El glamour
Capítulo II
Encontró el piso con cierta dificultad a pesar de las instrucciones que él le daba. Nunca le había gustado conducir en Londres. Después de haber doblado erróneamente por una calle de una sola dirección y estar varias veces a punto de chocar con otros coches en las estrechas callejas posteriores, encontró el camino y detuvo el coche no lejos del frente de la casa.
Richard se inclinó hacia adelante y atisbó los edificios por el parabrisas.
—No parece haber cambiado mucho —dijo.
—¿Esperabas que hubiera cambiado?
—Ha pasado mucho tiempo desde que estuve aquí por última vez. Creí que de algún modo tendría un aspecto distinto.
Abandonaron el coche y se dirigieron a la casa. La puerta principal daba a un pequeño vestíbulo donde había otras dos puertas, una para el piso del subsuelo y otra para la escalera que llevaba al apartamento de Richard. Mientras él buscaba la llave en el llavero, Sue le observaba la cara, tratando de adivinar lo que estaba sintiendo. No tenía ninguna expresión, quizá deliberadamente. Richard deslizó la llave Yale en la cerradura y empujó la puerta, que con un crujido quedó atascada un momento. Volvió a empujar y esta vez la puerta se abrió. En el suelo, al pie de la escalera, había un enorme montículo de cartas y de periódicos, sobre todo periódicos. Él dijo:
—Entra tú primero. No puedo pasar por sobre todos esos papeles.
Retrocedió, y ella entró primero, empujando los periódicos a un lado contra la pared. Recogió tantos como pudo y los sostuvo entre los brazos.
Richard fue delante por la escalera, con pasos lentos y cuidados. Ella lo siguió pensando en lo raro que era encontrarse otra vez allí, cuando por un tiempo había pensado que nunca volvería a ver a Richard.
En lo alto de la escalera, él se detuvo inesperadamente, y como ella lo seguía de cerca, tuvo que descender un peldaño.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Algo está mal. No entiendo qué puede ser.
—¿Quieres que entre yo primero? —preguntó ella.
—No, no te preocupes.
Siguió adelante y ella fue detrás de él hasta el pasillo. Él abrió una puerta tras otra atisbando adentro y yendo luego a la siguiente. Aparte de la cocina y el cuarto de baño, a la derecha de lo alto de la escalera había tres habitaciones principales. Las puertas eran anticuadas, de paneles de color pardo oscuro, dando al piso un aire de penumbra que a ella le recordaba la infancia. Richard le había dicho una vez que lijaría las puertas y las repintaría.
Entró en la sala y dejó caer el montón de periódicos y cartas sobre una de las sillas. El aire de la habitación tenía ese olor indefinible de una casa ajena, pero también daba una impresión de abandono, de no haber sido renovado en largo tiempo. Descorrió las cortinas y abrió una de las ventanas. Los ruidos de la calle se filtraron dentro del cuarto. Sobre el antepecho de la ventana principal había una triste fila de plantas de interior, todas marchitas. Una de ellas era un regalo de Sue, una Fatsie japonica, la planta del aceite de castor; se le habían caído casi todas las hojas y las que quedaban estaban pardas y secas. Se quedó mirándola fijamente, preguntándose si no sería mejor tocarlas y hacerlas caer.
Richard entró desde el pasillo y miró alrededor los muebles, las estanterías, el polvoriento aparato de televisión.
—Hay algo diferente —dijo—. Algo ha sido movido. —Se pasó los dedos por entre los cabellos que le cubrían los ojos—. Sé que parecerá una locura, pero eso es lo que ha sucedido.
—Todo está igual.
—No. Supe que había algo diferente tan pronto como entré.
Se volvió rápidamente, ladeando la cadera sana, y volvió a salir. Sue oyó sus pasos irregulares mientras andaba por el alfombrado pasillo.
