El glamour

Christopher Priest · Capítulo 17 de 62

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El glamour

Capítulo V

Llegamos a Niza. Era la cumbre de la temporada turística, y el único hotel de precio accesible estaba en el norte, perdido en un laberinto de callejuelas estrechas, lejos del mar. Tan pronto como llegamos, empecé a sentir miedo. En el mejor de los casos nos quedaba un día o dos para estar juntos; St Raphael se encontraba a unos pocos kilómetros a lo largo de la costa.

Niall se había convertido en un tema prohibido, omnipresente, pero nunca mencionado. Aun el silencio sobre él era evidente. Sabíamos muy bien lo que el otro diría y ninguno de los dos deseaba oírlo. Si había un modo de tratar el problema, era dar lo mejor de mí a Sue, esperar transmitirle lo que estábamos a punto de perder. Ella parecía estar haciendo lo mismo.

Estaba enamorado de ella. El sentimiento había empezado en Dijon, y cada minuto de vigilia a su lado lo confirmaba y lo acrecentaba. Todo me deleitaba en ella y era para mí una verdadera obsesión. Sin embargo, retrocedía ante la pronunciación de las palabras, no porque dudara, sino porque ella podría considerarlas coercitivas.

Todavía no sabía qué hacer. Durante la primera noche que pasarnos en Niza, Sue se quedó dormida a mi lado mientras yo permanecía sentado con la luz encendida, previsiblemente leyendo, pero, en realidad, meditando acerca de ella y de Niall.

Nada servía. Un ultimátum, una elección entre yo o él, sería contraproducente. Había terquedad en Sue acerca de Niall, y yo sabía que no cambiaría de parecer. También descarté la idea de retratarme como el perdedor herido; así era en realidad como me sentía, pero no podría utilizar ese sentimiento a modo de táctica. También era preciso excluir la razón. Ella misma estaba dispuesta a admitir que su relación con Niall era irracional.

Había rechazado mis otras ideas: esconderme entre bastidores mientras ella lo veía; volver enseguida a Inglaterra.

Horas de introspección no habían dado otro resultado que la torpe esperanza de que ella cambiara de opinión.

La mayor parte del día siguiente la pasamos en la habitación del hotel, abandonándolo cada dos o tres horas para dar un paseo, tomar un trago o una comida. Vimos muy poco de Niza, pero dominado por la preocupación detesté todo lo que vi. Identificaba la ciudad con mi sensación de pérdida y la culpaba por eso. Me desagradaba el despliegue de riqueza ostentosa: los yates en el puerto, los Alfas y Mercedes y Ferraris, las mujeres de caras estiradas y los hombres con vientres de gente de negocios. Igualmente me desagradaba el exhibicionismo inverso: las jóvenes inglesas con minifaldas deshilachadas, las maltratadas zapatillas Nike, los tejanos cortados, las ropas arrugadas. Me enfadaban las bañistas que tomaban el sol sin sostén, las palmeras y los áloes, las playas pedregosas y el exquisito mar azul, el casino y los hoteles, las mansiones en las colinas, los rascacielos de pisos en alquiler, los jóvenes tostados por el sol en sus motocicletas, los que se deslizaban en la tabla sobre las olas y las lanchas y las cabañas sobre la arena. A todos echaba en cara que parecieran sitios de placer.

Mi único placer era la fuente de mi miseria: Sue. Si lograba olvidarme de Niall, si no pensaba nada más allá de las próximas pocas horas, si me aferraba a mi coja esperanza, todo estaba temporalmente bien.

Ella por supuesto lo sabía.

También ella tenía sus sesiones de introspección; una vez la sorprendí llorando en la cama. Hacer el amor se volvió urgente para nosotros, y dondequiera que estuviéramos nos tocábamos o nos abrazábamos, sin mirar a nadie, sin mirar nada.

