miraba como si yo fuera un poco de polvo, ¿y tú sabes?, había pagado treinta libras para entrar y la miran a una como si estuviera molestando… Grey se sentía enorme y cohibido en la habitación atestada y quería alejarse de las dos mujeres, pero Sue lo llevó al fregadero donde abrió el grifo de agua fría. El agua cayó ruidosamente sobre la vajilla apilada abajo, salpicando el suelo. Mientras escuchaba a su amiga, la mujer se acercó y cerró el grifo. Luego recogió la colilla y se la puso en la boca. Sue dijo:
—Veamos qué están mirando en la televisión.
Grey frunció la nariz, pues la voz de Sue sonaba muy fuerte, pero ninguna de las dos mujeres pareció notarlo. Todavía aferrado a la mano de Sue, la siguió fuera de la habitación y por el corredor que llevaba a la puerta de la calle. Ahí había un par de viejas bicicletas apoyadas contra la baranda de la escalera y tres cajas de cartón apiladas, repletas de botellas. Sue abrió una segunda puerta y entraron.
La televisión estaba transmitiendo un partido de fútbol con el sonido muy alto. La habitación estaba llena de hombres y jóvenes sentados e inclinados hacia adelante con los brazos sobre las rodillas, sosteniendo latas de cerveza o fumando cigarrillos. El aire estaba espeso de humo, y los hombres comentaban las vicisitudes del partido; Inglaterra jugaba con Yugoslavia, y estaba perdiendo. Había mofa y escarnio cada vez que Inglaterra perdía la pelota.
—Echemos una mirada —dijo Sue.
Encendió la luz general y condujo a Grey por el cuarto. Había tres adultos y cuatro adolescentes.
—Apaga esa maldita luz, John —dijo uno de los adultos sin apartar la mirada de la pantalla—. Uno de los adolescentes se puso de pie y apagó la luz. Al volver a sentarse, casi empujó a Grey, que instintivamente se echó atrás. Sue le apretó la mano.
—¿Nos sentamos? —dijo.
Antes que Grey pudiera responder, lo condujo hacia el sofá donde estaban sentados dos de los hombres. Ninguno de ellos levantó la vista, pero uno se echó hacia adelante hasta sentarse en el suelo, y el otro se movió como para que Sue y Grey también se sentaran.
Grey tenía la certeza de que los descubrirían en cualquier momento. El partido continuó e Inglaterra perdió otra oportunidad. Un estruendo de protestas resonó en la habitación, y unas latas de cerveza se abrieron siseando.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Sue elevando la voz por sobre el ruido.
—Nos verán en cualquier momento.
—No nos verán. Querías una prueba y aquí la tienes. —Grey notó un cambio en la voz de Sue; tenía ahora un aire espeso y sensual que le recordaba los momentos en que hacían el amor. Se le había humedecido la palma de la mano—. ¿Quieres ver más?
Se levantó del sofá arrastrando a Grey, y se paró frente al televisor bloqueando la visión de los hombres y cambiando de canal. Después de un par de intentos, encontró un debate sobre la economía bancaria. Retrocedió y ella y Grey observaron la reacción de los hombres.
Se comportaban como si el partido hubiera terminado de repente. Mostraban otro ánimo y estaban distendidos. Algunos se echaron en los asientos, otros encendieron cigarrillos. Se quejaban del partido, de la estrategia, de la táctica, de la selección del equipo. Grey dijo:
—Se dieron cuenta de que encendiste la luz. ¿No se darán cuenta de que has cambiado de canal?
—No mientras estemos aquí junto al aparato. Por el momento todos están suponiendo que lo hizo alguno de los otros. Volverán a la cuestión cuando nos marchemos.
—¿Pero lo saben ahora?
—Saben que estamos aquí, pero no pueden vemos. ¿Nos ha mirado alguno?
—No directamente, no.
—No pueden. —Sue parecía arrebolada, tenía los labios húmedos—. Observa esto.
Con la mano libre se desabotonó la parte superior de la blusa. Arrastrando a Grey consigo fue hacia uno de los hombres, y con un diestro movimiento se metió la mano y sacó uno de sus pechos. Se inclinó sobre el hombre poniéndole el pezón a unas pocas pulgadas de la cara. Él siguió hablando sobre la estrategia del partido, sin tenerla en cuenta.
