El glamour

Christopher Priest · Capítulo 38 de 62

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El glamour

Capítulo VII

Después de la emoción de haber hablado contigo, me preocupaba Niall y lo que haría para vengarse.

Tu glamour era tan leve, que me pareció probable que no lo advirtieras. Me pareció en un principio un aura de sexualidad: tanto más poderosa porque era inconsciente. Había tocado tu nube, y el estímulo me mareó. Eras una invisibilidad informe, inusitada, optativa; eras mi reverso.

Niall y yo sabíamos que tú podías llevarme al mundo real. Yo podía recibir fuerza de tu nube, alcanzar una visibilidad fácil y permanente, pasar por normal.

Eras para Niall más amenazador que cualquier hombre del todo visible; podías apartarme de él para siempre.

Yo tenía miedo de Niall porque creía que lo conocía. Esperaba malos tratos, chantajes, lágrimas, súplicas artificiales en las que me pedía compasión, y se quejaba de la invisibilidad inevitable. Me preparé contra su violencia. Sin embargo, en el pub nos había dejado tranquilos, me había permitido que te abordara.

Después que te marchaste en el coche con tu amiga, volví a Horsey, caminando bajo la llovizna feliz por haberte encontrado, aunque aterrada por las posibles consecuencias: no sabía qué haría Niall. Estaba lista para lo peor.

Pero Niall no me estaba esperando. No estaba afuera en la calle, no rondaba por el vestíbulo. Entré en mi habitación, pero tampoco estaba allí, y todo parecía en orden.

Estuve despierta casi toda la noche, segura de que terminaría por aparecer. Esperé todo el domingo, tratando de trabajar un poco. Niall no se puso en contacto conmigo ese día, ni el lunes, ni el martes. Me las compuse para terminar el encargo en el que estaba trabajando y lo llevé a West End, esperando otra vez que Niall apareciera en cualquier momento.

Quería terminar con la cuestión. Odiaba sus violentas amenazas, pero al menos estaba acostumbrada a ellas, y dentro de ciertos límites podía hacerles frente. Fuera por instinto o por argucia, Niall había acertado con la mejor manera de dar a conocer sus sentimientos. Cuando me dejaba sola y yo me preguntaba qué estaría haciendo, Niall volvía a interesarme.

Y aún más profundamente, un momento de pánico: ¿Y si Niall era capaz de volverse invisible aun para mí?

La idea no se me había ocurrido hasta entonces. Siempre podía ver a Niall, aun dentro de una nube sombría, pero ¿cómo saberlo? ¿Había habido ocasiones en el pasado en que se había escondido de mí? Yo estaba a medias en el mundo real, y quizá Niall se movía por debajo de mi umbral de visión. Había mostrado a veces que tenía un asombroso conocimiento de mí, un grado de penetración casi sobrenatural. ¿Me observaba cuando yo me creía sola? Niall era listo e inescrupuloso. ¿Hasta dónde llegaría para proteger lo que él consideraba sus intereses?

¿Y si no se hubiera marchado del pub? Podría haber estado allí cuando te hablé, haberme seguido cuando te seguí, haberme acompañado cuando volví a casa bajo la lluvia.

¡Quizá está conmigo ahora! ¡En la habitación, en el mismo momento en que lo pienso!

Verdaderamente aterrada, me senté a la mesa escritorio con la cabeza gacha y los ojos cerrados. Conocí entonces el miedo ancestral a los fantasmas, el terror de lo invisible, del vigilante escondido. Escuché esperando oír que respiraba a mi lado. La habitación estaba en silencio y cuando volví la cabeza, temiendo a la vez ver y no ver, hice mi nube más densa que nunca; quería saber la verdad.

No había nada que pudiera ver.

El teléfono sonó en la tarde del miércoles. No esperaba noticias de nadie, de modo que dejé que sonara, pensando que algún otro contestaría. Al cabo de un largo rato continuaba sonando de modo que fui al vestíbulo y levanté el auricular.

Era Niall que llamaba desde un teléfono privado. Sentí una oleada de alivio; sólo entonces tuve la certeza de que no había nadie invisible a mi alrededor.

—Me marcho afuera por un tiempo —dijo—. Pensé que te gustaría saberlo.

—¿Adónde vas?

—Unos amigos míos tienen una casa en el sur de Francia. Pensé que podría pasar con ellos una semana o dos.

