El glamour

Christopher Priest · Capítulo 53 de 62

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El glamour

Sexta Parte

I

Tres semanas después de que Richard Grey volviera de Devon, le ofrecieron un trabajo en Liverpool. Duraría unos cuatro días y Grey tendría que filmar un documental para la televisión sobre la renovación urbana después de los tumultos de Toxteth. Le exigiría mucho físicamente, pero trabajaría con un equipo del sindicato que incluía asistentes de cámara; y después de una hora de indecisión, aceptó. Tomó el tren a Liverpool al día siguiente.

Por un tiempo solucionó el problema de tener algo que hacer. Se quejaba de que apenas podía moverse y estaba inquieto por volver a trabajar. Además, empezaba a quedarse sin dinero. Se hablaba de que el Ministerio del Interior pagaría una indemnización y había un intercambio de cartas entre un procurador y algún parlamentario, pero era algo con lo que no contaba.

Hasta que se presentó el trabajo de rodaje, Grey había ido cojeando por la vida, aprendiendo de nuevo a ir de compras, al cine, al pub. Todo tenía que hacerlo lentamente. Una vez por semana iba al departamento de fisioterapia del Hospital Whittington; estaba curándose pero muy poco a poco. Caminaba tanto como podía porque aunque se sentía de inmediato fatigado e incómodo, la cadera izquierda estaba cada día mejor. Las escaleras eran un obstáculo continuo, pero descubrió que podía superarlo. Le costaba conducir, pues apretar el pedal de embrague le hacía daño en la cadera. Lo que necesitaba era un coche con cambio automático, pero esto tendría que esperar hasta que llegara más dinero.

Abandonar Londres significaría tener que separarse de Sue; unas semanas atrás nunca se le habría ocurrido, pero ahora le parecía esencial. Tenía que pasar algún tiempo lejos de ella para pensar en otras cosas y aclararse un poco la mente.

Grey deseaba fervientemente que ella fuera lo que le había parecido en un principio: una amiga de estas últimas semanas y una relación que empezaba otra vez, renovada por la frescura del reencuentro. El día en que la conoció le pareció de una singularidad intrigante y atrayente; veía en ella una complejidad sepultada que la paciencia sacaría a la luz.

Todavía la encontraba interesante, físicamente atractiva, y había entre ellos una gran ternura. A medida que él se recuperaba, la relación física fue haciéndose más excitante y satisfactoria. Pero había una diferencia: ella decía que lo amaba, y en cambio Grey sabía que no sentía lo mismo. Le gustaba y quería conocerla mejor y más íntimamente, pero no la amaba. Dependía emocionalmente de ella, la echaba de menos cuando no estaban juntos, y despertaba en él sentimientos de protección, pero aun así, no la amaba.

El problema era el pasado común.

No lo sentía. Tenía recuerdos de las semanas perdidas, pero eran fragmentarios y desconcertantes, y parecían venir de un nivel subconsciente o apenas consciente.

Los verdaderos recuerdos son un revoltijo de experiencias descuidadas: hechos raros, impertinentes y tercos que acechan en la mente durante años; fragmentos de melodías olvidadas aparecen de pronto en la cabeza sin que nadie los convoque; hay asociaciones extrañas: un olor evoca un acontecimiento particular, un color es un recordatorio inexplicable de un sitio visitado hace mucho tiempo. Grey recordaba normalmente la mayor parte de su vida pasada, pero su período de amnesia le estaba todavía vedado.

Los recuerdos de ese tiempo le llegaban con una exactitud superficial en la que no confiaba. La mente le contaba historias, le proporcionaba anécdotas y secuencias escasamente verosímiles. Se le ocurría una analogía: era como una película ya montada, de modo que la continuidad narrativa estaba ya allí.

El resto de sus recuerdos, su antigua vida, eran en cambio como la primera copia de una película sin montar, sin clasificar, guardada en la lata de la mente y esperando el montaje.

Reconocía ahora que sus recuerdos de Francia eran casi todos falsos, proyectados en su mente por alguna argucia del inconsciente. Sabía que no había estado en Francia, o al menos, no en el tiempo que él recordaba. Algunas partes de la historia eran verdaderas: había conocido a Sue, se había planteado la cuestión de Niall, habían pasado unas vacaciones juntos, había estado rodando en América Central, había habido una ruptura decisiva.

Pero lo que Sue no le contaba era siempre un vacío.

Aunque ella de manera indirecta confirmaba el montaje de los recuerdos de Grey, la historia era algo que él sólo había escuchado. Llegaba a aceptar lo que ella decía como algo que él podría haber leído en un libro o un periódico. Ella evidentemente creyó que si le contaba la historia, dispararía en él un recuerdo inconsciente, y que entonces los verdaderos recuerdos de ese mismo pasado se precipitarían a entrar en la mente de Grey. Él también había querido creerlo y se pasaba el tiempo esperando la aparición de una imagen resonante, algún momento de convicción psicológica que abriera el camino a todo lo demás. La historia que ella le contó siguió siendo una historia y hasta el momento sólo una historia lejana.

Si tuvo algún efecto, fue agravar el problema de ese período olvidado. En cierto sentido ella le había mostrado otra película ya montada, terminada, completa en sí misma.

