El glamour

Christopher Priest · Capítulo 8 de 62

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El glamour

Capítulo V

Por la mañana, después de que Richard Grey hubiera sido bañado y vestido, estaba esperando la noticia de la llegada de Susan, cuando Woodbridge se presentó en la habitación.

—Quería cambiar unas pocas palabras con usted antes de que llegara la señorita Kewley —dijo Woodbridge—. Parece una joven muy agradable ¿no lo cree?

—Sí —dijo Grey, de súbito irritado.

—Me preguntaba si no tendría algún recuerdo de ella.

—Ninguno en absoluto.

—¿Ni siquiera la vaga sensación de que quizá la haya visto en algún sitio?

—No.

—¿Le dijo algo del momento en que usted la conoció?

—No.

—Richard, lo que pretendo decir es que quizá tuvo alguna discusión con ella y luego sepultó su recuerdo. Sería perfectamente normal.

—Muy bien —dijo Grey—. Pero no veo que eso importe ahora.

—El deseo inconsciente de borrar recuerdos desdichados puede provocar una amnesia retroactiva Tendría que reconocerlo.

—¿Eso cambiaría algo?

—Verla ahora podría bloquear todavía más esos recuerdos.

—No fue eso lo que sucedió ayer. Tuve ganas de conocerla mejor. Tengo la impresión de que podría ayudarme a recordar esas cosas que no recuerdo.

—Sí, pero es importante que ella no le dé una solución inapropiada.

—Pero eso no tiene por qué hacerme daño.

—Tendremos que verlo. Si después quiere hablar conmigo, estaré aquí todo el día.

Grey se quedó bastante irritado después de la marcha de Woodbridge. Le parecía que había una diferencia sutil pero evidente entre su vida privada y su presencia en el hospital. Pensaba a veces que la amnesia era para los médicos un desafío profesional, sin ninguna relación con la vida del paciente. Si Susan había sido en realidad su novia, el conocimiento que tenían entre sí era presumiblemente íntimo y enteramente personal. Las preguntas de Woodbridge le parecían una intromisión.

Unos minutos después de haberse marchado Woodbridge, Grey tomó el libro que estaba leyendo en aquel momento, salió de la habitación y fue hacia el ascensor. Llevó la silla hasta la terraza y se detuvo en el extremo más alejado. No sólo estaba ahora a cierta distancia de los otros pacientes; desde allí alcanzaba a ver la mayor parte de los jardines y el sendero que conducía hasta el parque.

El día era fresco y gris, con bajas nubes oscuras que avanzaban desde el noroeste.

El mar, normalmente visible desde la terraza, se vislumbraba apenas entre los árboles: una neblina lóbrega flotaba sobre todo.

Se acomodó para leer, pero soplaba el viento y al cabo de unos pocos minutos llamó a un camarero y le pidió una manta. Una hora después, los demás pacientes habían abandonado la terraza.

De vez en cuando llegaban unos vehículos que subían por el empinado camino de piedra. Dos de ellos eran ambulancias que traían nuevos pacientes; había varios camiones de carga y algunos automóviles. Estos últimos despertaban siempre las esperanzas de Grey, que esperaba emocionado.

No podía concentrarse en el libro y la mañana transcurrió lentamente. Se sentía destemplado e incómodo, y cada vez peor a medida que se acercaba el mediodía. Ella lo había prometido, y no podía dejar de saber lo que esa visita significaba para él. Empezó a inventar motivos que la excusaran: había tenido que alquilar un coche y hubo una demora; el coche se había averiado; había habido un accidente. Pero en ese caso, sin duda, él se habría enterado.

Con toda la desamparada egocentricidad del inválido, Grey no podía pensar en otra cosa.

Era casi la una, hora en que servirían la comida y él sería transportado al comedor. Sabía que aunque ella llegara dentro de unos minutos, sólo podrían estar juntos muy poco tiempo; a las dos tenía que prepararse para la sesión de fisioterapia.

Unos minutos antes de la hora, un coche entró en el sendero. Grey observó el techo plateado y los cristales que reflejaban el cielo. Estaba seguro de que era Susan. Esperó.

Apareció en la terraza acompañada por una de las enfermeras, la hermana Alicia; las dos mujeres se le acercaron.

—Ya están sirviendo la comida, señor Grey. ¿Lo llevo?

