El glamour

Christopher Priest · Capítulo 5 de 62

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El glamour

Capítulo II

Subieron a la planta siguiente y Dave condujo la silla hacia una de las salas. No había pacientes en ella, lo que no ocurría de ordinario. En la mesa de despacho de un cuarto lateral, James Woodbridge, el psicólogo clínico de más alta jerarquía, estaba hablando por teléfono. Saludó a Grey con la cabeza cuando éste entró en el cuarto, siguió hablando tranquilo, con rapidez, y colgó el auricular.

Sentado junto a la otra ventana estaba Tony Stuhr, uno de los reporteros del periódico. En cuanto lo vio, Grey tuvo una sensación de conflicto, como cada vez que se encontraba con este hombre; parecía agradable y franco, pero el periódico para el que trabajaba era un tabloide despreciable de reputación dudosa e inmensa circulación. El nombre de Stuhr había aparecido durante las últimas semanas encabezando varios artículos sobre un romance real. El periódico llegaba todos los días a Middlecombe, a nombre de Richard Grey. Grey rara vez le echaba más de una mirada.

Tan pronto como Grey entró, Stuhr se puso de pie, le sonrió brevemente y miró luego a Woodbridge. El psicólogo había abandonado la mesa de despacho y estaba cruzando el cuarto. Dave apretó el pedal de la silla y se alejó. Woodbridge dijo:

—Richard, te pedí que volvieras a la casa porque me gustaría presentarte a alguien.

Stuhr le sonreía, inclinado sobre la mesa para apagar el cigarrillo. Grey vio que la chaqueta se le había abierto y que un ejemplar arrollado del periódico le sobresalía de un bolsillo interior. Le asombró la observación de Woodbridge, porque debía de saber que él y Stuhr ya se habían encontrado antes en varias ocasiones. Entonces Grey notó que había alguien con Stuhr. Era una mujer joven que estaba mirándolo y volvía hacia Woodbridge unos ojos nerviosos y parpadeantes, esperando que los presentaran. No la había visto hasta ese momento; tenía que haber estado sentada allí mismo, pues cuando se puso de pie quedó detrás del reportero. Grey avanzó.

—Richard, ésta es la señorita Kewley, la señorita Susan Kewley.

—Hola —dijo la mujer—, y sonrió.

—¿Cómo está usted?

De pie, delante de Grey, parecía alta, pero no lo era. Grey no se había acostumbrado aún a ser la única persona que siempre permanecía sentada. Se preguntó si debía estrecharle la mano.

—La señorita Kewley ha leído acerca de tu caso en la prensa y ha viajado desde Londres para conocerte.

—¿De veras? —dijo Grey.

—Podría decirse que dispusimos esto para ti, Richard —dijo Stuhr—. Sabes que siempre nos interesaste.

—¿Qué quiere? —le preguntó Grey a la mujer.

—Bien… me gustaría hablar con usted.

—¿Sobre qué?

Ella le echó una mirada a Woodbridge.

—¿Le gustaría que me quedara? —le preguntó el psicólogo por encima de la cabeza de Grey.

—No lo sé —dijo ella—. Depende de usted.

Grey se dio cuenta de que él no tenía ninguna importancia en este encuentro; el verdadero diálogo se sostenía en otro nivel. Le recordaba el dolor, tendido en la sala de cuidados intensivos en el hospital de Londres, entre una operación y otra, mientras oía oscuramente que discutían su caso.

—Llamaré dentro de media hora estaba diciendo Woodbridge. Si necesita verme antes, puede usar ese teléfono.

—Gracias —dijo Susan Kewley.

Cuando Woodbridge se marchó, Tony Stuhr soltó el freno de pedal y empujó a Grey hasta la mesa a la que habían estado sentados. La joven eligió la silla más próxima, pero Stuhr se sentó junto a la ventana.

—No tengo nada que decir le advirtió Grey.

—Sólo quería verlo —dijo ella.

—Bien, aquí estoy. No puedo escapar corriendo.

—Richard, ¿no me recuerdas?

—¿Debería?

—Pues sí. Esperaba que me recordaras.

—¿Somos amigos?

—Supongo que se podría decir algo parecido. Sólo por un tiempo.

—Lo siento. No me acuerdo mucho del pasado. ¿Cuánto hace de esto?

—No mucho —dijo ella.

Apenas lo miraba mientras hablaba; tenía los ojos fijos en el regazo, o en la mesa o vueltos hacia el reportero. Stuhr miraba por la ventana, evidentemente escuchando aunque no participase. Cuando advirtió que Grey lo estaba mirando, sacó el periódico del bolsillo y lo abrió en la página dedicada al fútbol.

—¿Le gustaría un poco de café? —preguntó Grey.

—Sabes que yo… La mujer se contuvo. No, sólo bebo té.

—Se lo traeré.

Grey se alejó rodando hacia el teléfono. Después de encargar el té, volvió a la mesa. Stuhr retomó el periódico; era evidente que Stuhr y ella habían estado hablando. Mirándolos, Grey dijo:

—Sería lo mismo, supongo, si les dijese que están perdiendo el tiempo. No hay nada de que hablar.