El revoltijo de la realidad continuaba esquivándolo.

Los recelos que ahora lo acosaban, sin embargo, tenían otros motivos: la importancia que ella daba a una pretendida invisibilidad y su relación obsesiva y destructiva con Niall.

Grey ya había vivido una vez una situación triangular. Aunque la mujer le había interesado, y él había intentado no presionarla, la constante indecisión, la lealtad de ella, que iba y venía, y sus propios inevitables celos sexuales, terminaron por envenenar la relación. Se había jurado entonces no volver a enredarse con mujeres que llevaban una doble vida; no obstante, esto era exactamente lo que parecía haber hecho con Sue. Algo muy poderoso tenía que haberlo arrastrado hacia ella.

Sue dijo que Niall ya no la molestaba y que no lo había visto desde el día que le dio el ejemplar de The Times. Por el momento parecía verdad que no había nadie más en su vida.

Niall seguía siendo un factor importante, sin embargo.

Era como si ella le ocultara algo acerca de Niall como si le reservara el derecho de reclamar un sitio en la vida de ella, si de pronto reapareciera. Niall se había convertido en un tema que ninguno de los dos mencionaba y que siempre estaba ahí, apartado, pero omnipresente.

La invisibilidad profundizaba la división.

Grey era un hombre práctico, preparado para trabajar con imágenes visuales, iluminadas, vistas y fotografiadas. Creía en lo que veía; lo que no veía no existía.

Al escuchar las historias de Sue, pensó al principio que esas continuas referencias a la gente invisible eran de algún modo alegóricas, la descripción de una actitud frente a la vida. Quizá lo fueran, pero sabía también que ella hablaba de la invisibilidad literal y físicamente. Sostenía que a alguna gente no se la veía nunca porque los demás no conseguían tenerla en cuenta. Que él, Grey mismo, fuera de la misma condición le parecía francamente increíble.

Sin embargo, Sue le había mostrado antes, decía ella, que él pertenecía a esa especie de gente, que tenía ese talento. Aún ahora, afirmaba que estaba ahí escondido, acobardado después del incidente de la bomba. Si recordaba cómo hacerlo, decía ella, lo redescubriría.

Al escucharla, las dudas que ella expresaba a menudo, las frecuentes referencias a la locura y al delirio, se preguntaba si la explicación no radicaría allí. La enfermiza insistencia de Sue ya parecía parte de un delirio, una jerga enloquecida, la desesperación de no poder librarse de una creencia obsesiva e ilógica.

La de él era una mente que exigía pruebas, y a falta de pruebas, una explicación lógica. Le parecía a él que no sería difícil explicar la cuestión, de un modo u otro; aunque Sue era desesperadamente imprecisa. La gente invisible estaba allí, se podían ver, pero cuando uno no sabía cómo mirar, pasaban inadvertidos.

Fueron un día a Kensington High Street, mezclándose con la muchedumbre en una tarde muy concurrida. Sue señaló a alguna gente, diciendo que eran invisibles. A veces Grey llegaba a verlos; otras no. Las fotografió a todas. Los resultados no permitían ninguna conclusión: cuando revelaron las fotos, las multitudes eran simplemente multitudes, y él y Sue se limitaron a discutir si aquel hombre había sido visible en ese momento o si aquella pareja era in visible.

—Hazte invisible —dijo Grey—. Hazlo ahora, mientras te observo.

—No puedo.

—Pero tú dijiste que podías.

—Es diferente ahora. Ya no es fácil.

—Sin embargo, puedes hacerlo.

—Sí, pero tú sabes cómo mirarme.

No obstante, lo intentó. Después de concentrarse un rato frunciendo el entrecejo, se declaró invisible, pero en lo que a Grey concernía, ella estaba todavía allí, presente en el cuarto. Ella lo acusó de incredulidad, pero el asunto no era tan sencillo. Él creía, por ejemplo, en la aparente realidad de Sue.

El aspecto neutro de Sue siempre lo había atraído: la piel clara; el pelo, de color castaño; los ojos, grises; las facciones, regulares; la figura, esbelta. Era de mediana estatura y vestía con naturalidad. Cuando se movía, lo hacía con mucha calma. Tenía una voz agradable, aunque bastante común. Una mirada desinteresada podría considerarla opaca y grisácea, pero para Grey era sorprendentemente atractiva. La sencillez de la superficie ocultaba lo más importante: dentro tenía algo eléctrico. Cuando estaban juntos siempre quería tocarla. Le gustaba el modo en que le cambiaba la cara cuando sonreía o tenía alguna preocupación. Mientras hacían el amor, sentía que los cuerpos de los dos se fundían sin tocarse, una rara sensación que se repetía cada vez, pero que no podía definir. Era como si ella lo complementara, como si respondiera a sus necesidades inmediatas.

Ella sostenía que si él no aceptaba la invisibilidad estaba rechazando lo que ella le había contado, pero en verdad, esa cualidad escondida intrigaba a Grey.

No era invisible para él, o no al menos en el sentido que él daba a la palabra, pero ella le parecía sobre todo una persona imprecisa. No obstante estaba seguro de que había alguna verdad en lo que ella le contaba.

Aun así, el viaje a Liverpool le dio oportunidad para reflexionar.