Decidimos quedarnos en Niza una noche más, aun cuando esto sólo prolongaría nuestra agonía. Convinimos tácitamente en que partiríamos a St-Raphael a la mañana siguiente y que allí nos separaríamos. Esta era nuestra última noche.

Hicimos el amor como si nada fuera a cambiar; luego, inquietos, nos quedamos sentados en la cama, con las ventanas y las persianas abiertas a la noche. Los insectos zumbaban alrededor de la luz. Por fin, ella rompió el silencio.

—¿Adónde irás mañana, Richard?

—No lo he decidido aún. Quizá sólo vuelva a casa.

—Pero ¿qué pensabas hacer antes que nos encontráramos? Tenías sin duda algún plan.

—Sólo estaba viajando. Ahora, sin ti, no tiene sentido.

¿Por qué no vas a St-Tropez?

—¿Solo? Quiero estar contigo.

—No digas eso.

—Es lo único de lo que estoy seguro.

Ella guardó silencio, con la mirada fija en las sábanas arrugadas sobre las que estábamos tendidos. Tenía si el cuerpo muy blanco, y de pronto tuve la celosa imagen de volver a verla en Londres al cabo de unas semanas y descubrir que estaba tostada por el sol.

—Sue, ¿de veras estás decidida?

—Tengo que hacerlo. Ya lo hemos hablado.

—Entonces, éste es el fin, ¿no es así?

—Creo que eso depende de ti.

—¿Cómo puedes decir eso? ¡No quiero que esto termine! Ya tendrías que saberlo a estas alturas.

—Pero Richard, tú eres el que hace de esto un problema. Actúas como si no pudiéramos volver a vernos. ¿Por qué tiene que ser definitivo?

—Muy bien, te veré de nuevo en Londres. Tú tienes mi dirección.

Cambió de posición, tirando de la sábana arrugada, librándose de ella y cubriéndose las piernas mientras se arrodillaba a mi lado. Las manos le temblaban mientras hablaba.

—Tengo que ver a Niall. No romperé mi promesa. Pero tampoco quiero herirte… Nunca volvería a ver a Niall, si pudiese.

—Pero ¿qué quieres decir?

—Lo veré mañana. Tú sigue con tus vacaciones, dime dónde estarás y me uniré a ti tan pronto como pueda.

—¿Lo dices en serio? —dije.

—¡Claro que sí!

—¿Qué le dirás a él? ¿Le hablarás de mí?

—Si puedo.

—Entonces, ¿por qué no te espero aquí en Niza?

—Porque… no puedo decírselo simplemente. Tendré que estar con él un tiempo.

—¿Cuánto?

—No lo sé. Tres o cuatro días… quizá una semana.

—¡Una semana! Me aparté de ella, enfadado. ¡Por Dios! ¿Cuánto tiempo lleva decirle a alguien que se ha terminado con él?

Ella bajó la cabeza.

—Deja que lo haga a mi modo. Tú no entiendes el problema que tengo con Niall. Tendré que decírselo por etapas. Primero hay que decirle que he conocido a otro, alguien que importa más que él. ¿No te parece que esto es bastante para ponerse a pensar? Puedo decirle el resto cuando se acostumbre a la idea.

Abandoné la cama y serví algo de vino para los dos de la botella que habíamos comprado. No había otra solución que la que ella proponía, era cierto. Le pasé una copa de vino, pero lo puso a un lado sin probarlo.

—Cuando veas a Niall, ¿dormirás con él?

—Vengo durmiendo con él desde hace seis años.

—No es eso lo que pregunté.

—No es asunto de tu incumbencia.

Lastimaba oírlo, pero era verdad. Miré su cuerpo desnudo, tratando de imaginarla con otro hombre, aborreciendo profundamente la idea. Tan preciosa se había vuelto para mí. Tenía la cabeza gacha; el pelo le ocultaba el rostro. Me acerqué para tocarla y puse la mano sobre el brazo. Ella respondió enseguida apretándome la mano.