Estaba pensando en la primera vez que había estado aquí, muy pronto después de que se conocieran. Como era verano, la habitación había estado inundada de luz, y las paredes, recién pintadas, le habían parecido brillantes y frescas; las mismas paredes parecían ahora deslucidas y frías, necesitadas de algunos cuadros o tapices. El piso entero necesitaba una limpieza a fondo y una revitalización. Despertaba en ella instintos domésticos, pero la idea de trabajar para otro le resultaba intimidante. El largo viaje la había cansado y tenía ganas de salir a beber un trago.
Oyó que Richard se movía en la habitación vecina donde guardaba las viejos equipos de filmación, y se dirigió allí para hablar con él.
—¡Falta una habitación, Sue! —dijo él inmediatamente—. Por allí en el extremo, al lado del cuarto de baño. ¡Había una habitación adicional!
—No la recuerdo —dijo Sue.
—¡Siempre tuve cuatro habitaciones! —Esta, la sala, el dormitorio y una habitación adicional—. ¿Me estoy volviendo loco? Recorrió el corredor y señaló la pared que se levantaba en el extremo.
—Esa pared da al exterior —dijo ella.
—Tú has estado aquí antes… ¿No la recuerdas?
—Sí. Pero era exactamente así.
Se le acercó y le apretó levemente el brazo. La memoria está jugueteando con nosotros. ¿No recuerdas que esta mañana en la autopista dijiste que recordabas el piso de dos maneras?
—Sí, pero ahora estoy aquí.
Se alejó con pasos firmes y renqueó por el pasillo. Sue le preguntó qué podría decirle. Sin que Richard lo supiera había tenido un encuentro privado con el doctor Hurdis el día anterior. El psiquiatra le había advertido que la recuperación de la memoria de Richard podría ser sólo parcial, a pesar de lo que él pretendiera. Hurdis creía que había todavía huecos, que algunos detalles mal recordados podrían ser un verdadero recuerdo.
—Pero ¿qué voy a hacer yo? —había preguntado Sue.
—Utilice su juicio. La mayor parte de la pérdida de la memoria afecta a detalles nimios, pero pueden llegar a ser sumamente desconcertantes.
—¿Tan desconcertantes como una habitación abandonada que él creía recordar?
Sue entró en el dormitorio. Otra habitación que olía a aire viciado. Descorrió las cortinas, pero las ventanas aquí estaban hinchadas o atascadas, y no pudo abrirlas, excepto un pequeño montante. La cama estaba contra la pared justo detrás de la puerta. Alguien la había tendido, con mucho más cuidado de lo que ella o Richard hubieran podido imitar. ¿Quién habría sido? Sabía que la policía había visitado el piso después de lo del coche bomba, y de pronto tuvo la extravagante imagen de dos policías uniformados y de casco que se tomaban la molestia de estirar las sábanas, recoger las mantas y meterlas bajo el colchón. Sonrió.
Echó atrás las ropas de cama y comprobó que las sábanas no estaban demasiado limpias. Mientras Richard recorría las otras habitaciones, quitó las ropas de la cama y se esforzó por dar vuelta el colchón. También éste olía a moho, pero nada había que pudiera hacer para remediarlo. Recordó que había un pequeño armario donde se guardaba ropa de repuesto en el cuarto de baño, sobre el tanque de agua caliente. Allí encontró un juego completo de sábanas y fundas; y ninguna olía a humedad. Mientras estaba allí encendió el calentador eléctrico pensando cómo, pieza por pieza, una casa iba recuperando la vida. Con el mismo pensamiento, enchufó el frigorífico, pero no ocurrió nada. El compresor no se puso en marcha y la luz interior no se encendió. Salió al pasillo, encontró la caja de fusibles y conectó el interruptor principal. La luz general se encendió.
En la cocina el frigorífico zumbaba, pero cuando miró dentro, descubrió que grandes partes de las paredes estaban cubiertas de un moho negruzco. El contenido de una botella de leche se había dividido en un líquido amarillento y una espuma parda de olor nauseabundo. Estaba arrodillada en el suelo limpiando el moho con un paño húmedo, cuando Richard entró.
