El glamour

Christopher Priest · Capítulo 39 de 62

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El glamour

Capítulo VIII

Una ola de calor irrumpió en Londres esa semana, y se me hizo difícil concentrarme en el trabajo, que por otra parte declinaba en agosto. La luz intensa del sol pone de relieve el desaliño inherente de Londres, los viejos edificios parecen resquebrajados y revelan la mácula del tiempo. Me gustaba la ciudad bajo las nubes grises, las estrechas calles congestionadas, entre casas de piedra oscura y de techos bajos. El verano me ponía inquieta, me invitaba a pensar en una playa o en refrescantes senderos de montaña.

Ahora te tenía a ti para distraerme todavía más. La mañana de después de nuestra cita me quedé tendida en cama, reflexionando complacida y mirando por la ventana las copas de los árboles. Estaba bien abandonarme así cuando no estabas conmigo. Sabía que me comportaba como una adolescente, pero me sentía feliz. Niall nunca me había hecho feliz.

Los tres días pasaron lentamente otra vez, y tuve mucho tiempo para complacerme en fantasías. Aunque me preocupaba que yo te pareciese demasiado ansiosa, también me preguntaba cuánto tiempo Niall se mantendría apartado. Era muy importante que te conociera antes que él regresase. Pensé brevemente en él, en aquel misterioso viaje a Francia, preguntándome si estaría allí realmente.

Me estaba aprontando para salir el sábado por la noche cuando me llamaron al teléfono. Era Niall; por supuesto era Niall. Tenía un talento para detectar el momento menos conveniente y más inoportuno que era casi sobrenatural. Yo esperaba que vinieras a recogerme en menos de media ahora.

—¿Cómo te va, Susan?

—Me encuentro bien. ¿Qué quieres? Estoy a punto de salir.

—Sí, con ese Grey otra vez, ¿no es cierto?

—No importa lo que yo esté haciendo. ¿Puedes volver a llamar mañana?

—Quiero hablar contigo ahora. Te llamo desde larga distancia.

—Ahora no es el momento oportuno —dije—. La voz de Niall sonaba clara y fuerte, lo que me hizo sospechar. No había en la línea el habitual y acallado ruido electrónico, la sensación de millas que se interponen.

—Eso no me importa —dijo—. Me siento solo y quiero verte.

—Creí que estabas con amigos. ¿Dónde estás?

—En Francia. Te lo dije.

—Tu voz suena muy cerca.

—He conseguido una buena línea. Susan, cometí un error al haber venido aquí sin ti. ¿Por qué no vienes y me acompañas?

—No puedo. Tengo mucho trabajo.

—Siempre dices que no hay mucho en verano.

—Esta vez es distinto. Tengo que entregar un montón de material la semana que viene.

—Entonces, ¿por qué sales esta noche? No te llevaría mucho tiempo llegar hasta aquí y no es necesario que te quedes más de unos días.

—No puedo permitírmelo —dije—. Me he quedado sin dinero otra vez.

—No necesitas dinero para viajar. Toma el próximo tren.

—¡Niall, esto es ridículo! ¡No puedo abandonarlo todo!

—Pero te necesito mucho, Susan.

De pronto me sentí menos segura de que me estuviera mintiendo. Los ataques de introspección y soledad de Niall eran bien reales. Si verdaderamente estuviera en Londres, como yo a medias aún sospechaba, habría dejado de fingir que estaba afuera y habría venido a verme. La voz lacrimosa de Niall me hizo sentir dura e indiferente, pues era una llamada desnuda a lo mejor de mí misma, una llamada que había dado buenos resultados en el pasado. ¡Deseaba que me dejara tranquila! Otra vez estaba mirando fijamente el tablero junto, al teléfono; los mismos mensajes estaban allí, sin respuesta.

—Ahora no puedo pensar en esto —dije—. Llámame otra vez mañana.

—Crees que no sé en qué andas. Estás con Grey, ¿no es cierto?

—No, no estoy con él. La verdad era temporal, pero aún era una verdad.

—Bueno, pero lo verás. Sé lo que estás haciendo.