Mirando a Susan, Grey dijo:

—Iré dentro de unos minutos.

—No puedo quedarme mucho tiempo explicó Susan volviéndose a la enfermera.

—¿Digo que se quedará a comer?

—No, gracias.

—No debe saltarse la comida, señor Grey —dijo la enfermera mirándolos un momento antes de irse.

—Richard, siento haberme retrasado.

—¿Dónde estuviste?

—Me demoré.

—¿Fue por el coche?

—¿Cómo? Oh, no… lo alquilé ayer.

—Te estuve esperando toda la mañana.

—Lo sé. De veras, lo siento.

Se sentó en el bajo parapeto de cemento. El impermeable, color de cervato, se le abría a los lados descubriendo las pantorrillas. Eran delgadas y llevaba calcetines sobre las medias. Advirtió que la falda era floreada.

—Tuve que telefonear al estudio esta mañana —dijo—, y surgieron toda clase de problemas.

—¿El estudio?

—Donde trabajo. Recordarás… no, lo siento. Soy una dibujante independiente y trabajo tres días a la semana para un estudio de diseño. Es mi único empleo regular.

Se inclinó hacia adelante para tomarle una mano. Grey se quedó mirando el suelo, advirtiendo desazonado que por segunda vez volvía a sentirse incómodo con ella.

—Lo siento —dijo.

—Richard, tengo que regresar a Londres hoy mismo. —Él levantó rápidamente la mirada, y ella añadió—: Lo sé… pero volveré la semana próxima en algún momento.

—¿No puedes antes?

—Realmente no. Necesito dinero, y si no cumplo con el estudio, recurrirán a algún otro. Hoy es muy difícil conseguir trabajo.

—Muy bien, muy bien. —Aunque decepcionado, Grey trató de aclararse las ideas —. Deja que te diga lo que he estado pensando desde ayer. Quiero mirarte.

Ya había advertido que ella rara vez lo miraba de frente, presentando siempre un cuarto de perfil o manteniendo la cabeza gacha. Los cabellos le caían sobre la cara ocultándole las facciones. A Grey le había parecido una peculiaridad atractiva en un principio, cierta timidez, cierta reticencia, pero quería verla mejor.

Susan dijo:

—No me gusta que me miren.

—Quiero recordarte.

Ella se echó el cabello hacia atrás sacudiendo la cabeza y lo miró de frente. Grey la observó tratando de recordar o de verla como quizá la había visto tiempo antes. Ella le sostuvo la mirada por un momento, y luego bajó los ojos una vez más.

—No me mires tan fijamente —dijo.

—Muy bien. —Estaban todavía tomados de la mano—. Pero ¿sabes?, creo que si puedo recordarte, recordaré entonces todo lo demás.

—Por eso estoy aquí.

—Lo sé… pero me es tan difícil… El personal está siempre diciéndome lo que he de hacer, el periódico insiste en que cuente mi historia, estoy prisionero en esta silla y todo lo que quiero es volver a la normalidad. La verdad es, Susan, que no te recuerdo en absoluto.

Ella dijo:

—Pero…

—Déjame terminar. No te recuerdo, pero siento como si te conociera, o quizá sea porque me gustaría… pero de cualquier modo es lo primero real que tengo en mi vida de paciente.

Ella asintió en silencio, escondiendo otra vez la cara.

—Necesito verte tan a menudo como puedas.

—No puedo permitírmelo —dijo ella—. Ya casi gasté todo lo que tengo sólo alquilando el coche. Además tengo que pagar el billete de vuelta.

—Yo lo pagaré todo… tengo dinero. O puede pagar el periódico. Algo podrá hacerse.

—No es tan fácil.

—¿Tienes a algún otro ahora?

Ella estaba contemplando la larga terraza vacía y él habría querido que lo mirase de frente.

—No —dijo ella—. No hay ningún otro. —Movía las manos con impaciencia, acariciando la tela de la falda como si tratara de peinar una parte—. Hubo otro… pero ya no.

—¿Eso explica que no hayas venido antes?

—En parte. Él sabía cuánto te echaba de menos, pero todo ha acabado ahora.

Grey sintió un estremecimiento en los músculos, una emoción que no recordaba haber experimentado nunca.

—Susan, cuéntame lo que pasó entre nosotros. Al final. ¿Por qué nos separamos?

