El glamour
Capítulo XV
Pasamos la mayor parte del día siguiente viajando: un taxi hasta el aeropuerto, luego dos vuelos, con una larga espera en Bordeaux. Desde Gatwick tomamos el tren combinado con el vuelo hasta Victoria y fuimos en taxi a la casa de Sue. Le pedí al chófer que esperara mientras nosotros entrábamos.
Había una pequeña pila de correspondencia que la esperaba en una mesa del vestíbulo, y ella la recogió antes de abrir la puerta de la habitación. Yo llevé dentro las maletas y las dejé en el suelo. La habitación me sorprendió: creo que esperaba el caos habitual en una sala dormitorio, pero era amplia, muy bien arreglada y los muebles habían sido escogidos con gusto: una cama de una plaza en un rincón y junto a ella, una biblioteca llena de voluminosos libros de arte; bajo la única ventana había una mesa escritorio, un tablero de dibujo y varios vasos con plumas, pinceles y cuchillos, una carpeta de papeles y una lámpara articulada. Vi un equipo estéreo, pero no un televisor. Contra una pared había una jofaina, una pequeña cocina y un anticuado y macizo armario. Cuando cerró la puerta de la habitación, noté que había echado dos pesados cerrojos.
—Es mejor no hacer esperar el taxi —dije.
—Lo sé.
Estábamos frente a frente, pero no nos mirábamos. Yo me sentía muy cansado por el viaje. Ella se me acercó y de pronto nos abrazamos con más calidez de la que yo hubiera esperado.
—¿Nos volveremos a ver? —pregunté.
—¿Tú quieres?
—Sabes que sí. Lo único malo entre nosotros es Niall.
—Entonces no hay por qué preocuparse. Te prometo que Niall no volverá a molestarnos.
—Muy bien, no discutamos eso ahora.
—Más tarde, esta noche, te llamaré digo.
Habíamos intercambiado direcciones y números telefónicos poco después de conocernos, pero nos sometimos a la rutina de verificarlo todo. La dirección de Sue era fácil de recordar, de modo que nunca la había apuntado, pero había garrapateado el número de teléfono en el dorso de mi libreta de direcciones.
—¿Nos reunimos para cenar mañana por la noche? —pregunté.
—Decidamos eso más tarde. Ahora quiero deshacer las maletas y examinar la correspondencia.
Volvimos a besamos y esta vez decididamente hubo calor en nuestro abrazo. Me recordó el sabor que tenía, cómo era cuando se apretaba contra mí. Empecé a lamentar mi comportamiento del día anterior, pero ella se separó de mí sonriendo.
—Te llamaré más tarde —dijo.
La hora de mayor tránsito ya había comenzado y el taxi tardó en dejarme a la puerta de mi piso. Entré y puse en el suelo la maleta, mirando la pila de correspondencia sobre el felpudo. La dejé allí y subí la escalera.
Después de haber pasado tanto tiempo fuera y haber estado en muchos sitios diferentes, las habitaciones tenían un desorientador aire de familiaridad y a la vez un aire de extrañeza. El apartamento olía ligeramente a humedad, de modo que abrí algunas ventanas y conecté el calentador del agua y el refrigerador. Había cuatro habitaciones principales además de la cocina y el baño: una sala, un dormitorio, un cuarto extra y otro que yo consideraba mi estudio. Era allí donde guardaba las varias piezas de equipos cinematográficos antiguos que había ido coleccionando a lo largo del tiempo, como también las copias de las historias en las que había trabajado. Tenía un proyector de 16 milímetros y una pantalla y una mesa de montaje, desalentadas señales de mi intención de convertirme en director independiente algún día, aun cuando sabía que todo esto tendría que ser reemplazado por equipos modernos de nivel profesional. También tendría que alquilar un estudio adecuado.
Sentía frío después del verano pasado en Francia, y afuera llovía. Me paseé sintiendo que el clima me fastidiaba y echando de menos a Sue. Había terminado mis vacaciones con una nota discordante; no conocía lo suficiente a Sue como para entender sus cambios de humor, y la había dejado en el momento en que empezaba a recuperarse. Pensé en que la llamaría por teléfono, pero ella había dicho que me llamaría, y de cualquier modo, yo estaba muy ocupado. Había que lavar la ropa sucia de la maleta, y no tenía nada que comer. Pero me sentía indiferente y holgazán; echaba a Francia de menos.
Me preparé una taza de café negro instantáneo y me senté a examinar la correspondencia. Las cartas acumuladas siempre parecen más interesantes antes de abrirlas. Lo que me aguardaba era un montón de cuentas y circulares, notas de suscripción a revistas, réplicas indiferentes a cartas indiferentes que yo había escrito antes de partir. Había también una tarjeta postal de Annette desde Canadá. Lo mejor era dos cheques que había estado esperando por trabajos cinematográficos que había concluido dos meses antes y la nota de un productor que me decía que lo llamara con urgencia. La nota era de la semana pasada.