—Supongo que tendríamos que comprar algo de comida —dijo—. ¿O esta noche comemos afuera?
—Podríamos hacer ambas cosas. Enjuagó el paño en agua limpia y lo pasó nuevamente por las superficies del frigorífico. Se puso de pie. Compremos algo de comida para mañana, pero esta noche comamos en un restaurante.
—¿Significa eso que vas a quedarte?
—Probablemente. —Lo besó con suavidad—. Tendríamos que meter tus cosas en el piso. Tengo que devolver el coche hoy mismo.
—Mientras es todavía nuestro, ¿por qué no vamos a recoger el mío?
—¿Dónde está?
—La última vez que lo usé, lo dejé en la calle frente a tu puerta. A no ser que lo hayan robado, debería estar todavía allí. La batería ha de estar descargada.
—No recuerdo haberlo visto. —Sue frunció el entrecejo—. Es de color rojo brillante ¿no?
—Lo era. Probablemente ahora está cubierto de tierra y hojas.
Ella ya no dijo nada más, pero pensaba que el coche no estaba allí. Había ocupado un lugar destacado en la vida de Richard, y lo habría reconocido en cualquier parte. Normalmente él lo guardaba en un garaje de alquiler y había supuesto que se encontraba en alguna calle.
—¿Puedes conducir? —le preguntó.
—No lo sé hasta que lo intente, pero supongo que sí.
La hora siguiente fue empleada en tareas domésticas, y después de volver al piso con las compras de comestibles, se pusieron en camino para buscar el coche, cosa que para ella, estaba convencida, era del todo inútil. Había empezado la hora vespertina de mayor afluencia de tránsito, y conducir por el norte de Londres era para ella una especie de pesadilla menor. Por fin escaparon del tránsito en Highgate y cruzaron el Archway hasta Hornsey, Fue despacio por la calle donde vivía y se detuvo frente a la casa.
—Está más abajo —dijo Richard—. Del otro lado.
—No lo veo.
Pero condujo hasta el final de la calle y allí dobló con torpeza. Mientras retrocedía, Richard dijo:
—Recuerdo con toda claridad que lo dejé aquí. Bajo ese árbol, donde se encuentra el Mini. Y cuando me marché estaba demasiado alterado para conducir y volví a casa andando.
—Quizá viniste a buscarlo más tarde…
—No, fue el día del coche bomba.
Llegaron nuevamente a la casa de Sue y como allí había espacio para el coche, ocupó el sitio y paró el motor. La ausencia del coche había confundido a Richard, evidentemente, pues se volvía en el asiento y examinaba la fila de coches.
—Volvamos y por lo menos busquemos en tu garaje —dijo Sue—. Quizá lo trasladó la policía. Tenían todos tus documentos, ¿no es así?
—Sí. Tal vez tienes razón.
Ella abrió la puerta del conductor. Sólo entraré a ver si hay algún mensaje.
—¿Quieres acompañarme?
—Creo que me quedaré aquí.
Una súbita tensión en la voz de Richard, hizo que ella lo mirara, pero no advirtió nada raro. Examinaba los coches que estaban a la vista. Sue abandonó el coche y fue hacia la casa buscando las llaves.
Adentro, encontró dos mensajes garrapateados en el cuadro comunal junto al teléfono; uno era del estudio y su reacción inmediata fue llamarlos sin demora. Miró su reloj de pulsera, y se dio cuenta de que ya se habrían marchado. El mensaje no tenía fecha, de modo que podría ser de hasta cuatro días atrás. Cuando entró en la habitación, comprobó que todo estaba tal como lo había dejado. Sacó del armario un par de camisas y una muda de ropa interior y las metió en el bolso. Todo lo demás que podría necesitar estaba en la maleta que había quedado en el piso de Richard.
