El glamour
Capítulo XII
Pasamos la noche en Great Malvern; el hotel se levantaba en una ladera de las colinas que miraban a la ciudad. El valle de Evesham se extendía a nuestros pies.
No había dicho ni hecho nada acerca de Niall en todo el día, tratando de ordenar mis prioridades. Volvía una y otra vez a ti, que tan de repente te habías convertido en la persona más importante de mi vida. ¿Cómo podría empezar a contarte lo de Niall? ¿Y qué futuro nos esperaba si él continuaba siguiéndonos?
La decisión a la que llegué fue actuar como si Niall no estuviera allí, no pensar nunca en él. Pero fue imposible; durante toda la velada, mientras caminábamos por las colinas y luego bajábamos a la ciudad a la hora de la cena, evitaba instintivamente, una otra vez, que la conversación tocara algo personal. Por supuesto, tú te dabas cuenta.
Más tarde, cuando subimos a la habitación del hotel, tomé tu llave y yo misma abrí la puerta. Entraste primero y te seguí rápidamente empujando la puerta para cerrarla de golpe. Fui recompensada con la sensación de un peso que presionaba la puerta desde fuera, pero conseguí cerrarla y le eché llave. No había cerrojo. Las puertas cerradas con llave no eran un obstáculo para Niall: podía robar una llave maestra y entrar luego en la habitación sin que ninguno de los dos se diera cuenta. Pero eso le llevaría algunos minutos, que era todo lo que yo necesitaba.
—Richard, tengo que hablarte de algo —dije.
—¿Qué está ocurriendo, Sue? Has estado rara toda la noche.
—Estoy alterada, y tengo que ser franca contigo. Te hablé de Niall. Bien, pues está aquí.
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo que está aquí?
—Está en Malvern. Lo vi esta noche mientras paseábamos.
—Me pareció que habías dicho que estaba en Francia.
—Nunca sé dónde está. Me dijo que iría a Francia, pero parece que cambió de opinión.
—Pero ¿qué demonios hace aquí? ¿Nos ha seguido?
—No lo sé… tiene que ser una coincidencia. Siempre está viajando y visitando amigos.
—No veo que eso signifique nada —dijiste—. ¿Qué estás sugiriendo? ¿Que debería unírsenos por el resto del viaje?
—No. —Era doloroso tener que mentir, pero ¿cómo podía evitarlo?— Nos ha visto juntos. Tendré que hablar con él, decirle lo que está ocurriendo entre tú y yo.
—Si nos ha visto ya lo sabe. ¿Qué sentido tiene decírselo? Nos vamos a la mañana, no volveremos a verlo.
—¡Tú no entiendes! No puedo. Lo conozco demasiado bien… No puedo marcharme sin más.
—Pero ya lo has hecho, Sue.
Tratando de ver la cuestión desde tu punto de vista, me estaba mostrando irrazonable, pero no podía hablarte de Niall sino como de un ex amante posesivo, vuelto a encontrar por accidente. Discutimos durante una hora o más, lo cual nos deprimió a ambos haciéndonos sentir no tenidos en cuenta. Niall tuvo que haber entrado en el cuarto en algún momento de la discusión, pero yo no podía permitir que el miedo me dominara. Por fin nos acostamos, cansados por el atolladero en que nos habíamos metido. Me sentía más segura en la oscuridad, y nos abrazamos bajo las sábanas. Como mi período había empezado efectivamente esa tarde, no hicimos el amor; tampoco lo deseábamos.
Yo pasé otra noche agitada; el problema como todas las ideas obsesivas que lo mantienen a uno despierto no dejaba de atormentarme. No había otra solución que enfrentarme a Niall tan pronto como fuera posible.
Me desperté a las seis y media y decidí actuar. Te dejé dormido en la cama, me vestí y salí de prisa del hotel.
Era ya una magnífica y cálida mañana. Sabiendo que podía encontrar a Niall en cualquier sitio, subí la colina por el largo camino recto que me alejaba de la ciudad. En la cima había algunas casas, luego el camino doblaba abruptamente y alcanzaba el otro lado de la colina entre dos peñascos empinados. Trepé a uno de los montículos y caminé por la cumbre. Las piedras sobresalían entre las hierbas. A mi alrededor todo era calma y quietud.
Encontré una roca plana y me senté, mirando hacia Herefordshire. Pregunté:
—¿Estás aquí, Niall?
Silencio. Las ovejas pastaban en las laderas a mis pies y un coche solitario pasó por la ruta y dobló luego hacia Malvern.
