El glamour

Christopher Priest · Capítulo 40 de 62

Páginas del PDF

El glamour

Capítulo IX

Te vestiste y saliste a comprar una comida griega, y cuando volviste, me puse tu bata y nos sentamos juntos en la cama, masticando nuestros sabrosos pinchos de carne. Me sentía muy feliz. Entonces dijiste:

—¿Estás ocupada en este momento? Quiero decir, ¿tienes mucho trabajo?

—En realidad no. De hecho, casi nada. Todo el mundo está afuera.

—Yo mismo no tengo mucho que hacer. Tenía planeado pasearme durante el verano, pero me estoy aburriendo. Y es difícil por el momento encontrar trabajos independientes.

Ya me habías contado por qué habías dejado tu empleo. Dijiste:

—Hay algo que siempre he querido hacer, una idea que tenía para una película. No creo que llegue a nada, porque en realidad es una excusa para hacer un viaje. Me he estado preguntando si te gustaría venir conmigo.

—¿Un viaje? —pregunté—. ¿Cuándo?

—Cuando quieras. Podríamos partir más o menos enseguida, si no estás ocupada.

—Pero ¿adónde iríamos?

—Buenos, ésa es la idea para la película. ¿Te he hablado de mis tarjetas postales?

—No.

—Te las mostraré.

Abandonaste la cama y fuiste al cuarto que llamabas tu estudio. Volviste un momento después con una vieja caja de zapatos.

—No soy un verdadero coleccionista. Compré la mayoría hace un año o dos, y añadí unas pocas más desde entonces. Son todas de antes de la guerra. Algunas remontan al siglo pasado.

Sacamos algunas de las tarjetas y las desparramamos por la cama. Habían sido ordenadas en grupos por países y ciudades, con rótulos para cada sección. Alrededor de la mitad de las tarjetas eran británicas; el resto era de Alemania, Suiza, Francia, Italia y unas pocas de Bélgica y Holanda. Casi todas eran en blanco y negro o de color sepia. Muchas tenían mensajes escritos en el dorso, saludos convencionales de gente en vacaciones a quienes se habían quedado en casa.

—Lo que a menudo he pensado es que me gustaría visitar algunos de estos sitios. Intentar encontrar los panoramas tal como hoy son, compararlos con los de estas viejas fotografías y ver cómo cambian los lugares en medio siglo. Como dije, podría ayudarme a hacer una película algún día, pero lo que realmente me gustaría es viajar para verlo. ¿Qué te parece?

Las tarjetas eran fascinantes. Momentos congelados de una era perdida: centros de ciudades casi sin tránsito, viajeros en pantalones anchos que desfilaban por puertos extranjeros, catedrales y casinos, playas con bañistas en púdicos trajes de baño y gente que paseaba con sombreros de paja por panoramas montañosos, en funiculares, palacios y museos y plazas amplias y vacías.

—¿Quieres ir a todos estos sitios? —pregunté.

—No, sólo a unos pocos, Pensé concentrarme en Francia, en el sur. Tengo muchas tarjetas de allí. —Tomaste algunas de las que yo tenía en la mano—. En la Riviera el turismo se desarrolló después de la guerra. La mayoría de las tarjetas muestran los sitios como eran antes.

Empezaste a mirarlas, y de vez en cuando separabas alguna y me la enseñabas. Un grupo de tarjetas mostraba la línea costera alrededor de St-Raphael. La coincidencia era asombrosa y de pronto volví a tener miedo de Niall.

—¿No podríamos ir a algún otro sitio, Richard?

—Claro que sí. Pero allí es donde me gustaría ir.

—No a Francia… no quiero ir a Francia.

Parecías muy decepcionado y las postales se desparramaron por la cama alrededor de nosotros.

—¿Y si vamos a algún otro sitio? —te dije—. ¿A Suiza, por ejemplo?

—No, tiene que ser el sur de Francia. Bien, podríamos dejarlo.

Me descubrí utilizando las mismas excusas que le había dado a Niall. Me gustaría mucho ir, de veras me gustaría. Pero por el momento no tengo nada de dinero.

—Iríamos en mi coche… yo podría pagarlo todo. No me faltan recursos.

—No tengo pasaporte.

—Podríamos obtener un pasaporte de turista. Se pueden conseguir simplemente en un mostrador.

—No, Richard. Lo siento.

Empezaste a recoger las tarjetas postales ordenándolas escrupulosamente.

—Hay otro motivo, ¿no es cierto?

—Sí. —No podía mirarte a la cara—. Lo cierto es que hay alguien a quien conozco, alguien a quien no quiero ver. Está en Francia en este momento. O al menos así lo creo y…

—¿Es ese amigo a quien nunca quieres mencionar?

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

—Siempre supuse que había otro hombre. Las tarjetas postales fueron devueltas a la caja en filas ordenadas. ¿Sigues viéndolo?

Otra vez, tu inconsciente elección de palabras irónicas. Empecé a contarte lo de Niall tratando de traducir la realidad a términos que tú pudieras aceptar. Lo descubrí como a un amante que conocía desde mi juventud. Te dije que nos habíamos separado, pero que él se resistía a dejarme. Lo caractericé como posesivo, infantil, violento, manipulador; Niall era todo eso, por supuesto, pero yo sólo te decía parte de la verdad.

Comentamos el problema por un rato; tú dijiste razonablemente que era muy improbable que nos topáramos con él, y que si llegaba a vernos juntos tendría que aceptar que yo lo había dejado. Me mostré inflexible, diciéndote que no podías entender la influencia que tenía sobre mí. No quería correr el riesgo de encontrarlo.