No contesté; me alejé de la pared y el cable enroscado del receptor se estiró sobre mi cuello. Una conversación telefónica tiene una cualidad de invisibilidad; ninguno de los interlocutores puede verse. Traté de imaginar dónde estaría Niall. ¿En un habitación con persianas en una casa francesa, suelos de madera pulido, flores y sol, otras voces en otro cuarto? ¿O en alguna casa de Londres en la que hubiera irrumpido para llamarme por teléfono? La voz sonaba tan cerca que era difícil creer que estuviera fuera de Londres. Si quería que lo visitase, ¿por qué no me decía dónde estaba? Si se sentía paranoico por tu causa, ¿por qué se había ido y me había dejado?

Todavía se aferraba a mí, pero de un modo diferente.

—¿Por qué no dices nada? —preguntó Niall.

—Lo que podría decir no te gustaría.

—Sólo te pido que vengas a verme.

—Te estás entrometiendo porque sabes que he conocido a otro —dije—. Si te empeñas en saberlo, saldré con Richard esta noche.

Niall interrumpió la conexión inmediatamente, colgándome el auricular. La línea sonó con un golpe seco, se despejó y luego oí un sonido que parecía un lamento. Me quedé allí de pie con ese objeto en la mano, todavía envuelta en el cable, escuchando aquel petulante ruido. Nunca nadie me había colgado hasta entonces, y el hecho tuvo un efecto instantáneo. Me sentí enfadada, humillada, arrepentida y alarmada, todo a la vez. Quise volver a llamarlo enseguida, pero no tenía idea de cómo hacerlo.

Tú llegaste unos minutos más tarde, y yo estaba todavía alterada. Sentí alivio entonces de que todavía nos conociéramos relativamente poco, porque así podía ocultártelo. Esa noche vimos una película; luego fuimos a cenar muy tarde. Cuando me llevaste en coche a casa, te invité a que entraras. Estuvimos conversando hasta muy tarde y luego nuestros besos fueron lentos e íntimos. No dormimos juntos. Antes de que te fueras, convinimos que a la tarde siguiente saldríamos a dar un paseo.

Poco antes de la hora de la cita, terminé por reconocer que estaba en un estado de continuo sobresalto y que había aumentado a lo largo de la mañana. Unos pocos minutos antes que tú llegases, la tensión apenas me permitía estar quieta, pues sabía que Niall llamaría otra vez.

Cuando el teléfono sonó, casi me sentí aliviada. Corrí hacia el teléfono. ¿Cómo lo sabía él?

Esta llamada fue diferente. Niall estaba, o parecía estarlo, en un estado de ánimo equilibrado. Se disculpó por haberme colgado el día antes.

—Cuando te vi en el pub con Grey, me di cuenta de que te gustaba más que yo. Tuve que macharme. Sabía que esto ocurriría alguna vez.

La voz de Niall sonaba clara y cercana, casi como si estuviera en la casa de al lado. Yo estaba temblando.

—Quiero llevar una vida normal —dije—. Lo sabes.

—Sí, pero ¿por qué me haces esto?

—Richard es sólo un amigo. —Era una mentira, porque tú ya eras más que eso para mí. Perversamente, quería que Niall se enfadara pues eso haría todo más fácil.

—Entonces, si él no te importa, ven a verme.

—Lo pensaré —dije, preguntándome si fingir que aceptaba lo que él quería, me ayudaría a averiguar lo que estaba haciendo—. Ni siquiera sé dónde estás.

—Si te lo digo, ¿me prometes que vendrás a visitarme?

—Te he dicho que lo pensaré.

—Sólo unos pocos días, para poder estar juntos.

—Entonces dime cómo encontrarte. No, espera un minuto…

La campanilla de la puerta había sonado y podía ver tu figura a través del cristal esmerilado. Dejé que el auricular colgara del cable y fui a abrirte. Te expliqué que estaba en medio de una conversación y te hice pasar a mi cuarto. Cerré la puerta para que no pudieras oír y hablé ahuecando la mano sobre el auricular.

—Sigue, Niall.

—Está ahí, ¿no es cierto?

—Dime dónde estás.

