El glamour

Christopher Priest · Capítulo 59 de 62

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El glamour

Capítulo VII

Siempre hay un nuevo día, un camino a las realidades del presente. Richard Grey rara vez recordaba sus sueños cuando despertaba, aunque siempre era consciente de haber soñado. Los interpretaba instintivamente como una reorganización de los recuerdos del día en una especie de código simbólico. Cuando estaba solo por la mañana, la memoria contaba con un nuevo punto de partida. Mientras de modo confuso y somnoliento examinaba la correspondencia, leía los titulares del periódico y sorbía el café, sentía que una especie de mezcla onírica le ocupaba la mente, una amalgama de sueños, casi todos olvidados, y fragmentos del día anterior. Sólo después de haber bebido una segunda taza de café, y ya vestido y afeitado, empezaba a preguntarse cómo pasaría el resto del día, a poner la nueva jornada en el contexto de la anterior, y a recuperar una cierta continuidad.

A la mañana siguiente, después de la visita a la casa, Grey tardó en despertar más que de costumbre. No se había acostado demasiado tarde, pero había tenido una larga y malhumorada conversación con Sue antes que se separaran. Había habido un conflicto de tipo sexual: Sue había querido hacer el amor y él no.

Se sintió incómodo al despertar. No había correspondencia, y el periódico lo deprimió. Frió un huevo y lo comió con un poco de pan; luego bebió una taza de café, se asomó a la ventana y miró la calle.

Cuando se vistió, se puso ropa limpia y trasladó el contenido de los bolsillos. Entre el montón de monedas, llaves y billetes de banco, encontró la hoja de papel que Alexandra le había dado y que él negligentemente se había metido en el bolsillo de la chaqueta.

La desplegó con cuidado, aplanándola con las manos sobre la mesa, y la leyó. Empezaba con estas palabras:

El tablero indicaba que mi vuelo no saldría a la hora prevista, pero yo ya

había pasado por el con trol de pasaportes y no había modo de escapar del

vestíbulo de pasajeros.

El pasaje continuaba con una descripción del vestíbulo y concluía del modo siguiente:

No había dónde sentarse, nada qué hacer salvo estar de pie o caminar y

mirar a los demás pasajeros. Me divertí con un ju…

Fue éste el momento en que Hurdis lo había interrumpido. La última palabra, que según Grey era «juego», estaba escrita sólo a medias y concluía con una larga raya. Conocía todo el resto; era una historia ya familiar. Mirando la calle ociosamente, recordó el largo viaje por Francia, el encuentro con Sue, el enamoramiento, la separación por causa de Niall, y luego el nuevo encuentro y el regreso a Inglaterra. Los recuerdos terminaban con la implicación accidental de Grey en el atentado terrorista.

Todo esto le parecía aún muy real, pero no recordaba otra cosa del tiempo que luego había perdido. Las imágenes reaparecían claras y convincentes: la primera vez que él y Sue habían hecho el amor, la sensación de estar enamorado, lo que había sentido al perderla, esa larga e infructífera espera en St-Tropez y el consuelo de la chica de Hertz, el enervante calor mediterráneo, el sabor de la comida, Picasso trabajando en Collioure. Todos estos recuerdos eran convincentes, parecían tener un sentido histórico: hechos que ocurren. Antes lo había imaginado todo como una película ya montada, pero ahora, pensándolo de nuevo, una analogía más adecuada era una película proyectada en un cine. El público sabe que lo que está viendo es una ficción, escrita, actuada y dirigida, que un equipo estuvo en algún sitio detrás de la cámara, que la película se montó y se sincronizó, que le añadieron música y efectos de sonido… pero no obstante la incredulidad del público se suspende y la ilusión continúa.

Grey sentía que su vida real había venido desenvolviéndose fuera del cine, mientras él estaba dentro mirando la película… Aunque el recuerdo de la película era quizá un sustituto aceptable.