—¿Niall? Quiero hablar contigo.
—Estoy aquí, perra. —La voz de Niall venía desde muy cerca, a mi izquierda. Parecía sofocada, sin aliento.
—¿Dónde estás? Quiero verte.
—Podemos hablar así.
—Hazte visible, Niall.
—No… tú hazte invisible.
Hizo que me diera cuenta de que me había mantenido visible durante más de una semana, el tiempo más prolongado desde mi pubertad. Había ocurrido tan naturalmente que no lo había pensado.
—Haz lo que quieras.
Se había movido; su voz venía desde un lugar diferente cada vez. Yo intentaba verlo, sabiendo que era posible encontrar la nube, si uno mira correctamente. Pero había estado contigo demasiado tiempo, o Niall se había metido muy profundamente en el glamour. Lo imaginaba merodeando, paseándose alrededor de la roca en que yo estaba sentada. Me puse de pie.
—¿Por qué no me dejas en paz, Niall?
—Porque jodes con Grey. Estoy tratando de que pares.
—¡Déjanos en paz! He terminado contigo. No volveré a verte.
—Eso ya lo he arreglado por ti, Susan.
Estaba todavía moviéndose, a veces detrás de mí. Si sólo se hubiera estado quieto, no habría tenido tanto miedo. Dije:
—No te entrometas, Niall. ¡Todo ha terminado, entre nosotros!
—Eres una glam. La cosa nunca podrá funcionar con él.
—¡Jamás seré como tú! ¡Te odio!
Fue entonces que me golpeó, un puñetazo duro venido del aire que me dio en la cabeza. Retrocedí de espaldas, jadeando, tratando de mantener el equilibrio, tendiendo los brazos hacia atrás cuando mi pie tropezó con una piedra y caí pesadamente al suelo. Un instante después Niall me pateó el muslo cerca de la cadera. Grité de dolor y me doblé desesperadamente cubriéndome la cabeza con los brazos. Me preparé para resistir el dolor que vendría.
Pero lo oí muy cerca de mí, inclinado, la boca invisible cerca de mi oído, el aliento acre que olía a tabaco.
—Jamás te dejaré, Susan. Eres mía y yo soy un desvalido sin ti. No te dejaré hasta que no abandones a Grey.
Tiró de la parte delantera de mi blusa, me la desgarró y me arañó el pecho. Yo me encogí todavía más y me alejé arrastrándome, y él me soltó pero rompiendo la tela de la blusa.
Niall dijo todavía a mi lado:
—Aún no le has hablado de mí. Dile que eres una invisible, dile que eres una loca.
—¡No!
—Si no lo haces tú, lo haré yo.
—Ya has hecho bastante daño.
—Acabo de empezar. ¿Te gustaría que agarrara el volante mientras él conduce?
—Estás loco, Niall.
—No más que tú, Susan. Los dos estamos locos. Haz que él lo entienda, y si todavía te quiere, entonces, quizá, dejaré de molestarte.
Sentí que se alejaba de mí, pero me quedé acurrucada temiendo recibir más golpes. Niall me había pegado a menudo antes, cuando estaba enfadado, pero nunca así, nunca desde dentro de la nube. Todavía estaba aturdida por el golpe en la cabeza y me dolían la pierna y la espalda. Dejé pasar más tiempo y me incorporé lentamente buscándolo a mi alrededor. ¿Estaba lejos, o cerca?
Necesitaba desesperadamente hablar contigo, quería que me consolaras, pero ¿qué dirías? Todavía sentada, examiné el cuerpo: tenía una zona dolorida en la parte inferior de la espalda y una magulladura en el muslo. Un codo raspado por la hierba. La parte delantera de la blusa colgaba a los lados y faltaban dos botones.
Anduve errante por la colina un rato, pero pronto la necesidad de estar contigo se me hizo imperiosa. Bajé renqueando por el camino hacia el hotel, cerrándome la blusa con la mano. Era aterrador cómo Niall era capaz de dar voz a mis mayores temores: nunca antes había descrito la invisibilidad como locura. Parecía que me hubiera leído la mente.
Te vi en el momento mismo de entrar en el terreno del hotel. Habías abierto el portaequipajes del coche y estabas guardando tu maleta Te llamé, pero no me oíste. Me di cuenta entonces que en mi tormento había caído de nuevo en la invisibilidad; otro de los triunfos de Niall. Me esforcé por salir de la nube y te volví a llamar. Esta vez me oíste, te enderezaste junto al coche y te volviste hacia mí, y yo corrí sollozando a tus brazos.