Mientras te decía esto, recordaba mis propias dudas acerca del sitio en que se encontraba Niall y mi manera de resolver el problema. Pensar que Niall pudiera estar en otro sitio que en St-Raphael era aceptar la locura.

—Pero si has terminado con él —dijiste—, tarde o temprano tendrá que aprender a vivir con esa idea.

—Prefiero que sea tarde. Quiero estar contigo. Podríamos ir a algún otro sitio.

—Muy bien. Era sólo una idea. ¿Alguna sugerencia?

—Lo que verdaderamente me gustaría es marcharme de Londres por un tiempo. ¿No podríamos simplemente meternos en tu coche e ir a alguna parte?

—¿De Inglaterra, quieres decir?

—Sé que suena aburrido… pero no conozco bien Gran Bretaña. Podríamos ir de paseo. Gales, o la región del oeste, nosotros solos.

Tú pareciste sorprendido, cambiar la Riviera por Gran Bretaña, pero eso es lo que convinimos. Cuando llevaste las tarjetas al estudio, fui contigo y miré los extraños objetos de equipo cinematográfico que habías comprado. Me pareció que te avergonzabas y dijiste que ocupaban espacio y acumulaban polvo, pero me permitía tener una imagen de ti de antes que nos conociéramos. Tus premios estaban en el estudio también, medio escondidos tras un montón de latas de película.

—¡No dijiste que eras famoso! —dije recogiendo el Prix Italia y leyendo la inscripción.

—Vamos… eso fue suerte.

—«… en condiciones de peligro personal extremos» leí. —¿Qué ocurrió?

—Esas situaciones en que los equipos de noticias se meten de vez en cuando. — Tomaste el trofeo que yo tenía en la mano y lo devolviste a su sitio en el estante, aún menos a la vista—. Fue un tumulto en Belfast. El hombre del sonido estaba allí también. No fue nada especial.

Yo estaba intrigada. De pronto te veía como nunca te había visto antes: un operador de cámara con reputación, una carrera, premios.

—Por favor, cuéntame.

Parecías incómodo.

—No acostumbro a hablar de ese asunto.

—Bien, cuéntamelo.

—Fue sólo un encargo… nos turnábamos para ir a Irlanda del Norte. Pagaban bastante dinero, pues es un trabajo difícil. No me gustan estas cosas. Rodar es rodar, y cada trabajo tiene sus propios problemas. Bien, había habido una marcha protestante ese día, y nosotros la cubríamos, y a la noche estábamos de vuelta en el hotel bebiendo unos tragos. Entonces llegó la noticia de que el ejército disolvería a unos pocos muchachos que estaban arrojando piedras en Falls Road. Hablamos de si iríamos allí, estábamos todos cansados, pero al final nos decidimos y fuimos a echar un vistazo. Cargué la cámara con material para rodar de noche y subimos a un coche del ejército. Cuando llegamos allí, no parecía estar ocurriendo demasiado… unos cincuenta adolescentes arrojando cosas. Estábamos detrás de las tropas, bastante bien escudados, y no parecía que fuese a ocurrir nada importante. Estas cosas en general se apagan al llegar la medianoche. Pero entonces, de pronto, la cosa empeoró. Se arrojaron algunos cócteles molotov y era evidente que estaban interviniendo también hombres mayores. El ejército decidió disolverlos y dispararon balas de goma. En lugar de dispersarse, los muchachos arrojaron piedras con hondas y cócteles. Se llamó a un par de sarracenos y los soldados cargaron. Willie y yo (Willie era el técnico de sonido) avanzamos con ellos, pues por lo general es el sitio más seguro, detrás de las tropas. Corrimos unas cien yardas y caímos directamente en una especie de emboscada. Había francotiradores en las casas, y en una de las calles laterales una banda nos arrojaba cócteles y rocas. Todo pareció enloquecer. Willie y yo fuimos separados del reportero, y sólo lo vimos mucho más tarde. Los soldados se lanzaban en todas direcciones, y alrededor de nosotros explotaban cócteles molotov. Creo que me sentí como transportado y rodé por el suelo… en medio de todo el tumulto. Nada nos tocó, pero un par de balas pasaron muy cerca. Nos metimos entre la gente que estaba apedreando a las tropas, y que de algún modo no parecieron tenernos en cuenta. Entonces, los soldados empezaron a disparar balas de goma otra vez, y en esta ocasión nos encontrábamos del lado que las recibía. Bueno, al fin no nos pasó nada, y el material rodado resultó bastante bueno.

Sonreíste tratando de reducir a un mínimo la historia. Me di cuenta de pronto que quizá hubiera oído acerca del incidente en algún sitio, una aterradora noche más en Irlanda del Norte.

—Cuando estabas allí rodando, ¿qué sensación tuviste? —te pregunté.

—No lo recuerdo mucho, ahora. Simplemente ocurrió.

—Dijiste que te sentiste como transportado. ¿Qué quisiste decir?

—Era como volar con piloto automático. Seguí rodando sin prestar mucha atención a lo que ocurría alrededor.

—¿Estabas entusiasmado?

—Supongo que sí.

—¿Y la gente no te vio?

—No, me parece que no.

No dije nada más, pero supe lo que había ocurrido. Podía verlos mentalmente: tú y el técnico de sonido corriendo y agazapándose, conectados, en lo más denso de la acción, rodando por instinto. Dijiste que habías tomado unos tragos, que estabas cansado, que nadie pareció advertir tu presencia. Yo podía experimentar tus sensaciones, imaginar lo que habías sentido entonces. Porque en ese momento la nube era más espesa a tu alrededor y alrededor del otro hombre, y la invisibilidad los había librado del peligro.