Empezó a dar instrucciones detalladas que yo apenas escuché: un tren hasta Marsella, un autobús a lo largo de la costa, el pueblo de St-Raphael, una casa pintada de blanco. Yo estaba pensando: es una mentira, hay una invención, y me está vigilando desde una casa de la acera de enfrente, junto a la ventana, viéndote llegar, siguiéndome a dondequiera que esté contigo. De otro modo, ¿cómo llama justo antes que te encuentre?

Lo dejé terminar y luego le pregunté:

—¿Por qué me dices todo esto, Niall?

—Quiero verte. ¿Cuándo viajarás? ¿Mañana?

—Ahora tendré que marcharme.

—¡Todavía no!

—Tengo que hacerlo. Adiós, Niall.

Colgué el teléfono antes de oír nada más. Me estremecía pensar que estaba en Londres y que esta historia de Francia era una mentira. Él sabía que yo me daría cuenta, pero continuábamos fingiendo. ¿Qué se proponía?

Estaba demasiado alterada para ir a verte enseguida, de modo que me acerqué a la puerta de entrada y me apoyé allí un momento para serenarme. Algo se movió afuera, vagamente borrado por el cristal translúcido. Me sobrecogí alarmada y retrocedí. Creo que era sólo un pájaro o alguien que pasaba por la calle. Pensé en ti, que me esperabas en la habitación, a sólo unos pies de distancia. Todo lo que quería era estar contigo, pero Niall se entrometía a cada paso. ¡Tenía que conocer nuestros planes! Recordé cómo me asustaba la idea de que Niall alcanzara un nivel de invisibilidad que ni siquiera yo pudiera detectar. ¡Podría estar conmigo cada minuto que yo estuviera contigo!

Era una locura pensar que fuera capaz de algo tan retorcido.

Pero ¿cómo si no? Mientras me encontraba sola en el vestíbulo vacío, tratando de animarme a entrar y verte, me pregunté, no por primera vez, si la invisibilidad misma no sería una forma de locura. El mismo Niall la había descrito una vez como la incapacidad de creer en uno mismo, una falta de identidad. Los glams llevaban una vida loca, atormentados por fobias y neurosis, todos paranoicos y parásitos. La percepción del mundo real estaba distorsionada en los glams, una definición clásica de la locura. Si así era, mi deseo de normalidad podría interpretarse como una necesidad de cordura, un intento de creer en mí misma, en mi propia identidad. Niall se aferraba a mí con la desesperación de un loco que ve cómo un compañero íntimo sale del manicomio y que sabe que no puede seguirlo.

Para escapar, yo tenía que dejar atrás la locura. No sólo curarme, sino cambiar mi conocimiento del mundo invisible. Mientras Niall creyese que podía dominarme, el lazo que me ataba a él estaría siempre muy apretado.

Mi única esperanza de normalidad era no creerle.

Tú estabas junto a la ventana mirando lo que podía verse del jardín abandonado. Te volviste tan pronto como entré y te acercaste a besarme.

—Lo siento —dije—. Era sólo un amigo.

—Estás algo pálida. ¿Va todo bien?

—Necesito aire fresco. ¿Dónde iremos?

—¿Qué te parece el Heath?

Hice un superficial esfuerzo por poner orden en la habitación, dándome cuenta de que había dejado una pila de ropa sucia en el suelo y el trabajo pendiente esparcido sobre la mesa; luego tomé la cartera y fuimos a Hampstead. Era otra tarde de calor y había gente en todo el Heath, gozando del nada firme verano londinense. Paseamos toda la tarde tomados del brazo, conversando y mirando a la gente, a veces besándonos. Me encantaba estar contigo.

Esa noche fuimos a tu piso e hicimos el amor por primera vez. Me sentía segura allí, pensando que Niall no me encontraría; me sentí más distendida contigo que nunca hasta entonces. Mientras estábamos en la cama se desató una tormenta de verano, y nos quedamos tendidos en la voluptuosa noche con las ventanas abiertas, mientras los truenos corrían sobre los techos. Desnuda y abrazada a ti, escuchando la tormenta, tenía la deliciosa sensación de que hacía algo ilícito.