Este fragmento de un confabulado pasado era importante por otra cosa. Había brotado de su inconsciente sin que él lo buscara como producto de una necesidad interna, de una desesperación por saber. El resultado era ahora parte de él, aunque lo que había sucedido fuera algo diferente, un fragmento explícito de una temporada perdida, los acontecimientos que lo llevaron a la explosión. La ilusión continuaba.

Y excluía a Sue, relegada ahora a un papel secundario. No admitía su invisibilidad. La verdadera Sue actuaba como si fuera la protagonista e insistía en que él aceptara que ella era invisible.

Al pensar en Sue, Grey recordó los acontecimientos de la noche anterior. Desde que había despertado no había vuelto a pensar en la visita a la casa, aunque de un modo vago siempre la había tenido en algún lugar de la mente.

¿Había estado reprimiéndola?

Había sido para él una experiencia perturbadora, cargada de sentimientos de intrusión, violación, voyeurismo, transgresión. El acto sexual con Sue, provocado por la frenética necesidad física que ella tenía entonces, sólo le había dado un alivio neurótico y poco placentero. Recordó el momento en que se soltaron las ropas, la penetración en ella mientras los dos aún tenían los zapatos puestos, mientras los tejanos les colgaban alrededor de las rodillas, mientras la blusa de Sue se le estiraba sobre los pechos desnudos. Después, la mujer inocente, excedida de peso y narcisista, de pie en el cuarto mientras dos desconocidos la miraban, y luego el miedo a que los descubriesen de pronto, atrapados como ladrones en una casa ajena.

Mientras iba aturdido de un lado a otro por el apartamento, la visita a la casa había sido para él un sueño recordado apenas, como sí la hubieran reordenado simbólicamente en el curso de la noche, codificándola y luego enviándola al subconsciente. Grey pensó en algo que había sucedido años atrás: soñó que un amigo suyo había muerto, y durante el día siguiente tuvo una vaga sensación de tristeza y pérdida, hasta comprender, en mitad de la tarde, de que sólo había sido un sueño, y que su amigo estaba sano y vivo. El recuerdo de la visita invisible era algo similar Mientras no la recordó, había sido una materia onírica que lo había afectado de alguna manera; pero al fin comprendió que realmente había ocurrido.

Era curioso que la invisibilidad implicara un fallo de la memoria.

Cuando Sue le describía ese período perdido le hablaba de la capacidad natural de él, y cómo la había reconocido ella, hasta que al fin él también fue capaz de volverse invisible. Pero después de la bomba, lo había olvidado todo. La invisibilidad era una condición del pasado que no podía recordar. Sue decía que él ya no sabía cómo conseguirla, que el poder de ella también había menguado. Aun Niall, suprema y definitivamente invisible, ya no andaba alrededor.

Y la noche pasada, que según Sue era una prueba concluyente, había sido olvidada a medias hasta ahora.

¿Había una estrecha relación entre la invisibilidad y la amnesia? Alexandra le había dicho que él se había vuelto invisible para ella y el doctor Hurdis… pero esto ocurrió durante el período de hipnosis, que él no podía recordar. En cuanto a las semanas perdidas, invisibles para él ahora, las había reemplazado por recuerdos adulterados y conspiratorios. ¿No era esto exactamente la manera en que la gente ordinaria se explicaba a sí misma la presencia de la gente invisible? Los padres de Sue, que habían criado a una niña a la que apenas veían, se explicaban el misterio como si ella fuera una hija difícil que creció y se marchó. El invisible Niall, que interfirió en la visita de Sue a sus padres, recibió después el beneficio de la duda y se lo consideró un joven agradable. Los aficionados al fútbol, privados durante unos minutos del partido televisado, convinieron entre sí en que el partido había concluido. La mujer de la casa actuó como si el grifo de la cocina se hubiera abierto por sí mismo y luego no advirtió la presencia de dos desconocidos que fornicaban en su cama.

Sue había dicho que la gente común provocaba la invisibilidad cuando no conseguía ver a algún otro: amnesia espontánea seguida de una confabulación para explicar lo inexplicable.

