El glamour
Capítulo VIII
Conduje tierra adentro desde St-Tropez, evitando el tránsito embotellado de los caminos costeros. El Renault resultó difícil de conducir en un principio; no era fácil mover la palanca de cambios; estaba a mi derecha y esto alteraba mi coordinación. Conducir con el volante a la izquierda me exigía una constante atención, sobre todo porque el camino serpenteaba a lo largo del campo montañoso. En Le Luc tomé la autoroute principal y me dirigí hacia el oeste por la ancha autopista dividida; conducir entonces me resultó menos tenso.
Fui por la autoroute hasta Aix-en-Provence, y luego doblé hacia el sur hacia Marsella. A la hora del almuerzo había reservado habitación en una pensión de la zona de los muelles, y pasé la tarde paseando por la ciudad. Bastante antes de las seis fui al lugar acordado para nuestra cita, la estación ferroviaria de St-Charles y la esperé en el sitio más notorio que pude descubrir. A las ocho me marché a cenar.
Tenía otro día que matar en Marsella. Visité le quai du Port, con sus tranvías y sus muelles, los barcos de tres y de cuatro mástiles alineados a lo largo de los desembarcaderos; las grúas de vapor atronaban el aire. Tomé un barco que recorría la gran zona ribereña, pasando por el lóbrego edificio de Fort Saint-Jean, y adentrándose en la serena bahía hasta rodear el Château d’If, pasé gran parte de la velada andando por la estación y mirando ansiosamente la multitud cada vez que llegaba un tren de la Riviera. Me preocupaba que quizá no reconociera a Sue.