—Muy bien, Sue. Haré lo que sugieres. Mañana te dejaré en St-Raphael y seguiré bajando por la costa. Si no me has alcanzado dentro de una semana, seguiré sin ti o volveré a Inglaterra.

—No me llevará una semana —dijo—. Tres días, quizá menos.

—Pues hazlo tan pronto como puedas. Descubrí que yo había vaciado la copa de vino sin siquiera advertir que la había empezado. La aparté. Ahora bien, ¿y el dinero?

—¿El dinero qué?

—Dijiste que casi no tenías nada. ¿Cómo vas a viajar después que dejes a Niall?

—Lo pediré prestado a alguien.

—Quiere decir que se lo pedirás a Niall.

—Probablemente. Siempre tiene mucho.

—Tomas prestado su dinero, pero no el mío. ¿No comprendes que de ese modo creas un nuevo vínculo con él? —Ella sacudió la cabeza—. De cualquier modo, me pareció que habías dicho que nunca tiene un centavo.

—Dije que no tenía empleo fijo. Nunca está sin dinero.

—¿De dónde lo saca? ¿Roba?

—No lo sé. Por favor, no sigas así. El dinero no significa nada para Niall. Puede conseguir lo que necesite.

Esto me ayudaba en cierto grado a comprender la relación entre ellos. Sue pensaba decirle que lo dejaba por otro, y sin embargo, le pedía dinero prestado. Todo lo que sabía de Niall, todo a través de ella, era desagradable: un abusador, un parásito, un manipulador, quizá un ladrón. En ese momento, yo odiaba hasta su maldito nombre.

Volví a abandonar la cama, y mientras ella observaba en silencio, me puse unos pantalones y una camiseta. Me marché de la habitación dando un portazo. Caminé a lo largo del corredor y luego bajé los cuatro tramos de escalera hasta la planta baja.

Afuera, en la cálida noche, fui calle abajo hacia el café de la esquina. Estaba cerrado. Doblé la esquina y eché a andar por la otra calle. Ésta era una parte descuidada de Niza, mal alumbrada, de edificios hacinados, con el revoque de las fachadas descascarado y roto. Había luces en unas pocas ventanas, y delante de mí, en la bocacalle siguiente, el tránsito iba y venía. Llegué hasta allí y me detuve. Sabía que estaba siendo injusto con ella, que estaba manipulándola como Niall. En ese momento no me importaba; Sue me parecía una mujer que provocaba cierta conducta en los hombres, y que eso no cambiaría nunca. Una semana atrás ni siquiera sabía de su existencia; ahora me ocupaba por entero. La deseaba más que a cualquier otra mujer que hubiera deseado antes.

Transcurrieron los minutos y mi rápido enfado se desvaneció. Me culpé a mí mismo: había entrado en la vida de Sue y ahora pretendía que lo cambiara todo. Lo que le exigía la obligaba a elegir, a vernos como alternativas excluyentes. Conocía a Niall mejor que a mí, y yo no sabía nada de él.

Me volví y me encaminé rápidamente al hotel, convencido de que la perdería. Subí las escaleras saltando los peldaños de dos en dos y entré de prisa en la habitación, casi esperando descubrir que ya se había ido. Pero estaba allí, tendida en la cama de espaldas a la puerta, envuelta en una sábana. No hizo el menor movimiento cuando entré.

—¿Estás dormida? —pregunté en voz baja.

Se volvió para mirarme; tenía la cara húmeda y los ojos rojos.

—¿Dónde has estado? —preguntó.

Me quité la ropa y me metí en la cama junto a ella. Nos abrazamos besándonos y tocándonos con ternura. Ella volvió a llorar, sollozando contra mi cuerpo. Le acaricié el cabello, le toqué los párpados y luego, por fin, demasiado tarde pero del todo entregado, pronuncié las palabras que había estado reteniendo.

Todo lo que ella dijo, confusamente fue:

—Sí. Y yo. Pensé que lo sabías.