Grey le dio un tirón.
—¡No hagas eso!
—¡No pueden verme!
—Está bien, pero no me gusta que lo hagas.
Ella se volvió hacia él con la blusa abierta y el pecho expuesto.
—¿Esto no te estimula?
—De este modo no.
Pero sintió que se excitaba.
—Siempre me siento lujuriosa en estos momentos. —Apretó la mano de él sobre su pecho, donde el pezón era una firme perla de excitación—. ¿Quieres hacer el amor?
—¡Estás de broma!
—No, ven… hagámoslo. Podemos hacer lo que se nos antoje.
Sue, es imposible.
Estaba demasiado nervioso, demasiado consciente de la habitación llena de hombres.
—Ahora. En el suelo… delante de ellos.
Siempre había habido una incoherente vulgaridad en Sue cuando hacían el amor, pero nunca antes había sido tan flagrante como en ese momento. Tenía la mano libre en el pantalón de Grey, tirando de la cremallera.
—Aquí no —dijo él—. Afuera.
Fueron de prisa al vestíbulo y entonces Sue vio la escalera y subió presurosa llevándolo de la mano. Encontraron un dormitorio, y se arrojaron sobre la cama. Se desprendieron la ropa y se acoplaron casi de inmediato. Al rato Sue soltó un chillido de placer y agarró a Grey por el pelo, haciéndole daño. Grey nunca la había visto abandonarse de ese modo.
Estaban tendidos en la cama, todavía unidos, cuando la puerta se abrió y una de las mujeres que habían visto en la cocina entró en el cuarto. Grey se puso tenso y apartó la cara en un desesperado intento de esconderse. Sue dijo con voz normal:
—Tranquilízate. No sabe que estamos aquí.
Grey volvió a mirar y vio que la mujer abría la puerta de un ropero. Se quedó mirándose en el espejo y luego empezó a desvestirse. Cuando estuvo desnuda, se puso frente al espejo otra vez, volviéndose a un lado y a otro. Tenía las nalgas pesadas y con hoyuelos, el vientre le caía y también le caían los pechos que apuntaban hacia afuera. La mujer se inclinó hacia adelante, mirando sus ojos en el reflejo, tirando hacia abajo los párpados inferiores. Se tiró un pedo ruidoso. Cuando volvió a erguirse, trató de peinarse con las manos, todavía volviéndose a un lado y a otro, mirándose con crítica mirada. Grey podía verse a sí mismo y a Sue reflejados detrás de ella. Tuvo una profunda sensación de repugnancia, pues sabía que estaba violando la intimidad de una persona. Empezó a apartarse de Sue, deslizándose fuera de ella.
Ella le rodeó los hombros con los brazos, sujetándolo contra ella.
—¡No te muevas, Richard! Quédate hasta que se haya marchado.
—¡Pero se va a meter en la cama!
—Todavía no. No puede mientras estemos aquí.
Al cabo de unos instantes, la mujer suspiró y cerró la puerta del ropero. Recogió la bata que estaba en el suelo y se la puso. Antes de abandonar el cuarto, encendió un cigarrillo dejando la caja de cerillas en la mesa de noche. La mujer salió y una nube de humo serpenteó en el aire.
—Vayámonos, Sue. Estoy conforme con la prueba.
Se apartó de ella y se puso de pie junto al lecho, subiéndose los pantalones y metiendo adentro los faldones de la camisa. Sabía que ahora que Sue ya no lo tocaba era de nuevo visible, pero todo lo que quería era marcharse de la casa y dejar a esa gente en paz.
Sue terminó de abotonarse la ropa tan rápidamente como él y volvió a tomarle la mano.
—No ocurrirá nada —dijo.
—Sí, pero no deberíamos estar aquí.
Se asomó al pasillo y miró alrededor. La mujer estaba en el baño con la puerta abierta poniéndose crema en la cara. Grey cerró la puerta y le echó la llave.
—Esto es lo que acostumbrabas hacer con Niall, ¿no es así?
—Solía vivir de este modo. Dormí en casas de otras gentes durante tres años. Comíamos su comida, usábamos sus lavabos y sus duchas, leíamos sus libros.
—¿Te entrometías así y no pensabas nunca en la intimidad de esa gente?