—Muy bien —dije—. Es una buena idea.

—¿Quieres venir conmigo?

—Sabes que estoy trabajando.

—Tienes intención de ver a ese hombre, ¿no es cierto?

—Tal vez.

—¿Cuándo? ¿Esta noche?

—No he planeado nada todavía.

Silencio de Niall. Esperé mirando fijamente el tablero de la pared, lleno de viejos mensajes para los otros inquilinos. Las vidas de esta gente me habían parecido siempre tan directas, tan ajenas a los problemas de la invisibilidad:

—Anne, por favor, llama a Seb. Dick, llamó tu hermana. Fiesta en el nº 27 la noche del sábado, todos invitados.

—¿Cuánto tiempo dijiste que pasarías afuera? —pregunté.

—Aún no lo he decidido. Un par de semanas. Quizá más. Te llamaré cuando vuelva.

—¿Y cuándo será eso?

—Te lo dije, Susan, no lo sé. No tendría que importarte, ¿no es así? Estarás ocupada.

—Estaré trabajando.

—Sé lo que estarás haciendo.

La conversación era una estafa. Era del todo improbable que Niall se marchase, sobre todo sabiendo que había conocido a otro hombre. Estaba planeando algo, y ambos lo sabíamos.

—¿Dónde estarás exactamente? —pregunté.

—Te llamaré cuando llegue. O te enviaré una tarjeta. No conozco la dirección exacta. Es una casa cerca de St-Raphael.

—Pero ¿quién es esa gente con la que estarás? ¿Conozco a alguno?

—¿Qué te preocupa, Susan? Has estado divirtiéndote sin mí.

—Niall, no saques conclusiones. Sólo quiero conversar con él, eso es todo.

—No sé nada de él todavía.

—Yo puedo decirte algo. Se llama Richard Grey.

—¿Cómo lo sabes? De pronto mi corazón empezó a latir de prisa.

—Es mi vocación averiguar las cosas.

—¿Qué más sabes?

—Eso es casi todo. Ahora colgaré. Partimos dentro de una hora.

—Si tienes intención de entrometerte, Niall, nunca más volveré a hablarte.

—Descuida. No me verás durante un tiempo.

—¡Niall! ¡No cuelgues!

—Te enviaré una postal desde Francia.

Colgó. Yo me quedé en el vestíbulo, furiosa y asustada. ¿Cómo había averiguado tu nombre? ¿Qué había estado haciendo? ¿Qué hacía ahora? Sabía que eso de marcharse era una mentira, pues lo había dicho con un tono amenazante que me era familiar. En ese estado de ánimo era capaz de cualquier cosa. Nunca estaba demasiado lejos de mí cuando quería dominarme.

De nuevo en mi habitación, me senté en el borde de la cama e intenté tranquilizarme. Sólo faltaban dos horas para el momento en que me encontraría contigo, y Niall había conseguido que ya no pensara en ti. Detestaba la inteligencia de Niall: yo sabía que lo enfrentaría de algún modo, pero aparentar que cedía era en él una táctica deliberada y nueva. Estaba pensando en él, no en ti.

Era inútil intentar seguir trabajando, de modo que me duché y me cambié; luego pasé algún tiempo arreglando la habitación. No tenía nada que comer, y Niall me había quitado el apetito.

Salí hacia Highgate demasiado temprano, andando de prisa para quemar la energía nerviosa que estaba consumiéndome. Cuando llegué a High Street empecé a matar el tiempo mirando los escaparates de las tiendas sin ver lo que miraba. Estaba invisible, ahorrando para más tarde. Intentaba concentrarme en ti, recordar tu aspecto, resucitar la excitación que había sentido al verte. Sabía en el fondo de mi corazón que esto sería el fin de Niall, y aunque apenas te conocía, el riesgo y la novedad eran preferibles al pasado.

Después de las ocho, me hice visible y entré en el pub en que nos habíamos conocido. No estabas allí. Pedí medio bitter y luego me senté sola a una de las mesas. Era un día de trabajo y todavía relativamente temprano: el pub estaba casi vacío. Me hundí en la invisibilidad.

Tú llegaste unos minutos después; te vi entrar en el bar, mirar brevemente a tu alrededor y dirigirte después a la barra. Lo que más me sorprendió fue qué normal parecías, exactamente como en mis recuerdos. Me volví visible y esperé a que me vieras.

Me olvidé de Niall.

