El glamour

Christopher Priest · Capítulo 22 de 62

Páginas del PDF

El glamour

Capítulo X

Fui bordeando Camargues hasta el pueblo de Saintes-Maries-de-la-Mer, donde había una capilla. Quería ir a un sitio que no hubiera mencionado a Sue, donde no pudiera encontrarme aun cuando lo intentara. También quería estar de nuevo junto al mar, y arrojar piedras contra las olas y caminar en silencio a lo largo de la orilla.

Pero fue un error. El pequeño pueblo estaba atestado, y los autobuses bloqueaban las calles y los parques. Encontré un sitio donde dejar el coche y me paseé un rato. La capilla, con una fuente milagrosa, era parte de un santuario de piedra; sobre cada uno de los muros había testimonios escritos que alababan el poder curativo del agua de la fuente. Leí algunos de estos mensajes patéticos y entusiastas, y luego volví a las calles brillantes, iluminadas por el sol. Casi todos los edificios del centro eran una prolongación de la capilla: por todas partes se vendían efigies, cirios, cruces, réplicas. El único restaurante abierto era una vasta cafetería moderna con mesas de plástico y fuentes metálicas.

Entré a almorzar, pero la multitud y las moscas me echaron de vuelta a la calle.

Cuando me dirigía andando hacia la playa, fui atacado por el insecto volador más grande que hubiera visto nunca; era amarillo y negro, como una avispa grotescamente hinchada; supuse que sería un avispón y me las compuse para esquivarlo. Desde ese momento me mantuve alerta por si aparecía algún otro, pero no me quedé allí mucho tiempo. La playa era amplia y plana, con poca gente. Cuando llegué al agua, las olas rompían débilmente sobre la arena. Sentí entonces hambre de una playa oceánica, con rocas y olas y viento marino, una sensación de drama natural.