Los equipos de rodaje se sienten vulnerables en las situaciones peligrosas. Cargan con el peso de objetos voluminosos y caros y por lo general atraen la atención. La gente es siempre consciente de la presencia de las cámaras. Grey recordaba que en un tiempo había surgido un problema con las fuerzas de seguridad en Irlanda del Norte, que trataron de impedir que los equipos cinematográficos fueran a las zonas de peligro, pues, se decía, la presencia de cámaras a menudo provocaba o empeoraba un incidente. Para rodar de noche se necesitaban luces, aunque el material de alta velocidad había solucionado el problema en gran medida. Los operadores de cámara ruedan habitualmente en el centro de la acción, pues de otro modo no tendría sentido que estuvieran allí. Cuando el tema implica algo ilegal o disputas políticas, los equipos se convierten a menudo en blanco de insultos y violencias.

Cuando Grey pensó en lo que significa el rodaje de noticias, tal como lo había conocido durante varios años, la idea de un operador que rodara sin ser advertido le resultaba increíble. Sin embargo, no podía negarse que él había rodado en situaciones extremas. La interpretación de Sue tenía una extraña verosimilitud, una verosimilitud que lo afectaba interiormente.

Simplemente no sabía qué pensar.

Después de la comida, fue a dar un paseo. El ejercicio era todavía esencial para su cadera, de modo que fue con el coche hasta West Heath, cerca de Hampstead, y caminó un par de horas por el robledal. Era una zona pequeña, pero atractiva, a menudo olvidada por los visitantes que preferían los espacios más abiertos del Heath.

Mientras estaba allí tropezó con los miembros de un equipo de rodaje de la BBC, que estaban filmando algunos exteriores para una comedia. Reconoció al operador de cámara, de modo que se acercó y charló brevemente con él entre las tomas; Grey estaba ahora buscando trabajo con urgencia, y no temía que lo supieran. Los dos hombres acordaron encontrarse para beber un trago unos pocos días más tarde.

Observó un rato al equipo y tuvo ganas de trabajar con ellos. La historia era un episodio de una serie y en la escena que rodaban dos hombres perseguían por el bosque a una actriz rubia. Ella llevaba un delgado vestido anaranjado, y entre tomas se acercaba a alguien, estremeciéndose dentro del abrigo, y fumaba un cigarrillo tras otro. Fuera de la cámara no se parecía nada al personaje atemorizado y vulnerable que ella interpretaba.

Grey siguió andando y pensó en el incidente de la noche anterior, que había alterado de manera fundamental su percepción del mundo. Había descubierto que Sue, cuando se creía invisible, sentía una fuerte excitación sexual. Había estado allí y había visto el cambio en ella, y él también lo había sentido, había reaccionado. Podía recordar todavía la urgente necesidad. Pero fue una percepción inesperada; lo que siempre había encontrado atractivo en Sue era lo que él siempre había llamado timidez: un modesto desagrado cuando la miraban, una cierta neutralidad física. A veces en el pasado la forma en que ella hacía el amor había sido desinhibida y cruda, y él siempre había creído que eso era algo que él había despertado en ella. El conocimiento carnal es con frecuencia revelador. Pero Sue nunca antes se había mostrado tan agresiva. No le desagradaba, pero lo hacía pensar que hasta entonces no la había observado con atención.

La actriz que acababa de ver en la vida real era diferente del papel que representaba. Sue, cuando se sentía invisible, se trasladaba del papel que representaba de ordinario a otro distinto. Era dos personas: la mujer que veía habitualmente y la que no había visto nunca hasta esa noche. En la invisibilidad, escondida del mundo, ella se había revelado a sí misma. A Grey le pareció como si sus otras dudas se disolvieran en esta revelación. Si lo hubiera sabido antes, quizá no habría habido ningún conflicto pero en esta avanzada etapa se sentía incapaz de enfrentarse a otro trastrocamiento.

Cuando regresó al coche, había resuelto no volver a ver a Sue. Se habían citado esa noche, pero decidió llamarla tan pronto como llegara a casa y cancelar el encuentro. Pensó durante el viaje en lo que le diría, pero ella estaba esperándolo sentada junto a la puerta de la calle, en los peldaños del pequeño porche.