—¿Sabes lo que le cuesta a mi periódico mantenerte en este sitio? —preguntó Stuhr.

—Yo no lo pedí.

—Nuestros lectores están preocupados por ti, Richard. Eres un héroe.

—No lo soy. Me encontraba allí por casualidad.

—Casi mueres entonces.

—¿Y eso me convierte en héroe?

—Mira, no he venido a discutir contigo —dijo Stuhr.

Llegó el té en una bandeja de plata: tetera, loza, un pequeño cuenco de azúcar, bizcochos. Mientras el camarero lo disponía todo en la mesa, Stuhr volvió a su periódico y Grey aprovechó la ocasión para observar atentamente a Susan Kewley. Recordó que Dave la había descrito como bonita, pero éste era apenas el término adecuado. Lo que más le llamó la atención fue la cara, sin rasgos definidos. Tendría quizás poco más de veinticinco años. Era de aspecto sencillo, pero en el buen sentido de la palabra; quizá neutra fuera mejor. Tenía una cara regular, ojos color avellana, cabellos lacios y de color castaño claro, hombros delgados. Estaba sentada de manera distendida, reposando las estrechas muñecas y manos sobre los brazos del asiento, con el cuerpo erguido y cómodo. No lo miraba; tenía los ojos clavados en la loza sobre la mesa, como si evitara no sólo la mirada de Grey, sino también su opinión. No obstante, él no tenía ninguna opinión, salvo que ella se encontraba allí, que había llegado con Stuhr y que, por tanto, estaba directa o indirectamente relacionada con el periódico.

¿De qué modo había llegado a conocerla? ¿Qué clase de amistad los había unido? ¿Era alguien con quien había trabajado? ¿Una amante? Pero eso, si no otra cosa, sin duda lo recordaría.

Por un momento se le ocurrió que quizá Stuhr la habría traído como una especie de ardid publicitario, para provocar una respuesta sobre la que él pudiera escribir en el periódico. MUJER MISTERIOSA EN DEMANDA DE AMOR sería un título en conformidad con el estilo del periódico y tan fiel a los hechos como la mayoría de las historias que publicaba. Cuando el camarero se hubo retirado, Grey dijo:

—Y bien, ¿de qué tenemos que hablar?

Ella no respondió; se inclinó y acercó un platillo con una taza. Seguía sin mirarlo; el pelo le caía hacia adelante ocultándole el rostro.

—Que pueda recordarlo, nunca la he visto antes en toda mi vida. Tiene que darme más detalles.

Ella sostenía el platillo; unas venas pálidas asomaban visibles bajo la piel translúcida. Parecía estar sacudiendo la cabeza ligeramente.

—¿O está usted aquí porque él la trajo? —preguntó Grey, molesto. Miró a Stuhr, que no reaccionó—. Señorita Kewley, no sé lo que usted quiere, pero…

Entonces ella se volvió, y por primera vez, Grey le vio toda la cara, pálida, de huesos delicados y largos. Tenía lágrimas en los ojos, y las comisuras de la boca torcidas hacia abajo. Empujó la silla hacia atrás rápidamente, poniendo con fuerza el platillo con la taza sobre la mesa, chocando con la silla de ruedas al pasar junto a él. Grey sintió una punzada de dolor en la espalda y oyó cómo ella retenía el aliento mientras salía corriendo del cuarto al corredor.

Seguirla con la mirada habría significado volver la cabeza a pesar de la rigidez del cuello, de modo que Grey no lo intentó. El cuarto quedó silencioso y frío.

—Vaya, ¡qué hijo de puta eres! Stuhr arrojó a un lado el periódico. Llamaré a Woodbridge.

—Espera un minuto. ¿Qué quieres decir?

—¿No entiendes lo que le estuviste haciendo?

—No. ¿Quién es?

—Es tu novia, Grey. Vino hasta aquí esperando que si volvías a verla quizá dispararía algún recuerdo.

—Yo no tengo novia.

Pero volvió a sentir la desvalida rabia que le provocaban sus semanas perdidas. Así como intentaba evitar el recuerdo del dolor, evitaba recordar también las semanas que precedieron a la explosión del coche bomba. Había un blanco profundo en su mente, un blanco en el que nunca penetraba porque no sabía cómo hacerlo. Y si es alguien que conozco, ¿qué diablos hace aquí contigo?

—Pues era un experimento.

—¿Fue Woodbridge quien lo cocinó?

—No… Escucha, Richard. Susan vino a vernos. Vio los reportajes en el periódico y se presentó. Dijo que tú y ella habían tenido una relación, que todo había terminado, pero que verla quizá podría contribuir a que recuperaras la memoria.

—Entonces es un ardid.

—No negaré que si recuperaras la memoria, escribiría algo para el periódico. Pero, de veras, esta vez sólo estoy aquí para conducir el automóvil.