Mi monótona vida se reintegraba a mi alrededor. ¡Cómo me había distraído Sue! Se había vuelto tan importante para mí, tan inmediata… Cuando estaba conmigo se me vaciaba la mente. Quizá en Londres parecería distinta, la relación continuaría con una presión menor en el contexto de la existencia cotidiana, era obvio que no podíamos continuarla tal como la habíamos empezado.
Llamé por teléfono al productor que me había escrito; se había marchado, pero había un mensaje en su contestador pidiendo que lo llamara a su casa. Lo llamé allí, pero no hubo respuesta. Fui andando al garaje en que guardaba mi coche, y me sorprendió que el motor se pusiera en marcha al primer intento. Conduje hasta casa y lo dejé en la calle. Luego recogí la ropa sucia, la metí en un bolso, la dejé en una lavandería automática del vecindario, y fui a comprar comida envasada.
Mientras devoraba mi rudimentario almuerzo, leí un ejemplar del periódico de la mañana, preguntándome qué habría ocurrido en el mundo mientras estuve fuera. A causa de mi trabajo había tenido una peculiar relación con las noticias periodísticas: o bien me empapaba de las historias a medida que iban desarrollándose, o bien no las tenía en cuenta para nada. Mientras estuve fuera, me contenté con dejar que un vacío de desinterés se desarrollara a mi alrededor. Por el periódico descubrí que la mayor parte de las noticias eran las de siempre: una nueva ronda de conversaciones con los sindicatos, temores de una campaña de atentados del IRA en Londres, tensión en el Oriente Medio, rumores de una nueva elección general, un escándalo político en Estados Unidos, sequía y hambre en el este de África.
Volví a llamar al productor, y esta vez lo encontré. Le alegró oírme: una de las redes estadounidenses quería un documental sobre la intervención de Estados Unidos en América Central, y por supuesto no era posible contratar a un equipo americano. Había estado intentando encontrar toda la semana un camarógrafo, pero nadie quería el empleo. Lo pensé mientras hablábamos, y luego dije «sí».
La tarde avanzaba y yo me sentía cada vez más inquieto. Esperaba a que Sue me llamase, tal como me había dicho. Estuve fuera del piso una hora y media; quizá me había llamado entonces, pero en ese caso me llamaría más tarde. Yo podría llamarla, pero decidí respetar este nuevo protocolo sentimental. Estaba sintiendo todavía los efectos del día anterior.
La esperé, empecé a cansarme y desde las diez, poco más o menos, me sentí más y más irritado. Tenía en los huesos una sensación ya conocida: mi temor a la intrusión de Niall. Si nos había seguido misteriosamente hasta Biarritz, era evidente que no le costaría mucho seguirnos hasta Inglaterra. Era más probable, sin embargo, que ella se hubiera encontrado con algún mensaje: una carta, un telegrama, una llamada telefónica.
Permanecí levantado hasta que apenas pude mantener los ojos abiertos. Me fui a la cama todavía irritado con Sue, y caí en un desagradable sueño de agotamiento, aunque intranquilo. En un oscuro momento de la noche, decidí interrumpir mi relación con ella. Si bien esta decisión sobrevivió hasta la mañana, se quebrantó cuando me llamó antes que me levantase. Alcé el auricular y oí los pips de un teléfono público.
—¿Richard? Soy yo, Sue.
—Creí que me llamarías anoche. Te estuve esperando levantado.
—Te llamé una hora o dos después de haberme marchado, pero no hubo respuesta. Tenía intención de llamarte más tarde, pero me quedé dormida.
—Pensé que podría haber ocurrido algo.
Por un momento no dijo nada. Luego:
—No. Estaba agotada. ¿Cómo te encuentras?
—Acabas de despertarme, de modo que todavía no estoy seguro. ¿Y tú?
—Tengo que ir al estudio. Estoy más escasa de dinero de lo que creía… Me estaba esperando un motón de cuentas.
—¿Estarás todo el día en el estudio?
—Así lo creo.
—¿Nos vemos esta noche? Me gustaría verte.
Llegamos a un acuerdo como si estuviéramos fijando una cita de negocios. La voz de Sue era calma y distante y yo me esforzaba por no revelar mi irritación. Aún no sabía por qué no me había llamado.
—Entre paréntesis, tu tarjeta estaba aquí entre la correspondencia.
—¿Mi tarjeta?
—Me enviaste una tarjeta postal desde Francia… al menos creo que es tuya. No tiene firma.
—Oh, sí.
El viejo St-Tropez; pescadores, redes y un almacén. Me recordó mis días allí, mientras ella estaba todavía con Niall, y también cómo las cosas habían cambiado desde entonces. Mis sospechas y sus evasivas, todo por causa de Niall.
—Te veré más tarde entonces —dijo.
—Perfectamente. Adiós.
La llamada había terminado antes de que los pips pudieran volver a intervenir. Me pasé el día intentando no pensar en Sue, pero se había incorporado de tal manera a mi vida, que no me fue posible no tenerla en cuenta. Seguía dando forma a todo lo que yo hacía o pensaba. No obstante sabía que mi amor tenía como fundamento dos breves períodos: unos pocos días antes que fuera a ver a Niall, unos pocos días después de que lo viera. Todavía la amaba, pero mi amor tenía como base el pasado.