Sola por unos instantes, examinó la vieja habitación familiar, recordando cuando se había mudado, hacía ya tres años. Ése había sido su primer verdadero intento de dejar a Niall y el modo de vida a que él la había conducido. Por entonces había llegado a tomar la decisión de dejarlo, que sólo llevó a cabo cuando conoció a Richard, permitiendo que Niall revoloteara incesantemente alrededor. Cuando se mudó, sabía que había cosas en la vida que Niall ni siquiera sospechaba. La educación que sus padres le habían procurado en la escuela de arte estaba siendo desperdiciada, ella se estaba desarrollando, y quería más de la vida que cometer delitos mezquinos y hurtos inútiles. Esta habitación, legalmente alquilada y pagada con el dinero de un sueldo, había señalado un nuevo rumbo. Pero con el tiempo se había vuelto simplemente en el sitio donde vivía, no simbolizaba nada.
Volvió al coche. Fueron de nuevo a West Hampstead; el tránsito era menos denso ahora, y ella estaba aprendiendo el camino, aunque él tuvo que darle instrucciones para que encontrara el sitio exacto del garaje. Cuando él abrió la puerta, encontraron el coche dentro. Tenía dos ruedas desinfladas, y la batería parecía agotada, pero, por lo demás, estaba como él tuvo que dejarlo meses atrás.
Fueron a un restaurante chino de Camden High Street y luego volvieron al piso de él. Empujando con el coche de alquiler, lograron poner en marcha el de Richard, y éste intentó conducirlo. Lo llevó hasta el taller mecánico más próximo, donde inflaron las dos cámaras, pero después se sintió demasiado fatigado para seguir conduciendo.
Aparte de esto, parecía distendido y feliz, y por primera vez después de abandonar Middlecombe, se puso conversador. Dijo que quería volver al trabajo, quizá, en ultramar; siempre le habían gustado los viajes. Cuando volvieron al piso, miraron el informativo de la tarde por televisión, y él habló de manera interesante acerca del estilo de los reportajes televisivos y de cómo había sutiles diferencias entre los modos británico y el norteamericano. Había tenido que aprender el estilo norteamericano mientras trabajaba para la agencia. Después del programa, habló de intentar encontrar un empleo de dedicación exclusiva, una vez más.
Luego fueron a la cama y ella, por supuesto, no pudo evitar pensar en el pasado. El acto físico del amor les recordó a ambos cuánto tiempo atrás había sucedido, qué bueno podía ser, cuánto importaba. Después, ella se tendió con la cabeza en un lado del pecho de Richard. Desde esa posición no podía ver ninguna de sus cicatrices; una ilusión del pasado, aunque todas lo afectaban todo en el presente. Había sido aquí, en esta cama y posiblemente con esas mismas sábanas, que habían hecho el amor por primera vez.
Ninguno de los dos tenía sueño, y al cabo de un rato, Sue se levantó, se preparó un poco de té y sacó una lata de cerveza del frigorífico para Richard. Como en la habitación hacía frío a pesar de la estufa eléctrica, ella se puso un jersey y se sentó frente a él, que se apoyó contra las almohadas.
—Nunca redecoraste este sitio —dijo ella mirando la habitación a la media luz de la lámpara de la mesa de noche—. Dijiste que lo harías.
—¿Lo dije? No lo recuerdo.
—Dijiste que lo empapelarías. O que lo pintarías de un color más bonito.
—¿Por qué? A mí me parece muy bien así.
Ella le sonrió, medio sentada, medio yacente; él sostenía la lata de cerveza entre los dedos. En tomo al cuello y en el hombro tenía un enrejado rosa de tejido injertado.
—¿No lo recuerdas? —preguntó Sue.
—¿Hemos hablado antes de esto? ¿Del color de las paredes?
—Dijiste que habías recuperado la memoria.
—Así es, pero no puedo recordar cada minúsculo detalle.
—Esto no es un detalle.
—¡Pero no puede ser importante, Sue!