—¡Por Dios! —Sue se desprendió bruscamente de la mano de él—. ¿Por qué crees que intenté salir? Era sólo una niña. ¿No entiendes que desde que te conocí he estado tratando de abandonar todo esto? Así es como Niall vive ahora y cómo vivirá el resto de su vida. ¡Estamos aquí porque tú querías esa maldita prueba!
—Muy bien. —Grey habló en voz baja porque sabía que ahora podían oírlo. Pensando en la satisfacción sexual que ella había mostrado, le dijo—: Pero lo cierto es que todavía te excita.
—¡Pues claro! Siempre ha sido así. Ésa es la maldición de la invisibilidad. Es como una droga.
—Creo que debemos marcharnos. Hablemos de esto luego en tu casa. Tendió la mano para que se la tomara.
Ella sacudió la cabeza y se sentó en la cama.
—Ahora no.
—Hemos estado aquí lo suficiente.
—Richard, ya no soy invisible. Empezó a disolverse después que hicimos el amor.
—Entonces vuelve a ella —dijo Grey.
—No puedo… Estoy agotada. No sé cómo.
—¿De qué estás hablando?
—Ya no puedo. Esta noche fue la primera vez en muchas semanas.
—¿No puedes hacerlo al menos por un rato, como para salir de aquí?
—No. Se ha ido.
—Entonces, ¿qué diablos haremos?
—Tendremos que salir corriendo.
—La casa está llena de gente.
—Lo sé —dijo ella—. Pero la puerta de entrada está al pie de la escalera. Quizá lo logremos.
—Vamos entonces. Esa mujer volverá en cualquier momento.
Pero Sue no se movió. Siempre tuve miedo de que esto ocurriera. En los viejos tiempos, con Niall. Que estaríamos en una casa ajena, como ésta, y el glamour nos abandonaría de pronto. Ése fue siempre el estímulo, el peligro que nos amenazaba.
—No podemos quedarnos a esperar que pase algo. ¡Esto es una locura!
—Tú podrías intentarlo, Richard… Sabes cómo hacerlo.
—¿Cómo?
—Hazte invisible… ya lo has hecho antes.
—¡Yo no lo recuerdo!
—Estábamos en una playa… había unas chicas que tomaban un baño de sol, y estuviste un rato filmándolas. ¿Y el pub de Belfast? Imagina que estás aquí rodando. Estamos arrinconados, pero tienes la cámara y sigues usándola.
—¡Tengo demasiado miedo de que me descubran! ¡No puedo concentrarme!
—Pero así fue como hiciste tus mejores películas, metido en un atolladero, mientras la gente arrojaba cócteles molotov.
Grey cerró a medias el párpado como si estuviera acercándolo a un visor. Imaginó de súbito el familiar contacto del aro de esponja de goma, la leve vibración del motor transmitido a su ceja. Bajó un hombro como cargando un peso e inclinó la cabeza a la derecha. Llevaba una fuente de alimentación en la cadera, un cable que se rizaba hacia abajo y por detrás, que le oprimía el omóplato. Imaginó junto a él al hombre del sonido, y el micrófono gris que sobresalía por detrás. Pensó en las calles de Belfast, en un piquete de obreros a las puertas de una fábrica, en una manifestación de la C.N.D. en Hyde Park, en un tumulto provocado por la hambruna en Eritrea, todo todavía recuerdos vívidos, momentos de peligro imprevisibles, atisbados a través de la lente.
Sue se puso de pie y le apoyó una mano en el hombro.
—Podemos marchamos ahora.
Los dos oyeron el ruido de la cadena del inodoro, una puerta que se abría y luego los pasos en el corredor. Un instante después la mujer que se había desnudado delante de ellos entró en el cuarto, llevando en la boca el cigarrillo a medias consumido. Grey se movió, como siguiéndola con la cámara, ajustando el foco. La mujer los esquivó y se acercó de nuevo al ropero.
Grey fue adelante hasta el descanso de la escalera y luego bajaron lentamente paso a paso. Podían oír el ruido del partido de fútbol transmitido por televisión que llegaba desde la puerta abierta de la sala. Grey giró la cámara atisbando la nuca de los hombres. Sue abrió la puerta de la calle, y cuando estuvieron afuera, la cerró.
Grey siguió rodando hasta que se alejaron de la casa. Sue le tomó el brazo y acercó la cara para besarle la mejilla, pero él se apartó, cansado, asqueado y aburrido.