—Realmente no lo recuerdas ¿no es así?

—No.

Ella sacudió la cabeza.

—Parece imposible que lo hayas olvidado.

—¿No puedes decírmelo?

—Bien, ya no importa. Ahora que he vuelto a verte, es como si no hubiera ocurrido.

—Pero ¡quiero tratar de recordarlo!

—No fue una única causa. Supongo que nunca funcionó, ya desde un principio.

—¿Fue una pelea? ¿Qué nos dijimos?

—No, no una pelea. Todo iba mal desde hacía algún tiempo y los dos sabíamos que no podíamos seguir así. Era complicado. Esta… otra persona estaba cerca y eso te entristecía. Quisiste dejar de verme, pero no llegamos a nada. Luego, lo primero que oigo es que te alcanzó una bomba.

—¿Eso es todo lo que puedes contarme? —preguntó Grey.

—¿Recuerdas la nube?

—¿La nube? ¿Qué clase de nube? ¿Qué quieres decir?

—Sólo… la nube.

Uno de los camareros apareció en la terraza con una servilleta plegada bajo el brazo.

—Estamos por servir el plato principal, señor Grey. ¿Querrán comer usted y su amiga?

—Hoy no comeré —dijo Grey—, y se volvió otra vez hacia Susan. Ella se había puesto de pie. ¿Qué haces? ¡No puedes marcharte ahora!

—Tengo que hacerlo. Tengo que volver en coche hasta Kingsbridge, y de allí un largo viaje en autobús hasta Totnes para tomar el tren. Ya llevo retraso.

—¿De qué hablabas hace un momento? ¿Qué era eso de la nube?

—Era algo que pensé que recordarías.

—No tengo recuerdo de nada. Dime algo más.

—¿Recuerdas a Niall?

—No.

—¿Y la gente que tomaba baños de sol? ¿Eso lo recuerdas?

Él negó con la cabeza.

—¿Era algo significativo?

—¡No sé lo que quieres oír! Mira, hablaremos como es debido la próxima vez. Yo realmente tengo que marcharme y a ti te espera la comida.

Ella ya se estaba yendo.

—¿Cuándo volverás? ¿La semana próxima?

—Volveré tan pronto como pueda —dijo—. Se inclinó sobre la silla y le apretó la mano. Quiero verte, Richard. Me quedaría ahora contigo si pudiera. ¿Me crees?

Acercó su cara a la de él y le besó ligeramente la mejilla. Él levantó la mano para tocarle el pelo y volvió la cara encontrando los labios de ella. Sostuvo el beso unos segundos y luego se apartó.

—No te vayas —dijo él con voz queda—. Por favor, no me dejes ahora.

—Realmente tengo que hacerlo. Se puso de pie, se alejó unos pasos, y se detuvo. ¡Por poco lo olvido! Te traje un regalo.

Volvió junto a él y buscó en las profundidades de su bolso. Sacó un sobre de papel blanco doblado y cerrado con un trozo de cinta de color claro.

—¿Lo abro ahora? —preguntó él.

—Sí. No es gran cosa, me temo.

Grey rompió el sobre con el pulgar y sacó lo que había dentro. Eran unas dos docenas de tarjetas postales de distinto tamaño, todas muy viejas y la mayor parte de color sepia o en blanco y negro. En algunas había panoramas de playas inglesas, en otras paisajes campestres o del continente europeo: balnearios de aguas termales alemanes, catedrales francesas, paisajes alpinos.

—Las vi en una tienda de antigüedades de Kingsbridge esta mañana.

—Gracias… son muy bonitas.

—Supongo que algunas ya las tendrás. En tu colección.

—¿Mi colección?

Ella rió entonces, un sonido breve, extrañamente alto.

—Ni siquiera recuerdas eso ¿no es cierto?

—¿Quieres decir que colecciono viejas tarjetas postales? —Le sonrió.

—¿Cuánto más aprenderé de ti?

—En realidad algo más. Nunca me llamabas Susan. Siempre Sue.

Volvió a besarlo y se marchó cruzando rápidamente la terraza y desapareciendo dentro del edificio. Él esperó y poco después oyó la puerta de un coche que se cerraba bruscamente y el ruido de un motor que se ponía en marcha. Luego vio las ventanillas y el techo del coche que avanzaba lentamente hacia el sendero.