Grey sacudió la cabeza y miró enfadado el mar a través de la ventana. Cuando descubrió que padecía de amnesia retroactiva a causa de la confusión, había intentado entendérselas con ese tiempo olvidado. Al principio examinó la sensación de vacío, pensando que quizá encontrara un camino que lo sacaría de allí; pero esto hacía que se sintiera deprimido e introspectivo. Ahora ya no lo pensaba; aceptaba que las semanas perdidas seguirían perdidas.

—¿Qué relación tiene Woodbridge con esto?

—Él no lo dispuso. Estuvo de acuerdo. La idea fue de Susan.

—Una mala idea.

Stuhr dijo:

—No es culpa de Susan. Mírate, ¡no mostraste ninguna emoción!

—La única reserva que planteó Woodbridge fue que quizá tú sufrirías un trauma. Te estás ahí sentado como si nada hubiera ocurrido, y la chica se deshace en lágrimas.

—No puedo evitarlo.

—Pero no la culpes. Stuhr se puso de pie y volvió a meterse el periódico en el bolsillo.

—¿Qué harás ahora? —preguntó Grey.

—No tiene sentido seguir. Llamaré y te veré dentro de un mes. Quizá entonces estés más receptivo.

—Y la chica ¿qué?

—Volveré esta tarde.

Ella estaba allí, de pie junto a la silla de ruedas, una mano apoyada en el respaldo de la silla, detrás del hombro izquierdo de Grey. Al oír el sonido de la voz de ella, Grey se sobresaltó, sorprendido, y sacudió el cuello completando el movimiento que había intentado antes, cuando ella abandonó la habitación. ¿Cuánto tiempo había estado allí? Nada en Stuhr había indicado que ella hubiera vuelto.

Stuhr le dijo a ella:

—Te esperaré en el coche.

Se alejó pasando junto a ellos, y una vez más Grey tuvo la desagradable impresión de que todos eran más altos que él. Susan se sentó en la silla que había ocupado antes.

—Lo lamento mucho —dijo.

—No… yo soy el que debería disculparse. Fui muy grosero.

—No me quedaré ahora. Necesito tiempo para pensar, y volveré más tarde.

Grey dijo:

—Después de comer tengo que ver al fisioterapeuta. ¿Podría volver mañana?

—Quizá sí. Tony vuelve a Londres esta tarde, pero yo podría quedarme.

—¿Dónde se aloja?

—Anoche estuvimos en una casa de huéspedes en Kingsbridge. Probablemente podría quedarme una o dos noches más. Dispondré algo.

Como antes, no lo miraba mientras hablaban, excepto unas pocas breves miradas que le lanzaba como dardos a través de finas hebras de pelo. Los ojos se le habían secado, pero estaba más pálida que antes. Él quería sentir algo por ella, llegar a recordarla, pero era sólo una extraña.

Tratando de ofrecerle algo más cálido que este frío intercambio de planes, le preguntó:

—¿Está segura de que todavía quiere hablar conmigo?

—Sí, claro.

—Tony dijo que nosotros, quiero decir, usted y yo, una vez fuimos…

—Salimos juntos por un tiempo. No duró mucho, pero en su momento fue importante. Tenía la esperanza de que lo recordase.

—Lo siento —dijo Grey—. No recuerdo nada.

—No hablemos de eso ahora. Vendré mañana por la mañana. No volveré a perder la cabeza.

Queriendo explicarse, él dijo:

—Fue porque vino con Tony Stuhr. Creí que trabajaba en el periódico.

—Era la única forma de averiguar dónde estaba. No entendía la situación. Había recogido la cartera, un bolso de lona con una correa larga. Volveré mañana. Apoyó ligeramente una mano larga sobre la de él. ¿Está seguro de que le gustaría?

—Sí, por supuesto. Venga antes del almuerzo.

—Debí habérselo preguntado enseguida: ¿tiene muchos dolores? No sabía que lo encontraría en una silla de ruedas.

—Estoy mejor ahora. Todo sucede muy lentamente.

—¿Richard…? —Todavía apoyaba los dedos sobre el dorso de la mano de él—. ¿Estás seguro… quiero decir, de veras no puedes recordarme?

Él deseaba dar vuelta a la mano para que ella le tocara la palma, pero eso significaría una intimidad que, lo sabía, estaba fuera de lugar. Mirándole los grandes Ojos y la piel clara, sintió qué fácil tenía que haber sido estar con ella. ¿Cómo era esta mujer de hablar sereno que en otro tiempo había sido su novia? ¿Qué sabía de él? ¿Qué sabía él de ella? ¿Por qué habían roto una relación que quizá había sido importante para ambos? Ella estaba más allá del coma, más allá del dolor de los órganos dañados y la piel quemada, más allá de la vida que él había perdido. Pero hasta hoy no había tenido idea de que ella existiera.

Él quería contestar con veracidad, pero algo se lo impidió.

—Estoy tratando de recordar —dijo—. Siento como si te conociera.

Los dedos de ella se pusieron tensos un instante.

—Muy bien. Te veré mañana.

Se puso de pie, pasó junto a la silla de ruedas, y desapareció. Grey oyó los pasos de ella sobre la alfombra; luego, más claramente, afuera en el corredor. Pero el dolor no le permitía volver la cabeza.