El glamour

Christopher Priest · Capítulo 54 de 62

Páginas del PDF

El glamour

Capítulo II

En Liverpool el mar estaba siempre presente: el barrio de la ribera que miraba a Birkenhead, el Mar de Irlanda al oeste, la arquitectura de las oficinas victorianas, el olor de agua en las ráfagas de viento. Lejos del centro de la ciudad, aunque no demasiado, donde los edificios eran más pobres y las calles más estrechas, el mar estaba allí de otro modo: un lúgubre distrito con iluminación roja, almacenes vacíos, pubs de nombres marítimos, zonas despejadas con tablones que anunciaban ron jamaicano y líneas aéreas con destino a América.

Aquí estaba Toxteth, donde una demorada intervención gubernamental estaba tratando de imponer un espíritu comunitario allí donde la transitoriedad había sido siempre la norma.

Era bueno estar trabajando otra vez con una Arriflex, sentir el abultado peso en el hombro, el lente apoyado en la órbita. Grey tenía la impresión de reencontrarse con la cámara; le asombraba la naturalidad con que la tenía en las manos, sintiendo que todo era más claro cuando pensaba y miraba a través del visor. Pero estaba acostumbrado a trabajar con un equipo más pequeño, y la gente lo desconcertó en un principio. Sentía que estaban juzgándolo, que esperaban ver si todavía sabía trabajar, pero al poco tiempo se dio cuenta de que éstos eran sus propios temores y que todos los demás estaban demasiado ocupados con lo que tenían entre manos.

Se acomodó al trabajo, contento de estar haciendo lo que mejor sabía hacer. El primer día terminó agotado, y en la mañana del segundo día le dolían una pierna y los hombros. El trabajo lo absorbió, sin embargo, y sabía que estos pocos días atareados valían un centenar de horas de fisioterapia.

El director era un hombre de experiencia, y no se desviaba de lo que habían programado. Siempre terminaban el rodaje al atardecer y tenían las veladas libres. El equipo se alojaba en el Adelphi Hotel, una gloriosa extravaganza victoriana en el centro de la ciudad, y la mayor parte del equipo pasaba la velada bebiendo en el gran bar del entresuelo. Para Grey era una oportunidad que le permitía conversar de cosas del trabajo, intercambiar anécdotas acerca de filmaciones anteriores y enterarse de lo que se estaba diciendo de gente que él conocía. Se hablaba de otros trabajos que irían apareciendo: un posible contrato en Arabia Saudí, una historia en Italia.

Todo esto era muy distinto de lo que había ocurrido en las últimas semanas, obsesionado por él mismo, la extravagante historia de la invisibilidad y las relaciones claustrofóbicas de Sue. Una noche la llamó por teléfono, y al oír la voz de ella, fina y débil al otro lado de la línea, tuvo la impresión de abrir un túnel que lo llevaba de regreso a algo que había quedado atrás. Sue dijo que se sentía sola sin él, que quería que volviera pronto, que lamentaba lo que había ocurrido, que ahora sería diferente. Él intentó consolarla pero se sentía vacío por dentro, intentando darle una impresión de sinceridad. Todavía la quería, deseaba hacer el amor con ella, pero ahora, lejos, todo parecía muy diferente.

La cuarta tarde terminaron de rodar. El sitio era un club de obreros, un cobertizo lleno de humo donde la música y las voces retumbaban contra los muros. Grey llegó temprano con sus asistentes, instaló las luces para las entrevistas y preparó unas pasarelas para que la cámara pudiera acercarse y alejarse con facilidad. A un lado había una pequeña plataforma para los proyectores de luz; en la parte trasera unos cobertores ocultaban un montón de amplificadores apagados. La acústica era brillante y el técnico de sonido frunció la nariz al comprobar que cuando elevaba el volumen aumentaban los ecos. La mayor parte de los miembros del club eran hombres, vestidos con traje y sin corbata; las pocas mujeres conservaban puestos los abrigos. Todos bebían de vasos rectos y hablaban fuerte por sobre la música grabada que venía de los altavoces. Cuando el sitio se llenó y los guardias ocuparon su lugar en la barra y en la puerta, Grey se acordó de un pub en Irlanda del Norte donde había estado rodando unos pocos años antes. Había allí el mismo decorado espartano: mesas y sillas comunes, suelos de madera desnudos, las servilletas y los ceniceros con anuncios de marcas de cerveza. Unas lámparas baratas colgaban del techo y unos tubos de luz fluorescentes iluminaban el bar.

Empezaron a rodar: unas pocas tomas del salón atestado, primeros planos de algunos bebedores, y luego una serie de entrevistas: cuántos estaban sin trabajo, cómo era la vida para ellos, las posibilidades de trasladarse a otro sitio si las fábricas cerraban.

El principal entretenimiento de la velada fue una bailarina que subió a la plataforma con un vestido de lentejuelas gastado y llamativo. Grey cargó la cámara al hombro y se acercó para rodar el número. Al ver la cámara, la mujer intentó actuar espectacularmente, haciendo muecas procaces, moviendo el trasero, quitándose el vestido con ademanes exagerados. Parecía tener unos treinta y cinco años, estaba excedida de peso, tenía la piel estropeada bajo el maquillaje, cicatrices en el vientre y los pechos fláccidos. Cuando estuvo desnuda, saltó desde la plataforma. Grey la siguió con la cámara mientras ella iba de mesa en mesa, sentándose en las rodillas de los hombres, abriendo las piernas, dejando que le tocaran los pechos, con una expresión de lúgubre alegría en la cara.

Cuando se fue, Grey dejó la cámara y se apartó, recordando.

Había habido una bailarina en el bar de Belfast. Él y el hombre del sonido habían ido en medio de la noche, después de un tiroteo. Llegaron cuando las ambulancias y la policía ya se estaban marchando, y todo lo que quedaba para rodar eran agujeros de balas en las paredes y cristales rotos en el suelo. Como era Belfast, la sangre se lavó pronto y la conmoción se apagó, aun mientras ellos estaban allí rodando, la gente continuó bebiendo y llegaron nuevos clientes. Apareció una bailarina e hizo su número, y Grey y el técnico se quedaron a mirar. Cuando estaban por marcharse, los hombres armados volvieron de pronto, empujando a la gente a la puerta y vociferando amenazas. Ambos llevaban rifles Armalite apuntados hacia arriba. Sin pensar en lo que hacía, Grey se llevó la cámara al hombro y empezó a rodar. Se abrió camino entre la multitud, yendo hasta donde estaban los dos hombres, filmándoles las caras. En ese momento abrieron fuego, dibujando en el techo una docena de círculos y haciendo caer yeso en fragmentos y copos. Luego se marcharon.

La película de Grey no se exhibió nunca, pero las fuerzas de seguridad la utilizaron para identificar a los hombres, que fueron arrestados y condenados.

La cadena de televisión recompensó el acto de arrojo de Grey con una bonificación en efectivo, pero el incidente quedó pronto olvidado. Lo que nadie, incluyendo a Grey, podía entender, era por qué los hombres armados habían permitido que los rodara, por qué no le habían disparado.

De pie allí, en medio del alboroto del club de bebedores, Grey recordó algo que le había dicho Sue. Hablaba de la historia que él le había contado: el rodaje del tumulto en la calle, y ella había dicho en el calor del momento: «Te hiciste invisible».

¿Había ocurrido eso también en el bar de Belfast? ¿Había algo de verdad en lo que ella decía?

Terminó el resto del rodaje en el club, cohibido y desanimado, sintiéndose como un intruso que había irrumpido en las vidas deprimentes de esos.