El glamour

Christopher Priest · Capítulo 16 de 62

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El glamour

Capítulo IV

Seguimos viajando hacia el sur, cambiando de tren en Lyon para llegar a Grenoble, una ciudad grande y moderna en medio de las montañas. Encontramos un hotel, reservando esta vez una habitación con cama doble; luego, porque estábamos todavía en mitad de la tarde, salimos a mirar la ciudad.

Nos estábamos convirtiendo en aplicados viajeros, recorriendo los sitios de cada ciudad que visitábamos. Esto nos daba un objetivo, una excusa para estar juntos, algo que nos permitía descansar de la obsesión que nos atenazaba.

—¿Subimos? —pregunté. Habíamos llegado a Quai Stephane Jay, y allí estaba la terminal de un sistema funicular. Desde el cruce de caminos era posible ver los cables que se extendían desde la ciudad hacia un elevado promontorio rocoso.

—Esas cosas no son nada seguras —dijo Sue, apretándome el brazo.

—Sí, lo son. —Yo quería ver el panorama desde lo alto—. ¿Prefieres seguir andando por las calles el resto del día?

Todavía nos quedaba por descubrir la parte antigua de la ciudad, y en amplia medida Grenoble era una sólida elevación, desordenada y atravesada de túneles en el nivel de la calle. La guía de la ciudad recomendaba la universidad, pero estaba en el extremo este.

Yo le hablaba para convencerla, pero ella fingía estar nerviosa y se aferraba a mi brazo. No tardamos en subir, dejando atrás la ciudad y ganando altura con rapidez. Por un instante me quedé mirando la ciudad que se extendía enorme por el valle, pero luego nos mudamos al otro lado de la cabina y observamos las laderas de la montaña que se elevaban debajo de nosotros. Era un ultramoderno sistema de cables; cuatro globos de cristal se movían juntos como un convoy, firmes en el cielo.

Los coches se detuvieron, salimos de la cabina y caminamos por la ruidosa sala de máquinas hasta sentir el viento frío de la cresta. Sue deslizó un brazo por debajo de mi chaqueta apretándose contra mí. Estar con una chica que realmente me gustaba y que quería que me siguiera gustando era para mí una experiencia única. Ante mí mismo estaba renunciando a mi pasado: nunca otra vez buscaría conquistas superficiales; después de muchos años había encontrado a alguna con quien quería estar siempre.

—Podemos tomar un trago aquí —dije—. En el extremo más alejado del promontorio habían construido un restaurante y un café; desde una plataforma se podía apreciar el panorama del valle. Entramos, felices de librarnos del viento. Un camarero nos trajo dos coñacs, y los probamos sintiéndonos decadentes porque era todavía pleno día. Luego Sue fue a visitar el lavabo de señoras y yo me acerqué al puesto de souvenirs y compré algunas tarjetas postales. Pensaba que se las enviaría a los amigos, pero en verdad, desde que había conocido a Sue no me interesaba casi nada, excepto ella.

Vino a buscarme al puesto.

—Ahora tengo más calor —dijo—. Veamos el panorama.

Salimos de nuevo al viento tomados de la mano y fuimos hasta el borde de la plataforma. Tres telescopios que se accionaban con monedas se inclinaban sobre el valle desde el elevado parapeto. Nos pusimos entre dos de los telescopios, apoyándonos contra el muro, y miramos hacia abajo. El aire era claro bajo el cielo desnudo. Sobre el horizonte se elevaban las montañas que rodeaban la ciudad por el sur; a nuestra izquierda los picos nevados de los Alpes franceses se recortaban sobre el azul del cielo. Sue dijo:

—Mira, supongo que ésa es la universidad. —Señalaba un grupo de hermosos edificios antiguos con torres y chapiteles a lo largo del río—. Está más cerca de lo que pensábamos. Había un plano empotrado en la parte superior del parapeto que indicaba lo que podía verse. Rastreamos las varias marcas.

—Es más pequeña de lo que pensaba —dije—. Cuando llegamos en el tren, me pareció que la ciudad se extendía hasta el valle.

—¿Dónde están todos esos bloques de oficinas? Ya no los veo.

—Estaban junto al hotel. —Miré el plano, pero no los encontré. Había todo un barrio de hoteles, cerca de donde partían los funiculares. Seguí con la mirada los cables montaña abajo, pero la terminal era invisible para nosotros—. Tiene que ser un truco de la luz.

—Quizá fueron diseñados de ese modo, para que se mezclaran con los viejos edificios.

En el plano decía que el Mont Blanc podía verse por el noroeste. Nos volvimos, pero había nubes detrás de nosotros, y las montañas no se veían bien. Más allá del restaurante estaban las ruinas de un antiguo fuerte, y fuimos andando hacia ellas. Descubrimos que había que pagar la entrada, de modo que cambiamos de planes.

—¿Otro brandy? —dije—. ¿O de vuelta al hotel?

—Hagamos ambas cosas.

Media hora más tarde salimos de nuevo a la plataforma para echar otro vistazo a la ciudad. La luz ya descendía allí, y en los edificios resplandecían unos puntos minúsculos, anaranjados y amarillos. Observamos un rato la caída de la tarde, y luego tomamos el funicular montaña abajo. Detrás de una de las elevaciones, tuvimos otra vez una buena vista de la ciudad. Se levantaba una niebla, pero podíamos ver muy claramente la sección nueva de la ciudad: las torres de cristal emitían unos rayos de luz fluorescente blanco-azulada. Nos parecía imposible no haberlas podido ver desde la cima. Miré las tarjetas postales que había comprado; una de ellas era una fotografía del panorama: los edificios modernos se levantaban claramente por sobre todos los demás.

—Estoy sintiendo hambre —dijo Sue.

—¿De comida?

—También de comida.