—¿Cuántos más minúsculos detalles has olvidado? —preguntó Sue sin pensar en la advertencia del doctor Hurdis hasta que fue demasiado tarde. Y sin pensar tampoco en que ella había decidido dejar el pasado atrás.
—Lo más importante para mí es recordarte. Eso es todo lo que contaba.
—Tenemos que olvidar el pasado.
—No puedo, porque me enamoré de ti entonces y quiero recordar cómo.
Ella, aunque sabía que era muy peligroso volver atrás, sintió otra vez la excitación perversa y familiar de hacía unos pocos meses, y que no dejaba de atraerla.
—Quiero volver a empezar —dijo.
—También yo. Pero recordando cómo nos conocimos, lo que hicimos juntos; es crucial para mí.
—No tiene por qué. —Él había terminado ya la cerveza y puso la lata vacía en la bandeja—. ¿Quieres otra? —preguntó.
—Yo la traeré.
—No, quédate aquí.
Ella fue a la cocina y sacó dos latas más del refrigerador. Había tenido que alejarse de él un momento, porque había sentido aquella perversa fascinación dentro de ella, pensando entusiasmada en intentarlo otra vez. Miró con expresión vacía el interior de la máquina, sosteniendo la puerta abierta, sintiendo que el aire refrigerado circulaba hacia abajo y le acariciaba las piernas desnudas. Quizá estuviera engañándose a sí misma al pensar que podían estar juntos aunque el glamour se hubiera desvanecido. Siempre había sido una condición para ellos, intrínsecamente fascinante. Richard lo había perdido, quizá por la conmoción de las heridas. ¿Lo recobraría si recuperase el pasado?
Cerró el refrigerador y volvió al dormitorio. Puso las dos cervezas sobre la mesa junto a él, y se sentó de nuevo en la cabecera de la cama, cruzándose de piernas y estirando el jersey para cubrirse el regazo.
—¿Lo recuerdas todo de mí? —preguntó.
—Creía que sí. Tú me haces dudar.
Ella se le acercó más y le tomó la mano.
—En realidad no has recuperado la memoria, ¿no es cierto?
—Sí, la he recuperado. Casi toda… los acontecimientos importantes. Recuerdo que tú y yo nos enamoramos, pero que tenías un amigo llamado Niall que no quería soltarte y que por fin nos separó. Fue así, ¿no es cierto?
—Ese fue el resultado, sí. Quizá ése sea el modo en que lo recuerdas ahora.
—Recuerdo haber estado contigo en Francia.
Eso la sobresaltó.
—Pero yo nunca he estado allí —dijo—. Nunca he salido de Gran Bretaña. No tengo pasaporte.
—Allí es donde nos conocimos… en Francia, en un tren que iba a Nancy.
—Richard, yo no he estado nunca en Francia.
Él sacudió la cabeza y bebió más cerveza.
—Tengo que mear.
Con cierta cautela, lanzó las piernas fuera de la cama y abandonó renqueando la habitación. Ella se quedó mirándolo fijamente, tratando de comprender. Él dejó las puertas abiertas y ella podía oírlo en el cuarto de baño. Después de tirar de la cadena, sólo se oyó el agua que corría. Por fin Richard volvió a la habitación y se apoyó otra vez contra las almohadas.
—¿Es eso cierto…? ¿Nunca has estado en Francia? —preguntó.
—Nunca te he mentido, Richard.
—Muy bien, entonces ¿dónde nos conocimos?
—Aquí, en Londres. En un pub de Higligate.
—¡Eso no puede ser verdad!
Había cerrado los ojos y vuelto la cara a un lado. Ella sintió un súbito temor, sintiendo qué poco preparada estaba para vérselas con algo así. El doctor tenía razón: la memoria de Richard había quedado definitivamente afectada. Le miró el cuerpo cicatrizado; el tronco y los brazos no más gruesos que antes, y además más débiles, por falta de ejercicio. ¿Se equivocaba al poner a prueba esos recuerdos? ¿Eran tan válidos como los de ella? ¿Por qué creía él que se habían conocido en Francia? Esto la alarmaba. No sabía ni siquiera cómo abordar el equívoco.