Te acercaste sonriendo y te detuviste junto a la mesa.

—¿Le traigo otro trago? —preguntaste.

—No, gracias. No por el momento.

Te sentaste enfrente de mí.

—Me preguntaba si vendría.

—No sé qué pudo haber pensado —dije—. Normalmente no abordo a los hombres en los pubs.

—Está bien —dijiste—. Yo no…

—¿Sabe usted?, me pareció que lo conocía. —Quería acabar la única explicación que había podido inventar hasta entonces—. Se parece a alguien que conozco, pero después de haber hablado con usted, comprendí que me había equivocado y ya no supe qué decir.

Mi justificación me pareció lamentable, pero tú seguías sonriendo.

—No me explique nada. Estoy encantado de haberla conocido.

Yo me había ruborizado al recordar con cuánta torpeza te había abordado. Hablamos un rato del mítico amigo al que supuestamente te parecías y luego intercambiamos nuestros nombres. Me agradó y me irritó al mismo tiempo que Niall hubiera averiguado correctamente cómo te llamabas. Te dije que yo me llamaba Sue; todo el mundo que conocía me llamaba Susan, pero me gustaba la idea de convertirme en Sue para alguien que acababa de conocer.

Bebimos unos tragos más conversando sobre las cosas que pensaba yo hablaban las personas normales en un primer encuentro: cómo nos ganábamos la vida, los sitios que frecuentábamos, los posibles amigos comunes, anécdotas sobre nosotros mismos. Me hablaste francamente sobre la mujer con la que habías estado; me dijiste que se llamaba Annette, que era una amiga ocasional, que se había ido por un mes a visitar a unos parientes. Yo no dije nada acerca de Niall.

Sugeriste ir a comer, de modo que cruzamos la calle y entramos en un restaurante indonesio. Yo tenía apetito y me entusiasmó la idea. Parecía que yo te gustaba; me preocupaba mostrarme demasiado ansiosa. Sabía que debía actuar con más frialdad, establecer entre nosotros una cierta distancia para mantener vivo tu interés. ¡Lo había leído en alguna revista! Pero estaba excitada. Te encontraba más agradable de lo que me había atrevido a esperar, y lo que sentía ya no tenía nada que ver con la primera vez que me habías atraído. Todo el tiempo que estuvimos juntos fui consciente de tu nube: una niebla ligeramente estimulante que apenas rozaba la mía. Yo me defendía de tu nube manteniéndome visible sin ningún esfuerzo, descubriendo qué fácil era estar contigo, y sentirse cómoda y normal. Pero además te encontraba divertido, inteligente, interesante. Cuando te levantaste para ir al lavabo, tuve que cerrar los ojos y respirar con fuerza. Intentaba imaginar cómo me verías, y no quería parecer demasiado efusiva o interesada. Era penosamente consciente de mi inexperiencia: ¡veintisiete años y todavía virgen en materia de normalidad!

Cuando acabamos de comer, dividimos entre los dos el pago de la cuenta. Me preguntaba qué sucedería después. Desde mi restringido punto de vista eras todo un hombre de mundo que hablabas con ligereza de amigas del pasado, de haber viajado a Estados Unidos, Australia, África, de no tener ataduras ni intenciones de afincarte en algún sitio. ¿Dabas por sobrentendido que iríamos juntos a la cama? ¿Qué pensarías de mí si no lo hacíamos? ¿Qué pensarías de mí si sí lo hacíamos?

Fuimos hasta tu coche y te ofreciste a llevarme a casa. Me mantuve en silencio durante el viaje mirando el camino por donde conducías, pensando en cuánta confianza tenías en ti mismo. Niall era muy diferente, y también lo era yo.

Cuando llegamos a casa, apagaste el motor y por un momento eso pareció querer decir que esperabas que te invitase. Entonces dijiste: ¿Puedo volver a verte?

No pude evitar una sonrisa al percibir la inconsciente ironía de la frase. Esto es lo que encontraba tan refrescante después de los años con Niall: todo lo que suponías de mí era enteramente nuevo. Me viste sonreír, pero, por supuesto, no podía explicártelo. Nos quedarnos sentados allí en la oscuridad del coche varios minutos planeando una segunda cita para la noche del sábado. Cada vez sentía más deseos de invitarte a entrar para beber un trago, para estar contigo, pero tenía miedo de que te cansaras de mí. Nos despedimos con un ligero beso.