Todo lo que sabía era su propia verdad, la influencia dominante en ella y, a la larga, también en él.
—Richard, ¿recuerdas el glamour, el encantamiento?
—¡Oh, no! Eso otra vez ¡no!
—De modo que significa algo para ti. ¿Lo recuerdas?
—¡No lo sé y no quiero saberlo!
—Entonces te lo mostraré.
Ahora decidida, bajó de la cama. La fascinación que habían conocido juntos había vuelto a apoderarse de ella, y sabía que todo tendría que esperar hasta que encontraran una solución. No había otro camino.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Richard.
—Quiero algo de colores brillantes. ¿Dónde guardas tu ropa?
—En la cómoda.
Pero ella ya había abierto uno de los cajones y estaba revisándolo. Casi enseguida encontró un jersey de lana de color azul marino. Él lo había usado sin duda para trabajar en casa, porque uno de los codos estaba gastado y había manchas en la parte de delante. Tuvo una rara sensación de peligro al sostenerlo en las manos, sabiendo que era de color oscuro y que nunca lo habría escogido para ella. Todo aquello tenía una cualidad sexuada, además, como ponerse un vestido de escote demasiado bajo con una falda demasiado corta. Sintió de pronto que estaba a punto de marearse.
—Mírame, Richard. Observa todo lo que hago.
Se quitó el jersey de color beige y lo dejó caer sobre la cama. Durante unos segundos se quedó desnuda, enderezando una de las mangas para poder ponérsela. Se lo pasó por sobre la cabeza levantando los brazos, y enseguida sintió el olor del cuerpo de Richard, mezclado con el aire mohoso del cajón. Sacó la cabeza afuera y se estiró el jersey sobre los pechos. Era demasiado grande para ella y le llegaba hasta los muslos.
—Te prefería desnuda —dijo Richard—, pero resultó una broma muy débil. Estaba eludiendo la verdad de lo que ella estaba por hacer; sabía lo que iba a ocurrir; lo sabía. Era demasiado importante como para haberlo olvidado. De algún modo se lo había quitado de la memoria, pero Sue sabía que lo recordaría en cualquier momento. Ya estaba sintiendo el mismo arrebato, la sensación de peligro que ahora mismo estaba atrayendo a Sue.
—¡Mira el jersey, Richard! Hablaba ahora con una voz más espesa. Mira qué oscuro y qué fuerte es. ¿Puedes verlo?
Él estaba mirándola fijamente y asintió con un movimiento de cabeza casi imperceptible.
—Observa el color, no lo pierdas de vista.
Ella se concentró pensando en la nube, recordando el glamour. Tiempo atrás había estado siempre presente, pero ahora requería cierto esfuerzo. Sintió que la nube la envolvía.
Se volvió invisible.
Richard continuaba con la mirada fija en el sitio donde Sue había estado, mientras ella se trasladaba sin que él la viera, al otro lado de la cama.
Era siempre así, como desnudarse frente a desconocidos, como esos sueños de desnudez en lugares públicos. La casi culpable oleada de excitación sexual, el dulce deseo de volverse vulnerable. La primera vez que se exhibe el glamour es como un primer contacto sexual, una súbita revelación de un nuevo sí mismo. Sin embargo la invisibilidad era algo seguro, un ocultamiento y un escondrijo, un poder y una maldición. Había habido una primera vez con Richard, pero como él lo había olvidado, como tenía la mente alterada, hubo una segunda primera vez, y el violento, sensual abandono estaba otra vez allí, presente. Ella preguntó:
—¿Recuerdas la vez que viste a Niall?
Y Richard volvió la cabeza bruscamente; asombrado, y miró al sitio donde ella podría estar, invisible para él.